Entre las ruinas morales dejadas por el Tercer Reich apareció un psiquiatra dispuesto a mirar el mal directamente a los ojos. Douglas M. Kelley, armado con pruebas, intuición y una aguda lucidez, se adentró en las mentes de los líderes nazis para descifrar qué convierte a un ser humano en verdugo. ¿Puede la ciencia explicar la monstruosidad? ¿O revela solo un oscuro espejo de nuestra propia naturaleza?


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📷 Imagen generada por GPT-4o para El Candelabro. © DR

Douglas M. Kelley: El Psiquiatra Estadounidense que Evaluó las Mentes de los Líderes Nazis en los Juicios de Núremberg


Douglas McGlashan Kelley nació el 11 de agosto de 1912 en Truckee, California, en el corazón de la Sierra Nevada, y creció en San Francisco en un entorno que fomentó su brillantez intelectual desde temprana edad. Proveniente de una familia con raíces en la historia californiana —su abuelo había participado en el rescate del grupo Donner—, Kelley demostró una capacidad excepcional para los estudios. Graduado con honores en la Universidad de California en Berkeley, obtuvo su título en medicina y psicología en 1933, a la edad de veintiún años. Su ambición lo llevó a especializarse en psiquiatría, y gracias a una beca Rockefeller, completó un doctorado en ciencias médicas en el Colegio de Médicos y Cirujanos de la Universidad de Columbia en Nueva York. Antes de la Segunda Guerra Mundial, dirigió el Hospital Psicopático de la Ciudad y Condado de San Francisco, donde ganó reconocimiento por su expertise en el test de Rorschach, una herramienta proyectiva que revolucionaría sus evaluaciones posteriores de personalidades complejas y perturbadas.

Con el estallido de la guerra, Kelley se alistó en el Cuerpo Médico del Ejército de Estados Unidos en 1942, alcanzando el rango de mayor y luego teniente coronel. Sirvió inicialmente en el Teatro Europeo como psiquiatra jefe del 30.º Hospital General, atendiendo a soldados afectados por estrés de combate, lo que hoy se conoce como trastorno de estrés postraumático. Su experiencia en entornos de alta presión lo preparó para una misión inesperada en agosto de 1945: tras la rendición de Alemania, fue asignado como psiquiatra jefe en la prisión de Núremberg, donde se custodiaban los principales líderes nazis capturados. Su tarea principal era determinar si estos hombres —incluidos Hermann Göring, Rudolf Hess, Joachim von Ribbentrop y Albert Speer— estaban mentalmente aptos para enfrentar juicio por crímenes de guerra, crímenes contra la paz y crímenes contra la humanidad en el Tribunal Militar Internacional.

Durante cinco meses intensos, Kelley entrevistó a veintidós altos jerarcas nazis, administrando pruebas de inteligencia, tests de Rorschach y análisis grafológicos. Colaboró con el psicólogo Gustave Gilbert, aunque surgieron tensiones profesionales entre ambos. Göring, el segundo al mando de Hitler y figura dominante entre los prisioneros, se convirtió en su interlocutor principal. Kelley lo describió como un hombre carismático, inteligente —con un coeficiente intelectual de 138, el tercero más alto entre los evaluados— y egocéntrico, pero sin signos de psicosis que lo eximieran de responsabilidad. En sesiones diarias, Göring se mostró jovial y cooperativo, revelando detalles sobre el régimen nazi mientras Kelley buscaba respuestas a la pregunta que obsesionaba al mundo: ¿qué tipo de mente podía orquestar el Holocausto y la guerra total?

Las conclusiones de Kelley fueron impactantes y controvertidas. Tras analizar las respuestas a las manchas de tinta de Rorschach y las narrativas autobiográficas de los prisioneros, determinó que los líderes nazis no presentaban una patología específica “nazi”. No eran locos ni monstruos innatos, sino individuos ambiciosos, manipuladores y oportunistas, moldeados por su entorno social y político. “Eran criaturas de su ambiente, como todos los humanos”, escribió Kelley, sugiriendo que bajo circunstancias similares —propaganda intensa, crisis económica y liderazgo carismático— muchas personas comunes podrían cometer atrocidades comparables. Esta visión ambientalista contrastaba con interpretaciones que buscaban una “enfermedad mental nazi” para explicar el mal absoluto, y alarmó a Kelley mismo, quien vio en ello una advertencia para la democracia estadounidense.

En octubre de 1945, Robert Ley, líder del Frente Alemán del Trabajo, se suicidó en su celda, permitiendo a Kelley realizar una autopsia cerebral que reforzó su teoría de que solo casos aislados mostraban daños orgánicos. Göring, por su parte, desarrolló una relación compleja con Kelley: admiraba su inteligencia y lamentó su partida en 1946, cuando Kelley fue relevado por Leon Goldensohn. El psiquiatra estadounidense se llevó consigo notas detalladas, pruebas psicológicas e incluso objetos personales de los prisioneros, como cápsulas de paracodeína confiscadas a Göring. De regreso a Estados Unidos, Kelley publicó en 1947 su libro 22 Cells in Nuremberg: A Psychiatrist Examines the Nazi Criminals, un análisis accesible que perfilaba a cada acusado y advertía sobre los peligros del autoritarismo. El texto, aunque no fue un éxito comercial masivo, consolidó su reputación como experto en psicología criminal y forense.

Tras la guerra, la carrera de Kelley floreció inicialmente. Dirigió hospitales psiquiátricos, como el Graylyn en Carolina del Norte, y ocupó cargos académicos, culminando como profesor de criminología en la Universidad de California en Berkeley. Colaboró con departamentos de policía en perfiles criminales y dio conferencias alertando sobre el riesgo de que fenómenos similares al nazismo surgieran en América, especialmente ante tensiones raciales y el auge del comunismo. Sin embargo, la experiencia en Núremberg dejó una huella profunda. Kelley luchó con el alcoholismo, el estrés crónico y una creciente obsesión por la naturaleza del mal. Su relación con Göring —a quien admiró en parte por su astucia y determinación— generó especulaciones sobre una identificación inconsciente con el poder destructivo.

El 1 de enero de 1958, a los cuarenta y cinco años, Douglas Kelley se suicidó en su hogar en Berkeley frente a su familia, ingiriendo una cápsula de cianuro de potasio, el mismo método que Göring usó en 1946 para evadir la horca. Aunque informes iniciales sugirieron que la cápsula provenía de Núremberg, su familia lo negó, atribuyéndolo a problemas estomacales y estrés acumulado. Este final trágico ha sido interpretado como el colapso de un hombre que, al escrutar el abismo del mal nazi, vio reflejado algo de sí mismo. Kelley, el psiquiatra que declaró cuerdos a los líderes nazis para que respondieran por sus crímenes en los juicios de Núremberg, terminó víctima de las sombras que intentó iluminar.

El legado de Douglas Kelley trasciende su rol en los juicios de Núremberg, donde su evaluación psiquiátrica aseguró que hombres como Göring y Hess fueran juzgados como responsables plenos. Sus hallazgos contribuyeron a desmitificar el nazismo como una aberración única, enfatizando en cambio factores sociales, culturales y psicológicos universales que permiten el ascenso del totalitarismo. En un mundo posterior a la Segunda Guerra Mundial, marcado por la Guerra Fría y emergentes dictaduras, sus advertencias sobre cómo individuos ordinarios pueden convertirse en perpetradores de genocidio resultan proféticas. Obras como su libro sobre los criminales nazis y sus contribuciones al test de Rorschach enriquecieron la psiquiatría forense, influyendo en el entendimiento de la personalidad criminal.

Sin embargo, la ironía de su suicidio —imitando a Göring, a quien describió como “brillante y despiadado”— plantea preguntas éticas y filosóficas perdurables sobre la proximidad al mal. Kelley representó el esfuerzo humano por comprender lo incomprensible, pero su destino ilustra los riesgos de esa búsqueda. En última instancia, su vida y obra recuerdan que la cordura no inmuniza contra la depravación moral, y que la vigilancia contra el autoritarismo debe ser constante.

Douglas M. Kelley, el psiquiatra de Núremberg que afirmó que los líderes nazis “no estaban locos”, legó una lección sombría: el potencial para el mal reside en las estructuras sociales, no solo en mentes enfermas, y su prevención exige introspección colectiva.


Referencias:

El-Hai, J. (2013). The Nazi and the psychiatrist: Hermann Göring, Dr. Douglas M. Kelley, and a fatal meeting of minds at the end of WWII. PublicAffairs.

Kelley, D. M. (1947). 22 cells in Nuremberg: A psychiatrist examines the Nazi criminals. Greenberg.

Zillmer, E. A., Harrower, M., Ritzler, B. A., & Archer, R. P. (1995). The quest for the Nazi personality: A psychological investigation of Nazi war criminals. Lawrence Erlbaum Associates.

Gilbert, G. M. (1947). Nuremberg diary. Farrar, Straus and Company.

Goldensohn, L. (2004). The Nuremberg interviews. Knopf.


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