Entre los pliegues de la historia hispánica surge un conflicto que no enfrentó a dos mundos distintos, sino a una misma familia dividida por la crisis de la monarquía y la lucha por la soberanía. Los libertadores, formados en la tradición española, rompieron con la corona desde dentro del propio universo que los moldeó. ¿Cómo se gestó esta fractura entre españoles de ambos hemisferios? ¿Qué impulsó a aquellos criollos a desafiar el orden que los vio nacer?


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El origen español de los libertadores hispanoamericanos: una guerra civil entre españoles


La independencia de Hispanoamérica no fue, en su origen, una lucha entre “españoles” y “americanos”, sino un conflicto fratricida entre españoles de ambos hemisferios que, compartiendo lengua, religión, leyes y sangre, divergieron radicalmente en sus concepciones políticas a partir de la crisis de la monarquía en 1808.

Esta interpretación, lejos de ser novedosa, ha sido sostenida por historiadores desde el siglo XIX y cobra renovada fuerza en la investigación contemporánea sobre identidad criolla y soberanía en el mundo hispánico.

Los principales líderes independentistas eran, jurídica y culturalmente, españoles nacidos en América —criollos— o, en algunos casos, peninsulares que hicieron carrera militar en la metrópoli antes de abrazar la causa americana.

Simón Bolívar, el más universal de todos, pertenecía a una de las familias mantuanas más antiguas de Caracas, con linaje directo en el País Vasco y Cantabria. Su árbol genealógico está repleto de apellidos vascos y navarros: Bolívar del Toro, Aristeguieta, Blanco, Palacios. Su educación transcurrió entre tutores ilustrados y un viaje formativo a Europa donde leyó a los mismos autores que leían los diputados gaditanos.

José de San Martín ofrece quizás el caso más paradójico. Nacido en Yapeyú, en la actual provincia de Misiones argentina, a los seis años cruzó el Atlántico con su familia y se formó como cadete en el Regimiento de Murcia. Combatió contra los franceses en Bailén y en la defensa de Cádiz, ascendiendo a teniente coronel del ejército español. Su decisión de regresar a América en 1812 se produjo desde el mismo Cádiz donde se gestaba la Constitución de 1812.

En México, Miguel Hidalgo y José María Morelos eran criollos castizos. Hidalgo, formado en el Colegio de San Nicolás de Valladolid (hoy Morelia) y ordenado sacerdote, provenía de una familia de origen castellano establecida en Guanajuato. Morelos, nacido en Valladolid, era hijo de un artesano español peninsular y una mujer criolla. Ambos iniciaron su movimiento invocando la fidelidad a Fernando VII y la lucha contra el “mal gobierno” josefino.

Francisco de Miranda, precursor de la independencia, era hijo de un comerciante canario establecido en Caracas. Su carrera militar lo llevó a servir en los ejércitos de España, Francia y Rusia antes de intentar la emancipación venezolana. Su biblioteca personal, conservada parcialmente en Caracas, revela una formación profundamente hispánica y europea.

Bernardo O’Higgins, aunque hijo del irlandés Ambrosio O’Higgins, virrey del Perú y marqués de Osorno, fue criado en un entorno criollo chileno y educado en Inglaterra y España. Su madre, Isabel Riquelme, pertenecía a una de las familias más antiguas de Chillán. El propio Bernardo se consideraba “español de Chile”.

Antonio José de Sucre, nacido en Cumaná, procedía de una familia militar de origen andaluz y vasco. Su formación en la universidad caraqueña y su posterior carrera bajo las órdenes de Bolívar lo convierten en el ejemplo más acabado del oficial criollo que asciende por méritos en el ejército independentista.

¿Por qué estos españoles americanos rompieron con la monarquía? La respuesta no radica en una supuesta “identidad nacional” preexistente —concepto anacrónico para la época—, sino en la combinación de tres factores estructurales que convergieron entre 1808 y 1826.

El primer factor fue la exclusión sistemática de los criollos de los altos cargos de la administración y el ejército. Aunque poseían la mayor parte de la riqueza agraria y minera, los virreinatos y capitanías generales estaban reservados casi exclusivamente a peninsulares. Esta discriminación, conocida como “ley de extranjería” en la práctica, generó un resentimiento profundo que ya había sido denunciado por los jesuitas expulsos y por los propios funcionarios ilustrados.

El segundo factor fue la crisis dinástica de 1808. La invasión napoleónica y las abdicaciones de Bayona dejaron a la monarquía sin rey legítimo. En ausencia de soberano, las élites americanas invocaron el principio medieval hispánico según el cual, desaparecido el rey, la soberanía revertía al pueblo —o a los pueblos— del reino. Las juntas americanas de 1810 se formaron inicialmente con el mismo argumento que las juntas peninsulares: defender los derechos de Fernando VII.

El tercer factor fue la influencia de la Ilustración española y europea. Muchos líderes estudiaron en Salamanca, Coimbra o en los colegios mayores americanos que seguían el modelo peninsular. Leían a Feijoo, Jovellanos, Campomanes y, más tarde, a Rousseau, Montesquieu y los constituyentes franceses, pero siempre dentro de un marco hispánico. La Constitución de Cádiz de 1812, que declaraba españoles a todos los nacidos en ambos hemisferios, fue acogida con entusiasmo en muchas ciudades americanas, pero su posterior derogación por Fernando VII en 1814 radicalizó a los sectores criollos.

La guerra que siguió no enfrentó a dos naciones, sino a dos concepciones irreconciliables de la monarquía hispánica. Por un lado, los realistas —muchos de ellos americanos leales— defendían la restauración absolutista y el centralismo madrileño. Por otro, los independentistas —casi todos criollos— buscaban primero autonomía dentro del imperio y, ante la negativa fernandina, la independencia total.

Este carácter de guerra civil explica la ferocidad del conflicto. Hermano contra hermano, pueblo contra pueblo, ciudad contra ciudad. En Venezuela, José Tomás Boves reclutó llaneros contra los mantuanos caraqueños; en México, Agustín de Iturbide terminó reconciliando a insurgentes y realistas bajo la bandera de las Tres Garantías; en el Perú, el virrey Abascal organizó ejércitos con indígenas y mestizos contra los criollos limeños y argentinos.

Comprender el origen español de los libertadores permite desmontar dos mitos igualmente dañinos. El primero, el mito indigenista que presenta la independencia como una revolución de “pueblos originarios” contra el opresor europeo —cuando los indígenas, en su mayoría, lucharon del lado realista o permanecieron al margen. El segundo, el mito hispanófobo que interpreta la emancipación como una lucha anticolonial contra España —cuando los propios libertadores se veían como herederos legítimos de la tradición hispánica.

La herencia española no fue un lastre que los libertadores arrastraron a pesar suyo, sino el sustrato cultural y político sobre el cual construyeron sus nuevos Estados. El derecho indiano, el municipalismo castellano, la tradición pactista aragonesa y la propia lengua española fueron los instrumentos con los que se forjaron las repúblicas hispanoamericanas.

Hoy, cuando algunos sectores intentan reescribir la historia presentando la independencia como una guerra étnica o cultural contra España, resulta imprescindible recordar que Bolívar, San Martín, Hidalgo y sus compañeros eran españoles que, ante la intransigencia absolutista, optaron por crear nuevas patrias manteniendo, sin embargo, la matriz cultural que los había formado.

La independencia hispanoamericana no fue la negación de lo español, sino su continuación bajo nuevas formas políticas. Fue, en palabras de Bolívar en la Carta de Jamaica, “la lucha de los hijos contra los padres” dentro de una misma familia hispánica que, tras la ruptura, siguió compartiendo lengua, fe, derecho y memoria histórica.


Referencias

Fradera, J. M. (2005). Colonias para después de un imperio. Barcelona: Ediciones Bellaterra.

Guerra, F.-X. (1992). Modernidad e independencias: Ensayos sobre las revoluciones hispánicas. Madrid: MAPFRE.

Lynch, J. (1985). Las revoluciones hispanoamericanas 1808-1826. Barcelona: Ariel.

Portillo Valdés, J. M. (2006). Crisis atlántica: Autonomía e independencia en la crisis de la monarquía hispánica. Madrid: Marcial Pons.

Rodríguez O., J. E. (1998). La independencia de la América española. México: Fondo de Cultura Económica.


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