Entre los escombros de una sociedad que idolatra el éxito y desprecia la fragilidad, emerge la voz incómoda de Pier Paolo Pasolini, quien reivindica la derrota como acto de resistencia y humanidad. En un tiempo donde triunfar parece obligación y fracasar, vergüenza, ¿qué significa educar en la vulnerabilidad? ¿Podemos aprender a perder sin perder la dignidad?


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Creo que es necesario educar a las nuevas generaciones en el valor de la derrota(…) En construir una identidad capaz de advertir una comunidad de destino, en la que se pueda fracasar y volver a empezar sin que el valor y la dignidad se vean afectados. En no ser un trepador social, en no pasar sobre el cuerpo de los otros para llegar primero. Ante este mundo de ganadores vulgares y deshonestos, de prevaricadores falsos y oportunistas, de esta gente que ocupa el poder y que escamotea el presente, ni qué decir el futuro, de todos los neuróticos del éxito, del figurar, del llegar a ser. Ante esta antropología del ganador, de lejos prefiero al que pierde.”

Pier Paolo Pasolini

Escritor, poeta, cineasta, dramaturgo, ensayista y periodista italiano, además de ser una figura abiertamente crítica del poder político, la sociedad de consumo y la hipocresía burguesa.

El Valor de la Derrota: Educar en la Fragilidad Humana Frente a la Antropología del Ganador


Pier Paolo Pasolini, el intelectual italiano que desafió las estructuras de poder con su pluma afilada, nos lega una reflexión profunda sobre el valor de la derrota en un mundo obsesionado con el triunfo a cualquier costo. En su cita, Pasolini aboga por educar a las nuevas generaciones en la construcción de una identidad resiliente, capaz de abrazar el fracaso como parte de una comunidad de destino. Esta visión contrasta radicalmente con la cultura contemporánea, donde el éxito vulgar y deshonesto domina, fomentando trepadores sociales que pisotean a otros en su ascenso. Explorar esta idea no solo ilumina la crítica pasoliniana al consumismo y la hipocresía burguesa, sino que también invita a repensar la educación en el fracaso como antídoto a la neurosis del figurar.

Pasolini, poeta, cineasta y ensayista, vivió en una Italia posfascista marcada por la reconstrucción económica y el auge del capitalismo. Su obra, impregnada de una sensibilidad marxista y freudiana, denuncia cómo la sociedad de consumo transforma el deseo humano en mera acumulación. En este contexto, la antropología del ganador emerge como un constructo ideológico que valora el logro individual por encima de la solidaridad colectiva. Educar en el valor de la derrota implica, entonces, desmantelar esta narrativa, fomentando en los jóvenes una ética del esfuerzo compartido que no se doblegue ante la tentación del oportunismo.

La derrota, lejos de ser un estigma, representa un espacio de aprendizaje esencial en la formación de la identidad personal. Pasolini sugiere que una identidad capaz de advertir una comunidad de destino surge precisamente del reconocimiento de la vulnerabilidad compartida. En aulas y hogares, los educadores deben priorizar narrativas que celebren el resurgir tras el tropiezo, en lugar de idolatrar el pedestal del vencedor. Esta pedagogía del fracaso no solo mitiga el miedo al error, sino que cultiva la empatía, esencial para contrarrestar la alienación provocada por el individualismo exacerbado.

En la era digital, donde las redes sociales amplifican el culto al éxito efímero, la educación en el fracaso adquiere urgencia. Jóvenes expuestos a influencers que proyectan vidas perfectas internalizan una presión insostenible por “llegar a ser”. Pasolini advertiría contra esta ilusión, recordándonos que el verdadero valor reside en la capacidad de fracasar y volver a empezar sin que la dignidad se erosione. Programas educativos que integren testimonios de figuras históricas derrotadas pero transformadoras –como Gandhi o Simone Weil– pueden ilustrar cómo el revés forja carácter, promoviendo una resiliencia que trasciende el mero logro material.

La crítica de Pasolini a los “ganadores vulgares y deshonestos” resuena en escándalos contemporáneos de corrupción política y corporativa. Prevaricadores que escamotean el futuro colectivo encarnan la antropología del ganador, donde el poder se ejerce mediante la exclusión. Educar contra este modelo implica enseñar a las nuevas generaciones a rechazar el trepador social, ese arquetipo que avanza sobre los cuerpos ajenos. En su lugar, se debe fomentar una ética relacional, donde el éxito se mida por el impacto en la comunidad, no por la acumulación personal.

Una comunidad de destino, como la concibe Pasolini, trasciende las divisiones clasistas y culturales, uniendo a individuos en la aceptación mutua de la finitud humana. La derrota, en este marco, no es aislamiento, sino puente hacia la solidaridad. Estudios psicológicos contemporáneos respaldan esta visión: el fracaso compartido fortalece lazos sociales, reduciendo la incidencia de trastornos como la ansiedad por el rendimiento. Así, la educación debe incorporar dinámicas grupales que simulen reveses reales, permitiendo a los estudiantes experimentar la dignidad intacta tras el error.

El oportunismo, ese veneno sutil de la modernidad, prospera en entornos donde el éxito se cuantifica en likes y métricas. Pasolini, con su aversión a la hipocresía burguesa, nos urge a cultivar en la juventud un escepticismo saludable hacia el “figurismo”. Educar en el valor de la derrota significa priorizar cualidades intrínsecas –curiosidad, perseverancia– sobre el brillo superficial. De este modo, se forja una generación menos neurótica, más anclada en valores auténticos que desafíen la lógica del mercado.

Históricamente, movimientos como el existencialismo francés o el humanismo renacentista han valorado la derrota como catalizador de la autenticidad. Sartre, por ejemplo, veía en el fracaso la revelación de la libertad humana. Pasolini extiende esta idea a lo colectivo: una sociedad que educa en la fragilidad evita la tiranía del perfeccionismo. En contextos educativos actuales, integrar filosofía pasoliniana en currículos podría transformar la percepción del fracaso, convirtiéndolo en herramienta para la educación en la resiliencia emocional.

La neurosis del éxito, diagnosticada por Pasolini como patología cultural, se manifiesta en tasas crecientes de burnout entre profesionales jóvenes. Ante prevaricadores que monopolizan el poder, la alternativa radica en una pedagogía que celebre al perdedor honesto. Este enfoque no romantiza la pasividad, sino que la dinamiza: el que pierde con integridad inspira cambios sistémicos, como los activistas que, tras derrotas electorales, reconfiguran discursos progresistas. Así, el valor de la derrota se erige como principio pedagógico transformador.

En el ámbito laboral, la presión por el ascenso rápido fomenta dinámicas tóxicas de competencia desleal. Pasolini nos recuerda que no ser un trepador implica reconocer la interdependencia humana. Educar a las nuevas generaciones en esta premisa implica talleres que exploren dilemas éticos, donde el éxito colectivo prevalezca sobre el individual. Esta crítica al consumismo pasoliniano se actualiza en debates sobre sostenibilidad, donde el triunfo planetario exige aceptar derrotas personales por el bien común.

La figura del perdedor, preferida por Pasolini sobre el ganador vulgar, encarna una poética de la resistencia. En su cine, como en Accattone, los marginados redimen su humanidad a través de la autenticidad del fracaso. Aplicar esta lente a la educación contemporánea significa diversificar narrativas: incluir historias de innovadores que fallaron repetidamente, como Edison o Rowling, para desmitificar el genio infalible. De este modo, se promueve una identidad comunitaria que valora la diversidad de experiencias, incluidas las adversas.

Frente a la escasez de modelos éticos en el poder, la educación en el fracaso actúa como vacuna contra el cinismo. Pasolini, testigo de la Italia de los años setenta, profetizaba un futuro robado por oportunistas; hoy, su advertencia resuena en desigualdades globales exacerbadas por la globalización neoliberal. Cultivar el valor de la derrota en jóvenes implica fomentar la autocrítica constructiva, permitiéndoles navegar la incertidumbre sin el lastre de la vergüenza.

La construcción de una identidad resiliente, como propone Pasolini, pasa por rituales educativos que normalicen el error. En lugar de recompensas por victorias, celebrar procesos de aprendizaje interrumpidos por reveses. Esta pedagogía contracultural desafía la sociedad de ganadores, invitando a una antropología alternativa donde la dignidad emana de la vulnerabilidad compartida. Investigaciones en neurociencia confirman que el fracaso estimula plasticidad cerebral, potenciando la creatividad; así, educar en esta línea no solo es ético, sino científicamente fundado.

En última instancia, la preferencia pasoliniana por el que pierde no es masoquismo, sino afirmación vital. En un mundo de falsos prevaricadores, el perdedor auténtico preserva el espacio para la reinvención colectiva. Educar en el valor de la derrota equivale a sembrar semillas de una sociedad más justa, donde el futuro no se escamotea, sino se co-construye. Esta visión, arraigada en la crítica al poder y al consumismo, urge a educadores y padres a priorizar la humanidad sobre el trofeo.

La conclusión de esta reflexión pasoliniana radica en su potencial emancipador: al abrazar la derrota, las nuevas generaciones desmantelan la tiranía del éxito vulgar, forjando comunidades de destino inclusivas. No se trata de glorificar el fracaso per se, sino de integrarlo como hilo conductor de la experiencia humana. En un panorama de neurosis competitivas, esta educación en la resiliencia no solo restaura la dignidad individual, sino que redefine el progreso social. Pasolini, con su mirada profética, nos lega un imperativo: preferir al que pierde es elegir la vida plena, auténtica y solidaria, frente al espejismo del podio vacío.


Referencias

Duckworth, A. (2016). Grit: The power of passion and perseverance. Scribner.

Foucault, M. (1975). Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión. Siglo XXI Editores.

Nussbaum, M. C. (2010). Not for profit: Why democracy needs the humanities. Princeton University Press.

Pasolini, P. P. (1975). Scritti corsari. Garzanti.

Seligman, M. E. P. (2011). Flourish: A visionary new understanding of happiness and well-being. Free Press.


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