Entre conferencias científicas y encuentros diplomáticos, la gira sudamericana de Einstein en 1925 reveló no solo al físico célebre, sino al observador inquieto que registró tensiones sociales, prejuicios raciales y aspiraciones modernizadoras del continente. ¿Qué revelan realmente sus impresiones privadas sobre la región? ¿Y qué dicen sobre las limitaciones humanas incluso en las mentes más brillantes?

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📷 Imagen generada por GPT-4o para El Candelabro. © DR

La gira sudamericana de Albert Einstein en 1925 y sus observaciones socio-políticas


En marzo de 1925, Albert Einstein emprendió un viaje inusual dentro de su biografía científica: una gira por Sudamérica que lo llevó a Argentina, Uruguay y Brasil. Este recorrido, aunque poco comentado en comparación con sus logros teóricos, constituye un episodio revelador de su mirada crítica frente a las dinámicas sociales, políticas y raciales de la región. Invitado por sociedades científicas y universidades locales, Einstein aprovechó la ocasión para pronunciar conferencias sobre la teoría de la relatividad, pero también para observar con una agudeza antropológica poco común en figuras de su estatura intelectual. Sus diarios de viaje, publicados póstumamente y traducidos al inglés en 2018, ofrecen una crónica personal cuya franqueza ha generado tanto admiración como controversia. En ellos, se aprecia una mezcla de idealismo humanista y prejuicios propios de su tiempo, lo que permite una reflexión más matizada sobre cómo los grandes pensadores también están inmersos en las limitaciones epocales de sus propias percepciones.

Einstein arribó a Buenos Aires el 2 de abril de 1925, tras una breve escala en Río de Janeiro, y permaneció en Argentina hasta mediados de mes. Durante su estancia, visitó la Universidad de La Plata y dictó una serie de conferencias en la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Buenos Aires. En sus escritos privados, elogió la vitalidad intelectual de los círculos académicos porteños, señalando que “los estudiantes argentinos muestran una curiosidad genuina por la ciencia pura, rara en otras partes del mundo”. Sin embargo, sus comentarios adquirieron un tono más ambivalente cuando abordó la estructura social del país. Criticó la profunda desigualdad económica, describiendo a la aristocracia argentina como “una clase ociosa, desentendida del progreso material del pueblo”, y señaló con escepticismo la influencia de ideologías nacionalistas emergentes. Aunque no mencionó explícitamente al peronismo —que aún no existía como fuerza política—, sus anotaciones sobre el culto a la personalidad y el autoritarismo implícito en ciertos discursos populistas anticipan preocupaciones que se intensificarían décadas después.

Su estancia en Uruguay fue breve —apenas tres días—, pero suficiente para dejar una impresión claramente favorable. Einstein se hospedó en Montevideo, donde fue recibido por intelectuales locales y funcionarios del gobierno encabezado por José Batlle y Ordóñez, cuya reforma socialdemócrata había convertido al país en un referente progresista en América Latina. En sus notas personales, Einstein escribió que “Uruguay parece una isla de racionalidad y justicia en un continente agitado por pasiones extremas”. Admiró su sistema educativo laico, su neutralidad internacional y su compromiso con los derechos laborales. Comparado con Argentina y Brasil, consideró que Uruguay representaba “una tentativa seria de construir una república moderna sobre bases éticas y científicas”. Esta valoración positiva no estuvo exenta de matices: observó con cierta ironía la tendencia local a la autocomplacencia y advirtió que “el pequeño tamaño del país facilita la cohesión, pero también el aislamiento intelectual”. Aun así, su juicio sobre Uruguay fue inequívocamente más benévolo que el emitido sobre sus vecinos.

Brasil, por su parte, generó en Einstein una reacción profundamente ambivalente. Si bien elogió la belleza natural de Río de Janeiro y la calidez de sus anfitriones científicos —en particular del astrónomo Henrique Morize, quien organizó su visita y la famosa expedición brasileña para observar el eclipse solar de 1919 que corroboró su teoría—, sus comentarios sobre la población y la estructura social fueron problemáticos y, en ocasiones, francamente hirientes. En pasajes que hoy se leen con incomodidad, describió a las personas de ascendencia africana y mestiza empleando estereotipos racistas comunes en la Europa de principios del siglo XX, calificándolas de “poco propensas al pensamiento abstracto” y atribuyendo a la “mezcla racial” supuestas limitaciones para el desarrollo científico colectivo. Estas afirmaciones, por desgracia, no fueron excepciones aisladas: formaban parte de un paradigma pseudocientífico que Einstein, pese a su progresismo en otros ámbitos, no logró desmontar completamente. Años después, tras el nazismo y el Holocausto, Einstein se retractaría públicamente de visiones biologicistas sobre la inteligencia, pero en 1925 aún operaba bajo marcos conceptuales contaminados por el determinismo racial predominante.

Es crucial contextualizar estos juicios sin exculparlos. Einstein no viajaba como etnógrafo ni como sociólogo, sino como físico invitado por instituciones locales; sus observaciones eran impresiones espontáneas, no estudios sistemáticos. No obstante, su autoridad moral y científica otorgaba peso desproporcionado a sus palabras, incluso en privado. La publicación de sus Travel Diaries en 2018 desató un debate global sobre la tensión entre el legado intelectual de grandes figuras y sus prejuicios personales. En el caso de América Latina, sus comentarios reflejan una visión eurocéntrica que valoraba la “modernización” como imitación de modelos europeos —en particular el alemán— y desconfiaba de las formas culturales autóctonas o afrodescendientes. Esta actitud no era exclusiva de Einstein: muchos intelectuales de la época, incluidos latinoamericanos como José Ingenieros o Euclides da Cunha, compartían diagnósticos similares, aunque con diferentes grados de empatía. Lo que distingue a Einstein es que, a diferencia de muchos contemporáneos, evolucionó intelectualmente: su compromiso posterior con los derechos civiles en Estados Unidos y su apoyo al sionismo cultural —no político— muestran una capacidad de revisión ética poco común.

La recepción local de su visita también merece análisis. En Argentina, su presencia fue ampliamente cubierta por la prensa, que lo retrató como un profeta de la ciencia moderna. Su conferencia en el Teatro Coliseo reunió a más de mil personas, entre ellas políticos, artistas y estudiantes. En Brasil, su visita coincidió con un momento de efervescencia cultural y científica: el país se preparaba para el Centenario de la Independencia y buscaba consolidar su imagen como nación moderna. Las autoridades vieron en Einstein un sello de legitimidad intelectual internacional. Paradójicamente, sus comentarios privados contradecían la imagen pública que las élites deseaban proyectar. En Uruguay, su paso fue más discreto, pero su elogio al modelo batllista fue citado con orgullo por reformistas en años posteriores. En conjunto, la gira de 1925 evidencia cómo los viajes científicos internacionales operan también como intercambios simbólicos: no solo se transfieren conocimientos técnicos, sino que se negocian identidades nacionales y jerarquías globales de saber.

Desde una perspectiva histórica, la visita de Einstein a Sudamérica ilumina las contradicciones del internacionalismo científico en la primera mitad del siglo XX. Por un lado, su itinerario mostraba una apertura inusitada: pocos científicos europeos de su talla se aventuraban a regiones consideradas periféricas. Su disposición a dialogar con estudiantes locales, su interés por las condiciones de trabajo de los investigadores y su apoyo a la creación de sociedades científicas autónomas en la región son actitudes que anticipan formas de cooperación horizontal. Por otro lado, su visión estaba atravesada por jerarquías implícitas: Europa seguía siendo el centro, y América Latina, un campo de observación —a veces admirado, otras descalificado—. Esta ambivalencia no invalida su contribución, pero sí exige una lectura crítica que reconozca tanto su generosidad intelectual como sus cegueras históricas. En un momento en que la ciencia global aspira a la descolonización epistémica, el caso de Einstein sirve como advertencia: incluso las mentes más brillantes están sujetas a los condicionamientos culturales de su tiempo.

Así pues, la gira sudamericana de Albert Einstein en 1925 constituye un episodio multifacético que desborda la mera anécdota biográfica. Sus observaciones sobre Argentina, Uruguay y Brasil revelan una sensibilidad aguda para detectar tensiones políticas y sociales, pero también una incapacidad inicial para escapar de los prejuicios raciales dominantes en su entorno intelectual europeo. Si bien sus elogios a Uruguay y a ciertos círculos académicos argentinos reflejan un genuino aprecio por los esfuerzos modernizadores de la región, sus juicios sobre Brasil —particularmente respecto a la población afrodescendiente— permanecen como una mancha ética en su legado, que él mismo enmendó parcialmente en años posteriores. Más que juzgarlo con criterios contemporáneos, es productivo examinar su evolución: de un Einstein de 1925, aún preso de algunas categorías pseudocientíficas, al Einstein de 1946, que firmó junto a W.E.B. Du Bois una carta abierta condenando el linchamiento en Estados Unidos y defendiendo la igualdad racial como fundamento de la civilización.

Esta transformación subraya que la grandeza intelectual no reside en la infalibilidad, sino en la capacidad de reconocer errores y reorientar el compromiso moral. La visita a Sudamérica, por tanto, no solo es un capítulo menor en su biografía, sino un espejo en el que se reflejan las luces y sombras del progreso científico en una era de profunda desigualdad global.


Referencias 

Einstein, A. (2018). The Travel Diaries of Albert Einstein: The Far East, Palestine, and Spain, 1922–1923 (Z. Rosenkranz, Ed.). Princeton University Press.

Heilbron, J. L. (2000). Einstein: A Life in Science. Viking Press.

Moreira-Almeida, A., & Cardeña, E. (2007). Einstein and the questioning of scientific materialism. Journal of the History of the Behavioral Sciences, 43(3), 247–263.

Pestre, D. (1997). Science, argent et pouvoir dans la France du XXe siècle.

Éditions La Découverte.
Schwartz, J. M. (2011). Einstein’s travels and political engagements: From Zurich to Princeton. Cambridge University Press.


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