Entre la rosa y sus espinas se abre un terreno donde la belleza y la crítica se enfrentan, revelando cómo la envidia puede distorsionar incluso lo admirable. Este antiguo proverbio africano no solo describe una actitud, sino que desnuda un mecanismo profundo de la naturaleza humana. ¿Por qué buscamos defectos donde hay excelencia? ¿Qué dice eso de nuestra forma de mirar a los demás?


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📷 Imagen generada por FreePik AI para El Candelabro. © DR

La Rosa y las Espinas: Reflexión sobre un Proverbio Africano y la Naturaleza Humana


La tradición oral africana nos ha legado innumerables proverbios que condensan siglos de observación sobre la vida, la sociedad y la psicología humana. Uno de ellos, ampliamente difundido en diversas variantes, reza: “No encontraron nada malo en la rosa, así que se quejaron de que tenía espinas”. Su significado explícito apunta a una constante de la experiencia humana: cuando alguien posee cualidades admirablemente positivas, quienes no pueden negárselas directamente suelen centrarse en defectos secundarios o incluso inventarlos para justificar su rechazo o envidia. Este antiguo proverbio africano sobre la rosa y las espinas invita a una profunda reflexión sobre la envidia, el perfeccionismo destructivo y la dificultad de celebrar el bien ajeno.

Pensemos primero en la imagen misma de la rosa. Desde la antigüedad, esta flor ha simbolizado la belleza perfecta, el amor, la pasión y la gracia. Poetas persas, griegos, romanos y árabes la elevaron a emblema de lo sublime. Sin embargo, la rosa nunca existe sin sus espinas. Estas no son un defecto añadido posteriormente, sino parte esencial de su estructura biológica: protegen la flor, regulan la transpiración y disuaden a los herbívoros. La espina, por tanto, no es una imperfección de la rosa, sino una condición de su supervivencia y, en última instancia, de su belleza. El proverbio africano nos confronta con una pregunta incómoda: ¿por qué la mente humana tiende a pasar por alto la flor y fijarse exclusivamente en lo que pica?

Esta tendencia revela un mecanismo psicológico conocido como sesgo de negatividad. Diversos estudios en psicología cognitiva han demostrado que los estímulos negativos tienen un peso mayor en nuestra percepción que los positivos. Un solo defecto, aunque sea menor, puede eclipsar múltiples virtudes. El proverbio lo ilustra con precisión quirúrgica: al no hallar “nada malo” en el núcleo de la persona o situación (la flor), el crítico se ve obligado a desplazarse hacia lo accesorio (las espinas). Este desplazamiento no es inocente; responde a una necesidad emocional de mantener la coherencia interna: si reconociéramos la bondad plena del otro, tendríamos que cuestionar nuestra propia animadversión.

En el ámbito social, este fenómeno adquiere contornos particularmente dañinos. La historia está repleta de figuras admirables cuyas contribuciones fueron minimizadas por detalles irrelevantes o por defectos reales pero desproporcionadamente magnificados. Pensemos en líderes políticos carismáticos a los que se les reprochó el tono de voz o la forma de vestir; en artistas geniales cuya vida privada eclipsó su obra; en activistas cuya causa fue desacreditada por errores tácticos menores. El proverbio africano sobre la crítica y las espinas nos recuerda que tales estrategias suelen encubrir envidia, miedo al cambio o resistencia a aceptar la superioridad moral o intelectual del otro.

La envidia, en efecto, constituye el motor principal de esta dinámica. Ya los estoicos griegos y los padres del desierto cristiano advertían que la envidia no nace de la falta absoluta de bienes, sino de la percepción de que otro los posee en mayor medida. Cuando la excelencia ajena resulta innegable, la mente envidiosa busca un resquicio, por pequeño que sea, para restaurar el equilibrio emocional. La rosa sigue siendo hermosa, pero ahora “también” tiene espinas; la persona sigue siendo valiosa, pero “tiene ese defecto”. El “también” funciona aquí como un conjuntivo venenoso que pretende equilibrar la balanza, aunque en realidad la inclina hacia la desvalorización.

Otro ángulo de análisis nos lleva al terreno de la perfección inalcanzable. Vivimos en una época obsesionada con la idea de flawlessness, de ausencia total de imperfección. Las redes sociales amplifican esta fantasía mostrando versiones pulidas de la realidad. En ese contexto, cualquier espina –un mal día, una opinión controvertida, una cicatriz– se percibe como una traición al ideal. El antiguo proverbio africano anticipa esta trampa cultural: la rosa no sería rosa sin sus espinas. La exigencia de perfección absoluta es, en el fondo, una forma refinada de rechazo a la condición humana misma, que siempre combina luz y sombra, virtud y limitación.

Curiosamente, la sabiduría africana no condena la existencia de las espinas. Al contrario, las acepta como parte integral del conjunto. La crítica que se queja de ellas revela más sobre quien critica que sobre la rosa. En muchas culturas del África subsahariana, la capacidad de ver la totalidad –belleza y protección, don y riesgo– constituye una señal de madurez. El niño se pincha y llora; el adulto aprende a tomar la rosa con cuidado, disfrutando su perfume sin negar la necesidad de precaución. La enseñanza implícita es poderosa: la verdadera sabiduría consiste en abrazar la complejidad en lugar de reducirla a blanco o negro.

Esta perspectiva tiene aplicaciones profundas en la educación de las emociones. Aprender a recibir elogios sinceros sin sospechar segundas intenciones, y aprender a celebrar el éxito ajeno sin buscar inmediatamente la espina, son dos caras de la misma madurez emocional. Muchas relaciones personales se deterioran precisamente porque uno de los miembros no soporta que el otro sea “demasiado bueno” en algo. En lugar de inspirarse, busca el defecto tranquilizador. El proverbio nos interpela: ¿cuántas veces hemos sido nosotros los que, ante una rosa magnífica, solo vimos la posibilidad de pincharnos?

En el plano colectivo, sociedades enteras caen en esta trampa. Movimientos de renovación moral o política suelen ser acogidos primero con entusiasmo y luego desacreditados por detalles menores. Los defectos reales de sus líderes o las limitaciones inevitables de cualquier proyecto humano se convierten en la excusa perfecta para no comprometerse con el cambio. El proverbio africano sobre la rosa y las espinas ilustra así una forma de inmovilismo disfrazado de espíritu crítico: es más fácil quejarse de las espinas que decidir coger la rosa y asumir el riesgo de transformar el jardín.

La tradición filosófica africana, representada por pensadores contemporáneos como John Mbiti o Kwasi Wiredu, enfatiza el carácter relacional del ser humano. Una persona no es nunca un individuo aislado, sino un nudo de relaciones. En ese marco, la envidia y la crítica destructiva aparecen como enfermedades del vínculo comunitario. Si mi hermano tiene una rosa más hermosa que la mía, en lugar de alegrarme por la belleza que ahora adorna nuestro pueblo compartido, me concentro en las espinas para justificar que no la merezca. El ubuntu –“yo soy porque nosotros somos”– se debilita cuando prevalecen este tipo de actitudes.

Llegamos así al núcleo ético del proverbio. La madurez consiste en poder decir: “Qué hermosa rosa” aunque tenga espinas, y aún más, aunque sus espinas sean más afiladas que las de la mía. Implica entrenar la mirada para ver primero la flor y tratar las espinas como algo secundario, manejable, incluso necesario. Significa, en última instancia, renunciar al consuelo mezquino de la crítica fácil y abrazar la incomodidad de reconocer la excelencia ajena sin ponerle inmediatamente un “pero”.

Este antiguo proverbio africano nos ofrece, por tanto, una brújula para navegar la complejidad humana. Nos invita a preguntarnos en cada juicio: ¿estoy viendo realmente a la persona o situación tal como es, o estoy buscando desesperadamente una espina porque la belleza de la rosa me resulta insoportable? La respuesta honesta a esa pregunta determina no solo la calidad de nuestras relaciones, sino la profundidad de nuestra propia humanidad5.

Así pues, “No encontraron nada malo en la rosa, así que se quejaron de que tenía espinas” condensa una verdad antropológica universal que trasciende continentes y épocas. Lejos de ser una mera observación costumbrista, constituye una crítica radical a nuestra inclinación por la desvalorización encubierta. Solo cuando aprendamos a sostener la rosa completa –fragancia y pinchazo, virtud y limitación– podremos construir comunidades donde la excelencia no sea castigada con la búsqueda obsesiva de defectos, sino celebrada como un regalo compartido.

La sabiduría africana, una vez más, nos recuerda que la verdadera belleza nunca viene sin protección, y que quien solo ve las espinas quizá nunca ha aprendido a oler la flor.


Publicado por Roberto Pereira, editor general de Revista Literaria El Candelabro.”


Referencias

Mbiti, J. S. (1990). African religions and philosophy (2nd ed.). Heinemann.

Wiredu, K. (1996). Cultural universals and particulars: An African perspective. Indiana University Press.

Gyekye, K. (1997). Tradition and modernity: Philosophical reflections on the African experience. Oxford University Press.

Appiah, K. A. (2006). Cosmopolitanism: Ethics in a world of strangers. W. W. Norton & Company.

Krog, A. (2012). The wisdom of African proverbs: A critical reflection. Journal of African Cultural Studies, 24(1), 45-59.


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