Entre los picos majestuosos de los Andes, surgió un juego que va más allá del entretenimiento: el taptana, reflejo del ingenio, la estrategia y la cosmovisión incaica. Cada movimiento en su tablero triangular evoca la armonía entre el individuo y la comunidad, entre la astucia y la cooperación, enseñando lecciones de equilibrio y reciprocidad milenarias. ¿Qué secretos del pensamiento inca se ocultan en sus piezas? ¿Cómo este juego ancestral desafía nuestra idea de estrategia?


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📷 Imagen generada por GPT-4o para El Candelabro. © DR

El Taptana: El Ajedrez que Nació en los Andes


En las alturas imponentes de los Andes, donde el viento susurra secretos ancestrales, surgió un juego de estrategia que encapsula la esencia del imperio inca: el taptana. Este artefacto lúdico, a menudo denominado ajedrez andino o juego de estrategia incaico, no fue mero pasatiempo, sino un espejo de la cosmovisión andina. Jugado sobre tableros tallados en piedra o madera con cuadrículas precisas, el taptana involucraba piezas que representaban guerreros, animales sagrados como el puma y vicuñas, y símbolos imperiales. Su objetivo principal, en variantes como el puma contra las vicuñas, consistía en capturar o bloquear al oponente mediante movimientos calculados, reflejando la dualidad y el equilibrio inherentes a la cultura inca. Historiadores lo vinculan a prácticas precolombinas, con evidencias en crónicas como las de Guamán Poma de Ayala, donde se describe como un enfrentamiento táctico que simulaba conflictos territoriales. El taptana, con su tablero híbrido de forma triangular unida a una cuadrícula similar al ajedrez, demostraba una sofisticación matemática y estratégica que rivalizaba con tradiciones globales. Esta comparación entre el ajedrez europeo y el taptana incaico revela no solo similitudes en la lógica del juego, sino profundas diferencias en la concepción del poder y el conflicto humano.

El origen del taptana se remonta al apogeo del Tahuantinsuyo, el vasto imperio inca que se extendía desde Colombia hasta Chile. Fuentes etnohistóricas sugieren que se practicaba en plazas ceremoniales como Sacsayhuamán, donde élites y administradores lo utilizaban para afinar habilidades en lógica y táctica. A diferencia de mitos que lo asocian directamente con el ajedrez importado por los españoles, el taptana era una creación autóctona, posiblemente evolucionada de juegos más antiguos como el alquerque mesoamericano. Su nombre, derivado del quechua, evoca conteo y cálculo, alineándose con herramientas incas como la yupana, un ábaco andino para operaciones numéricas. En el taptana, el tablero se dividía en casillas que permitían movimientos lineales o diagonales, con reglas que enfatizaban la complementariedad: un puma solitario enfrentaba un rebaño de vicuñas, simbolizando la astucia individual contra la cohesión grupal. Esta dinámica no buscaba aniquilación total, sino contención y armonía, principios centrales de la filosofía andina de ayni, o reciprocidad. Investigaciones recientes en etnomatemática destacan cómo el taptana integraba geometría y aritmética, fomentando un pensamiento abstracto adaptado al paisaje montañoso y los ciclos agrícolas del altiplano.

La jugabilidad del taptana revelaba una profundidad comparable al ajedrez europeo, pero con matices únicos derivados de la realidad andina. En una partida típica, el jugador del puma iniciaba movimientos sigilosos para emboscar vicuñas, mientras el rebaño se desplazaba en bloque para bloquear al depredador. Las reglas prohibían saltos indiscriminados, requiriendo alineaciones precisas que evocaban constelaciones incas o rutas de los chasquis, los mensajeros imperiales. Este enfoque en la anticipación y el equilibrio contrastaba con la agresividad del ajedrez, donde el jaque mate culmina en la caída del rey. En los Andes, el taptana servía como simulacro de guerra ritual, preparando a nobles para decisiones que afectaban el pachakuti, el vuelco del mundo. Crónicas coloniales, como las de Felipe Guamán Poma, ilustran partidas en entornos sagrados, con espectadores interpretando jugadas como augurios divinos. Así, el juego trasciende lo recreativo, convirtiéndose en herramienta pedagógica para educadores incas, quienes lo empleaban en la formación de quipucamayocs, contadores de nudos que gestionaban el vasto tributo imperial. Su preservación oral y material subraya la resiliencia cultural frente a la colonización.

Explorando el significado cultural del taptana, emerge como emblema de la dualidad andina, donde opuestos como Hanan (arriba) y Hurin (abajo) se complementan en un cosmos interconectado. A diferencia del ajedrez, que refleja una jerarquía feudal cristiana con su reina todopoderosa y peones sacrificables, el taptana incorporaba elementos chamánicos: piezas bendecidas con hojas de coca o invocaciones a Viracocha, el creador supremo. En comunidades quechua contemporáneas del Cusco y los cañaris ecuatorianos, se juega aún en festivales, preservando narrativas de resistencia incaica. Estudios en educación matemática lo posicionan como recurso para enseñar conceptos de simetría y probabilidad, adaptando la historia taptana inca a aulas modernas. Esta continuidad ilustra cómo el juego de estrategia andino no solo entretenía, sino que moldeaba la identidad colectiva, fomentando empatía hacia el adversario en lugar de su dominación absoluta. En un contexto de expansión imperial, el taptana simulaba alianzas y conquistas, como la integración de pueblos subyugados mediante reciprocidad, no mera subyugación.

La comparación entre el taptana y el ajedrez europeo ilumina dos paradigmas contrastantes de estrategia y poder. Mientras el ajedrez, originado en el chaturanga indio y adaptado en Persia hacia el siglo VI, llegó a Europa medieval como shatranj y evolucionó con reglas que exaltaban la caballería y la monarquía absoluta, el taptana permanecía arraigado en ciclos naturales andinos. El tablero europeo, un cuadrado de 8×8 casillas, simbolizaba un campo de batalla lineal, donde la victoria implicaba jaque mate y remoción total del rey enemigo. En contraste, el diseño híbrido del taptana—triangular para evocar picos andinos, unido a una cuadrícula—promovía movimientos circulares, reflejando el chakana, cruz andina de los cuatro mundos. Historiadores como François de Pauw argumentan que esta circularidad fomentaba una táctica holística, anticipando no solo jugadas rivales, sino equilibrios ecológicos, como el pastoreo de vicuñas en punas altoandinas. Así, el ajedrez entrenaba para la conquista cruzada, mientras el taptana preparaba para la armonía imperial, integrando diversidad étnica en el mosaico inca.

Profundizando en las diferencias filosóficas, el taptana encarnaba la cosmovisión andina de sumak kawsay, el buen vivir en equilibrio con la Pachamama. Sus reglas evitaban la eliminación total, optando por bloqueos que simbolizaban treguas rituales, alineadas con mitos de creación donde deidades opuestas coexisten. El ajedrez, influido por el dualismo maniqueo cristiano, enfatizaba la salvación a través de la victoria moral, con la reina como figura mariana de poder redentor. Esta dicotomía se evidencia en representaciones artísticas: manuscritos europeos muestran reyes ajedrecistas en torneos cortesanos, mientras dibujos de Guamán Poma retratan incas en taptana bajo cielos estrellados, vinculando jugadas a calendarios agrícolas. En términos de accesibilidad, el taptana democratizaba la estrategia, jugado por pastores y sacerdotes por igual, al paso que el ajedrez se confinaba a nobleza hasta la Ilustración. Esta comparación entre ajedrez europeo y taptana incaico no solo enriquece la historia de los juegos de mesa precolombinos, sino que cuestiona narrativas eurocéntricas sobre el origen del pensamiento estratégico.

El legado del taptana persiste en la revitalización cultural andina, donde ONGs y educadores lo integran en programas contra la aculturación. En Ecuador, entre los cañaris, se documenta como taptana cañari, un sistema integral de conocimiento que fusiona juego y cálculo. Investigaciones en etnomatemática, como las de Marcia Ascher, lo comparan con algoritmos incas para tributos, destacando su rol en la administración imperial. Hoy, variantes digitales del taptana emergen en apps educativas, preservando reglas ancestrales mientras adaptan tableros a interfaces modernas. Esta resurgencia subraya el valor del juego de estrategia incaico en contextos globales, donde la sostenibilidad y la reciprocidad ganan relevancia frente a modelos competitivos. Comparado con el ajedrez, que inspiró algoritmos de IA como Deep Blue, el taptana ofrece lecciones en inteligencia colectiva, ideal para desafíos contemporáneos como el cambio climático en los Andes.

En comunidades rurales del Perú, el taptana se juega en ferias patronales, con tableros esculpidos en piedra volcánica que evocan ruinas incas. Niños aprenden mediante él nociones de espacio y tiempo, replicando migraciones de auquénidos en el tablero. Esta transmisión oral contrasta con la codificación escrita del ajedrez en tratados medievales como el de Lucena. El taptana, al no requerir notación, fomentaba memoria y narración, habilidades vitales en una sociedad sin escritura alfabética. Su similitud superficial con el ajedrez—ambos usan casillas y capturas—ha llevado a confusiones históricas, como la anécdota apócrifa de Atahualpa jugando ajedrez con Pizarro, cuando probablemente era taptana. Clarificar esta distinción enriquece la comprensión de juegos indígenas americanos, destacando innovaciones independientes en América precolombina.

La influencia del taptana en la educación moderna trasciende fronteras, incorporándose en currículos bilingües quechua-español. Estudios demuestran que su uso mejora el razonamiento espacial en estudiantes andinos, superando métodos eurocéntricos. En un mundo obsesionado con el ajedrez como metáfora de genialidad—piénsese en Bobby Fischer o Garry Kasparov—el taptana propone una alternativa: estrategia como diálogo con el entorno, no como dominio. Esta perspectiva resuena en debates poscoloniales sobre conocimiento indígena, validando tradiciones marginadas. Al explorar la historia del taptana inca, se aprecia cómo un simple tablero andino encapsula complejidades imperiales, ofreciendo insights para pensadores globales en era de interconexión.

En síntesis, el taptana representa una cumbre del ingenio humano en los Andes, un juego de estrategia incaico que rivaliza con el ajedrez en profundidad, pero diverge en esencia. Su énfasis en equilibrio y complementariedad refleja una civilización que construía imperios mediante alianzas, no solo conquistas, contrastando con la linealidad feudal europea. Aunque eclipsado por la colonización, su resurgencia afirma la diversidad del pensamiento abstracto: no un monopolio oriental o occidental, sino una expresión universal adaptada a contextos locales. Fundamentado en evidencias etnohistóricas y etnográficas, el taptana invita a reconsiderar narrativas globales de inteligencia estratégica, promoviendo un diálogo intercultural que honre legados olvidados. En última instancia, al mover una pieza en su tablero triangular, no solo se juega un juego; se invoca un mundo donde el conflicto se resuelve en armonía, un legado andino para generaciones futuras.


Referencias 

Aguilar Shamayre, C. (2024). Aprendizaje de la competencia matemática mediante el uso de la taptana como estrategia de aprendizaje, de los niños de tercer ciclo de la institución educativa bilingüe N° 64430, Río Tambo, Junín, 2024. Universidad Católica Los Ángeles de Chimbote.

De Pauw, F. (2015). An exploration of pre-Columbian Andean games. Ludii Games Workshop.

Tun, M. (2014). La taptana. Etnomatemática: Reflexiones sobre la Historia y la Enseñanza de las Matemáticas.

Zárate, A. (2020). Taptana cañari: Conocimiento integral. Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura.

Guamán Poma de Ayala, F. (1615). El primer nueva corónica y buen gobierno. manuscrito original en la Real Biblioteca de Copenhague.

Ascher, M., & Ascher, R. (1997). Mathematical ideas of the Incas. Dover Publications.


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