Entre llamas que devoran cuerpos y temores, surge un canto que desafía la muerte: el Cántico de los Tres Jóvenes. Ananías, Azarías y Misael transforman el horno ardiente en un templo universal, donde cada elemento de la creación se une a su alabanza. La fe no espera la liberación, sino que brota desde el sufrimiento mismo. ¿Puede un corazón humano aprender a bendecir en medio de su propio fuego? ¿Estamos preparados para reconocer la gloria en la prueba más intensa?
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El Cántico de los Tres Jóvenes: alabanza universal desde el horno ardiente
El Cántico de los Tres Jóvenes, conocido también como Benedicite o Cántico de Daniel 3, constituye uno de los textos litúrgicos y bíblicos más antiguos y universales de la tradición cristiana. Insertado en el capítulo tercero del Libro de Daniel en las versiones griegas y latinas de la Biblia, relata el himno que entonaron Ananías, Azarías y Misael —los nombres hebreos de Sadrac, Mesac y Abed-Nego— mientras se hallaban en el interior del horno ardiente al que los había condenado el rey Nabucodonosor por negarse a adorar la estatua de oro.
Este pasaje pertenece a las llamadas “adiciones griegas” al Libro de Daniel, por lo que no aparece en las Biblias hebreas ni en la mayoría de las versiones protestantes modernas, que siguen el canon palestinense. Sin embargo, la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas lo han considerado siempre Palabra de Dios inspirada y lo han integrado plenamente en su liturgia y espiritualidad.
La escena narrada es de una intensidad dramática excepcional: siete veces más caliente que de costumbre, el horno devora a los soldados que arrojan a los jóvenes, pero éstos caminan ilesos en medio de las llamas acompañados por un cuarto personaje “semejante a un hijo de los dioses” (Dn 3,92), interpretado tradicionalmente como un ángel o prefiguración cristológica. En ese preciso momento, cuando cualquier persona gritaría de terror o súplica, los tres jóvenes comienzan a bendecir al Señor con un himno estructurado y sereno.
El cántico sigue un esquema litánico claro: “Bendecid al Señor… alabadlo y exaltadlo por los siglos”. La invocación se dirige progresivamente a toda la creación, desde los elementos celestiales hasta los fenómenos meteorológicos, las criaturas marinas y terrestres, y finalmente al pueblo de Israel, sus sacerdotes, los justos y los tres jóvenes mismos. Esta enumeración no es casual: reproduce la cosmología bíblica y recuerda el Salmo 148, pero con una diferencia esencial: aquí la alabanza nace desde el sufrimiento extremo.
La Iglesia primitiva adoptó inmediatamente este texto como oración oficial. Ya en el siglo IV aparece en la Liturgia de las Horas y en la Vigilia Pascual. San Benito, en su Regla (cap. 12-13), prescribe que se cante completo todos los domingos en Laudes, costumbre que perdura hasta hoy. En la Vigilia Pascual, tras la lectura del Éxodo, el Cántico de los Tres Jóvenes se convierte en la gran respuesta de la creación redimida al Dios que libra de la muerte.
Muchas ediciones antiguas del Misal Romano lo proponían también como acción de gracias después de la Comunión, enseñando así que la Eucaristía y alabanza en la prueba forman una unidad indivisible. El fiel que ha recibido al Señor en la hostia aprende de los tres jóvenes a no limitarse a pedir, sino a bendecir incluso cuando “el horno” de la vida arde con más fuerza.
Un detalle litúrgico frecuente es la adición inmediata del Salmo 150 (Laudate Dominum in sanctuario suo) al final del Benedicite. Esta yuxtaposición no es arbitraria: mientras Daniel 3 convoca a la creación entera —incluidos los elementos que normalmente consideramos inertes—, el Salmo 150 incorpora la respuesta humana con todos sus instrumentos musicales y concluye con la frase definitiva: “Todo ser que alienta alabe al Señor”. De este modo, la liturgia presenta la alabanza perfecta: primero la creación inanimada y animada, después el ser humano con su cultura y arte, y finalmente todo espíritu.
Las oraciones colectas que siguen al cántico en la Liturgia de las Horas refuerzan su dimensión teológica y ascética. La más conocida reza: “Oh Dios, que suavizaste las llamas del fuego para los tres jóvenes, concede propicio que nosotros, tus siervos, no nos inflamemos con el fuego de los vicios”. La petición enlaza directamente con la memoria de san Lorenzo, mártir asado en la parrilla, cuya fiesta (10 de agosto) incluye la misma antífona. El fuego exterior que no daña a los justos simboliza la victoria sobre el fuego interior de la concupiscencia.
Otra oración, tomada del Misal Romano, eleva la enseñanza a su punto culminante: “Haz, Señor, que todas nuestras obras tengan en ti su principio y por ti lleguen a su fin”. Esta fórmula clásica resume la espiritualidad del cántico: la vida cristiana no puede ser una sucesión de reacciones ante el dolor o el placer, sino una alabanza ininterrumpida que comienza y termina en Dios, incluso —y especialmente— en medio del horno.
Desde el punto de vista teológico, el Cántico de los Tres Jóvenes ofrece tres lecciones permanentes. Primera: la alabanza auténtica no espera la liberación para comenzar, sino que brota precisamente desde la prueba. Los jóvenes no cantan después de salir del horno, sino dentro de él. Esta actitud anticipa la cruz de Cristo y la espiritualidad de san Pablo: “Estando en todo apuro, pero no agobiados” (2 Cor 4,8).
Segunda lección: el mundo entero es templo. Al convocar a los hielos y al calor, a las ballenas y a los cedros, a las noches y a los días, el cántico cura nuestra visión fragmentada de la realidad. Nada es profano cuando todo ha sido creado para glorificar al Creador. Esta perspectiva ecológica avant la lettre ha sido recuperada por Laudato Si’ del papa Francisco, que cita expresamente Daniel 3.
Tercera lección: el verdadero fuego que hay que temer y extinguir es el de los vicios, no sólo el externo. Los tres jóvenes no piden ante todo salir del horno, sino permanecer fieles dentro de él. Sólo después de la alabanza viene la liberación. El orden es pedagógico: primero la gloria de Dios, después el bien del hombre.
En la historia de la espiritualidad, innumerables autores han comentado este pasaje. San Juan de la Cruz lo utiliza para explicar la “noche del sentido” y la “llama de amor viva”. Santa Teresa de Lisieux lo rezaba diariamente en su última enfermedad, identificándose con los jóvenes en el horno de su tuberculosis. San Juan Pablo II, en su catequesis sobre la Liturgia de las Horas, lo calificó como “el gran himno cósmico-cristológico”.
Hoy, cuando la cultura predominante tiende a reducir la oración a petición o queja, el Cántico de los Tres Jóvenes sigue siendo una escuela de alabanza incondicional. Nos enseña que el cristiano maduro bendice al Señor tanto en el día de la resurrección como en la noche del Viernes Santo, tanto cuando el fuego es símbolo del Espíritu Santo en Pentecostés como cuando quema en forma de cáncer, soledad o fracaso.
El Cántico de los Tres Jóvenes no es sólo un texto deuterocanónico antiguo, sino una joya viva de la tradición bíblica y litúrgica que condensa la esencia de la fe: Dios merece ser alabado siempre y por todo, y la creación entera —incluido el ser humano en su fragilidad— está llamada a formar un solo coro. Quien aprende a cantar este himno dentro de su propio horno ha encontrado ya la verdadera libertad.
Referencias
Congregación para el Culto Divino. (2002). Liturgia Horarum iuxta ritum Romanum (Editio typica altera). Libreria Editrice Vaticana.
Daniélou, J. (1956). The Bible and the Liturgy. University of Notre Dame Press.
Francisco. (2015). Laudato Si’: Sobre el cuidado de la casa común. Libreria Editrice Vaticana.
Juan Pablo II. (2001). Audiencias generales sobre la Liturgia de las Horas (7 de noviembre de 2001). En Insegnamenti di Giovanni Paolo II, XXIV/2.
Ratzinger, J. (2000). El espíritu de la liturgia. Ediciones Cristiandad.
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