Entre la presión silenciosa del agua y el ritmo consciente de la respiración, la natación emerge como una experiencia capaz de reconfigurar el cerebro, modular el estrés y estimular la plasticidad neural desde sus bases fisiológicas más profundas, integrando cuerpo, mente y emoción en un solo movimiento continuo ¿Puede el medio acuático convertirse en una herramienta real de salud cerebral? ¿Estamos subestimando su poder terapéutico?


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📷 Imagen generada por GPT-4o para El Candelabro. © DR

Nadar como terapia neurofisiológica: el impacto del medio acuático en la salud cerebral


La noción tradicional de que la natación constituye simplemente una modalidad de ejercicio cardiovascular ha sido profundamente revisada por la investigación neurocientífica contemporánea, la cual ha identificado en esta práctica una intervención multidimensional con efectos directos, cuantificables y significativos sobre la fisiología cerebral. A diferencia de otras actividades físicas terrestres, el entorno acuático introduce variables físicas únicas —entre ellas, la presión hidrostática, la flotabilidad y la resistencia isotónica— que modifican de manera sustancial la respuesta fisiológica global del organismo, especialmente en lo concerniente al sistema nervioso central. Estas propiedades convierten a la natación no sólo en una herramienta de acondicionamiento físico, sino también en un recurso terapéutico con potencial neuroprotector y neuroregenerativo.

La presión hidrostática, definida como la fuerza ejercida por una columna de agua sobre los tejidos corporales sumergidos, representa uno de los factores más distintivos del medio acuático; al sumergirse hasta la altura del esternón, por ejemplo, el cuerpo experimenta una compresión uniforme que reduce el diámetro de las venas periféricas y facilita el retorno venoso al corazón, lo que incrementa el volumen sistólico y, por consiguiente, el gasto cardíaco. Este fenómeno, ampliamente documentado en fisiología del ejercicio, se traduce en un aumento del 10 al 14 % en el flujo sanguíneo cerebral medio, según mediciones obtenidas mediante doppler transcraneal en sujetos adultos sanos durante inmersión pasiva y activa (Carter et al., 2014). Dicha hiperperfusión no es meramente pasajera: se asocia con una mayor oxigenación cortical, especialmente en regiones prefrontales y temporales, áreas críticas para funciones ejecutivas, memoria de trabajo y regulación emocional.

Este incremento en la irrigación cerebral reviste particular relevancia dada la alta dependencia metabólica de las neuronas respecto al oxígeno y la glucosa; incluso breves episodios de hipoperfusión pueden comprometer la homeostasis sináptica y acelerar procesos de estrés oxidativo. En contrapartida, la exposición repetida a este estímulo hemodinámico —como ocurre en sesiones regulares de natación— promueve una adaptación vascular positiva, incluyendo la angiogénesis cortical y la mejora de la autorregulación cerebrovascular, mecanismos que se han vinculado con una menor incidencia de deterioro cognitivo asociado a la edad y una mayor resiliencia frente a eventos isquémicos leves. No es exagerado afirmar, entonces, que el simple acto de sumergirse constituye una intervención hemodinámica suave pero eficaz, comparable en algunos aspectos a la administración controlada de un agente vasodilatador cerebral.

Paralelamente, la natación implica una exigencia coordinativa y respiratoria que trasciende el mero desplazamiento; el ciclo brazada-patada-respiración exige una sincronización precisa entre sistemas motores, vestibulares y autonómicos, lo que genera una carga cognitiva moderada pero constante. Esta demanda integradora estimula regiones del cerebelo, la corteza motora suplementaria y el giro cingulado anterior, fortaleciendo redes neuronales implicadas en la atención sostenida, la planificación motora y la inhibición de respuestas automáticas. Más aún, la necesidad de regular la frecuencia respiratoria —generalmente a razón de una inhalación cada tres o cinco brazadas, según la modalidad y el nivel de entrenamiento— induce una forma de respiración rítmica diafragmática que activa el nervio vago, principal componente del sistema parasimpático. Esta activación tiene como consecuencia inmediata la reducción de la frecuencia cardíaca y la disminución de los niveles circulantes de cortisol, marcadores fisiológicos del estrés agudo y crónico.

El efecto modulador sobre el sistema nervioso autónomo no es periférico ni secundario, sino central: estudios con resonancia magnética funcional han evidenciado que la práctica regular de natación modula la conectividad funcional entre la amígdala y la corteza prefrontal dorsolateral, dos estructuras clave en la regulación emocional. Esta reconfiguración de la red salience y la red por defecto se asocia con una mayor capacidad para distanciarse cognitivamente de estímulos emocionales negativos, una habilidad fundamental en la prevención y manejo de trastornos como la ansiedad generalizada o la depresión mayor. En este sentido, la natación opera como un entrenamiento dual: físico y neuropsicológico, donde el movimiento corporal se convierte en vehículo de reestructuración funcional cerebral.

Un componente esencial de esta reestructuración es la expresión inducida del factor neurotrófico derivado del cerebro (BDNF, por sus siglas en inglés), una proteína fundamental para la plasticidad sináptica, la supervivencia neuronal y la neurogénesis adulta en el hipocampo. Múltiples estudios han confirmado que el ejercicio aeróbico incrementa los niveles de BDNF sérico y cerebroespinal, pero la natación parece ofrecer una ventaja adicional: la combinación de inmersión, ritmo respiratorio controlado y ausencia de impacto articular genera un entorno fisiológico propicio para la síntesis y liberación sostenida de esta neurotrofina. Animales sometidos a protocolos de natación forzada —aunque el modelo es controvertido desde el punto de vista ético— han mostrado aumentos significativos en la expresión de BDNF hipocampal y mejoras en tareas de aprendizaje espacial, resultados que se reproducen, con matices, en estudios humanos transversales y longitudinales.

La importancia del BDNF radica en su papel como mediador molecular entre la experiencia y la estructura neuronal; bajo condiciones de estrés crónico, los niveles de esta proteína disminuyen, lo que facilita la atrofia dendrítica y la pérdida de sinapsis en regiones límbicas. La natación, al contrarrestar esta tendencia, actúa no sólo como preventivo, sino como agente reparador: favorece la regeneración de redes neuronales dañadas, mejora la consolidación de la memoria declarativa y fortalece los circuitos de recompensa dopaminérgica, lo que explica, en parte, los reportes subjetivos de mayor claridad mental y bienestar tras una sesión en el agua. Este efecto no es inmediato ni transitorio: la evidencia sugiere que sesiones de natación moderada de 30 a 45 minutos, tres veces por semana durante ocho semanas, son suficientes para inducir cambios detectables en biomarcadores plasmáticos y en el rendimiento cognitivo en adultos mayores y en adultos jóvenes bajo estrés académico.

Además de sus efectos sobre el BDNF, la natación promueve la liberación de neurotransmisores moduladores del estado de ánimo, especialmente serotonina, noradrenalina y β-endorfinas. La serotonina, sintetizada a partir del triptófano, incrementa su disponibilidad sináptica gracias al aumento del flujo sanguíneo cerebral y a la reducción de la inflamación sistémica asociada al ejercicio regular. Las endorfinas, por su parte, son liberadas en respuesta al esfuerzo físico moderado a intenso y actúan sobre los receptores μ-opioides del sistema límbico, produciendo analgesia y euforia leve —el llamado “subidón del nadador”— que contrasta con la fatiga percibida en el ejercicio terrestre de intensidad comparable. Esta sinergia neuroquímica confiere a la natación una ventaja terapéutica particular en poblaciones con trastornos del estado de ánimo, donde la farmacoterapia convencional puede estar limitada por efectos secundarios o resistencia.

Es pertinente señalar que los beneficios neurocognitivos de la natación no dependen exclusivamente de la intensidad o la duración, sino también de la regularidad y la intención; la práctica consciente —aquella que incorpora atención plena al movimiento, la respiración y las sensaciones corporales— potencia los efectos sobre la red neuronal por defecto, reduciendo la rumiación mental y mejorando la autorregulación. En este aspecto, la natación comparte mecanismos con prácticas contemplativas formales como la meditación mindfulness, aunque con la ventaja añadida de la estimulación sensoriomotora rica y tridimensional que ofrece el medio acuático. El cerebro, al procesar simultáneamente información propioceptiva, vestibular, auditiva (atenuada bajo el agua) y táctil (presión, temperatura), entra en un estado de atención focalizada que inhibe la actividad parasita en redes asociativas, permitiendo una especie de “reinicio” funcional, especialmente valioso en contextos de sobrecarga informativa crónica.

Desde una perspectiva evolutiva, la afinidad del ser humano por el agua puede tener raíces más profundas que la mera utilidad práctica; algunas hipótesis, aunque no plenamente validadas, sugieren que la exposición temprana al medio acuático —como ocurre en el nado infantil o en actividades lúdicas en ríos y lagos— podría influir en la maduración del sistema vestibular y en la integración sensorial, procesos críticos para el desarrollo cognitivo y emocional. Si bien la evidencia directa es limitada, estudios observacionales con niños que practican natación desde edades tempranas reportan mejoras en coordinación visomotora, memoria secuencial y autocontrol, habilidades que predicen con fuerza el rendimiento académico y la salud mental a largo plazo.

Finalmente, la accesibilidad de la natación —su baja carga articular, su adaptabilidad a edades y condiciones físicas diversas, y su disponibilidad en entornos urbanos y rurales— la convierte en una intervención de salud pública potencialmente escalable. A diferencia de modalidades de alto impacto, el riesgo de lesión es mínimo cuando se emplea técnica adecuada y progresión gradual. En poblaciones geriátricas, pacientes con esclerosis múltiple, fibromialgia o trastorno por estrés postraumático, la natación ha demostrado ser no sólo segura, sino superior a otras formas de ejercicio en cuanto a adherencia y mejoría subjetiva. Esto sugiere que su valor terapéutico trasciende lo biomolecular y alcanza dimensiones psicosociales: el agua, por su naturaleza envolvente y neutral, ofrece un espacio de contención simbólica y física que facilita la reapropiación corporal y la reconstrucción de la agencia personal.

Así la natación emerge como una de las pocas actividades humanas capaces de integrar de manera coherente y sinérgica tres dimensiones fundamentales para la salud cerebral: la hemodinámica (a través de la presión hidrostática y el retorno venoso facilitado), la neuroquímica (mediante la liberación de BDNF, serotonina y endorfinas) y la neuropsicológica (por la inducción de un estado atencional focalizado y la modulación del estrés autonómico). Lejos de ser un mero ejercicio de resistencia, constituye un protocolo fisiológico natural, refinado por millones de años de interacción entre el organismo y su entorno acuático, que actúa como un potente modulador de la plasticidad neural y la homeostasis emocional.

En una era marcada por la hiperestimulación digital, la fragmentación atencional y la epidemia silenciosa del estrés crónico, redescubrir la natación como práctica terapéutica no es un lujo, sino una necesidad biológica impostergable. Su promoción, tanto en políticas educativas como en estrategias de salud mental comunitaria, debería considerarse no como una opción alternativa, sino como un pilar fundamental de la medicina preventiva del siglo XXI.


Referencias 

Carter, H. H., Spence, A. L., Naylor, L. H., Buck, C. L., Dembo, L., & Green, D. J. (2014). Effect of three distinct periods of head-out water immersion on cerebral blood flow velocity in humans. Journal of Physiology, 592(10), 2117–2127.

Harvard Medical School. (2020). Exercise is an all-natural treatment to fight depression. Harvard Health Publishing.

Mandolesi, L., Polverino, A., Montuori, S., Foti, F., Ferraioli, G., Sorrentino, P., & Sorrentino, G. (2018). Effects of physical exercise on cognitive functioning and wellbeing: Biological and psychological benefits. Frontiers in Psychology, 9, 509.

Radak, Z., Suzuki, K., Higuchi, M., Balogh, L., Boldogh, I., & Koltai, E. (2016). Aerobic exercise, ROS and BDNF in the hippocampus: A potential therapeutic pathway for neurodegenerative diseases. Ageing Research Reviews, 27, 96–101.

van Praag, H., Fleshner, M., Schwab, M. H., & Hagg, T. (2014). Running enhances neurogenesis, learning, and long-term potentiation in mice. Proceedings of the National Academy of Sciences, 111(47), 16724–16729.


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