Entre los nombres que moldearon silenciosamente el tránsito del mundo medieval al nacimiento de la ciencia moderna, pocos resultan tan decisivos como Juan de Celaya. Su reinterpretación del movimiento, su apuesta por la cuantificación y su lectura crítica de Aristóteles revelan un cambio intelectual profundo. ¿Cómo logró un escolástico anticipar principios pregalileanos? ¿Y por qué su legado sigue siendo clave hoy?


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📷 Imagen generada por GPT-4o para El Candelabro. © DR

Juan de Celaya y la transición del pensamiento medieval al científico: una figura clave en la física pregalileana


Juan de Celaya representa una figura esencial en la historia del pensamiento científico europeo del siglo XVI, cuya obra contribuyó decisivamente a la transformación de la física aristotélica hacia modelos más dinámicos y cuantitativos. Nacido en Valencia hacia finales del siglo XV, su formación intelectual en París lo situó en el epicentro de una de las corrientes más innovadoras del pensamiento escolástico: el nominalismo tardío, particularmente influido por los Calculadores de Merton College y por la teoría del ímpetu de Jean Buridan. Aunque su nombre no goza hoy de la misma notoriedad que los de Galileo o Kepler, su labor en la enseñanza y redacción de tratados sobre cinemática y lógica sentó bases conceptuales que anticiparon el giro científico del siglo XVII.

Su trayectoria académica comenzó probablemente en la Universidad de Valencia, institución que posteriormente lideraría como rector en 1525, tras haber culminado sus estudios superiores en el Colegio de Montaigu de París en 1509. Allí fue discípulo directo de figuras clave del nominalismo parisino como Gaspar Lax y Jean Dullaert de Ghent, cuyas enseñanzas moldearon su visión respecto a la relación entre lenguaje, lógica y realidad física. Estos maestros transmitieron a Celaya una actitud crítica frente al realismo escolástico, privilegiando en su lugar una aproximación analítica y matemática a los fenómenos naturales. Tal orientación metodológica se manifestó en su producción intelectual, que buscaba reconciliar la fe con un conocimiento del mundo basado en principios racionales y verificables.

Durante su estancia en París —donde enseñó física y lógica sucesivamente en los colegios de Coqueret y Santa Bárbara entre 1510 y 1524— Celaya se consolidó como un pensador prolífico y original. Sus escritos sobre la física de Aristóteles no se limitaban a la mera exégesis, sino que incorporaban innovaciones procedentes de la tradición mertoniana, especialmente en lo relativo a la cuantificación del movimiento. Los Calculadores de Oxford habían introducido nociones como la intensio et remissio formarum, que permitían describir el cambio cualitativo mediante escalas cuantitativas. Celaya adaptó y difundió estas ideas en el contexto universitario hispano-francés, integrándolas en una estructura nominalista que favorecía la operatividad matemática sobre las especulaciones metafísicas.

Uno de los mayores aportes de Celaya fue su rechazo explícito de la dinámica peripatética, basada en la distinción entre movimientos naturales y violentos, y su apuesta por una teoría más coherente del movimiento, sustentada en el concepto de ímpetu. Siguiendo a Buridan, sostenía que el cuerpo en movimiento adquiere una cualidad interna —el ímpetu— que persiste mientras no sea disipada por la resistencia del medio o el peso. Esta idea, que rompía con la necesidad de un motor continuo postulada por Aristóteles, constituía un paso crucial hacia la formulación de principios de inercia y conservación del movimiento. Celaya aplicó este marco teórico tanto a la cinemática como a la dinámica, ofreciendo análisis rigurosos sobre la caída de los cuerpos y la trayectoria de proyectiles.

Además de su contribución física, la obra lógica de Celaya refleja una preocupación por la claridad conceptual y la formalización del razonamiento. Sus tratados sobre lógica, influidos por la tradición de Pedro Hispano y por los desarrollos tardomedievales en teoría de la suposición, evidencian una búsqueda de precisión lingüística que permitiera evitar ambigüedades en la formulación de hipótesis científicas. Esta atención al lenguaje no era un lujo retórico, sino parte integral de un proyecto epistemológico más amplio: construir una ciencia natural que fuese al mismo tiempo rigurosa, coherente y capaz de articular predicciones verificables. En este sentido, su labor anticipa los ideales de claridad y método que caracterizarían a la ciencia moderna.

El regreso de Celaya a Valencia en 1524 marcó el inicio de una segunda etapa en su carrera, ahora centrada en la teología y en la reconfiguración institucional de la universidad local. Licenciado y doctorado en teología en 1522, no abandonó por ello sus intereses científicos ni filosóficos, sino que los integró en un saber unitario donde física, lógica y teología no estaban necesariamente en conflicto. Su rol como rector le permitió impulsar reformas curriculares que fomentaban el estudio de las artes liberales con un énfasis renovado en la filosofía natural. Así, Celaya no fue solo un pensador individual, sino un agente institucional clave en la modernización del saber hispánico durante el Renacimiento.

La recepción posterior de su obra ha sido desigual: si bien en su tiempo fue reconocido como una autoridad en lógica y física, los avances de la Revolución Científica del siglo XVII opacaron su legado. Sin embargo, estudios recientes han rescatado su figura como puente entre la escolástica nominalista y los inicios de la ciencia moderna. Su reinterpretación del movimiento mediante el ímpetu, su uso de herramientas matemáticas para describir cambios cualitativos y su compromiso con una lógica aplicada a la física lo colocan en la estela de figuras como Domingo de Soto y Giambattista Benedetti, quienes también anticiparon aspectos centrales de la mecánica galileana.

Es crucial no interpretar el pensamiento de Celaya como una simple transición o preludio, sino como una síntesis intelectual propia, con logros autónomos. Su defensa del nominalismo no implicaba un escepticismo radical, sino una apuesta por la economía explicativa y la eficacia predictiva como criterios de validez teórica. Asimismo, su crítica a la física aristotélica no se basaba en una ruptura total con la tradición, sino en su refinamiento desde dentro, mediante la incorporación de principios dinámicos más consistentes. Este enfoque gradualista y constructivo permite entender por qué su obra fue influyente en círculos universitarios hispánicos y franceses durante décadas.

La relevancia de Juan de Celaya para la historia del pensamiento científico radica, en última instancia, en su papel como mediador entre tradiciones. Por un lado, heredero de la sofisticación lógica y física de la escolástica tardía; por otro, precursor de una ciencia natural más cuantificada, menos dependiente de causas finales y más atenta a leyes generales del movimiento. Su obra encarna el esfuerzo por reformar el saber sin renunciar a su coherencia interna ni a su anclaje en la razón. En un contexto marcado por tensiones entre fe y razón, autoridad y experiencia, Celaya optó por la integración crítica, demostrando que la innovación conceptual podía surgir incluso dentro de los marcos institucionales tradicionales.

Así, Juan de Celaya fue mucho más que un estudioso ecléctico de la física aristotélica: fue un pensador sistemático que reinterpretó los fundamentos del movimiento natural mediante categorías dinámicas derivadas de Buridan y los Calculadores, todo ello articulado con una lógica formal rigurosa y una visión nominalista del conocimiento. Su influencia se extiende más allá de sus escritos particulares, permeando la cultura académica hispánica del siglo XVI y preparando el terreno para el surgimiento de una ciencia moderna que, aunque formalmente distinta, se edificó sobre muchas de las intuiciones que él ayudó a consolidar.

Reconocer su legado no es un mero ejercicio de justicia histórica, sino una necesidad para comprender la génesis plural y compleja de la ciencia occidental.


Referencias

Grant, E. (1996). The foundations of modern science in the Middle Ages: Their religious, institutional and intellectual contexts. Cambridge University Press.

Lindberg, D. C. (1992). The beginnings of Western science: The European scientific tradition in philosophical, religious, and institutional context, 600 B.C. to A.D. 1450. University of Chicago Press.

Murillo, M. (2003). Juan de Celaya: Un científico valenciano del siglo XVI. Institució Alfons el Magnànim.

Sylla, E. D. (1991). The Oxford Calculators and the mathematics of motion, 1320–1350: Physics and measurement by latitudes. Garland Publishing.

Wallace, W. A. (1981). Prelude to Galileo: Essays on medieval and sixteenth-century sources of Galileo’s thought. Springer Science & Business Media.


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