Entre los turbulentos pasillos del siglo XI emerge la figura más inquietante del papado: Benedicto IX, joven, poderoso y envuelto en una sombra que marcó para siempre la memoria histórica. Su nombre se convirtió en sinónimo de escándalo, abuso y temor, alimentando una leyenda que aún hoy provoca debate. ¿Cuánto hubo de verdad en su infamia? ¿Cuánto nació de la necesidad de crear un villano perfecto?
El CANDELABRO.ILUMINANDO MENTES

📷 Imagen generada por GPT-4o para El Candelabro. © DR
El Papa Benedicto IX: El “demonio disfrazado de sacerdote” en la historia y la leyenda
En el siglo XI, el papado atravesó uno de sus periodos más turbulentos y oscuros, conocido por los historiadores como la “pornocracia” prolongada o el dominio de las grandes familias romanas sobre la cátedra de Pedro. Entre todos los pontífices de esa época, ninguno ha generado una reputación tan estremecedora como Benedicto IX, el único hombre que ocupó el trono papal en tres periodos distintos (1032-1044, 1045 y 1047-1048) y que fue descrito por sus contemporáneos como “un demonio del infierno disfrazado de sacerdote”.
Esta expresión, que hoy resuena como una de las acusaciones más duras jamás vertidas contra un papa, no surgió de la nada ni fue inventada siglos después. Aparece documentada en crónicas medievales redactadas por monjes y clérigos que vivieron los acontecimientos o tuvieron acceso directo a testimonios de primera mano. La frase más conocida se atribuye tradicionalmente a Benito de San Andrés del Soratte, monje del siglo XI, aunque también resuena en obras de autores posteriores como San Pedro Damián y el cardenal Baronio.
Para comprender el origen de esta descripción tan extrema es necesario situar a Benedicto IX en su contexto histórico. Nacido Teofilacto de Túsculo alrededor del año 1012 o 1015, pertenecía a una de las familias más poderosas del Lacio: los condes de Túsculo. Su tío y su padre habían colocado ya a dos parientes en el solio pontificio (Benedicto VIII y Juan XIX), demostrando que en la Roma del siglo XI el papado podía comprarse, heredarse o imponerse por la fuerza más que elegirse por inspiración del Espíritu Santo.
Con apenas veinte años —algunos cronistas hablan incluso de doce o catorce, aunque la mayoría de los historiadores modernos descartan esa edad tan temprana—, Teofilacto fue entronizado como Benedicto IX en octubre de 1032. Esta elección, orquestada por su padre Alberico, supuso un escándalo mayúsculo incluso para los estándares relajados de la época. Un joven laico, sin formación teológica seria y perteneciente a una facción nobiliaria armada, se convirtió en el vicario de Cristo.
Los primeros años de su pontificado estuvieron marcados por la violencia callejera en Roma. Las familias nobles —Túsculo, Crescencios y más tarde los reformadores— libraban verdaderas guerras urbanas. Benedicto IX no permaneció ajeno: se le acusó de ordenar asesinatos, de mantener una corte llena de lujo y excesos y de comportarse más como un señor feudal que como pastor de la Iglesia universal. El cronista Raúl Glaber lo describe como “joven de costumbres depravadas” que “deshonró la sede de Pedro”.
Sin embargo, la situación se volvió insostenible en 1044. Harto de los desórdenes, el pueblo romano se rebeló y expulsó a Benedicto IX. En su lugar fue elegido el obispo Juan de Sabina como Silvestre III. Pero Benedicto no se resignó: desde Túsculo organizó un contraataque militar y recuperó el palacio lateranense por la fuerza apenas dos meses después. Este episodio de guerra civil papal horrorizó a la cristiandad europea y alimentó la imagen del papa guerrero y tiránico.
Aún más extraño fue lo ocurrido en 1045. Benedicto IX, según varias fuentes, deseaba casarse con una prima suya y, para poder hacerlo, decidió abdicar voluntariamente a cambio de una considerable suma de dinero. Vendió el papado a su padrino, el arcipreste Juan Graciano, quien tomó el nombre de Gregorio VI. Este acto de simonía abierta —la compra-venta de cargos eclesiásticos— constituyó uno de los mayores escándalos de la historia de la Iglesia y dio argumentos decisivos a los reformadores que, liderados por el emperador Enrique III, intervinieron en 1046.
En el sínodo de Sutri y posteriormente en Roma, los tres papas concurrentes (Benedicto IX, Gregorio VI y Silvestre III) fueron depuestos. Benedicto, que se había arrepentido de su abdicación y volvía a reclamar el trono, fue excomulgado y obligado a retirarse. Sin embargo, en 1047, con ayuda militar de su familia, ocupó nuevamente Roma y se proclamó papa por tercera vez durante ocho meses, hasta que las tropas imperiales lo expulsaron definitivamente en julio de 1048.
Esta sucesión vertiginosa de elecciones, ventas, expulsiones y retornos armados convirtió a Benedicto IX en el símbolo perfecto del papado corrompido. Los reformadores gregorianos del siglo XI necesitaban ejemplos extremos para justificar su lucha contra la simonía y el nicolaísmo (concubinato clerical). Benedicto IX les ofrecía el caso paradigmático: un papa joven, rico, violento y —según las acusaciones— entregado a toda clase de vicios.
San Pedro Damián, el gran asceta y cardenal del siglo XI, escribió sobre él con dureza inusitada: “Salió del infierno como un demonio para devastar la cátedra de Pedro”. Desiderio de Montecasino (futuro papa Víctor III) lo llamó “execración de la humanidad” y afirmó que había cometido “crímenes nefandos” que ni siquiera se atrevía a detallar por pudor. Estas expresiones, aunque impactantes, deben leerse dentro del estilo retórico medieval, donde la hipérbole moral era un recurso habitual.
Ahora bien, ¿hasta qué punto estas acusaciones eran ciertas y cuánto respondían a propaganda política? Los historiadores modernos han matizado considerablemente la “leyenda negra” de Benedicto IX. En primer lugar, muchas de las fuentes más duras provienen de ambientes monásticos reformados que tenían interés en desprestigiar a los papas “tiburtinos” para favorecer la intervención imperial y la posterior reforma gregoriana.
En segundo lugar, algunas acusaciones concretas —como la de practicar habitualmente la sodomía o la bestialidad— aparecen solo en fuentes tardías y con claras intenciones difamatorias. No existen documentos contemporáneos que las corroboren de forma independiente. Por otro lado, actos como la venta del papado a Gregorio VI están bien documentados y fueron reconocidos incluso por el propio Gregorio en el sínodo de Sutri.
Tampoco debemos olvidar que Benedicto IX gobernó durante un periodo de enorme inestabilidad política. Roma era una ciudad dividida entre facciones armadas, y cualquier papa de la época habría necesitado alianzas militares para mantenerse en el poder. La violencia que se le atribuye no era excepcional: sus predecesores y sucesores también recurrieron a la fuerza.
Un dato significativo es el final de su vida. Tras su definitiva expulsión en 1048, Benedicto IX desaparece de los registros durante casi una década. Según la tradición más aceptada por los historiadores modernos, se retiró al monasterio de Grottaferrata, donde hizo penitencia bajo la dirección de san Bartolomé. Murió en fecha incierta, posiblemente hacia 1056, y fue sepultado en ese mismo monasterio. Esta conversión final ha llevado a algunos investigadores a cuestionar la imagen del “demonio irreductible”.
La frase “demonio disfrazado de sacerdote” se consolidó definitivamente en la historiografía a partir del siglo XVI, cuando el cardenal César Baronio la incluyó en sus Annales Ecclesiastici citando a Benito de San Andrés del Soratte. Desde entonces, ha pasado a formar parte del imaginario colectivo sobre los “peores papas de la historia”, junto a figuras como Alejandro VI o Juan XII.
Sin embargo, el análisis histórico actual prefiere hablar de Benedicto IX como producto de su tiempo más que como anomalía moral absoluta. El siglo XI fue una época de transición: la vieja Iglesia propietaria y feudal estaba siendo sustituida por una Iglesia reformada, centralizada y célibe. Para que la reforma triunfara, era necesario demonizar el pasado inmediato, y Benedicto IX resultó el chivo expiatorio perfecto.
En conclusión, la expresión “demonio disfrazado de sacerdote” no es un invento posterior ni una mera leyenda urbana medieval. Tiene su origen en testimonios contemporáneos o casi contemporáneos que reflejaban un escándalo real: un papado convertido en juguete de las ambiciones familiares, vendido, recuperado por la fuerza y manchado por la simonía más descarada. Al mismo tiempo, la frase está cargada de exageración retórica y de intereses políticos posteriores que buscaban justificar la gran reforma de la Iglesia.
Benedicto IX no fue probablemente peor que muchos de sus contemporáneos en el plano moral personal, pero sí encarnó de forma extrema la crisis institucional del papado romano en el siglo XI. Su historia nos recuerda que las grandes reformas suelen necesitar grandes villanos, y que la frontera entre hecho histórico y construcción legendaria es, en la Edad Media, especialmente difusa.
Hoy, cuando se busca en internet “el peor papa de la historia” o “papa demonio disfrazado”, el nombre de Benedicto IX aparece invariablemente en los primeros lugares. Esa persistencia demuestra el poder duradero de una frase nacida hace casi mil años en los scriptoria monásticos y que, a pesar de todos los matices históricos, sigue resonando como símbolo de la capacidad humana —incluso en la más alta dignidad eclesiástica— para la corrupción y el abuso de poder.
Referencias
Fichtenau, H. (1991). Living in the tenth century: Mentalities and social orders. University of Chicago Press.
Kelly, J. N. D., & Walsh, M. J. (2010). The Oxford dictionary of popes (3rd ed.). Oxford University Press.
Mann, H. K. (1902-1932). The lives of the popes in the early Middle Ages (Vols. 1-18). Kegan Paul.
Partner, P. (1972). The lands of St. Peter: The papal state in the Middle Ages and the Renaissance. University of California Press.
Ullmann, W. (1972). A short history of the papacy in the Middle Ages. Methuen.
El CANDELABRO.ILUMINANDO MENTES
#Historia
#EdadMedia
#Papado
#BenedictoIX
#IglesiaCatólica
#LeyendasMedievales
#RomaAntigua
#ReformaGregoriana
#CrónicasMedievales
#CorrupciónHistórica
#FamiliaTúsculo
#PapasDeLaHistoria
Descubre más desde REVISTA LITERARIA EL CANDELABRO
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
