Entre los antiguos templos que miraban al firmamento y las mentes modernas que buscan sentido en un universo desconectado, la astrología emerge como una ciencia sagrada que unió cielo y alma durante milenios. No fue superstición, sino una vía para leer el orden secreto del cosmos y su reflejo en la vida humana. ¿Cómo perdió ese carácter sagrado? ¿Y es posible recuperarlo hoy?


El CANDELABRO.ILUMINANDO MENTES 
📷 Imagen generada por GPT-4o para El Candelabro. © DR

La astrología como ciencia sagrada: del cosmos al alma humana


La astrología, en su expresión más elevada, nunca fue un mero entretenimiento ni una técnica adivinatoria de feria. En las grandes civilizaciones que dieron origen a la cultura occidental y oriental, la observación del cielo constituyó una disciplina integral que buscaba comprender la correspondencia profunda entre macrocosmos y microcosmos. Desde Mesopotamia hasta el mundo helenístico, y desde el islam medieval hasta el Renacimiento europeo, los astrólogos se consideraban guardianes de un saber que unía astronomía, filosofía, medicina y teología. ¿Qué sentido tenía, para aquellas mentes brillantes, separar el movimiento de los astros del destino de las almas?

En la biblioteca de Alejandría, Ptolomeo no escribió solo un tratado matemático (el Almagesto) y otro astrológico (el Tetrabiblos) por casualidad. Ambos libros formaban parte de un mismo proyecto intelectual: describir el orden racional del universo y, al mismo tiempo, mostrar cómo ese orden se reflejaba en la vida humana. El astrólogo-alquimista veía en los siete planetas tradicionales no solo cuerpos celestes, sino principios activos, inteligencias vivas que participaban en la creación continua del mundo. Mercurio no era simplemente el planeta más rápido; era el arquetipo de la mente, la comunicación y la transformación hermética.

Cuando el saber griego llegó a Bagdad en el siglo VIII, los traductores de la Casa de la Sabiduría no distinguieron entre astronomía y astrología. Abu Ma’shar, uno de los mayores astrólogos de todos los tiempos, tituló su obra principal Introducción a la ciencia de los juicios de los astros, y la presentó como una disciplina natural, subordinada a la física aristotélica. Para él, los planetas actuaban por influjo físico real (aunque sutil) sobre el mundo sublunar, y la astrología era la ciencia que estudiaba esas influencias. En ese contexto, predecir una epidemia o la fertilidad del suelo resultaba tan legítimo como pronosticar el carácter de un rey.

En Al-Ándalus, la convivencia de culturas permitió una síntesis extraordinaria. En Toledo y Córdoba, judíos como Abraham ibn Ezra, musulmanes como Al-Biruni y cristianos como Alfonso X el Sabio trabajaron con el mismo corpus astrológico. Ibn Ezra escribió que “el sabio dominará las estrellas”, frase que no niega la influencia astral, sino que afirma la posibilidad de trascenderla mediante el conocimiento. La astrología medieval española desarrolló conceptos tan refinados como las dignidades esenciales y accidentales, las recepciones mutuas y los aspectos por signo, herramientas que aún hoy impresionan por su complejidad matemática y simbólica.

La medicina astrológica constituyó otro pilar fundamental. Hipócrates ya había dicho que ningún médico debería practicar sin conocer la astrología, y Galeno desarrolló toda una teoría de los temperamentos basada en la combinación de cualidades planetarias. En los hospitales de Bagdad y en las facultades de Salerno y Montpellier, el médico-astrólogo elegía el momento de sangrar al paciente, administrar un remedio o realizar una cirugía según la posición de la Luna y los aspectos de Marte. El zodiaco hombre (homo signorum) que aparece en manuscritos medievales muestra cada parte del cuerpo regida por un signo, recordándonos que la salud era concebida como armonía cósmica.

La alquimia, por su parte, fue siempre hermana gemela de la astrología. Paracelso, el gran renovador de la medicina renacentista, insistía en que “los astros están dentro de nosotros” y que cada metal correspondía a un planeta tanto en el cielo como en el cuerpo humano. La operación alquímica requería elegir el momento astrológicamente propicio, porque la transmutación no era solo química, sino cósmica. Saturno presidía el plomo y la melancolía; Júpiter, el estaño y la generosidad; el Sol, el oro y el corazón. Trabajar contra el cielo era tan absurdo como remar contra la corriente del Nilo.

Con el Renacimiento llegó el intento de recuperar la pureza de esta tradición. Marsilio Ficino, en Florencia, tradujo a Plotino y a Hermes Trismegisto mientras componía tratados de astrología médica y música celestial. Para él, los planetas emitían una especie de música que el alma humana podía captar y armonizar. Su contemporáneo Pico della Mirandola criticó ciertos excesos de la astrología determinista, pero no rechazó la idea de correspondencia cósmica; simplemente defendió la libertad humana dentro del gran concierto universal. Incluso Giordano Bruno, quemado en la hoguera por herejía, veía en los astros infinitos mundos habitados y en la astrología una vía hacia la comprensión de la unidad divina.

La Ilustración trajo la gran ruptura. La nueva ciencia mecanicista, representada por Newton y Laplace, eliminó las cualidades y los fines del universo aristotélico. Los planetas quedaron reducidos a masas que se atraían según leyes matemáticas impersonales. La astrología fue relegada al terreno de la superstición porque ya no encajaba en el paradigma dominante. Sin embargo, es importante preguntarse si esa exclusión fue consecuencia inevitable del progreso científico o resultado de una elección filosófica particular que privilegió la cantidad sobre la cualidad, el mecanismo sobre el significado.

En el siglo XX, Carl Gustav Jung recuperó la idea de sincromicidad, un principio de conexión acausal que recuerda poderosamente la concepción antigua de simpatía cósmica. Jung trabajó durante décadas con cartas astrales de sus pacientes y concluyó que los arquetipos del inconsciente colectivo se manifestaban simultáneamente en la psique y en la configuración celeste del momento. La astrología, desde esta perspectiva, no predice eventos externos tanto como revela los patrones arquetípicos que estructuran la experiencia humana profunda.

Hoy asistimos a un renacimiento del interés por la astrología, pero con frecuencia desprovisto de su antiguo rigor intelectual. Las aplicaciones móviles y los horóscopos de prensa han reemplazado a los complicados cálculos de casas y aspectos. Sin embargo, existen todavía astrólogos que estudian los textos clásicos, que calculan domicilios y exaltaciones, que integran la astrología con la psicología profunda o la filosofía perenne. La pregunta esencial sigue abierta: ¿es posible recuperar la dimensión sagrada de la astrología sin caer en la superstición ni en el cientificismo reduccionista?

Tal vez la respuesta esté en comprender que la ciencia moderna y la ciencia sagrada antigua no respondían necesariamente a la misma clase de preguntas. Mientras la primera busca predecir y controlar fenómenos cuantificables, la segunda intentaba situar al ser humano dentro de un cosmos significativo. Ambas pueden ser válidas en sus respectivos dominios. La astrología, entendida como ciencia de las correspondencias, nos invita a recordar que formamos parte de un tejido mayor, que nuestro nacimiento bajo determinadas constelaciones no es azar puro ni determinismo ciego, sino participación en el gran drama cósmico.

En última instancia, la astrología tradicional nos enseña humildad ante el misterio y responsabilidad ante el conocimiento. El sabio no pretende manipular las estrellas, sino alinearse con el orden que ellas manifiestan. En un mundo desencantado que ha perdido el sentido de lo sagrado, quizá la mayor contribución de la astrología sea recordarnos que el universo no es un mecanismo muerto, sino un organismo vivo en el que cada alma ocupa un lugar único e irrepetible.


Referencias

Campion, N. (2008). A history of western astrology: Volume I, The ancient world. Continuum.

Cornelius, G. (2003). The moment of astrology: Origins in divination. Penguin Books.

Greene, L. (2009). Jung’s studies in astrology: Prophecy, magic, and the qualities of time. Routledge.

Tester, J. (1987). A history of western astrology. Boydell Press.

Voss, A. (2006). Marsilio Ficino. North Atlantic Books.


El CANDELABRO.ILUMINANDO MENTES 

#AstrologíaSagrada
#CosmosYAlma
#HistoriaDeLaAstrología
#ArquetiposPlanetarios
#AstrologíaYMedicina
#AlquimiaYAstrología
#FilosofíaHermética
#JungYLaAstrología
#RenacimientoAstrológico
#MacrocosmosMicrocosmos
#ZodiacoYSalud
#SabiduríaAstral


Descubre más desde REVISTA LITERARIA EL CANDELABRO

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.