Entre la fe y la ironía, José Francisco de Isla alzó su pluma como espada contra la hipocresía de su tiempo, transformando la sátira en un acto de devoción crítica. Jesuita exiliado y maestro del ingenio, denunció los excesos verbales y morales del púlpito barroco con la agudeza de un reformador ilustrado. ¿Cómo logró un predicador burlón cuestionar el poder desde la risa? ¿Y por qué su voz sigue resonando tres siglos después?
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José Francisco de Isla: El Padre de la Sátira Jesuita en la Literatura Española del Siglo XVIII
José Francisco de Isla, conocido universalmente como el padre Isla, representa una figura pivotal en la literatura española del siglo XVIII, donde la sátira se erige como instrumento de crítica social y religiosa. Nacido el 24 de abril de 1704 en Vidanes, un pequeño pueblo en la montaña oriental leonesa, su vida transcurrió marcada por una inteligencia precoz y un espíritu inquieto que lo llevaron a desafiar las convenciones de su época. Aunque su nacimiento fue accidental en esa aldea remota, su infancia y adolescencia se desarrollaron en Valderas, villa del sur de León de la que era oriunda su madre, María Antonia de la Torre. Esta conexión con el mundo rural leonés impregna su obra con un realismo pintoresco, evocando paisajes y costumbres que sirven de telón de fondo para sus mordaces observaciones. El padre Isla, jesuita por vocación y satírico por temperamento, encarnó el conflicto entre la devoción religiosa y la lucidez crítica, convirtiéndose en un cronista irónico de la España borbónica. Su biografía no solo ilustra el destino de la Compañía de Jesús en el exilio, sino que también destaca cómo un escritor expulsado pudo influir en el canon literario a través de textos que ridiculizaban el culteranismo trasnochado y la hipocresía eclesiástica. En este ensayo, exploraremos su trayectoria vital, su producción literaria y el impacto perdurable de su sátira, analizando cómo obras como Historia del famoso predicador fray Gerundio de Campazas transformaron la tradición picaresca en un vehículo de reforma moral.
La formación intelectual del padre Isla fue tan extraordinaria como su destino posterior. A los once años, ya graduado como bachiller en leyes, ingresó en la Universidad de Salamanca para estudiar filosofía y teología, disciplinas que moldearon su aguda percepción del mundo. Con dieciséis años, se unió a la Compañía de Jesús, orden que le proporcionó un marco de disciplina y erudición, pero también lo expuso a las tensiones internas de una institución en declive. Enseñó en ciudades como Segovia, Santiago de Compostela y Pontevedra, donde su elocuencia y rigor pedagógico lo distinguieron rápidamente. Sin embargo, la Pragmática Sanción de 1767, que expulsó a los jesuitas de España por orden de Carlos III, interrumpió su carrera. Exiliado junto a miles de sus compañeros, el padre Isla recaló primero en Córcega y luego en Bolonia, Italia, donde residió hasta su muerte el 2 de noviembre de 1781. Este periplo no solo simboliza la diáspora jesuita, sino que también enriqueció su visión cosmopolita, permitiéndole observar desde la distancia las aberraciones de la sociedad española. En Bolonia, rodeado de una comunidad de exiliados, continuó su labor literaria, traduciendo y escribiendo con una libertad que el inquisitorial control español le había negado. Su vida, así, se convierte en un paradigma del intelectual barroco adaptado al neoclasicismo emergente, donde la sátira se presenta no como mero divertimento, sino como herramienta de corrección ética.
Desde sus primeras publicaciones, el padre Isla demostró un talento innato para la sátira que lo colocó en la línea de grandes predecesores como Quevedo y Cervantes. Su debut literario, La juventud triunfante (1727), una sátira contra las vanidades juveniles, provocó inmediatas reprimendas de sus superiores jesuitas, quienes veían en su pluma un peligro para la ortodoxia. No obstante, esta advertencia no amilanó su espíritu; al contrario, lo impulsó a refinar su estilo en obras como las Cartas de Juan de la Encina (1732), donde parodia el humanismo renacentista con un humor filológico que anticipa su madurez. Posteriormente, textos como la Carta escrita por el barbero de Corpa a don José Maymó y Ribes (1758) revelan su maestría en el género epistolar, utilizando la voz popular para desmontar pretensiones aristocráticas. Estas piezas tempranas establecen el patrón de su obra: una crítica aguda envuelta en gracia verbal, que evita el panfleto directo para optar por la ironía sutil. En el contexto de la Ilustración española, donde autores como Cadalso y Jovellanos buscaban la reforma a través de la razón, el padre Isla se distingue por su enfoque eclesiástico, satirizando no solo lo secular, sino las deformaciones internas de la Iglesia. Su literatura, así, contribuye al debate sobre la oratoria sagrada, cuestionando cómo el lenguaje retórico, heredado del barroco, se había convertido en un obstáculo para la comunicación espiritual auténtica.
La cumbre de su producción, y la obra que lo inmortalizó en la historia de la literatura española, es Historia del famoso predicador fray Gerundio de Campazas, alias Zotes (1758), publicada bajo el seudónimo de Francisco Lobón de Salazar. Esta novela satírica, que relata las peripecias de un predicador rústico obsesionado con el culteranismo, trasciende el mero divertimento para convertirse en un alegato contra la pedantería lingüística y la vacuidad retórica. La trama, escasa en acción pero rica en digresiones, sigue el ascenso de Gerundio, hijo de campesinos leoneses, desde su infancia en un entorno aldeano hasta su consagración como orador extravagante. Instruido por el ridículo fray Blas, Gerundio aprende a tejer sermones farragosos, donde gerundios ciceronianos y metáforas absurdas sustituyen a la sustancia teológica. El nombre del protagonista, evocador de “gerundio” y “zote”, encapsula la burla: un predicador que, como un don Quijote del púlpito, confunde la forma con el fondo. Esta parodia de la oratoria sagrada del siglo XVII, con sus “floreos extravagantes”, se inscribe en la tradición picaresca, pero con un giro didáctico que la eleva a tratado implícito sobre el buen decir. El éxito inicial fue arrollador: los 1.500 ejemplares de la primera parte se agotaron en tres días, reflejando el apetito del público por una crítica que resonaba con las frustraciones ilustradas.
El análisis de Fray Gerundio revela una estructura narrativa que equilibra lo cómico con lo reflexivo, haciendo de la sátira un espejo deformante de la sociedad eclesiástica. La novela se inicia con el nacimiento de Gerundio, hijo de Antón Zote y Catania, en un idilio rural donde los frailes itinerantes, glotones y charlatanes, siembran las semillas de su vocación. El niño, fascinado por sus soliloquios bombásticos, pronuncia sus primeras “sentencias” a la mesa paterna, presagiando su destino. Un seglar santurrón profetiza su grandeza, impulsando a Antón a enviarlo a la escuela del cojo de Villaornate, un pedante que pervierte la gramática en un laberinto de reglas absurdas. Posteriormente, en el convento, Gerundio destaca más en hurtos de despensa que en silogismos filosóficos, hasta hallar en fray Blas a su mentor definitivo. Bajo su tutela, practica sermones grotescos, como defender la superioridad del verde sobre el azul en términos teológicos. Nombrado predicador pese a la oposición del Provincial, su debut público cosecha aplausos inversamente proporcionales a la comprensión, consolidando su fama. Episodios como el elogio fúnebre a un falsario, alabando su “velocidad epistolar” y su “cuchillo-pluma”, o la tesis de Adán y Eva como pioneros sastres, ilustran el absurdo culterano con una vitalidad que evoca a Quevedo. Estas anécdotas, tejidas con precisión cervantina, convierten la novela en una galería de tipos humanos: frailes ávidos, aldeanos supersticiosos y superiores litigiosos, todos caricaturizados con maestría.
Sin embargo, la grandeza de Fray Gerundio radica no solo en su comicidad, sino en las digresiones didácticas que intercalan tratados sobre oratoria, teología y poética, diluyendo la acción en favor de una reflexión profunda. Estas inserciones, aunque prolijas, enriquecen el texto al contrastar la retórica vacía con principios neoclásicos de claridad y utilidad. El padre Isla, influido por la Ilustración, critica cómo el barroco, satirizado ya por Lope y Calderón en sus límites verbales, se había enquistado en la predicación, alejándola de la lógica y la norma. Gerundio emerge así como máscara simbólica: el orador fatuo que, en su afán por impresionar, traiciona la esencia cristiana. El cierre de la novela, invitando al lector a discernir entre historia y ficción, subraya su carácter metanarrativo, cuestionando la verosimilitud de tales excesos. En el panorama de la novela española del siglo XVIII, esta obra se posiciona como puente entre el picaresco barroco y la novela costumbrista decimonónica, preludiando estilos de Larra o Mesonero Romanos. Su riqueza verbal, con invenciones que recuerdan a Cervantes, y su manejo de anécdotas pintorescas, confieren al padre Isla un vigor narrativo que trasciende el exilio.
La recepción de Fray Gerundio fue tan tumultuosa como su contenido. El clamor de los aludidos, predicadores que se reconocían en la caricatura, llevó a la Inquisición a prohibirla en 1760, censurando su audacia reformista. No obstante, la demanda popular impulsó la edición clandestina de la segunda parte en 1768, extendiendo su influencia subterránea. Esta prohibición no solo evidencia las tensiones entre Iglesia y Estado en la España ilustrada, sino que también amplifica el aura subversiva del texto, convirtiéndolo en emblema de resistencia intelectual. Post mortem, obras como la traducción de Las aventuras de Gil Blas de Santillana (1787), donde el padre Isla acusa a Lesage de plagio español, revelan su patriotismo literario. Sus Cartas familiares (1786) y Sermones (1792), editados póstumamente, completan un corpus que fusiona lo personal con lo universal, ofreciendo epístolas humorísticas y homilías sinceras. En estas, el jesuita exiliado medita sobre la providencia, integrando su sátira en una ética cristiana que valora la humildad sobre la pompa.
El legado del padre Isla en la literatura satírica española es innegable, habiendo acuñado el término “gerundio” como sinónimo proverbial del orador extravagante. Su obra, que critica la charlatanería culterana con la misma ferocidad que Don Quijote ataca los libros de caballería, influyó en generaciones posteriores, desde el romanticismo costumbrista hasta el modernismo. En un siglo de reformas borbónicas, donde la razón combatía la superstición, el padre Isla demostró que la risa podía ser catalizadora de cambio, ridiculizando no la fe, sino sus deformaciones. Su estilo, precursor del XIX con su desenvoltura en pormenores y anécdotas, anticipa la novela realista al anclar lo grotesco en lo cotidiano. Hoy, en estudios sobre la Ilustración hispánica, su figura resalta como ejemplo de cómo un jesuita marginado forjó un espacio crítico, enriqueciendo el canon con una voz que une lo rural leonés a lo universal humano.
José Francisco de Isla, el padre de la sátira jesuita, trasciende su época para encarnar la perenne tensión entre tradición y renovación en la literatura española. A través de Fray Gerundio, no solo disecciona el culteranismo decadente, sino que propone una oratoria sagrada accesible, alineada con los ideales ilustrados de claridad y moralidad. Su vida, desde las aulas salmantinas al exilio boloñés, refleja la diáspora intelectual que nutrió el pensamiento moderno, mientras su pluma, vigorosa y cervantina, transforma la caricatura en instrumento de corrección. El impacto de su obra radica en su capacidad para humanizar la crítica: al dibujar a Gerundio con grotesco relieve, invita al lector a la autocrítica, recordando que la verdadera elocuencia reside en la sustancia, no en el adorno.
En un mundo aún plagado de retóricas vacías, el legado del padre Isla perdura como faro de ingenio ético, afirmando que la sátira, bien templada, es el alma de la reforma cultural. Su contribución al siglo XVIII español no solo enriquece la tradición picaresca, sino que fundamenta una ética literaria donde el humor sirve a la verdad, asegurando su relevancia en análisis contemporáneos de la narrativa satírica.
Referencias
Cotarelo y Mori, E. (1897). Don José Francisco de Isla: Estudio biográfico y crítico. Madrid: Imprenta de José Nogueira.
Lázaro Carreter, F. (1980). Las épocas del español. Barcelona: Editorial Crítica.
López Estrada, R. (1991). Historia de la literatura española: El siglo XVIII. Barcelona: Ariel.
Menéndez y Pelayo, M. (1945). Historia de las ideas estéticas en España (Vol. 4). Santander: CSIC.
Simón Díaz, J. (1979). Historia de la literatura española e hispanoamericana. Madrid: Editorial Prensa Española.
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