Entre los pliegues más antiguos de la tradición cabalística surge una idea que desafía nuestra comprensión de la existencia: el ser humano no nació para recibir, sino para transformarse en una fuerza de otorgamiento semejante al Creador. ¿Qué significa realmente parecerse a lo divino? ¿Y hasta dónde puede llevarnos esa transformación?


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📷 Imagen generada por GPT-4o para El Candelabro. © DR
Para mí, no hay duda: el Creador existe. No es una figura abstracta en las nubes, sino la fuerza que lo creó todo, incluyéndonos a nosotros. Y no sólo nos creó, también nos inculcó un propósito muy específico, uno que debemos cumplir.

Ese propósito es, llegar a ser como Él.

Por eso somos llamados humanos, en hebreo es Adam. Viene de la palabra hebrea para similar (Domeh). El ser humano se llama «Adam«, porque está destinado a asemejarse al Creador en sus cualidades internas.

¿Qué quiere decir? Debe alcanzar la cualidad de otorgamiento: dar, amar, crear y cuidar sin egoísmo. El Creador es la fuente de toda la realidad, la fuerza que da infinitamente y que gobierna todos los mundos con entrega y amor absolutos. Este es el estado que todos debemos alcanzar. Es el significado más pleno del ser humano.

Además, todos necesitamos alcanzar este estado. Seamos conscientes o no, creamos en él o nos resistamos, este es nuestro camino. Puede parecer abrumador y lo es, pero es la evolución definitiva del alma.

Al final, lo lograremos. Todos seremos como el Creador, lo queramos o no.

Michael Laitman

El Propósito del Ser Humano: Alcanzar la Semejanza con el Creador según la Tradición de la Cabalá


El nombre “Adam” en hebreo no es casual. Deriva directamente del verbo lidmot (לִדְמוֹת), “parecerse” o “asemejarse”. En la Torá, cuando el Creador forma al primer ser humano, declara: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” (Génesis 1:26). La tradición cabalística interpreta esta frase no como una descripción física, sino como una declaración de destino: el ser humano fue creado para llegar a ser domeh la-Elokim, similar al Creador en sus atributos esenciales.

Esta semejanza no se refiere a omnipotencia o infinitud, atributos exclusivos de lo Absoluto, sino a la cualidad fundamental que define al Creador: el otorgamiento absoluto. El Creador es descrito en la Cabalá como la fuerza de dar sin recibir nada a cambio, una entrega pura que sostiene toda la existencia. El propósito del ser humano, por tanto, consiste en transformar su naturaleza receptiva innata en una naturaleza de otorgamiento y amor incondicional.

La Cabalá explica que el universo entero fue creado mediante un acto de restricción (tzimtzum) seguido de una emanación de luz infinita. Esa luz se vierte en vasos diseñados para recibirla, pero los vasos se rompen (shevirat ha-kelim) porque su deseo era únicamente recibir. De ese rompimiento surge nuestro mundo material y el alma humana fragmentada. La corrección (tikún) consiste precisamente en revertir esa recepción egoísta hacia el otorgamiento.

El Zohar, texto central de la Cabalá, afirma que el alma desciende al mundo con una única misión: elevarse por encima del deseo de recibir para sí mismo y alcanzar el deseo de otorgar. Este proceso no es opcional ni reservado a unos pocos iluminados; es la trayectoria evolutiva de toda alma creada. Cada generación, cada individuo, participa conscientemente o no en este gran retorno hacia la fuente.

El método para alcanzar esta transformación se conoce como “trabajo interior” o avodat ha-lev (servicio del corazón). Implica el estudio profundo de textos cabalísticos, la práctica de la intención correcta en cada acción y, sobre todo, el desarrollo de relaciones de amor y otorgamiento entre las personas. El Baal HaSulam, uno de los mayores cabalistas del siglo XX, enseñó que el amor al prójimo es la vasija donde se revela la Luz del Creador.

Cuando una persona comienza a actuar con intención de otorgar, experimenta un cambio cualitativo en su percepción de la realidad. El mundo deja de ser un lugar de carencias y competencia para convertirse en un sistema interconectado donde cada acción de bien genera plenitud infinita. Esta experiencia no es mística en el sentido romántico; es una percepción objetiva de la estructura superior de la realidad.

La ciencia moderna, aunque parta de premisas materialistas, va aproximándose a conceptos que la Cabalá describió hace siglos. La física cuántica habla de campos unificados y entrelazamiento; la biología sistémica reconoce que ningún organismo vive aislado. La Cabalá va más allá y afirma que toda la realidad es una única fuerza de otorgamiento que se manifiesta en múltiples niveles, y que el ser humano está destinado a revelar conscientemente esa unidad.

El libre albedrío humano reside precisamente en la elección del camino. Podemos prolongar el sufrimiento manteniendo el deseo egoísta o acelerar la corrección eligiendo el camino del otorgamiento. Sin embargo, la Cabalá es clara: el final está garantizado. Todas las almas alcanzarán eventualmente el estado de perfección completa, conocido como Gmar Tikún (fin de la corrección). La pregunta no es si llegaremos, sino cuánto dolor estamos dispuestos a experimentar antes de elegir el camino corto.

Michael Laitman, continuador contemporáneo de la línea del Baal HaSulam y el Rabash, enfatiza que este proceso ya no es individual sino colectivo. En nuestra era globalizada, la interdependencia es evidente. Solo mediante la construcción de relaciones de garantía mutua (arvut) entre todos los seres humanos podremos revelar la fuerza superior de otorgamiento que ya está actuando entre nosotros.

Este concepto de garantía mutua no es una utopía moral; es una necesidad ontológica. Así como las células de un cuerpo deben operar en armonía para que el organismo viva, las almas humanas deben alcanzar un nivel de conexión donde cada una sienta las necesidades de las demás como propias. Solo entonces se manifestará plenamente la cualidad del Creador en el mundo.

La resistencia más común a esta idea proviene del ego humano que percibe el otorgamiento como pérdida. Sin embargo, la Cabalá explica que el verdadero placer reside precisamente en la semejanza con el Creador. Al otorgar, el ser humano se conecta con la fuente infinita de plenitud y experimenta un deleite que ningún placer receptivo puede igualar.

La tradición cabalística ofrece herramientas prácticas para este desarrollo: el estudio en grupo con intención de conexión, la meditación sobre las letras hebreas, el análisis de las propias intenciones en cada deseo. No se trata de suprimir el deseo, sino de transformarlo. El deseo de recibir se convierte en deseo de recibir con la intención de otorgar, elevándose así al nivel del Creador.

En las últimas décadas, miles de personas de todos los continentes y creencias han comenzado a estudiar Cabalá auténtica según el método del Baal HaSulam. Los resultados son consistentes: quienes perseveran en el camino del otorgamiento reportan una transformación profunda en su percepción de la vida, relaciones más auténticas y una sensación creciente de propósito y plenitud.

La conclusión es inescapable: el ser humano no fue creado para consumir, competir o acumular placeres temporales. Fue creado con un potencial divino único: la capacidad de transformarse a sí mismo y al mundo entero mediante la adquisición de la cualidad de otorgamiento absoluto. Este es el significado último del nombre Adam, “semejante al Altísimo”.

Alcanzar este estado no es un lujo espiritual reservado a místicos; es la razón misma de nuestra existencia y la meta inevitable de la evolución humana. Cada pensamiento de amor, cada acto de entrega, cada intención de conexión nos acerca un paso más a la revelación completa del Creador en nosotros y a través de nosotros. El camino es largo, pero la dirección es clara y la llegada está asegurada.


Publicado por Roberto Pereira, editor general de Revista Literaria El Candelabro.”


Referencias

Ashlag, Y. (2008). Talmud Eser Sefirot (Vol. 1-16). Bnei Baruch.

Laitman, M. (2015). La Cabalá revelada: Guía del estudiante para un mundo mejor. Laitman Kabbalah Publishers.

Laitman, M., & Goldstein, A. (2011). La psicología de la integralidad. ARI Publishers.

Scholem, G. (1995). Major trends in Jewish mysticism. Schocken Books.

Yehuda Ashlag (Baal HaSulam). (1940/2009). Shamati (He escuchado). Bnei Baruch.


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