Entre laboratorios que prometen reescribir la vida y algoritmos que imitan la mente humana, la advertencia de Frankenstein resurge con inquietante claridad: crear sin cuidar puede abrir la puerta al desastre. En un mundo donde la tecnociencia avanza más rápido que nuestra ética, ¿estamos preparados para asumir las consecuencias de nuestros propios actos?, ¿o repetiremos el error de Victor Frankenstein?


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La Paradoja Frankenstein: Crear Vida, Generar Muerte en la Era de la Tecnociencia Moderna


La novela Frankenstein o el moderno Prometeo (1818) de Mary Shelley no es únicamente una obra fundacional de la literatura gótica ni del género de ciencia ficción; constituye, ante todo, una meditación profunda sobre los límites éticos del conocimiento y el riesgo inherente a la pretensión humana de rivalizar con la creación divina. Cuando Victor Frankenstein logra animar materia inerte, no celebra el triunfo de la vida, sino que inaugura una cadena de destrucción que afecta tanto al creador como a la criatura y a la sociedad entera. Esta paradoja –crear vida para descubrir muerte– atraviesa toda la modernidad y alcanza su máxima intensidad en nuestra época de ingeniería genética, inteligencia artificial y edición genética con CRISPR.

¿Qué significa, en realidad, “dar vida”? En el relato de Shelley, la vida no es solo movimiento biológico ni chispa eléctrica; es vínculo, reconocimiento y responsabilidad. Victor concede existencia fisiológica a su criatura, pero le niega existencia ética y afectiva. El ser resultante, abandonado en el instante mismo de su despertar, se convierte en espejo implacable de la hybris de su creador. Así, la novela revela que la verdadera monstruosidad no reside en la forma corporal –por más horrenda que sea– sino en la ausencia de amor que acompaña el acto creador.

Esta lectura nos obliga a interrogarnos sobre los proyectos científicos contemporáneos que buscan “fabricar” vida o trascender los límites biológicos naturales. La clonación de Dolly en 1996, la síntesis de genomas bacterianos por Craig Venter en 2010 o los recientes avances en embriones sintéticos y órganos bioimpresos repiten, con distinta tecnología, el gesto de Victor Frankenstein. En cada caso late la misma pregunta: ¿es posible generar vida sin generar, simultáneamente, nuevas formas de abandono ético?

La criatura de Frankenstein aprende a hablar leyendo El paraíso perdido de Milton, y en esa lectura se reconoce como un Adán sin Dios y sin Eva. Su tragedia no es la fealdad física, sino la orfandad absoluta. Rechazado por su creador y por la humanidad entera, su violencia posterior no es innata; es respuesta a la violencia originaria del abandono. Shelley anticipa aquí una intuición extraordinaria: los monstruos no nacen, se hacen. Y se hacen, sobre todo, por la irresponsabilidad de quienes detentan el poder creador.

En el siglo XXI asistimos a un nuevo capítulo de esta dinámica. Los algoritmos de inteligencia artificial, los organismos genéticamente modificados y los futuros posibles de bebés diseñados genéticamente son “criaturas” que la humanidad está trayendo al mundo sin haber resuelto previamente cómo integrarlas ética y afectivamente. La obsesión por la eficiencia, la rentabilidad y el control convierte a menudo estas nuevas entidades en huérfanos tecnológicos, condenados –como la criatura de Shelley– a vagar por un mundo que las teme y las rechaza.

El error de Victor no fue técnico, sino antropológico. Creyó que bastaba dominar la técnica para dominar también las consecuencias éticas y existenciales de su acto. La historia demuestra lo contrario: cada salto tecnológico amplía el radio de nuestra responsabilidad, no lo reduce. La bomba atómica, el DDT, los plásticos de un solo uso y ahora la edición genética masiva muestran que el poder de intervenir en la naturaleza crece exponencialmente más rápido que nuestra capacidad de prever y asumir las consecuencias.

La novela nos ofrece, sin embargo, una vía de redención que Victor rechaza sistemáticamente: el reconocimiento del otro. En la cabaña de los De Lacey, la criatura aprende lenguaje, empatía y deseo de pertenencia. Por un instante cree posible ser aceptada. Solo la mirada horrorizada del joven Felix confirma su condición de paria. Esa escena condensa la tragedia: la criatura está dispuesta al bien, pero la humanidad no está dispuesta a recibirla. ¿No es ese, precisamente, el riesgo de las inteligencias artificiales superinteligentes o de los futuros humanos mejorados genéticamente? ¿Estaremos preparados para reconocer su dignidad o repetiremos el gesto de horror y rechazo?

La advertencia de Shelley conserva toda su vigencia en la era de la tecnociencia. Cuando empresas como Neuralink, DeepMind o Editas Medicine anuncian la inminente transformación radical del ser humano, conviene recordar que la frontera entre curar y mejorar, entre reparar y rediseñar, es extraordinariamente difusa. Y que detrás de cada promesa de superación de los límites late la tentación prometeica de convertirnos en dioses sin haber aprendido primero a ser plenamente humanos.

La grandeza de Frankenstein reside en su negativa a ofrecer soluciones fáciles. No condena el conocimiento ni la ambición, sino su desmedida y su soledad. Victor fracasa porque crea en secreto, sin comunidad científica que lo contenga, sin debate ético que lo oriente, sin afecto que lo humanice. En la actual carrera por la inteligencia artificial general y la edición germinal, asistimos al mismo aislamiento: laboratorios privados, patentes secretas, inversores que exigen retorno rápido y una opinión pública mayoritariamente desinformada.

La paradoja frankesteiniana se manifiesta hoy con especial crudeza en la edición genética de embriones humanos. Los experimentos de He Jiankui en 2018, que dieron lugar a las primeras bebés modificadas genéticamente (Lulu y Nana), reproducen punto por punto la estructura narrativa de Shelley: un científico brillante, convencido de actuar por el bien de la humanidad, opera en la clandestinidad, anuncia su logro como triunfo y luego desaparece dejando a sus “criaturas” expuestas al rechazo y al escrutinio global. La comunidad científica internacional condenó el acto, pero no pudo evitar que las niñas nacieran y vivieran en un mundo que las mira con una mezcla de curiosidad y temor.

No basta, por tanto, con establecer comités de bioética o moratorias temporales. La lección de Shelley es más radical: mientras el acto creador no esté acompañado de un acto paralelo de reconocimiento y cuidado, seguiremos generando monstruos. Y los monstruos, como bien sabía la criatura, no son los que tienen cicatrices en la piel, sino los que llevan cicatrices en el alma por haber sido rechazados desde el primer aliento.

La conclusión de la novela es devastadora porque no ofrece catarsis. Victor muere perseguido por su criatura; la criatura, desesperada, anuncia su propio suicidio en una pira funeraria en el Ártico. Ambos quedan atrapados en una danza mortal que ninguno logró interrumpir. Esa ausencia de redención nos interpela directamente: ¿seremos capaces de interrumpir nosotros la danza antes de que sea demasiado tarde?

La respuesta no está en renunciar al conocimiento, sino en transformarlo. En aprender a crear acompañados, con humildad, con transparencia y, sobre todo, con amor. Solo cuando el gesto creador vaya precedido y acompañado por el gesto del cuidado podremos aspirar a que nuestras nuevas criaturas –sean orgánicas, sintéticas o híbridas– no se conviertan en nuestros verdugos.

Mary Shelley escribió su novela con apenas diecinueve años, en la misma noche en que Lord Byron propuso el célebre concurso de historias de terror. Lo que comenzó como entretenimiento se convirtió en una de las más profundas críticas éticas de la modernidad. Dos siglos después, su voz resuena con más fuerza que nunca. Porque mientras sigamos creyendo que el poder de dar vida nos exime de la obligación de dar amor, seguiremos siendo Victor Frankenstein: creadores geniales, padres ausentes y, en última instancia, víctimas de nuestras propias criaturas.

La paradoja permanece intacta: quien crea vida sin aprender antes a amar termina, inevitablemente, creando muerte. La tarea del presente no es detener el progreso, sino humanizarlo. Solo así evitaremos que el siglo XXI se convierta en la gran novela trágica que Mary Shelley anticipó con escalofriante precisión.


Referencias

Crislip, M. A. (2018). Frankenstein and the birth of bioethics. The Lancet, 392(10159), 1634-1635.

Haraway, D. (1991). Simians, cyborgs, and women: The reinvention of nature. Routledge.

Mellor, A. K. (1988). Mary Shelley: Her life, her fiction, her monsters. Methuen.

Turney, J. (1998). Frankenstein’s footsteps: Science, genetics and popular culture. Yale University Press.

Winner, L. (1977). Autonomous technology: Technics-out-of-control as a theme in political thought. MIT Press.


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