Entre promesas de paz efímera y el eco latente de una guerra inevitable, el Acuerdo de Múnich de 1938 se convirtió en un punto de inflexión donde el miedo, la estrategia y la ingenuidad se entrelazaron peligrosamente. Europa contuvo el aliento mientras sus líderes cedían territorio con la esperanza de evitar el caos. ¿Fue realmente un acto de prudencia? ¿O una rendición disfrazada de diplomacia?
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📷 Imagen generada por Grok AI para El Candelabro. © DR
El Acuerdo de Múnich de 1938: ¿Ingenuidad o cálculo estratégico en la política de apaciguamiento?
El 30 de septiembre de 1938, la portada del diario ABC de Sevilla proclamaba con letras mayúsculas una “jornada histórica para la humanidad”. Cuatro líderes —Adolf Hitler, Benito Mussolini, Neville Chamberlain y Édouard Daladier— habían firmado en Múnich el acuerdo que permitía la anexión alemana de los Sudetes, región checoslovaca habitada mayoritariamente por población de habla germana. El texto celebraba la “paz para nuestra época”, expresión que el primer ministro británico pronunciaría al día siguiente desde el aeropuerto de Heston. La euforia era comprensible: Europa acababa de apartarse, aparentemente, del abismo de una nueva guerra total apenas veinte años después del fin de la Gran Guerra.
La política de apaciguamiento, conocida en inglés como appeasement, había alcanzado su punto culminante. Desde la remilitarización de Renania en 1936 hasta la crisis checoslovaca de 1938, Reino Unido y Francia optaron por concesiones sucesivas con la esperanza de canalizar las ambiciones expansionistas de Hitler dentro de límites negociados. El Acuerdo de Múnich representó la culminación de esa estrategia: Checoslovaquia, aliada de Francia y poseedora de uno de los ejércitos mejor equipados de Europa central, fue desmembrada sin que sus representantes participaran en las deliberaciones.
Para comprender si Chamberlain y Daladier actuaron por ingenuidad o por realismo estratégico es necesario analizar el contexto militar, político y psicológico de 1938. En primer lugar, el rearme británico era aún incipiente. El programa de expansión de la Royal Air Force iniciado en 1936 no alcanzaría su plenitud hasta 1940. El radar Chain Home estaba en fase experimental y la producción de cazas modernos como el Spitfire y el Hurricane apenas comenzaba. Francia, por su parte, dependía excesivamente de la Línea Maginot y carecía de una doctrina ofensiva coherente tras la traumática experiencia de Verdún.
Desde el punto de vista diplomático, la ausencia de un frente oriental sólido complicaba cualquier resistencia firme. La Unión Soviética, potencial contrapeso a Alemania, era vista con profunda desconfianza por las élites británicas y francesas. El pacto germano-soviético de agosto de 1939 demostraría que tales recelos no carecían de fundamento, pero en 1938 la posibilidad de una alianza con Moscú parecía remota y peligrosa. Además, el aislamiento estadounidense reforzaba la percepción de que una guerra europea en 1938 sería librada casi exclusivamente por Reino Unido y Francia.
El factor psicológico resulta igualmente decisivo. La memoria de la Primera Guerra Mundial pesaba como una losa sobre la opinión pública. En Gran Bretaña, la generación que había perdido Passchendaele y el Somme dominaba aún los círculos de poder. Encuestas de la época reflejan que una amplia mayoría prefería cualquier concesión antes que un nuevo conflicto. Chamberlain, hombre de setenta años procedente del mundo victoriano de los negocios, encarnaba esa sensibilidad pacifista de las clases medias británicas.
Sin embargo, reducir la decisión de Múnich a mera ingenuidad sería simplificar en exceso. Documentos desclasificados del Foreign Office y del Cabinet británico revelan que los responsables eran perfectamente conscientes de la naturaleza agresiva del régimen nazi. El propio Chamberlain escribió en privado a su hermana Hilda que el acuerdo era “solo un aplazamiento”. Lord Halifax, ministro de Exteriores, reconoció en varias ocasiones que Hitler no se detendría en los Sudetes. La pregunta, por tanto, no era si la guerra llegaría, sino cuándo y en qué condiciones.
La cesión de los Sudetes proporcionó ventajas objetivas a los Aliados futuros. Checoslovaquia perdió no solo el 30 % de su territorio, sino también sus fortificaciones fronterizas —equivalentes checoslovacos de la Línea Sigfrido—, el 40 % de su industria pesada y las fábricas Škoda, segundo mayor complejo armamentístico de Europa. Alemania incorporó de inmediato 3,5 millones de habitantes germanófonos y un formidable potencial industrial. Pero, paradójicamente, esa misma ganancia debilitó la posición estratégica checoslovaca sin destruir por completo su capacidad de resistencia futura, aunque ya como estado residual.
Desde la perspectiva británica, el año ganado entre septiembre de 1938 y septiembre de 1939 resultó crucial. La producción de cazas se duplicó, el radar estuvo operativo, y se instauró el servicio militar obligatorio en abril de 1939, algo impensable políticamente un año antes. Francia, aunque más lenta, también aceleró ciertos programas. El historiador británico A. J. P. Taylor, aunque crítico con el apaciguamiento moral, reconoció que “en términos puramente militares, Gran Bretaña estaba mejor preparada en 1939 que en 1938”.
Aun así, la dimensión moral del Acuerdo de Múnich no puede ser soslayada. Al abandonar a Checoslovaquia —estado democrático creado precisamente por el Tratado de Versalles que ahora se desmantelaba— Reino Unido y Francia minaron su propia credibilidad. La frase de Churchill “tuvieron que elegir entre la deshonra y la guerra; eligieron la deshonra y tendrán la guerra” resume esa percepción. La traición a Praga envalentonó a Hitler, quien en marzo de 1939 ocuparía el resto de Bohemia y Moravia, demostrando que los Sudetes habían sido solo un pretexto.
La invasión de Polonia el 1 de septiembre de 1939 confirmó el fracaso definitivo del apaciguamiento como estrategia de contención. Sin embargo, la pregunta persiste: ¿habría sido posible resistir en 1938? Una guerra en septiembre de ese año habría enfrentado a una Wehrmacht aún incompleta —con solo 48 divisiones plenamente operativas frente a las casi 100 checoslovacas, francesas y británicas combinadas— pero también a unos ejércitos aliados moral y materialmente desprevenidos. El colapso francés de 1940 sugiere que la doctrina y el liderazgo galo seguían siendo profundamente deficientes.
Así pues, Chamberlain y Daladier no fueron simples ingenuos víctimas de su propia buena fe. Actuaron dentro de constricciones reales: ejércitos insuficientes, opinión pública pacifista, ausencia de aliados fiables y la creencia razonable de que un año adicional mejoraría sus posibilidades. El error fundamental no residió en comprar tiempo, sino en la ilusión de que las concesiones territoriales podían satisfacer aspiraciones ideológicas de carácter totalitario.
El Acuerdo de Múnich ilustra así una trágica paradoja: una decisión tácticamente racional en el corto plazo resultó estratégicamente desastrosa en el medio. La “paz de nuestro tiempo” comprada en 1938 costó, en última instancia, decenas de millones de vidas y la destrucción de media Europa.
Referencias
Churchill, W. S. (1948). The gathering storm. Houghton Mifflin.
Taylor, A. J. P. (1961). The origins of the Second World War. Hamish Hamilton.
Watt, D. C. (1989). How war came: The immediate origins of the Second World War, 1938-1939. Pantheon Books.
Shirer, W. L. (1960). The rise and fall of the Third Reich: A history of Nazi Germany. Simon & Schuster.
Overy, R. (1997). Why the Allies won. W. W. Norton & Company.
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