Entre los avances más reveladores de la medicina destaca la evolución del tratamiento de las hemorroides, una dolencia que ha pasado de técnicas brutales y dolorosas a procedimientos precisos, indoloros y altamente efectivos. ¿Cómo se produjo esta transformación que cambió por completo la experiencia del paciente? ¿Qué descubrimientos marcaron este camino de siglos?


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📷 Imagen generada por GPT-4o para El Candelabro. © DR

La Evolución del Tratamiento de las Hemorroides: De la Cauterización Medieval a los Procedimientos Modernos


La enfermedad hemorroidal ha acompañado a la humanidad desde la Antigüedad, constituyéndose como una de las afecciones anorectales más frecuentes a lo largo de la historia. Los textos hipocráticos ya describían las hemorroides como dilataciones venosas dolorosas y sangrantes, y proponían tratamientos que, aunque rudimentarios, reflejaban el conocimiento anatómico y fisiológico de la época.

En la Edad Media europea, el manejo de las hemorroides se vio profundamente condicionado por la ausencia de anestesia, el limitado entendimiento de la asepsia y la influencia de la doctrina humoral. Los cirujanos-barberos y los médicos monásticos recurrían principalmente a la cauterización con hierro caliente, un método que buscaba destruir el tejido hemorroidal mediante quemadura controlada, aunque con resultados impredecibles y alto sufrimiento para el paciente.

Este procedimiento, descrito detalladamente por autores como Guy de Chauliac en su Chirurgia Magna (1363), consistía en introducir un hierro candente directamente en el canal anal o aplicarlo sobre las hemorroides externas. La intensidad del dolor era tal que muchos pacientes debían ser sujetados físicamente por ayudantes, y la mortalidad por shock doloroso o infección posterior no era infrecuente.

Además de la cauterización, se empleaban ligaduras con hilo de seda o lino, una técnica heredada de los árabes y que ya practicaba Albucasis en el siglo X. El objetivo era estrangular la base de la hemorroide hasta provocar su necrosis y caída espontánea días después. Aunque menos agresiva que el hierro caliente, presentaba riesgos importantes de hemorragia masiva si el hilo cedía prematuramente.

Los tratamientos conservadores medievales también incluían sangrías, aplicación de sanguijuelas en la región perianal, baños de asiento con decocciones de malva o manzanilla, y el uso de supositorios elaborados con grasa de ganso, miel y diversas hierbas. Estos remedios, aunque paliativos, carecían de evidencia científica y su eficacia era prácticamente nula en casos avanzados.

Con el Renacimiento y la progresiva secularización de la medicina, comenzaron a cuestionarse muchas prácticas medievales. Ambroise Paré, cirujano francés del siglo XVI, rechazó la cauterización sistemática y promovió la ligadura más cuidadosa, utilizando instrumentos específicamente diseñados para minimizar el trauma. Su enfoque más humano marcó el inicio de una transición hacia procedimientos menos brutales.

El siglo XIX trajo consigo dos avances fundamentales: la anestesia y el concepto de asepsia. La introducción del éter en 1846 y del cloroformo poco después permitió realizar intervenciones quirúrgicas sin el sufrimiento atroz que caracterizaba los siglos anteriores. Paralelamente, los trabajos de Pasteur y Lister sobre la teoría microbiana revolucionaron la seguridad de cualquier procedimiento quirúrgico.

En 1860, el cirujano británico Frederick Salmon fundó el St. Mark’s Hospital en Londres, primer centro especializado en enfermedades del recto y colon. Allí se perfeccionó la hemorroidectomía clásica, que consistía en la extirpación quirúrgica completa de los paquetes hemorroidales. Aunque efectiva, esta técnica dejaba secuelas importantes de dolor postoperatorio y requería semanas de recuperación.

A finales del siglo XIX apareció la inyección esclerosante, desarrollada inicialmente por practicantes norteamericanos. Consistía en la aplicación de sustancias químicas (fenol en aceite, quinina, urea) directamente en las hemorroides internas para producir fibrosis y reducción del tamaño. Este método, mucho menos invasivo, abrió la puerta al tratamiento ambulatorio de las hemorroides de grado I y II.

El siglo XX consolidó la clasificación actual de las hemorroides propuesta por Goligher, que distingue cuatro grados según el grado de prolapso. Esta categorización permitió estandarizar las indicaciones terapéuticas y comparar resultados entre diferentes técnicas. Simultáneamente, la ligadura con bandas elásticas, popularizada por Barron en 1963, se convirtió en el procedimiento no quirúrgico más utilizado a nivel mundial.

Los años ochenta y noventa del siglo pasado vieron nacer técnicas más sofisticadas como la hemorroidopexia con grapadora (procedimiento Longo, 1998), que preserva el tejido hemorroidal y lo reposiciona en su ubicación anatómica natural, reduciendo significativamente el dolor postoperatorio comparado con la hemorroidectomía tradicional.

En el siglo XXI, la evolución tecnológica ha sido vertiginosa. La ligadura arterial hemorroidal guiada por Doppler (THD) permite identificar y ligar selectivamente las arterias terminales que irrigan las hemorroides, logrando una reducción del flujo sanguíneo sin resección de tejido. Este procedimiento, desarrollado en 1995 y perfeccionado posteriormente, ofrece tasas de éxito superiores al 90 % con mínima molestia para el paciente.

Paralelamente, las técnicas láser (LHP – Laser Hemorrhoidoplasty) y de radiofrecuencia han ganado terreno en los últimos quince años. Ambas utilizan energía controlada para coagular el tejido hemorroidal desde dentro, provocando su retracción progresiva sin necesidad de cortes ni puntos. Los estudios comparativos muestran menor dolor postoperatorio y retorno más rápido a las actividades habituales que con la cirugía convencional.

En la actualidad, el abordaje del paciente con enfermedad hemorroidal sigue un algoritmo bien establecido. Las hemorroides grado I responden casi siempre a medidas conservadoras: aumento de fibra dietética, correcta hidratación, higiene local adecuada y uso tópico o sistémico de flebotónicos. Cuando estas medidas fallan, las opciones mínimamente invasivas (bandas, escleroterapia, infrarrojos) ofrecen excelentes resultados en grados II y muchos casos de grado III.

Solo una minoría de pacientes (principalmente grados III prolapsados irreductibles y grado IV) requieren intervención quirúrgica propiamente dicha. Incluso en estos casos, las técnicas modernas como la hemorroidopexia con grapadora o la hemorroidectomía con bisturí ultrasónico o sellador vascular han reducido drásticamente el dolor y las complicaciones comparadas con las operaciones del siglo pasado.

La investigación actual se orienta hacia tratamientos aún menos invasivos y más personalizados. Ensayos clínicos evalúan la embolización de las arterias hemorroidales mediante radiología intervencionista, una técnica que podría revolucionar el manejo de casos complejos sin necesidad de anestesia general ni ingreso hospitalario.

La historia del tratamiento de las hemorroides ilustra de manera paradigmática el progreso de la medicina. Lo que en la Edad Media era una tortura que muchos preferían evitar a toda costa, hoy se resuelve en la mayoría de los casos en consulta externa, con molestias mínimas y retorno inmediato a la vida normal. Este extraordinario avance no solo ha mejorado la calidad de vida de millones de personas, sino que constituye un recordatorio del valor de la investigación científica rigurosa y de la aplicación ética del conocimiento médico.

La enfermedad hemorroidal, lejos de ser un problema menor, sigue afectando a una proporción significativa de la población adulta. Sin embargo, gracias al desarrollo progresivo de tratamientos cada vez más seguros y efectivos, ya no representa la carga que supuso durante siglos. El futuro, con las nuevas tecnologías y el enfoque multidisciplinar, promete seguir reduciendo el impacto de esta antigua dolencia.


Referencias

Corman, M. L. (2005). Colon and rectal surgery (5th ed.). Lippincott Williams & Wilkins.

Goligher, J. C. (1984). Surgery of the anus, rectum and colon (5th ed.). Baillière Tindall.

Longo, A. (1998). Treatment of hemorrhoids disease by reduction of mucosa and hemorrhoidal prolapse with a circular suturing device: A new procedure. Proceedings of the 6th World Congress of Endoscopic Surgery, 777-784.

Lunniss, P. J., & Mann, C. V. (Eds.). (2012). Anal fistula: Surgical evaluation and management. Wiley-Blackwell.

Nisar, P. J., & Scholefield, J. H. (2003). Managing haemorrhoids. BMJ, 327(7419), 847-851.


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