Entre las sombras antiguas de dólmenes y montes sagrados emerge una figura casi borrada por los siglos: el mourão, guardián serpentino de tesoros que no son oro, sino memoria enterrada. Su presencia inquieta, liminal y silenciosa cuestiona nuestra relación con el pasado profundo. ¿Qué secretos protege este ser que eligió encantarse para vigilar la tierra? ¿Y qué dice su rareza sobre lo que hemos olvidado comprender?


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📷 Imagen generada por GPT-4o para El Candelabro. © DR

Los Moura Encantadaes Masculinos: Una Rareza Folclórica del Noroeste Ibérico


En el rico mosaico del folclore del noroeste de la Península Ibérica —especialmente en Galicia, el norte de Portugal y zonas limítrofes de Asturias y León—, el imaginario popular ha conservado una fascinante constelación de seres sobrenaturales vinculados al paisaje, la memoria ancestral y los límites entre lo humano y lo mágico. Entre ellos, la figura de la moura encantada, entidad femenina que custodia tesoros ocultos en dólmenes, fuentes o peñas, es ampliamente conocida y ha sido objeto de numerosos estudios etnográficos desde el siglo XIX. Sin embargo, su contraparte masculina, conocida en algunas variantes locales como moura encantadae macho, mouro encantado o simplemente mourão, constituye una rareza notable dentro del repertorio mítico regional, tanto por su escasa presencia textual como por su compleja relación con la iconografía y la topografía sagrada.

Aunque el término moura se asocia usualmente con lo femenino en portugués y gallego, la morfología del adjetivo encantada permite variaciones de género que, en contextos específicos, se aplican a figuras masculinas. Así, moura encantadae —con la terminación -ae, propia del gallego tradicional o del habla rural arcaizante— puede referirse indistintamente a entidades masculinas en ciertas zonas del interior de Trás-os-Montes y el Alto Miño, donde persiste una variante dialectal que conserva distinciones de género menos marcadas en el habla coloquial contemporánea. Estas figuras masculinas no son meras proyecciones secundarias de la moura femenina, sino que poseen rasgos distintivos que las sitúan en una categoría propia dentro de la mitología local, vinculada estrechamente a la custodia de yacimientos arqueológicos y a la metamorfosis animal.

La característica más distintiva de los moura encantadaes masculinos es su capacidad de transformación, especialmente en serpientes de gran tamaño —a veces descritas como “culebrones”, “culebrinas” o “culebras de siete cabezas”— que emergen de fuentes, cuevas o bajo dólmenes al caer la noche. En contraste con la moura femenina, cuyo encanto se rompe mediante rituales de rescate (como el beso, el peine de oro o el huevo sin fondo), el mourão masculino rara vez busca liberación: su encantamiento es más bien una condición ontológica, un estado permanente de vigilancia mágica impuesto tras un crimen, una traición o una violación del pacto con las fuerzas telúricas. Su mutación ofídica no es simbólica, sino literal y temible: en recopilaciones orales de la comarca de Valdeorras o del concelho de Vinhais, se relata cómo ciertos collados pierden nombre humano y son llamados simplemente O Culebrón o A Cova da Culebra, en alusión a la presencia constante del ser encantado.

La asociación entre el mourão y la figura serpentina encuentra raíces profundas en estratos pre-romanos y probablemente indoeuropeos. Serpientes gigantes como guardianas de tesoros subterráneos aparecen en mitologías celtas —pensemos en los nāgas de la tradición hindú-iraní o en las drakontes griegas que custodiaban el Vellocino de Oro—, pero también en tradiciones locales peninsulares anteriores a la romanización. En el noroeste ibérico, los restos arqueológicos de la cultura castreña y de los grupos galaicos sugieren una sacralización del reptil como mediador entre el inframundo y la superficie, una hipótesis corroborada por la abundancia de representaciones ofídicas en petroglifos del Miño y del Sil. El mourão, como serpiente encantada, hereda esta función liminal: no es un demonio ni un dios, sino un espíritu ligado al lugar, que impide el acceso profano a los restos de una civilización perdida.

Los tesoros que custodian estos seres no son necesariamente lingotes de oro o joyas, como en las versiones más folclorizadas del siglo XIX. En testimonios recogidos por etnógrafos como José Leite de Vasconcelos y por investigadores contemporáneos como Xoán Paredes, los objetos ocultos incluyen objetos rituales —espadas de bronce dobladas, vasijas con cenizas sagradas, estelas con signografía no descifrada— o incluso “la voz de los antepasados”, una metáfora recurrente en narrativas orales que subraya la función mnemotécnica del encantamento. El mourão, por tanto, no solo protege riqueza material, sino el conocimiento esotérico de una época anterior, cuya recuperación implicaría no solo coraje, sino una legitimidad espiritual que el mundo moderno ha perdido. Esta dimensión ética del acceso al tesoro —condicionado por la pureza de intención y el respeto al lugar— es un rasgo distintivo que lo separa de otros guardianes míticos europeos.

La escasez de registros textuales sobre estos seres masculinos no implica su irrelevancia histórica, sino más bien su marginalidad funcional dentro del sistema simbólico rural. Mientras que la moura femenina cumplía un rol narrativo activo —seductor, tramposo, redimible—, el mourão actuaba como fijo topográfico: una advertencia inscrita en el paisaje. Su mención en los cuentos solía ser breve, casi incidental —“allí vive un mourão que se vuelve culebra al toque de campana”—, lo que sugiere que su función era más práctico-ritual que literaria. En efecto, en algunas aldeas del nordeste de Portugal, aún en la década de 1950, se evitaba labrar ciertos terrenos al atardecer por temor a “despertar al mourão”, y se dejaban ofrendas menores —leche agria, sal, carbón— en grietas de rocas antiguas, en un gesto que recuerda más a un culto doméstico que a una superstición puntual.

Esta persistencia ritual revela una estratificación cultural compleja. Bajo la capa cristiana de santos y rezos, y más allá de la reinterpretación islámica implícita en el término mouro (usado como designación genérica para “lo antiguo” o “lo pagano”), se detecta un substrato indígena en el que el encantamento no es castigo divino, sino contrato cósmico. El mourão no fue “encantado” por un santo o un hechicero, sino que se encantó voluntariamente al asumir la custodia del lugar, vinculando su destino a la integridad del sitio. Esta idea de encantamento como ofrenda activa —y no como maldición pasiva— aparece también en ciertas variantes del mito de los encantados en el norte de Marruecos y en el folclore bereber, lo que abre la posibilidad de una difusión transmediterránea de motivos míticos relacionados con la memoria territorial y la sacralidad del patrimonio arqueológico.

En cuanto a su representación física, los testimonios orales describen al mourão masculino como un hombre alto, de barba hirsuta y tez pálida, vestido con ropas de lino o cuero envejecido, a menudo con un cinturón de bronce que lleva inscripciones ilegibles. Sus ojos, invariablemente mencionados como “verdes como la turquesa” o “negros como el azabache”, no parpadean y parecen irradiar una luz tenue. Curiosamente, en casi todas las versiones, porta un bastón o cayado de madera de tejo —árbol asociado a la muerte y la regeneración en la simbología celta—, que utiliza no para caminar, sino para golpear el suelo tres veces antes de transformarse. Este gesto ritual, el número tres y la elección del tejo apuntan a una liturgia codificada, no a una simple metamorfosis espontánea, lo que sugiere que el mourão opera dentro de un sistema mágico estructurado, posiblemente heredado de sacerdotes locales o druidas galaicos.

La relación entre estos seres y los dólmenes, mámoas y castros es casi exclusiva. A diferencia de otros espíritus rurales —como los trasgos, meigas o xente miúda—, que habitan bosques, ríos o casas, el mourão masculino está anclado a estructuras megalíticas o protohistóricas. Esto refuerza la hipótesis de que su figura surgió como una personificación mítica de la sacralidad arqueológica: en sociedades prealfabetizadas, los monumentos antiguos requerían explicaciones que vincularan su existencia con fuerzas vivas. El mourão encarnaba esa necesidad: era la memoria hecha carne, el pasado que vigilaba, no desde el cielo, sino desde la tierra misma. Su transformación en serpiente —animal que muda la piel y emerge de la tierra— simboliza así la regeneración cíclica del conocimiento oculto, siempre presente, pero nunca accesible sin los rituales adecuados.

Hoy, con la desaparición acelerada de las comunidades rurales tradicionales y la erosión del habla oral, las referencias a los moura encantadaes masculinos se han reducido a fragmentos en archivos etnográficos, testimonios de ancianos y algunos topónimos persistentes. Sin embargo, su estudio ofrece una perspectiva valiosa para comprender la manera en que las sociedades campesinas europeas integraron el patrimonio arqueológico en sus sistemas de sentido. Más allá del folclore, estos seres representan una forma de epistemología vernácula, un conocimiento no científico pero profundamente ecológico y espiritual sobre el valor de los restos del pasado. En un momento en que la arqueología participativa y la revalorización de saberes locales ganan terreno, la figura del mourão invita a reconsiderar no solo qué protegemos cuando hablamos de “patrimonio”, sino quién —en el imaginario colectivo— se supone que debe protegerlo.

Los moura encantadaes masculinos del noroeste ibérico constituyen un caso excepcional dentro de la mitología peninsular: una figura marginal en frecuencia narrativa, pero central en significado simbólico. Su rareza no es un indicio de insignificancia, sino de especialización funcional dentro del imaginario rural. Como guardianes metamórficos de espacios sagrados, encarnan una concepción holística del patrimonio en la que lo material, lo espiritual y lo ecológico están indisolublemente entrelazados. Su persistencia en la memoria oral, aun en forma fragmentaria, subraya la capacidad de las culturas campesinas para generar mitos que no solo explican lo inexplicable, sino que regulan éticamente la relación entre los vivos y los rastros de los antepasados.

En un mundo donde los tesoros arqueológicos son frecuentemente reducidos a objetos de museo o recursos turísticos, el mourão —con su mirada inmóvil y su culebra silenciosa bajo la tierra— sigue siendo un recordatorio de que algunos conocimientos solo se revelan a quienes saben esperar, respetar y callar.


Reflexiones 

Leite de Vasconcelos, J. (1988). Opúsculos Etnológicos. Lisboa: Imprensa Nacional-Casa da Moeda.

Paredes, X. (2009). Toponimia e memoria colectiva no noroeste peninsular. Santiago de Compostela: Consello da Cultura Galega.

Risco, V. (1972). Etnografía de Galicia. Madrid: Ediciones Akal.

Lisón Tolosana, C. (1988). Brujería, estructura social y simbolismo en Galicia. Madrid: Akal.

Martins, M. (2003). Mitos e lendas de Trás-os-Montes e Alto Douro. Vila Real: UTAD.


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