Entre la eternidad de la palabra y la fugacidad de la belleza, el Soneto XXIII de Garcilaso de la Vega captura la esencia del Renacimiento español, donde el tiempo devora la juventud y la perfección se convierte en memoria. Cada verso endecasílabo despliega un universo de emociones y reflexiones filosóficas, mezclando idealismo petrarquista con melancolía humana. ¿Cómo logra la poesía transformar lo efímero en eternidad? ¿Puede un instante de belleza desafiar al inexorable paso del tiempo?


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📷 Imagen generada por GPT-4o para El Candelabro. © DR
Soneto XXIII
Garcilaso de la Vega

En tanto que de rosa y de azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
con clara luz la tempestad serena;

y en tanto que el cabello, que en la vena
del oro se escogió, con vuelo presto,
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena;

coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto, antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.

Marchitará la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera
por no hacer mudanza en su costumbre.

El Soneto XXIII de Garcilaso de la Vega: Perfección Formal y Melancolía Renacentista ante el Paso del Tiempo


El Soneto XXIII de Garcilaso de la Vega representa una de las cumbres más elevadas de la lírica española del Renacimiento, una composición que condensa en catorce versos endecasílabos la esencia misma del pensamiento humanista sobre la belleza, el tiempo y la condición mortal del ser humano. Escrito en la primera mitad del siglo XVI, probablemente entre 1532 y 1536 durante el periodo de mayor madurez creativa del poeta toledano, este soneto constituye una síntesis magistral de influencias clásicas, italianas y de sensibilidad propiamente española que transformó para siempre la poesía en lengua castellana. La obra encarna el ideal renacentista de perfección formal al servicio de contenidos filosóficos profundos, estableciendo un modelo que resonaría a través de los siglos en la tradición lírica hispánica.

Garcilaso de la Vega nació en Toledo hacia 1501 en el seno de una familia aristocrática vinculada a la corte de los Reyes Católicos. Su biografía combina la actividad militar al servicio del emperador Carlos V con una dedicación apasionada a las letras, encarnando así el ideal renacentista del cortesano que cultiva tanto las armas como las letras. Su estancia en Italia, particularmente en Nápoles entre 1522 y 1523, y posteriormente entre 1533 y 1536, resultó fundamental para su formación poética. En territorio italiano, Garcilaso conoció de primera mano la revolución lírica que Petrarca había iniciado dos siglos antes, familiarizándose con las formas métricas italianas que introduciría definitivamente en la poesía española: el soneto, la canción petrarquista, la octava real, el terceto encadenado y la lira.

El Soneto XXIII se inscribe dentro de la tradición del carpe diem, expresión latina que significa literalmente “aprovecha el día” y que designa un tópico literario de larga trayectoria en la literatura occidental. Este motivo, cuyas raíces se remontan a la poesía clásica grecorromana, particularmente a las odas de Horacio, invita a aprovechar la juventud y la belleza antes de que el inexorable paso del tiempo las marchite. En la literatura renacentista, este tema adquiere especial relevancia por la confluencia de tres factores: la recuperación de los clásicos grecolatinos durante el Humanismo, la influencia determinante de la lírica petrarquista con su culto a la belleza femenina idealizada, y una sensibilidad melancólica característica del Renacimiento que contempla la fugacidad de toda perfección terrenal.

La estructura formal del soneto garcilasiano responde al modelo italiano o petrarquista, compuesto por catorce versos endecasílabos distribuidos en dos cuartetos y dos tercetos. El esquema de rima empleado es ABBA ABBA CDE DCE, una disposición que se convertiría en canónica para el soneto castellano. Esta arquitectura métrica no constituye un mero ejercicio formal sino que responde a una lógica interna donde las diferentes partes del poema cumplen funciones específicas. Los cuartetos iniciales establecen la premisa mediante la descripción de la belleza juvenil en su momento de máximo esplendor, mientras que los tercetos finales introducen la advertencia temporal y la exhortación moral que constituyen el núcleo argumental del poema.

El primer cuarteto despliega una descripción de la belleza femenina que emplea los códigos estéticos típicos del petrarquismo: la tez que combina el color de la rosa y la azucena, metáforas que representan respectivamente el rubor rosado y la blancura nivea considerados ideales de belleza en el Renacimiento. La mención del “mirar ardiente, honesto” resulta particularmente significativa, pues equilibra la pasión amorosa con la virtud moral, tema recurrente en la lírica renacentista donde el amor enaltece espiritualmente al amante. La imagen de los ojos que con “clara luz la tempestad serena” constituye una metáfora neoplatónica que sugiere el poder redentor y pacificador de la belleza, capaz de sosegar las turbulencias del alma enamorada.

El segundo cuarteto continúa la descripción física centrándose en el cabello rubio, comparado mediante una audaz metáfora con oro escogido en la vena mineral. La imagen del viento que “mueve, esparce y desordena” la cabellera por el “hermoso cuello blanco, enhiesto” crea un efecto de movimiento y vitalidad que contrasta dramáticamente con la quietud mortal que los tercetos subsiguientes evocarán. Esta técnica descriptiva que captura la belleza en movimiento, animada por elementos naturales como el viento, refleja la influencia de modelos clásicos como las descripciones virgilianas y ovidianas, filtradas a través de la sensibilidad petrarquista. El adjetivo “enhiesto” añade connotaciones de dignidad y nobleza que elevan la descripción más allá del simple retrato físico.

Los tercetos marcan un giro argumentativo fundamental, característico de la estructura del soneto italiano. El primer terceto introduce la exhortación directa mediante el imperativo “coged”, un verbo que evoca simultáneamente la acción de recolectar frutos y la necesidad de aprovechar oportunidades efímeras. La metáfora de la “alegre primavera” para designar la juventud se entrelaza con la imagen del “dulce fruto” que debe recogerse antes de que “el tiempo airado” transforme la escena primaveral en paisaje invernal. La personificación del tiempo como entidad airada, capaz de cubrir “de nieve la hermosa cumbre”, introduce elementos de violencia natural que contrastan con la serena belleza descrita en los cuartetos.

El segundo terceto desarrolla y amplifica la advertencia temporal mediante imágenes de decadencia natural. La sentencia “Marchitará la rosa el viento helado” retoma el símbolo de la rosa mencionado en el primer verso, cerrando así un círculo compositivo que dota al soneto de perfecta coherencia estructural. La rosa, emblema tradicional de la belleza efímera en la literatura occidental desde la poesía clásica, sufre aquí el ataque del “viento helado”, metáfora invernal que contrasta con el viento primaveral del segundo cuarteto. Esta oposición entre vientos primaverales vivificantes y vientos invernales destructores subraya la dialéctica fundamental del poema entre juventud y vejez, vida y muerte.

El verso final del soneto encierra una reflexión filosófica de extraordinaria profundidad expresada con economía expresiva admirable. La formulación “todo lo mudará la edad ligera / por no hacer mudanza en su costumbre” constituye una paradoja conceptual característica del ingenio renacentista: el tiempo cambia todas las cosas precisamente porque su naturaleza consiste en permanecer inmutable en su acción transformadora. Esta aparente contradicción expresa una verdad profunda sobre la condición temporal de la existencia humana: la única constante es el cambio mismo, y la única certeza es la mutabilidad universal. El adjetivo “ligera” aplicado a la edad resulta particularmente efectivo, pues sugiere simultáneamente la rapidez con que transcurre el tiempo y la aparente facilidad con que opera sus transformaciones devastadoras.

La métrica del Soneto XXIII demuestra el dominio absoluto que Garcilaso había alcanzado del endecasílabo, verso de once sílabas que constituye el metro principal de la lírica culta española desde su introducción en el siglo XVI. Los versos garcilasanos combinan armoniosamente los diferentes tipos de endecasílabo según la posición de los acentos rítmicos: endecasílabos heroicos con acentos en sexta y décima sílabas, endecasílabos melódicos con acentos en tercera, sexta y décima, y endecasílabos sáficos con acentos en cuarta, octava y décima. Esta variedad rítmica evita la monotonía y genera una musicalidad que ha sido admirada por generaciones de lectores y estudiosos de la poesía española.

El lenguaje empleado en el soneto merece atención particular por su equilibrio entre elegancia culta y claridad expresiva. Garcilaso evita el exceso de cultismos latinizantes que caracterizaría posteriormente a la poesía barroca, optando por un castellano refinado pero accesible que refleja el ideal renacentista de sprezzatura o naturalidad estudiada. Las metáforas, aunque elaboradas, resultan comprensibles y emotivamente efectivas. Los adjetivos están seleccionados con precisión para evocar cualidades específicas sin caer en la redundancia o el amaneramiento. Esta economía expresiva y transparencia estilística, heredadas de los modelos clásicos latinos y de la poesía italiana renacentista, constituyen rasgos distintivos del estilo garcilasiano que lo diferencian tanto de la poesía cancioneril del siglo XV como del conceptismo y culteranismo barrocos del XVII.

La interpretación del Soneto XXIII ha generado considerable debate crítico respecto a la identidad de la destinataria y las circunstancias biográficas de su composición. Tradicionalmente se ha asociado con Isabel Freyre, dama portuguesa al servicio de la emperatriz Isabel de Portugal, de quien Garcilaso habría estado enamorado. Sin embargo, la crítica contemporánea enfatiza la necesidad de no confundir la voz poética con la biografía del autor, reconociendo que el soneto funciona fundamentalmente como construcción literaria que emplea convenciones genéricas establecidas. La mujer descrita responde al ideal estético petrarquista más que a un retrato realista, y la exhortación amorosa debe entenderse dentro de los códigos del amor cortés renacentista.

La recepción e influencia del Soneto XXIII en la tradición lírica hispánica resulta difícil de exagerar. Desde su primera publicación póstuma en 1543, este soneto se convirtió en modelo imitado y reinterpretado por innumerables poetas españoles e hispanoamericanos. Fernando de Herrera, el gran anotador de Garcilaso en el siglo XVI, dedicó extensos comentarios a explicar sus bellezas retóricas y elucidar sus referencias clásicas. Los poetas del Siglo de Oro español, desde Luis de Góngora hasta Francisco de Quevedo, conocían íntimamente este soneto y dialogaban con él en sus propias composiciones. Incluso en épocas posteriores, los poetas románticos, modernistas y contemporáneos han continuado estableciendo relaciones intertextuales con esta obra fundacional.

El Soneto XXIII también ejemplifica la asimilación exitosa de la tradición clásica grecorromana en la poesía española renacentista. Las referencias horacianas al carpe diem se fusionan con influencias de Ovidio, particularmente las Metamorfosis y el Ars Amatoria, que proporcionan el marco mitológico y filosófico para reflexionar sobre la transformación y la fugacidad. La tradición elegíaca latina, especialmente Propercio y Tibulo, aporta el tono melancólico y la contemplación dolorosa del tiempo destructor. Estas influencias clásicas no constituyen simple erudición ornamental sino que están profundamente asimiladas y transformadas en expresión poética genuina que habla a preocupaciones universalmente humanas.

La dimensión filosófica del soneto conecta con corrientes neoplatónicas características del Renacimiento italiano que Garcilaso habría conocido durante sus estancias napolitanas. El neoplatonismo renacentista, sistematizado por filósofos como Marsilio Ficino y Pico della Mirandola, concebía la belleza física como reflejo imperfecto de la Belleza ideal y eterna. Desde esta perspectiva, la contemplación de la hermosura corporal debería conducir al alma hacia realidades espirituales superiores. Sin embargo, el Soneto XXIII mantiene una tensión productiva entre esta aspiración platónica y una aceptación melancólica de la materialidad temporal, reconociendo que la belleza terrenal, precisamente por su carácter efímero, posee un valor y una urgencia que la belleza eterna e inmutable no puede ofrecer.

El Soneto XXIII de Garcilaso de la Vega representa una obra maestra absoluta de la lírica española y universal, una composición donde la perfección formal se pone al servicio de contenidos filosóficos y emocionales de profunda resonancia humana. Su tratamiento del tema del carpe diem trasciende la mera exhortación hedonista para convertirse en reflexión melancólica sobre la condición temporal de la existencia, la fragilidad de la belleza, y la inevitable victoria del tiempo sobre todas las perfecciones terrenales. La influencia determinante de modelos clásicos e italianos se funde con una sensibilidad original que establece las bases de la gran tradición lírica española posterior. La aparente sencillez del lenguaje garcilasiano oculta una elaboración artística sofisticada que equilibra naturalidad expresiva con densidad conceptual.

Casi cinco siglos después de su composición, este soneto continúa conmoviendo a los lectores y desafiando a los críticos, testimonio perdurable de que la gran poesía, aunque hable de la fugacidad del tiempo, logra paradójicamente trascender sus propias circunstancias históricas para alcanzar una dimensión de permanencia estética y significado humano universal.


Referencias

Fernández-Morera, D. (1982). Garcilaso and the Classical Tradition. Revista de Estudios Hispánicos, 16(3), 379-394.

Heiple, D. L. (1994). Garcilaso de la Vega and the Italian Renaissance. Pennsylvania State University Press.

Lapesa, R. (1985). La trayectoria poética de Garcilaso (2ª ed.). Istmo.

Navarrete, I. (1994). Orphans of Petrarch: Poetry and Theory in the Spanish Renaissance. University of California Press.

Rivers, E. L. (1974). Garcilaso de la Vega: Poems. Grant & Cutler.


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