Entre las sombras de Kalaupapa surgió una figura capaz de desafiar el abandono, la enfermedad y el miedo colectivo: San Damián de Molokai, el hombre que convirtió la caridad en presencia radical y la entrega en un acto político, humano y espiritual. ¿Qué impulsa a alguien a quedarse donde todos huyen? ¿Qué significa amar cuando el dolor ajeno se vuelve propio?
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📷 Imagen generada por Dall-E 3 para El Candelabro. © DR
San Damián de Molokai: La Caridad como Presencia Radical
José De Veuster nació el 3 de enero de 1840 en Tremelo, Bélgica, en el seno de una familia campesina acomodada. Nada en sus primeros años presagiaba que su nombre quedaría asociado para siempre a uno de los actos de entrega más extremos de la historia moderna. Ingresó joven en la Congregación de los Sagrados Corazones y adoptó el nombre de Damián. En 1864 llegó a Hawái como misionero y durante nueve años ejerció su ministerio en diversas islas. Sin embargo, su vida cambiaría radicalmente en 1873 cuando solicitó voluntariamente ser enviado a la colonia de leprosos de Molokai.
La isla de Molokai, específicamente la península de Kalaupapa, había sido designada por el Reino de Hawái como lugar de aislamiento obligatorio para las personas diagnosticadas con lepra. Entre 1866 y 1873 llegaron allí miles de enfermos en condiciones de absoluto abandono. El gobierno proporcionaba alimentos básicos de manera irregular y no existía atención médica ni espiritual organizada. La colonia era, en palabras de los contemporáneos, un “infierno viviente” donde reinaban la violencia, el alcoholismo y la desesperanza. Damián desembarcó el 10 de mayo de 1873 con una autorización temporal que él mismo transformó en permanencia definitiva.
Desde el primer día rechazó cualquier distancia protectora. Construyó con sus propias manos chozas dignas, canalizó agua potable desde manantiales lejanos, reparó caminos impracticables y organizó cultivos comunales. Su labor práctica no era accesoria a la evangelización; era la evangelización misma hecha carne. Entendía que la caridad cristiana no puede limitarse a palabras cuando el cuerpo sufre. Esta concepción encarnada del amor al prójimo constituye uno de los aportes más profundos de san Damián de Molokai a la teología de la caridad.
La transformación más revolucionaria ocurrió en el plano humano y simbólico. Los enfermos de lepra no solo padecían la destrucción física progresiva; sufrían sobre todo la estigmatización social que los convertía en “intocables”. Damián rompió deliberadamente esa barrera. Compartía mesa, fumaba la misma pipa, vendaba llagas con sus manos desnudas y dormía bajo el mismo techo. El momento culminante de esta identificación ocurrió en 1885 cuando, al iniciar su homilía, pronunció las célebres palabras: “Nosotros los leprosos”. Con esa expresión eliminó la frontera ontológica entre sano y enfermo, entre benefactor y beneficiario.
Esa identificación radical no fue sentimentalismo ni imprudencia. Obedecía a una comprensión teológica profunda: la lepra de Molokai era imagen del pecado y del sufrimiento humano universal. Al asumirla voluntariamente, Damián actualizaba el misterio de la kénosis cristológica: el Dios que se hace hombre hasta compartir la condición más degradada. En términos contemporáneos, anticipaba lo que siglos después la teología de la liberación llamaría “opción preferencial por los pobres” y lo que el papa Francisco denominaría “cultura del encuentro”.
Su acción también reveló una dimensión política frecuentemente ignorada. Denunció públicamente la negligencia del gobierno hawaiano y de las autoridades sanitarias. Sus cartas, publicadas en periódicos de Honolulú y Europa, generaron presión internacional que obligó a mejorar las condiciones de la colonia. Logró que se enviaran médicos, religiosas y recursos materiales. Demostró así que la caridad auténtica no sustituye a la justicia, sino que la impulsa. San Damián de Molokai encarnó lo que hoy conocemos como advocacy en defensa de los derechos humanos de los enfermos.
La enfermedad lo alcanzó en 1885. Primero perdió la sensibilidad en los pies; luego aparecieron las típicas lesiones. En lugar de solicitar traslado, intensificó su trabajo. Continuó celebrando misa, confesando y atendiendo enfermos hasta que la debilidad física lo impidió. Murió el 15 de abril de 1889 a los 49 años. Su funeral reunió a toda la colonia; muchos enfermos llevaron su ataúd a hombros hasta el cementerio que él mismo había construido.
El legado de san Damián de Molokai trasciende el ámbito religioso. Mahatma Gandhi lo consideró uno de sus principales inspiradores en la lucha contra la discriminación de los intocables. Robert Louis Stevenson, tras visitar Molokai, escribió una vibrante defensa pública contra las calumnias que circulaban sobre el sacerdote belga. En 1995 fue beatificado por Juan Pablo II y en 2009 canonizado por Benedicto XVI, quien lo presentó como modelo de caridad heroica para el siglo XXI.
Hoy la península de Kalaupapa es Parque Histórico Nacional. Las chozas que construyó Damián han desaparecido, pero permanecen la iglesia de San Filomena que él amplió, el cementerio donde reposan miles de pacientes y el orfanato que fundó. Los últimos residentes con secuelas de lepra (ya curados médicamente gracias al tratamiento descubierto en 1940) siguen viviendo allí protegidos por ley hasta su muerte natural. El lugar se ha convertido en sitio de peregrinación que atrae a quienes buscan comprender el significado último del amor entregado sin reservas.
La vida de Damián interpela especialmente en un mundo marcado por formas nuevas de lepra social: migración forzada, adicciones, enfermedades estigmatizadas, pobreza extrema. Su ejemplo demuestra que la verdadera santidad no consiste en experiencias místicas extraordinarias, sino en la fidelidad cotidiana al sufrimiento concreto del otro. Enseña que la fe se verifica no en los templos seguros, sino en los lugares donde la humanidad parece haber sido derrotada.
San Damián de Molokai nos recuerda que la caridad no es una virtud entre otras, sino la forma específica que adopta el amor cuando se encuentra con el dolor ajeno. No pidió reconocimiento ni estableció condiciones. Simplemente se quedó donde hacía falta hasta que su propio cuerpo se convirtió en ofrenda. En un tiempo de soluciones técnicas rápidas y solidaridad a distancia, su testimonio radical sigue siendo incómodamente actual: solo quien está dispuesto a contaminarse con el sufrimiento del otro puede sanar la herida más profunda, la del abandono.
Su canonización no cerró su historia; la abrió a nuevas interpretaciones. En tiempos de pandemia, su figura ha sido invocada para comprender el sentido del personal sanitario que arriesgó y en ocasiones perdió la vida. En contextos de discriminación racial o social, su “nosotros los leprosos” resuena como llamado a derribar muros invisibles. San Damián de Molokai no nos ofrece una doctrina abstracta, sino un camino concreto: acercarse, tocar, quedarse. Esa es, en última instancia, la única revolución que transforma tanto al que sufre como al que sirve.
Referencias
Daws, G. (1984). Holy man: Father Damien of Molokai. University of Hawaii Press.
Stewart, R. (2000). Leper priest of Molokai: The Father Damien story. University of Hawaii Press.
John Paul II. (1995). Homilía en la beatificación del siervo de Dios Damián De Veuster. Libreria Editrice Vaticana.
Benedict XVI. (2009). Homilía en la canonización de san Damián de Veuster. Libreria Editrice Vaticana.
Bushnell, O. A. (1999). The gifts of civilization: Germs and genocide in Hawai’i. University of Hawaii Press.
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