Entre el humo de las fábricas y el bullicio de las calles empedradas, la Europa del siglo XIX escondía una realidad tan invisible como despiadada: las posadas de cuerda. Allí, los desposeídos pagaban por dormir inclinados sobre una maroma, suspendidos entre el sueño y la miseria. ¿Cómo llegó la modernidad a depender de tanta precariedad? ¿Qué nos revelan estos refugios sobre el valor humano en tiempos de progreso?
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📷 Imagen generada por GPT-4o para El Candelabro. © DR
Las Posadas de Cuerda: Un Reflejo de la Pobreza Urbana en la Europa del Siglo XIX
En el turbulento panorama de la Europa industrial del siglo XIX, las posadas de cuerda emergieron como una solución precaria a la crisis de vivienda para los marginados urbanos. Estos alojamientos baratos, conocidos también como “two-penny hangover” en Inglaterra o “coucher à la corde” en Francia, permitían a los indigentes resguardarse de la intemperie por una fracción del costo de un hotel convencional. Surgidas en las sombras de la Revolución Industrial, reflejaban la brecha abismal entre la prosperidad burguesa y la miseria proletaria. Ciudades como Londres, París y Madrid, hinchadas por la migración rural, albergaban miles de almas sin techo que buscaban en estas posadas de cuerda un respiro efímero. La historia de las posadas de cuerda no solo ilustra la supervivencia cotidiana en la pobreza urbana del siglo XIX, sino que también subraya las fallas de un sistema social que priorizaba el lucro sobre la dignidad humana. Este ensayo explora su origen, funcionamiento, impacto y ocaso, revelando cómo estos espacios precarios moldearon la narrativa de la desigualdad europea.
El surgimiento de las posadas de cuerda se remonta a las décadas de 1830 y 1840, en plena efervescencia de la urbanización acelerada. En Inglaterra, Charles Dickens aludió a ellas en Los papeles póstumos del Club Pickwick (1836), describiendo “cuerdas de dos peniques” como refugios para los desposeídos cerca de los arcos de Waterloo Bridge. En Francia, publicaciones satíricas como Le Charivari (1842) documentaron el “coucher à la corde” en cabarets parisinos, donde chiffonniers —recogedores de basura— se inclinaban sobre cuerdas por dos sueldos. Esta práctica respondía a la explosión demográfica: Londres triplicó su población entre 1800 y 1850, generando slums infames como el East End. Las posadas de cuerda, o doss houses con hammocks de cuerda, se multiplicaron en distritos portuarios y obreros, ofreciendo un modelo económico que maximizaba el espacio en habitaciones hacinadas. Su popularidad radicaba en la accesibilidad: por un penique o dos, un trabajador itinerante o un mendigo podía reclamar un “lugar” nocturno, evitando el suelo helado de las calles. Así, estas estructuras precarias se convirtieron en un pilar de la economía de la supervivencia en la Europa victoriana.
El funcionamiento de las posadas de cuerda era tan ingenioso como brutal en su simplicidad. Los huéspedes, alineados en bancos de madera, se apoyaban en una cuerda tensa a la altura del pecho, extendida de pared a pared a unos tres pies del suelo. Esta maroma actuaba como un hammock improvisado, permitiendo que el cuerpo se inclinara hacia adelante en un estado de semi-sueño, con los brazos cruzados sobre ella para evitar caídas. En Londres, por dos peniques, un “valet” —un empleado irónico— cortaba la cuerda a las cinco de la mañana, precipitando a los durmientes al piso en un despertar colectivo y humillante. En París, según Taxile Delord en 1853, los chiffonniers pagaban siete céntimos y medio por espacio en el suelo, más cinco por la cuerda, en locales como el cabaret de Paul Niquet. La ausencia de camas horizontales optimizaba el aforo: hasta cincuenta personas en una sala estrecha, fomentando una proximidad que rayaba en lo claustrofóbico. Esta mecánica no solo ahorraba costos, sino que aseguraba la rotación rápida, alineándose con la lógica mercantil de la pobreza urbana del siglo XIX.
Entre las ventajas de las posadas de cuerda destacaba su asequibilidad radical, un bálsamo para los excluidos del mercado laboral formal. En una era donde un jornalero ganaba apenas diez peniques diarios, el costo de un penique por noche superaba con creces las alternativas gratuitas pero letales, como dormir al raso expuesto a robos, enfermedades o hipotermia. Henry Mayhew, en London Labour and the London Poor (1851), describió cómo estos refugios permitían a vendedores ambulantes y jornaleros preservar algo de energía para el día siguiente, elevando su productividad marginal. En España, las casas de dormir madrileñas, precursoras de las posadas de cuerda, aliviaban la “miseria nocturna” en barrios como Lavapiés, donde emigrantes rurales encontraban un techo por diez céntimos. Benito Pérez Galdós, en novelas como La desheredada (1881), retrató estos espacios como oasis precarios en el desierto de la indigencia. Además, ofrecían una ilusión de comunidad: en la penumbra compartida, extraños forjaban lazos efímeros, mitigando el aislamiento de la vida urbana. No obstante, estas bondades eran relativas; las posadas de cuerda representaban un compromiso mínimo con la humanidad de sus usuarios.
Sin embargo, las desventajas de las posadas de cuerda eclipsaban cualquier paliativo, comenzando por la evidente falta de privacidad y comodidad. El hacinamiento forzaba interacciones indeseadas: cuerpos apiñados en posturas antinaturales generaban roces constantes y un sueño fragmentado, más cercano al letargo que al descanso reparador. George Orwell, en Sin blanca en París y Londres (1933), evocó el “twopenny hangover” como un tormento donde “los lodgers se sientan en fila en un banco; hay una cuerda delante, y se inclinan sobre ella como sobre una cerca”. La higiene era catastrófica: chinches, piojos y olores fétidos impregnaban el aire viciado, convirtiendo estos sitios en focos de epidemias como el tifus o el cólera. En Madrid, según crónicas de 1903, las casas de dormir albergaban a mendigos, alcohólicos y delincuentes en salas sin ventilación, propagando contagio entre aguadores y mozos de carga. La seguridad pendía de un hilo: riñas por plazas escasas derivaban en violencia, y mujeres —aunque segregadas en algunos locales— enfrentaban vulnerabilidades exacerbadas. Estas carencias no eran accidentales, sino inherentes a un diseño que priorizaba el volumen sobre el bienestar, perpetuando el ciclo de agotamiento en la pobreza urbana industrial.
Las ubicaciones de las posadas de cuerda se concentraban en los epicentros de la miseria metropolitana, desde los muelles londinenses hasta los arrabales parisinos. En Inglaterra, el East End de Londres albergaba cientos de doss houses registradas hacia 1900, con cuerdas tensadas en sótanos bajo puentes como el de Blackfriars. Francia vio su apogeo en el Barrio Latino y Les Halles, donde cabarets como el de Paul Niquet —demolido en 1853— atraían a miles de chiffonniers. En Alemania, una fotografía de 1920 en Hamburgo captura a hombres inclinados sobre cuerdas en refugios de emergencia, reflejo de la posguerra pero arraigado en tradiciones del siglo XIX. España no fue ajena: en Madrid, la Posada de la Cuerda en la calle Atocha, documentada alrededor de 1902, extendía maromas sobre sillas para huéspedes que pagaban por sillas alquiladas. Otras ciudades como Barcelona y Valencia reportaron variantes en cafetines dormitorio, donde cuerdas atadas a mesas simulaban hammocks. En Estados Unidos, ecos llegaron a Nueva York vía inmigrantes, aunque Jacob Riis en How the Other Half Lives (1890) las tildó de rumores “europeos”. Estas geográficas delineaban un mapa de la exclusión, donde puertos y slums se convertían en nodos de supervivencia precaria.
El impacto cultural de las posadas de cuerda trascendía lo material, impregnando la literatura y el discurso social del siglo XIX. Autores como Dickens y Galdós las usaron para denunciar la hipocresía victoriana: en Los papeles póstumos, Sam Weller describe las cuerdas como “sacos tensados” que caen al alba, simbolizando la volatilidad de la vida pobre. Pío Baroja, en sus novelas madrileñas, evocó las casas de dormir como microcosmos de la degradación, donde el olor a sudor y tabaco narraba historias mudas de fracaso. Orwell, retrospectivamente, las elevó a metáfora de la alienación proletaria, influyendo en el activismo social. Periódicos como Le Charivari satirizaban su crudeza, mientras reformadores como el Ejército de Salvación —fundado en 1865— erigieron refugios gratuitos en Sheffield, albergando a 300 nightly en “ataúdes” de madera. Este legado cultural subraya cómo las posadas de cuerda, o rope inns victorianas, catalizaron debates sobre vivienda asequible, prefigurando movimientos higienistas que abogaban por dormitorios segregados por sexo y ventilados. En última instancia, forjaron una conciencia colectiva sobre la pobreza como problema estructural, no moral.
El declive de las posadas de cuerda se precipitó a finales del siglo XIX y principios del XX, impulsado por avances económicos y reformas sociales. La prosperidad postindustrial elevó salarios, permitiendo a muchos acceder a pensiones básicas o “coffins” —cajones de madera por cuatro peniques—. En Francia, albergues municipales abiertos en 1886, como los descritos por Virmaître en 1894, desplazaron los cabarets de cuerda al ofrecer camas gratuitas. España vio cierres masivos tras 1900, denunciados por corrientes higienistas que vinculaban las casas de dormir a epidemias; muchas mutaron en hostales como el Alonso en Madrid, con habitaciones independientes y baños. En Inglaterra, la ausencia de menciones post-1930 en fuentes primarias sugiere su obsolescencia ante la Ley de Vivienda de 1919. Factores como la electrificación urbana y la migración inversa erosionaron la demanda, mientras filántropos como Barnardo’s construían orfanatos y refugios. No obstante, su desaparición no erradicó la precariedad: en la Gran Depresión, variantes resurgieron en Hamburgo. Este ocaso ilustra cómo la innovación social, aunque tardía, transformó la topografía de la pobreza en Europa.
Las posadas de cuerda encapsulan la tenacidad humana ante la adversidad, pero también la indiferencia sistémica de una era transformadora. Como vestigios de la pobreza urbana del siglo XIX, estos alojamientos baratos —desde los hammocks de cuerda en Londres hasta las maromas madrileñas— revelan cómo la industrialización engendró no solo progreso, sino también abismos de desigualdad. Su legado perdura en debates contemporáneos sobre vivienda asequible y sinhogarismo, recordándonos que la comodidad precaria no es progreso, sino supervivencia diferida. Hoy, mientras ciudades globales enfrentan crisis similares, la historia de las posadas de cuerda urge a políticas inclusivas que prioricen la dignidad sobre la eficiencia.
Reflexionar sobre su crudeza no solo honra a los olvidados del ayer, sino que ilumina caminos para un futuro equitativo, donde el sueño sea derecho, no privilegio. En última instancia, estas narrativas precarias nos confrontan con una verdad incómoda: la verdadera medida de una sociedad reside en cómo acoge a sus más vulnerables.
Referencias
Dickens, C. (1836). The posthumous papers of the Pickwick Club. Chapman & Hall.
Galdós, B. P. (1881). La desheredada. Imprenta de Manuel G. Hernández.
Mayhew, H. (1851). London labour and the London poor (Vol. 1). Griffin, Bohn, and Company.
Orwell, G. (1933). Down and out in Paris and London. Harper & Brothers.
Riis, J. A. (1890). How the other half lives: Studies among the tenements of New York. Charles Scribner’s Sons.
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