Entre relatos ambiguos y silencios incómodos, el experimento de los niños de Inchkeith emerge como un espejo oscuro donde se refleja la ambición humana por descifrar el origen del lenguaje. Este episodio, situado entre mito y brutalidad histórica, desnuda la tensión entre conocimiento y poder. ¿Qué revela realmente sobre nuestra búsqueda de verdad? ¿Y qué dice sobre los límites éticos que estamos dispuestos a cruzar?


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📷 Imagen generada por GPT-4o para El Candelabro. © DR

El experimento de los niños de Inchkeith: una reflexión ética y lingüística sobre el origen del lenguaje humano


En la historia del pensamiento occidental, pocos episodios ilustran con tanta crudeza la tensión entre curiosidad intelectual y responsabilidad ética como el experimento atribuido al rey James IV de Escocia en 1493. Según crónicas del siglo XVI, especialmente la Historia de Escocia de Robert Lindsay de Pitscottie, dos bebés recién nacidos fueron trasladados a la isla de Inchkeith, en el Firth of Forth, bajo el cuidado de una mujer sordomuda cuya única función era alimentarlos y protegerlos sin emitir palabra alguna. El propósito declarado era determinar cuál sería la lengua “natural” o “original” del ser humano, aquella que surgiría espontáneamente si se eliminaba toda influencia externa. Esta supuesta búsqueda del lenguaje primigenio —conjeturado por algunos como hebreo, considerado entonces la lengua de Adán— refleja una profunda inquietud filosófica y teológica que atravesó siglos de especulación sobre el origen del habla humana.

El experimento de Inchkeith no fue un caso aislado ni producto de una imaginación excéntrica única. Por el contrario, se inscribe en una larga tradición de ensayos históricos —muchos de ellos apócrifos o exagerados— que buscaron aislar a infantes para observar la emergencia espontánea del lenguaje. Casi tres siglos antes, el emperador Federico II del Sacro Imperio Romano habría ordenado una experiencia similar en Sicilia, según narra el cronista medieval Salimbene de Parma, con resultados trágicos: los niños murieron por falta de cariño, aunque no de alimento. Tales relatos, si bien carecen de documentación empírica rigurosa, evidencian una convicción persistente en la Edad Media y el Renacimiento: que el lenguaje humano posee una raíz innata, divina o natural, que puede revelarse mediante la eliminación de lo “artificial”. Esta perspectiva contrasta radicalmente con los hallazgos de la psicología y la lingüística modernas.

Desde la perspectiva contemporánea, resulta evidente que el experimento de Inchkeith violaba principios fundamentales del desarrollo infantil. La adquisición del lenguaje no es un proceso meramente espontáneo ni derivado de una predisposición genética aislada. Como demostraron décadas de investigación en psicología del desarrollo, el lenguaje emerge en estrecha interacción con el entorno social, especialmente mediante la comunicación cara a cara, el contacto físico afectivo y la imitación vocal. El trabajo pionero de investigadores como Lev Vygotsky y Jerome Bruner mostró que el habla se construye en el marco de relaciones intersubjetivas, donde la mirada, el gesto y la entonación cumplen funciones tan esenciales como la palabra misma. Privar a un niño de estímulos lingüísticos y afectivos no revela su “lengua natural”, sino que lo condena al silencio y a la privación sensorial grave.

La supuesta afirmación de que los niños de Inchkeith habrían comenzado a hablar hebreo carece de credibilidad histórica y científica. No existen registros contemporáneos del siglo XV que documenten el experimento; las primeras menciones datan de más de medio siglo después, escritas con un tono claramente anecdótico y moralizador. Es improbable que la mujer sordomuda —cuya existencia tampoco se puede verificar de forma independiente— no emitiera sonidos involuntarios, ni que los niños, expuestos al entorno natural de la isla (viento, olas, aves marinas), no hubieran desarrollado formas protolinguísticas basadas en imitación y ensayo-error. Más plausible es que, ante la ausencia de modelos verbales, los infantes hubieran recurrido a vocalizaciones prelingüísticas (balbuceo), gestos espontáneos o incluso formas de comunicación táctil y visual extremadamente limitadas. Ninguna de estas conductas constituye un lenguaje articulado ni mucho menos una lengua histórica como el hebreo.

Uno de los aspectos más perturbadores del relato es su silencio deliberado respecto al destino final de los participantes. No se sabe cuánto tiempo duró el experimento, si los niños sobrevivieron más allá de la primera infancia ni si la cuidadora sordomuda fue alguna vez reintegrada a la sociedad. Este vacío documental no es casual: refleja la invisibilización sistemática de sujetos vulnerables en la historia de la ciencia. Los niños, especialmente en contextos premodernos, eran considerados objetos de experimentación antes que sujetos de derechos. La mujer sordomuda, por su condición, era vista como un instrumento neutral —una especie de “tabula rasa humana”— cuya voz y agencia quedaban completamente ignoradas. Esta lógica de deshumanización anticipa, en forma rudimentaria, los abusos éticos que caracterizaron buena parte de la investigación científica hasta bien entrado el siglo XX.

El experimento de Inchkeith también ilumina las raíces teológicas de las primeras teorías sobre el lenguaje. En la Europa cristiana tardomedieval, el hebreo era considerado la lingua primaeva, la lengua hablada por Adán en el Edén antes de la confusión de Babel. Esta creencia, sustentada por autores como San Agustín y reafirmada por teólogos escolásticos, llevaba a postular que el lenguaje verdadero era esencialmente divino y que su pérdida constituía parte de la caída original. El intento de James IV —si efectivamente ocurrió— revela una mentalidad en la que la ciencia y la teología no estaban claramente separadas: observar al ser humano en condiciones “puras” equivalía a acceder a una verdad revelada desde el Génesis. Sin embargo, la historia del pensamiento lingüístico ha demostrado que no existe una lengua originaria única, sino que todas las lenguas humanas comparten estructuras cognitivas profundas sin ser idénticas en forma.

Las implicaciones éticas del caso trascienden su dudosa historicidad. Incluso como leyenda, Inchkeith funciona como un experimento mental poderoso sobre los límites de la investigación humana. En el siglo XX, el Código de Núremberg y la Declaración de Helsinki establecieron que ningún estudio puede realizarse sin consentimiento informado ni si conlleva riesgos desproporcionados para los sujetos. El aislamiento extremo en la primera infancia no solo impide la adquisición del lenguaje, sino que altera irreversible y profundamente el desarrollo neurológico, emocional y social. Estudios sobre casos reales de privación extrema —como el de Genie, una niña estadounidense confinada durante más de una década— evidencian déficits permanentes en sintaxis, teoría de la mente y regulación emocional. Estos hallazgos invalidan cualquier justificación intelectual para experimentos como el supuesto de Inchkeith.

Más allá de su dimensión histórica, el relato persiste en la cultura popular y académica porque encarna una pregunta fundamental: ¿qué es lo que nos hace humanos? Para muchos pensadores antiguos y medievales, la respuesta residía en el lenguaje articulado como don divino. Hoy sabemos que la humanidad no se define por una habilidad aislada, sino por una constelación de capacidades interdependientes: empatía, cooperación, simbolización, memoria cultural y, sí, lenguaje —pero siempre en interacción. El habla no brota como un manantial interno, sino como una red tejida entre voces, cuerpos y contextos. La isla de Inchkeith, por tanto, no fue un laboratorio para descubrir la esencia del lenguaje, sino una metáfora de lo que ocurre cuando se rompe la trama social que sostiene la vida humana: el vacío, el silencio y la pérdida irreparable.

En la actualidad, la investigación sobre el desarrollo lingüístico se centra en estudios no invasivos, como el análisis de vocalizaciones en lactantes, neuroimagen funcional en interacciones adulto-niño o modelización computacional de adquisición del lenguaje. Métodos como el seguimiento ocular (eye-tracking) o el registro de potenciales evocados permiten observar cómo los bebés discriminan fonemas y extraen patrones gramaticales desde los primeros meses, sin necesidad de aislamiento ni intervención extrema. Estos avances han confirmado que el cerebro humano está preparado para aprender cualquier lengua humana, pero solo si se le ofrece un entorno rico en estímulos verbales y afectivos. La plasticidad neural, lejos de ser una fuente de lenguaje innato, es una adaptación evolutiva para la inmersión cultural.

Finalmente, el caso de los niños de Inchkeith invita a una reflexión más amplia sobre la relación entre poder, conocimiento y vulnerabilidad. El monarca escocés no actuó en soledad: su decisión se enmarcó en una tradición real de patrocinio científico —aunque primitivo— donde la curiosidad se ejercía sin rendición de cuentas. Hoy, los comités de ética en investigación, los protocolos de revisión por pares y los marcos legales internacionales buscan prevenir abusos similares. No obstante, persisten desafíos en contextos de desigualdad global, donde poblaciones marginadas pueden ser objeto de experimentación sin garantías adecuadas.

Recordar Inchkeith —aunque sea como mito— es recordar que la ciencia, por noble que sea su propósito, debe estar siempre anclada en el respeto a la dignidad humana. El lenguaje, después de todo, no es solo un sistema de signos: es el tejido mismo de la comunidad, la prueba de que no estamos solos.


Referencias

Lindsay of Pitscottie, R. (1814). The Historie and Chronicles of Scotland. Edited by Æneas J. G. Mackay. Edinburgh: William Paterson. (Trabajo original publicado ca. 1570–1580)

Bruner, J. S. (1983). Child’s talk: Learning to use language. New York: W. W. Norton & Company.

Vygotsky, L. S. (1978). Mind in society: The development of higher psychological processes. Cambridge, MA: Harvard University Press.

Curtiss, S. (1977). Genie: A psycholinguistic study of a modern-day “wild child”. New York: Academic Press.

Ferguson, C. A., & Slobin, D. I. (1972). Studies of child language development. New York: Holt, Rinehart and Winston.


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