Entre el resplandor del saber y las sombras de la superstición, surge Enrique de Villena, noble, poeta y hechicero, cuyo nombre resonó en los palacios y fue temido en los templos. Figura adelantada a su tiempo, su vida oscila entre la erudición y la magia prohibida, entre el humanismo naciente y la censura eclesiástica. ¿Fue un visionario incomprendido o un mago que desafió los límites de su época? ¿Sabiduría o herejía?


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📷 Imagen generada por GPT-4o para El Candelabro. © DR

Enrique de Villena: El Nigromante Más Famoso de la Historia de España


Introducción a la Figura Histórica de Enrique de Villena

Enrique de Villena, conocido también como el Marqués de Villena o El Nigromante, emerge como una de las personalidades más enigmáticas del siglo XV en la historia de España. Nacido alrededor de 1384 en Torralba de Cuenca, este noble castellano de linaje real encarnó la tensión entre la erudición renacentista incipiente y las sombras de la superstición medieval. Su biografía, marcada por una vasta producción literaria y una reputación controvertida como hechicero español, lo posiciona como el nigromante medieval por excelencia en la tradición ibérica. En un contexto de monarquías en consolidación, como las de Enrique III y Juan II de Castilla, Villena navegó entre la corte y el exilio intelectual, dejando un legado que fusiona ciencia, mística y literatura. Este ensayo explora su vida, obras y el mito de la nigromancia que lo inmortalizó, incorporando palabras clave como biografía de Enrique de Villena y leyenda del hechicero español para contextualizar su influencia perdurable.

La fascinación por Enrique de Villena radica en cómo su figura trasciende la mera anécdota histórica para convertirse en símbolo cultural. Autores como Fernán Pérez de Guzmán lo retrataron con ambivalencia, elogiando su ingenio mientras censuraban sus devaneos “viles” con la astrología y la interpretación de sueños. En la historia de la nigromancia en España, Villena representa el umbral entre la alquimia tolerada y la herejía perseguida, influido por tratados como el Ángel Raziel que tradujo y que fueron posteriormente incinerados. Su existencia, huérfana temprana y educada en palacios reales, ilustra las dinámicas de poder nobiliario en la Corona de Castilla, donde el conocimiento era tanto arma como condena. A lo largo de estas páginas, se desentrañará cómo este nigromante de la Edad Media moldeó percepciones sobre lo oculto en la literatura española medieval.


Orígenes Nobiliarios y Formación Intelectual


Los orígenes de Enrique de Villena se hunden en las raíces de las casas reales aragonesa y castellana, configurando una biografía de Enrique de Villena rica en privilegios y tragedias. Hijo de Pedro de Aragón, II marqués de Villena y condestable de Castilla, y de Juana de Castilla, hija ilegítima de Enrique II, nació en un linaje que lo conectaba directamente con Jaime II de Aragón. La muerte de su padre en la batalla de Aljubarrota en 1385 lo dejó huérfano a un año de edad, bajo la tutela de su abuelo, el rey Enrique II, y luego de su tío Enrique III. Esta crianza palaciega en Toledo y Valladolid forjó en él un espíritu polímata, versado en medicina, teología y astronomía, disciplinas que en la Europa bajomedieval se entretejían con lo esotérico.

Su educación, impartida por eruditos de la corte, lo preparó para roles de envergadura, pero también avivó su curiosidad por las artes prohibidas. Entre 1417 y 1420, se retiró a Valencia, epicentro cultural valenciano, para profundizar en estudios humanísticos, influido por el ambiente de la Compromiso de Caspe que acababa de resolver la sucesión aragonesa. Esta fase valenciana marcó el inicio de su producción literaria en romance, alejándose del latín escolástico. En el contexto de la nigromancia medieval en España, su formación refleja cómo nobles como él absorbían influencias judías y árabes, heredadas de la convivencia en la península, enriqueciendo su visión del cosmos. Así, Villena no fue mero cortesano, sino puente entre tradición gótica y renacimiento incipiente.

La carrera nobiliaria de Enrique de Villena se vio empañada por ambiciones frustradas. Nombrado maestre de la Orden de Calatrava en 1404 por Enrique III, su designación pretendía someter la orden a la corona, pero fue rechazada por los freires, quienes eligieron a Luis González de Guzmán en 1406. Esta pugna, resuelta en 1415 con la anulación de su maestría, ilustra las tensiones feudales en Castilla durante el interregno de la minoría de Juan II. Además, su matrimonio con María de Albornoz, señora del Infantado, anulado en 1405 por presunta impotencia, lo privó de herederos legítimos, aunque tuvo hijas ilegítimas como Isabel, futura abadesa. Estos reveses personales alimentaron su introspección, convirtiéndolo en un hechicero de leyenda ante ojos contemporáneos suspicaces.


Contribuciones Literarias: De la Traducción al Tratado Esotérico


La obra literaria de Enrique de Villena destaca por su eclecticismo, fusionando traducción, alegoría y ciencia en un corpus que define la literatura medieval española. Su Arte de trovar (1433), primer tratado poético en castellano inspirado en modelos provenzales, introdujo métricas y rimas que influirían en la lírica renacentista, enfatizando la retórica como herramienta moral. Escrito a petición de la duquesa de Alba, este texto accesible democratizó el arte de rimar, incorporando ejemplos de trovadores como Guillem de Cabestany. En la historia de la literatura en España, Villena aparece como innovador, puente entre el mester de clerecía y el humanismo.

Uno de sus trabajos más ambiciosos, Los doze trabajos de Hércules (1417), compuesto en valenciano y traducido al castellano, desglosa los mitos hercúleos en capas alegóricas: historia, moral y aplicación social. Dedicado a Fernando de Antequera, este tratado alegórico interpreta los labores como metáforas de virtudes cristianas, reflejando el sincretismo pagano-cristiano típico de la época. Cada capítulo, con proemio y epístola, revela su erudición en fuentes clásicas como Ovidio y en exégesis bíblica, posicionándolo como precursor del alegorismo en la prosa hispánica. Esta obra, editada modernamente por Pedro Manuel Cátedra, subraya cómo Villena usaba la mitología para navegar tensiones políticas en la corte aragonesa.

No menos singular es El arte cisoria (1423), un manual gastronómico que trasciende lo práctico para convertirse en alegoría del orden social. Detallando cortes de carnes con precisión quirúrgica, Villena simboliza la jerarquía cortesana mediante utensilios y gestos, escrito en Torralba de Cuenca como epístola didáctica. Este texto, único en su género, ilustra su interés por lo cotidiano elevado a arte, influido por tratados árabes de hispanomedieval. En paralelo, obras como Tratado de la lepra (ca. 1422) y Tratado de la consolación (1424) evidencian su expertise médica, mientras que el Tratado de la fascinación o del aojamiento (1425) aborda lo oculto, discutiendo maleficios oculares desde óptica aristotélica y remedios cristianos. Estas piezas, perdidas en su mayoría, pintan a un autor prolífico cuya pluma servía tanto al deleite como a la reflexión teológica.

Sus traducciones, como el Ángel Raziel del hebreo, lo vincularon irremediablemente a la nigromancia en la literatura española. Este grimorio cabalístico, prometedor de sabiduría angélica, fue uno de los textos incinerados, alimentando su aura mística. Villena defendía la astrología judiciaria en tratados perdidos, argumentando su compatibilidad con el libre albedrío y citando a Zoroastro como padre de la magia en una Prisca Theologia. Su prosa, rica en digresiones eruditas, anticipa el estilo ensayístico de Nebrija, haciendo de él un pilar en la evolución del ensayo español medieval.


La Leyenda del Nigromante: Entre Realidad y Mito


La reputación de Enrique de Villena como hechicero más famoso de España se forjó en el crisol de prejuicios eclesiásticos y envidias cortesanas. Apodado “el Astrólogo” por contemporáneos, fue acusado de nigromancia por indagar en sueños, estornudos y signos celestes, prácticas borderline en una era de inquisición incipiente. Fernán Pérez de Guzmán, en Generaciones y semblanzas, lo critica por abandonar “sciencias notables e católicas” por “viles artes”, ironizando su saber “en el cielo e poco en la tierra”. Juan de Mena, en contraste, lo exalta en el Laberinto de Fortuna como “claro padre” y “honra de España”, lamentando la quema de sus libros.

El clímax de esta persecución ocurrió bajo Juan II de Castilla, cuando el obispo Lope de Barrientos ordenó la hoguera de sus manuscritos en el convento de Santo Domingo el Real de Madrid. Textos como el Tratado de astrología, hallado chamuscado en el siglo XIX, defendían influencias estelares en eventos humanos, fusionando Ptolomeo con exégesis bíblica. Esta quema, motivada por figuras geománticas vistas como “caracteres mágicos”, simboliza la represión de lo esotérico en la historia de la brujería en España. Villena, lejos de renegar, persistió en su defensa de la magia natural, argumentando que utensilios del Tabernáculo mosaico respondían a constelaciones, un sincretismo que escandalizó a teólogos.

La leyenda se amplificó con anécdotas como su supuesta estancia en la Cueva de Salamanca, donde pactaría con el Diablo por sabiduría arcana, un mito que fusiona su figura con el folclore salmantino. Esta narrativa, ausente en fuentes primarias pero popular en el siglo XVI, refleja cómo el mito de Enrique de Villena sirvió para personificar temores colectivos ante lo oculto. En la corte, chismes lo tildaban de impío, pero su nobleza lo protegió de procesos formales, permitiéndole morir en paz. Así, la leyenda del nigromante español trasciende hechos, convirtiéndolo en arquetipo literario explotado por Quevedo y Larra.

En el panorama cultural, la nigromancia de Villena dialoga con corrientes europeas, como el hermetismo florentino, pero anclada en la península por influencias sefardíes. Su interés por la fascinación —mal de ojo— en el tratado homónimo propone remedios racionales, desde ungüentos a oraciones, equilibrando fe y razón. Esta ambivalencia explica su perdurabilidad: no un brujo vulgar, sino un sabio transgresor cuya sombra ilumina grietas en el racionalismo medieval.


Muerte, Legado y Relevancia Contemporánea


Enrique de Villena exhaló su último aliento el 15 de diciembre de 1434 en Madrid, víctima de una fiebre que lo postró tras décadas de exilios voluntarios y controversias. Sepultado en la capital, su muerte no acalló rumores; al contrario, profecías apócrifas lo ligaron a augurios reales, perpetuando su estatus como oráculo maldito. En un siglo XV turbulento, marcado por la Guerra de Granada y reformas eclesiasticas, su partida simbolizó el ocaso de una nobleza erudita ante el auge monárquico centralizado.

El legado de este Marqués de Villena nigromante es dual: literario y mítico. Sus obras supervivientes, como Los doze trabajos de Hércules, inspiraron ediciones críticas que rescatan su prosa alegórica, influyendo en el teatro del Siglo de Oro —piénsese en Calderón— y en ensayistas románticos. Modernamente, estudios como los de Cátedra García desentrañan su humanismo proto-renacentista, posicionándolo en la historia intelectual de España. La quema de sus textos, irónicamente, amplificó su fama, convirtiéndolo en emblema de censura contra el saber laico.

En la cultura popular, la leyenda de Enrique de Villena persiste en novelas y teatro, desde Ruiz de Alarcón hasta Hartzenbusch, explorando temas de poder y transgresión. Hoy, en debates sobre esoterismo, su figura invita a reflexionar sobre límites entre ciencia y superstición, eco de nuestra era digital donde algoritmos “predicen” destinos. Así, Villena no es reliquia polvorienta, sino espejo de ambiciones humanas eternas.


Conclusión: El Eterno Encanto del Nigromante Castellano


En síntesis, Enrique de Villena encapsula la paradoja de la España medieval: un noble cuya pluma iluminó mitos y tratados, pero cuya sombra nigromántica lo eclipsó. Desde sus orígenes en Torralba hasta la hoguera de sus grimorios, su trayectoria ilustra cómo el conocimiento roza lo prohibido, forjando leyendas que trascienden siglos. En la biografía completa de Enrique de Villena, hallamos no solo al hechicero, sino al humanista que defendió la astrología como aliada de la fe, enriqueciendo la tapestry cultural ibérica.

Su influencia perdura en la literatura española, donde alegorías hercúleas y artes cisoria resuenan en narrativas contemporánneas sobre identidad y poder. Al cerrar este ensayo, queda claro que el hechicero más famoso de la historia de España no fue mero embaucador, sino catalizador de debates eternos sobre racionalidad y misterio. En un mundo que aún conjura demonios en algoritmos, Villena nos recuerda: el verdadero conjuro reside en la curiosidad insaciable del espíritu humano.


Referencias

Cátedra, P. M. (Ed.). (2002). Los doze traballos de Hércules. Real Academia Española.

Fernández-Ordóñez, I. (1993). Enrique de Villena: Vida y obra. Ediciones del Orto.

García, J. M. (2015). El marqués de Villena y la cueva de Salamanca: Entre literatura, historia y leyenda. Revista de Filología Española, 95(2), 245-268.

Pérez de Guzmán, F. (1971). Generaciones y semblanzas (E. Núñez, Ed.). Centro de Estudios Históricos. (Obra original publicada ca. 1450)

Serrano, O. (1945). Don Enrique de Villena. Espasa-Calpe.


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