Entre las arenas del noroeste chino y los ecos de batallas romanas olvidadas, se esconde un misterio que desafía la historia conocida. En Liqian, un pueblo de ojos claros y cabellos rubios, se entrelazan relatos de legionarios perdidos, rutas de comercio milenarias y migraciones antiguas. ¿Podrían estas tierras ser el último vestigio de Roma en Oriente? ¿O es solo un reflejo de conexiones más profundas entre civilizaciones lejanas?
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📷 Imagen generada por GPT-4o para El Candelabro. © DR
La Leyenda de los Legionarios Romanos Perdidos: El Enigma del Pueblo de Liqian en China
El pueblo de Liqian, enclavado en la vasta provincia de Gansu, en el noroeste de China, ha capturado la imaginación global durante décadas. Sus habitantes, algunos con cabello rubio o castaño claro y ojos verdes o azules, evocan un misterio profundo: ¿podrían estos rasgos europeos ser el eco de legionarios romanos extraviados hace dos milenios? Esta hipótesis, conocida como la leyenda de los legionarios romanos perdidos, surge de la intersección entre historia antigua, migraciones euroasiáticas y evidencias genéticas contemporáneas. Explorar esta narrativa no solo ilumina posibles conexiones entre el Imperio Romano y la dinastía Han, sino que también revela la complejidad de las rutas comerciales que tejieron el tapiz de la civilización antigua. En un mundo donde las distancias parecían insalvables, el pueblo de Liqian se erige como un puente tentador entre Oriente y Occidente, invitando a cuestionar los límites de la historia conocida.
La génesis de esta leyenda se remonta al año 53 a.C., con la catastrófica batalla de Carrhae, un enfrentamiento que marcó uno de los mayores desastres militares de Roma. Marco Licinio Craso, triunviro ambicioso y codicioso, lideró un ejército de siete legiones —aproximadamente 40.000 hombres— contra el Imperio Parto, en las áridas planicies de Mesopotamia, cerca de la actual Harrán, en Turquía. Los partos, expertos en caballería ligera y arqueros montados, aniquilaron a las fuerzas romanas con tácticas de guerrilla implacables. Fuentes como Plutarco estiman que 20.000 romanos perecieron, mientras que unos 10.000 fueron capturados vivos. Estos prisioneros, muchos de ellos veteranos endurecidos, representaban un botín valioso para los partos, quienes los emplearon como mano de obra o mercenarios en conflictos periféricos. Aquí radica el núcleo de la hipótesis: ¿fueron algunos de estos legionarios enviados hacia el este, a través de las estepas asiáticas, hasta las fronteras del mundo conocido?
El historiador británico Homer H. Dubs, en la década de 1940, fue el primero en articular una conexión directa entre estos cautivos y China. Basándose en crónicas chinas de la dinastía Han, Dubs propuso que un contingente de 145 romanos —o posiblemente más— fue transferido por los partos a Asia Central para servir como mercenarios. En el año 36 a.C., durante la batalla de Zhizhi, un enfrentamiento entre fuerzas han y nómadas xiongnu en el valle de Ili, actual Kazajistán, los anales chinos describen la captura de “prisioneros extranjeros” que luchaban en una “formación de escamas de pez”. Esta descripción evoca inequívocamente la testudo romana, la emblemática táctica defensiva en la que los legionarios formaban un muro compacto de escudos y lanzas, similar a la caparazón de una tortuga. Gan Ying, el general han, habría llevado a estos supervivientes hacia el oeste de China, asentándolos en una guarnición fronteriza. El nombre del pueblo de Liqian, según esta teoría, deriva de “Li-chien”, un término han para designar a los romanos, posiblemente una corrupción de “Alexandria” o “Légion”.
Esta narrativa gana atractivo al considerar el contexto geográfico y cultural de la región. Gansu, un corredor estrecho entre el desierto de Gobi y las montañas Qilian, formaba parte de las primeras Rutas de la Seda, esas arterias comerciales que desde el siglo II a.C. facilitaban el intercambio de seda, caballos y especias entre el Mediterráneo y el Celeste Imperio. Los partos, intermediarios clave en esta red, tenían incentivos para desplazar prisioneros lejanos: no solo neutralizaban amenazas potenciales, sino que enriquecían sus alianzas con los han mediante tropas exóticas. Crónicas como el Hou Hanshu mencionan embajadas romanas en la corte de los emperadores han, aunque debatidas por su autenticidad. En este tapiz, los legionarios romanos perdidos no serían meros náufragos, sino piezas en un ajedrez imperial, integrándose gradualmente en comunidades locales mediante matrimonios mixtos y adopción de costumbres.
Sin embargo, la romantización de esta historia choca con evidencias arqueológicas y textuales más escépticas. No existen inscripciones romanas ni artefactos latinos en Liqian que corroboren una presencia legionaria. Las fortificaciones locales, aunque impresionantes, responden a estilos han típicos, con murallas de adobe y torres de vigilancia adaptadas al terreno árido. Además, la batalla de Zhizhi involucró a mercenarios de diversas procedencias —griegos, indios, escitas—, diluyendo la especificidad romana. Historiadores como Adrian Mayor argumentan que los partos, pragmáticos y no vengativos, liberaron a muchos prisioneros tras Carrhae, integrándolos en su sociedad o permitiéndoles redimirse en batallas subsiguientes. La travesía de 6.000 kilómetros desde Mesopotamia hasta Gansu, atravesando desiertos y montañas hostiles, parece logísticamente improbable sin un propósito estatal claro, algo ausente en las fuentes partas preservadas.
Los avances en genética han proporcionado el escrutinio más riguroso a la hipótesis de descendientes romanos en China. En 2005, un equipo liderado por el genetista chino Xu Xiaohui realizó pruebas de ADN a 87 habitantes de Liqian, revelando que aproximadamente el 56% de su genoma mostraba marcadores caucásicos, incluyendo el haplogrupo H del cromosoma Y, común en poblaciones europeas del Mediterráneo. Estos resultados, publicados en medios como The Telegraph, avivaron la leyenda, sugiriendo un linaje romano diluido por siglos de mestizaje. Ojos verdes y cabello claro, aunque raros en China han (donde predominan tonos oscuros), aparecían en un 20-30% de los locales, un porcentaje inusualmente alto para la región.
No obstante, estudios subsiguientes han matizado esta euforia. Un análisis de 2007 en el Journal of Human Genetics, basado en 14 marcadores Y-cromosómicos, concluyó que los habitantes de Liqian son predominantemente un subgrupo de la etnia han, con solo trazas mínimas de ascendencia occidental —menos del 2% atribuible a linajes romanos específicos—. Los marcadores europeos detectados son más consistentes con poblaciones indoeuropeas antiguas, como los tocharios, un pueblo nómada que se asentó en el basin de Tarim y Gansu alrededor del 2000 a.C. Estos indoeuropeos, hablantes de una rama extinta de lenguas indoeuropeas, trajeron consigo rasgos caucásicos a través de migraciones desde las estepas euroasiáticas, predatando por milenios la era romana. Excavaciones en sitios como Xiaohe han desenterrado momias con cabello rubio y ojos claros, datadas en 1800 a.C., confirmando una presencia occidental temprana en la zona.
Esta reinterpretación genética subraya la profundidad de las conexiones euroasiáticas antiguas. Los tocharios, posiblemente emparentados con los yuezhi —nómadas que dominaron Gansu antes de migrar a India como kusanas—, formaban parte de oleadas indoeuropeas que se extendieron desde el Cáucaso hasta el Pacífico. La Ruta de la Seda no fue un fenómeno aislado, sino la culminación de milenios de flujos humanos: escitas, sogdianos y partos facilitaron intercambios genéticos y culturales. En Liqian, estos legados se entretejen con la homogeneidad han, resultado de políticas asimiladoras imperiales. Así, la ascendencia europea limitada —alrededor del 10-15% en muestras recientes— se explica mejor por contactos comerciales pre-romanos que por una legión errante.
La persistencia de la leyenda de los legionarios romanos perdidos trasciende la veracidad histórica, ilustrando cómo las narrativas mitifican la globalización antigua. En un era de aislamiento percibido, historias como esta reconectan civilizaciones dispares, recordando que el mundo romano-han estaba entrelazado por caravanas y cautivos. El turismo en Liqian, impulsado por documentales y artículos sensacionalistas, ha revitalizado la economía local, aunque a costa de estereotipos étnicos. Pueblos con rasgos mixtos, como los uigures o kazajos cercanos, comparten orígenes similares, destacando la diversidad de la “China étnica” más allá del núcleo han.
Desde una perspectiva antropológica, esta hipótesis revela sesgos eurocéntricos en la historiografía: la fascinación por romanos en China eclipsa contribuciones locales, como la sofisticada diplomacia han o la resistencia nómada. Estudios comparativos, como los de la UNESCO sobre patrimonios de la Seda, enfatizan redes multilaterales en lugar de encuentros aislados. En última instancia, la improbabilidad de un vínculo directo —avalada por genetistas como Victor Mair— no desmerece el valor simbólico: Liqian encarna la fluidez de identidades en la encrucijada asiática.
La conclusión de esta exploración radica en el poder transformador de las leyendas históricas. Aunque los análisis genéticos modernos descartan una herencia legionaria pura, confirman hilos europeos tejidos en el tejido chino desde la Edad del Bronce. Esta interconexión desafía narrativas de civilizaciones cerradas, proponiendo un Eurasia dinámica donde romanos, han y tocharios coexisten en un continuum genético y cultural. El pueblo de Liqian, con sus ojos verdes mirándose en espejos antiguos, nos insta a imaginar no solo lo perdido, sino lo encontrado: un legado compartido que enriquece nuestra comprensión de la humanidad unida por caminos invisibles.
En un mundo contemporáneo de migraciones globales, esta historia resuena como recordatorio de que las fronteras, como las leyendas, son construcciones permeables, listas para ser reescritas por la evidencia y la empatía.
Referencias
Dubs, H. H. (1955). A military contribution to Confucianism. Bulletin of the School of Oriental and African Studies, 17(1), 82–97.
Mallory, J. P., & Mair, V. H. (2000). The Tarim mummies: Ancient China and the mystery of the earliest peoples from the West. Thames & Hudson.
Mayor, A. (2010). The poison king: The life and legend of Mithradates, Rome’s deadliest enemy. Princeton University Press.
Zhou, X., Wang, W., & He, G. (2007). Testing the hypothesis of an ancient Roman soldier origin of the Liqian people in northwest China: A Y-chromosome perspective. Journal of Human Genetics, 52(8), 584–591. https://doi.org/10.1007/s10038-007-0759-9
FitzGerald, S. (2023). Las legiones perdidas: Tres enigmas de la antigua Roma. Historia National Geographic, (2023), 45–52.
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