Entre sombras de miedo y lealtad efímera, la Unión Soviética de los años treinta forjó un imperio donde los ejecutores del terror podían convertirse en sus primeras víctimas. Henrikh Yagoda e Ida Averbakh, arquitectos del GULAG y fieles al régimen estalinista, enfrentaron la traición de un sistema que devoraba incluso a los más poderosos. ¿Cómo puede la obediencia absoluta transformarse en condena? ¿Qué precio pagaron quienes confiaron ciegamente en el poder?


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La Caída de Henrikh Yagoda: Lealtad Efímera en el Terror Estalinista de la Unión Soviética


La Unión Soviética de los años treinta representó un período de transformaciones radicales y violencia sistemática, donde la lealtad al régimen estalinista se medía en momentos fugaces, a menudo más breves que un suspiro. En esta era de purgas masivas conocidas como la Gran Purga, figuras como Henrikh Yagoda, jefe de la NKVD —el temido aparato de seguridad interna—, encarnaron la ironía trágica del poder absoluto. Junto a su esposa, Ida Averbakh, una intelectual ferviente defensora del proyecto soviético, Yagoda no solo implementó las políticas represivas que definieron el terror estalinista, sino que también sucumbió a ellas. Su historia ilustra cómo el GULAG, el vasto sistema de campos de trabajo forzado, devoraba a sus propios arquitectos, transformando defensores en víctimas. Este ensayo explora la trayectoria de Yagoda y Averbakh, desde su ascenso en el aparato represivo hasta su aniquilación en 1937, revelando las dinámicas de traición y miedo que permeaban la sociedad soviética bajo Stalin.

Henrikh Yagoda, nacido en 1891 en una familia judía en Rybinsk, se unió al Partido Bolchevique en 1907 y ascendió rápidamente en las estructuras de seguridad tras la Revolución de Octubre. Para 1934, tras el asesinato de Sergó Ordzhonikidze —no, espera, del comisario de Asuntos Internos Viacheslav Menzhinsky—, Yagoda fue nombrado jefe de la NKVD, cargo que lo posicionó como el principal ejecutor de las purgas estalinistas. Bajo su mando, la NKVD orquestó miles de arrestos arbitrarios, torturas y ejecuciones sumarias, consolidando el control de Stalin sobre el Partido Comunista y la sociedad. Yagoda supervisó la construcción y expansión del GULAG, un archipiélago de campos que, según estimaciones históricas, albergó a millones de prisioneros entre 1930 y 1953. Su eficiencia en reprimir disidencias, desde kulaks desposeídos hasta intelectuales sospechosos, lo convirtió en un pilar del régimen, pero también en un peón prescindible en el ajedrez estalinista.

Ida Averbakh, por su parte, no era una mera figura accesoria en este drama. Nacida en 1898, provenía de una familia de intelectuales revolucionarios; su tío, Leopold Averbakh, dirigía la Asociación Rusa de Escritores Proletarios (RAPP), un bastión de la ortodoxia cultural soviética. Ida, una militante convencida, se casó con Yagoda en 1924 y se involucró activamente en la propaganda del régimen. En 1936, publicó artículos elogiando el sistema correccional soviético, destacando el GULAG como un instrumento de reeducación ideológica. Su visión idealizada del terror estatal reflejaba la fe ciega de muchos bolcheviques en la transformación del ser humano a través del trabajo forzado y la disciplina partidaria. Sin embargo, esta convicción la cegó ante las realidades brutales que su esposo implementaba diariamente, creando una disonancia cognitiva que solo se resolvería en tragedia personal.

La frase emblemática de Ida Averbakh —”El GULAG es un medio ideal para transformar la peor materia humana en constructores activos del socialismo”— captura la esencia de la propaganda estalinista de la época. Pronunciada en 1936, durante el apogeo de las purgas, esta declaración no solo justificaba la represión masiva, sino que la romantizaba como un proceso alquímico de redención proletaria. En el contexto de la Unión Soviética años treinta, donde el Primer Plan Quinquenal impulsaba industrialización a costa de millones de vidas, tales retóricas servían para legitimar el sufrimiento colectivo. Historiadores como Anne Applebaum han documentado cómo el GULAG no era mero castigo, sino un experimento social fallido que pretendía forjar “hombres nuevos” soviéticos. La ironía radica en que, apenas un año después, Ida misma sería etiquetada como “materia humana” degenerada, arrestada en 1937 y enviada a los campos que había alabado, donde enfrentaría la “reeducación” que tanto defendió.

La caída de Henrikh Yagoda se precipitó por un episodio aparentemente trivial que revelaba las fisuras en el círculo íntimo de Stalin. En 1936, el escritor Maksim Gorki, ícono cultural del régimen y protegido del líder, solicitó permiso para viajar a Italia por razones de salud. Su petición, presentada en un tono que Stalin interpretó como insolente, desencadenó una respuesta velada pero letal. El dictador aludió metafóricamente a un accidente aéreo de un avión nombrado “Maksim Gorki”, que se estrelló por “volar demasiado alto”. Este eufemismo, cargado de amenaza, ordenaba implícitamente la eliminación del escritor. Stalin convocó a Yagoda y le instruyó que “se ocupara de Gorki”. Poco después, Gorki cayó enfermo y falleció en junio de 1936, en circunstancias que historiadores como Donald Rayfield atribuyen a envenenamiento orquestado por la NKVD. La precisión de estas “coincidencias” subraya el modus operandi del terror estalinista: eliminación selectiva sin huellas evidentes.

Yagoda, leal ejecutor de tales órdenes, cumplió diligentemente, pero su utilidad se evaporó con la muerte de Gorki. Stalin, paranoico y propenso a purgar a sus colaboradores para evitar conspiraciones, comenzó a ver en Yagoda una amenaza potencial. Acusado de traición, conspiración trotskista y espionaje —cargos que él mismo había fabricado contra innumerables víctimas—, Yagoda fue destituido en septiembre de 1936 y reemplazado por Nikolai Yezhov, quien intensificaría las purgas en lo que se conocería como el “Yezhovshchina”. El juicio espectáculo contra Yagoda, parte del Proceso de Moscú de 1938, fue un teatro de absurdos: el antiguo jefe de la NKVD confesó bajo tortura haber envenenado a Gorki y conspirado contra el Estado, solo para ser condenado a muerte. Antes de su ejecución, Stalin ordenó que presenciara la muerte de catorce de sus antiguos subordinados, un ritual de humillación que invertía los roles de verdugo y víctima.

Ida Averbakh, arrastrada por la marea represiva, fue arrestada en julio de 1937, meses antes del juicio de su esposo. Declarada “enemiga del pueblo” por asociación y supuesta complicidad en las “conspiraciones” de Yagoda, fue enviada al GULAG, específicamente a los campos de Kolyma, uno de los más inhóspitos del archipiélago. Allí, la intelectual que había idealizado la reeducación enfrentó hambre, trabajo esclavo y degradación sistemática. En noviembre de 1938, fue ejecutada con un disparo en la nuca, método estándar de la NKVD para eliminar a los “traidores”. Su muerte, registrada en archivos desclasificados post-soviéticos, ejemplifica cómo el terror estalinista no discriminaba entre géneros o estatus: mujeres como Ida, a menudo invisibilizadas en las narrativas oficiales, sufrieron proporcionalmente en las purgas, con estimaciones de que al menos 700.000 fueron arrestadas entre 1936 y 1938.

La ejecución de Yagoda y Averbakh no fue un incidente aislado, sino un microcosmos del terror estalinista que diezmó a la élite soviética. Durante la Gran Purga, cerca de 700.000 personas fueron ejecutadas y millones enviadas al GULAG, según datos del historiador Oleg Khlevniuk. Este ciclo de represión devoraba a sus propios creadores: de los diecinueve miembros del Politburó en 1934, solo seis sobrevivieron intactos para 1939. La NKVD, bajo Yagoda, había establecido cuotas de arrestos —conocidas como “límites operativos”— que incentivaban la paranoia colectiva, transformando vecinos en delatores y familias en focos de sospecha. En la Unión Soviética de los años treinta, el miedo se convirtió en moneda corriente, erosionando la cohesión social que el bolchevismo pretendía forjar.

La propaganda estalinista, que retrataba a Yagoda como un “sabueso fiel” hasta su caída, borró rápidamente su legado. No hubo memoriales ni funerales; solo un vacío en los archivos del Partido, una advertencia implícita para los supervivientes. Esta amnesia oficial contrastaba con la realidad de un régimen construido sobre el miedo, donde la planificación económica —como la colectivización agrícola— coexistía con hambrunas inducidas como el Holodomor en Ucrania. Historiadores argumentan que el terror no fue mero capricho de Stalin, sino una herramienta estructural para modernizar la URSS a costa de su humanidad, eliminando opositores reales e imaginarios para consolidar un estado totalitario.

Reflexionar sobre la nostalgia contemporánea por la Unión Soviética requiere confrontar estas historias de vidas quebradas. En debates actuales sobre el legado estalinista, algunos idealizan los logros industriales y sociales del período, ignorando el costo humano. Sin embargo, casos como el de Yagoda y Averbakh demuestran que el “gran proyecto soviético” era un castillo de naipes sostenido por terror, donde la lealtad era condicional y la disidencia, fatal. La Gran Purga no solo purgó al Partido, sino que infundió un trauma generacional que persiste en la memoria colectiva rusa, como documentan estudios sobre el “síndrome post-soviético”.

En última instancia, la trayectoria de Henrikh Yagoda y Ida Averbakh encapsula la paradoja del estalinismo: un régimen que prometía utopía a través de la represión, pero que terminaba por devorar a sus devotos. Su caída en 1937, en el corazón de la Unión Soviética años treinta, subraya cómo el poder absoluto corrompe absolutamente, transformando constructores del socialismo en sus primeras víctimas. Hoy, al evocar esta época de sombras, no solo honramos a los silenciados, sino que advertimos contra los peligros de ideologías que subordinan la vida humana a abstracciones colectivas.

El terror estalinista, con su eficiencia burocrática y su crueldad metódica, permanece como un recordatorio eterno: los imperios levantados sobre el miedo se desmoronan en el silencio de los ejecutados, dejando solo ecos de lo que pudo ser, pero nunca fue, una sociedad justa.


Referencias 

Applebaum, A. (2003). Gulag: A history. Doubleday.

Conquest, R. (2008). The great terror: A reassessment. Oxford University Press.

Khlevniuk, O. V. (2015). Stalin: New biography of a dictator. Yale University Press.

Rayfield, D. (2005). Stalin and his hangmen: The tyrant and those who killed for him. Random House.

Figes, O. (2007). The whisperers: Private life in Stalin’s Russia. Metropolitan Books.


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