Entre la vorágine del progreso técnico y la acumulación infinita de datos, la humanidad parece haber olvidado el arte de contemplar. La ciencia moderna mide, clasifica y controla, pero ¿qué se pierde cuando la intuición, la atención y la experiencia interior quedan relegadas? ¿Es posible reconciliar el conocimiento instrumental con la sabiduría profunda que emerge del asombro y la observación atenta de la naturaleza?


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La Sabiduría Natural frente al Positivismo Moderno: Una Reflexión sobre el Conocimiento Auténtico y la Ciencia del Espíritu


El eclipse de la contemplación en la era de la técnica

En un mundo dominado por el progreso técnico y la acumulación exponencial de información, resulta cada vez más urgente interrogar la naturaleza misma del conocimiento. La ciencia contemporánea, fundada en el paradigma positivista, privilegia la medición, la experimentación controlada y la verificación empírica como únicos caminos válidos hacia la verdad. Este enfoque, si bien ha generado avances indudables en medicina, ingeniería y comunicación, ha desplazado progresivamente una forma más antigua y profunda de saber: aquella que nace de la contemplación de la naturaleza, de la observación no invasiva y del reconocimiento de las virtudes ocultas del cosmos. Los filósofos naturales de épocas pretéritas —desde los presocráticos hasta los alquimistas renacentistas— no buscaban dominar la naturaleza, sino comprenderla como un organismo vivo, dotado de intencionalidad y sabiduría interna. Su epistemología se basaba menos en la manipulación que en la escucha, menos en la demostración que en la intuición iluminada.

La ciencia natural premoderna: entre el asombro y la humildad epistémica

Contrariamente a la narrativa ilustrada que caricaturiza la Edad Media como una era de oscurantismo, numerosos estudiosos medievales —como Alberto Magno, Roberto Grosseteste o Raimundo Lulio— cultivaron una ciencia natural profundamente empírica y al mismo tiempo espiritualmente orientada. Para ellos, la natura operatur artificiose (“la naturaleza obra con arte”), y su estudio no se limitaba a lo cuantificable, sino que incluía las virtutes occultae: propiedades no evidentes, pero causalmente eficaces, como la atracción del imán, la germinación espontánea o las propiedades curativas de ciertas hierbas. Esta perspectiva no era mágica ni irracional, sino que respondía a una metafísica de la potencia: la naturaleza no era un mecanismo inerte, sino un campo dinámico de posibilidades inherentes a cada ente. El sabio no intervenía prematuramente, sino que aguardaba, observaba y dejaba que los procesos se revelaran por sí mismos. Tal actitud implicaba una epistemología de la paciencia, una ética del no-forzar, y una estética del asombro permanente ante lo ordinario: una semilla que brota, una llama que se eleva, la simetría de un copo de nieve.

La ruptura moderna: de la *scientia sacra* a la ciencia instrumental

El giro copernicano, seguido por la revolución cartesiana y newtoniana, transformó radicalmente la relación del ser humano con la naturaleza. La célebre frase de Bacon —natura vexata (“naturaleza torturada”)— simboliza este nuevo ethos: el conocimiento exige experimentación violenta, descomposición analítica y reducción a variables controlables. La naturaleza dejó de ser magistra (maestra) para convertirse en materia prima: objeto de dominio técnico. Este desplazamiento permitió la emergencia de la ciencia moderna como institución, con sus laboratorios, sus protocolos y sus comunidades de validación. Sin embargo, como advirtió Husserl en La crisis de las ciencias europeas, esta ciencia olvidó sus fundamentos lebensweltlich —es decir, su arraigo en la experiencia vivida— y se convirtió en una “ciencia de segundo grado”, incapaz de responder preguntas sobre el sentido, la finalidad o la interioridad del mundo. El éxito instrumental no implica comprensión ontológica: podemos manipular el ADN sin entender qué es la vida; podemos modelar el clima sin intuir qué es la physis.


La ilusión del progreso lineal y la crisis del conocimiento superficial


El vértigo de la novedad y la inconstancia epistémica contemporánea

La cultura moderna está obsesionada con la novedad: lo “cutting-edge”, lo “trending”, lo “disruptivo”. Esta actitud se traduce en una inconstancia cognitiva, donde las teorías se suceden con celeridad, no por refutación rigurosa, sino por fatiga conceptual o presión mediática. Se multiplican las sutilitates vanas —hipótesis especulativas, modelos incomprobables, paradigmas efímeros— mientras se desatiende lo evidente pero profundo: el ciclo de las estaciones, la respiración, la simbiosis entre especies. La educación, por su parte, ha internalizado esta lógica: se valora más la capacidad de citar que la de pensar; más la producción de papers que la maduración de una intuición. Como señalaba Simone Weil, la atención genuina —esa “oración del intelecto”— es hoy una virtud casi extinta. En su lugar, prevalece una atención fragmentada, distraída, orientada al consumo rápido de información sin digestión crítica. El resultado es una sociedad erudita pero ignorante, informada pero desorientada, técnica pero desencantada.

La ciencia exterior y la ceguera ante lo inteligible

Uno de los argumentos centrales del texto inicial —y que merece ser desarrollado con rigor— es que la ciencia positivista, al limitarse a lo sensible y cuantificable, se vuelve funcionalmente ciega ante aquello que solo puede ser intuido o vivido interiormente. No se trata de negar la validez de los instrumentos científicos, sino de señalar sus límites constitutivos. Un microscopio revela estructuras celulares, pero no la teleología de la vida; un telescopio muestra galaxias, pero no el sentido de la existencia cósmica. La luz inteligible, mencionada en el pasaje, remite a la tradición platónica-agustiniana: aquello que no se percibe con los ojos del cuerpo, sino con el ojo del alma. En esta línea, Plotino describía la nous (intelecto) como facultad capaz de unirse directamente a lo real en su esencia, más allá de las sombras proyectadas por los sentidos. El “Arte Supremo” al que alude el texto no es magia ni superstición, sino la scientia sacra: conocimiento que integra razón, intuición y transformación moral del sujeto cognoscente. En ella, conocer es coincidir con —no dominar ni instrumentalizar.


Hacia una epistemología integradora: reconciliar razón y contemplación


El retorno de lo contemplativo en el pensamiento contemporáneo

Afortunadamente, voces disidentes dentro y fuera de la academia han comenzado a cuestionar el monopolio epistémico de la ciencia positivista. E.F. Schumacher, en Lo pequeño es hermoso, aboga por una “ciencia para la gente”, humana, ecológica y espiritualmente informada. David Bohm, físico cuántico, propuso una “implicación holomórfica” del universo, donde conciencia y materia no son opuestos, sino aspectos de un todo indisoluble. La fenomenología de Merleau-Ponty restaura el cuerpo como lugar primario de conocimiento, anterior a toda abstracción cartesiana. Incluso en ecología profunda y etnobiología, se reconoce el valor cognitivo de los saberes indígenas: su observación milenaria, su clasificación no taxonómica pero funcionalmente precisa, su ética de reciprocidad con los seres no humanos. Estas corrientes no rechazan la ciencia moderna, sino que la reubican: no como árbitro absoluto, sino como un modo legítimo —pero parcial— de comprender la realidad. La verdadera racionalidad es pluridimensional: incluye lo lógico, lo empírico, lo simbólico y lo contemplativo.

La experimentación interior como vía de conocimiento auténtico

El texto original subraya con fuerza que los Sabios “han sabido callar y dedicarse a la experimentación de la verdad en sí mismos”. Esta afirmación no es una invitación al subjetivismo, sino a una epistemología de la transformación personal. En las tradiciones sapienciales —ya sea el askēsis griego, la praxis cristiana, el sadhana hindú o el riyadah sufí— el conocimiento no es acumulación, sino purificación. Solo quien ha despejado su percepción de las ilusiones del ego puede ver con claridad. La “torpeza de la imperfecta intelección”, mencionada en el pasaje, se refiere precisamente a la proyección de categorías mentales sobre la realidad, antes de haberse sometido uno mismo a una disciplina de silencio, atención y humildad. En este sentido, la ciencia del espíritu exige más rigor que la ciencia externa: no basta con repetir experimentos; hay que repetir actos de conciencia. El fruto no es un artículo indexado, sino una modificación estable del modo de estar-en-el-mundo: compasión, ecuanimidad, claridad. Aquí radica la superioridad —no técnica, sino ontológica— de los antiguos sabios: ellos sabían que sin sabiduría, el conocimiento es peligroso.


Conclusión: la necesidad de una ciencia reconciliada con la sabiduría


La crítica al positivismo no debe conducir a un rechazo ingenuo de la ciencia moderna, sino a su reencantamiento. Necesitamos una ciencia que no se avergüence de hacerse preguntas teleológicas: ¿para qué? ¿en función de qué bien? ¿en armonía con qué orden? Necesitamos una tecnología que no imponga soluciones desde arriba, sino que emerja de una escucha atenta a los ritmos naturales y sociales. Y, sobre todo, necesitamos una educación que forme no solo expertos, sino seres humanos integrales: capaces de asombrarse ante una flor, de reflexionar sobre el sentido del progreso, y de distinguir entre información y sabiduría. El camino no es retroceder, sino profundizar: integrar la precisión instrumental de la ciencia con la profundidad contemplativa de la filosofía natural.

Como escribió Goethe en su Metamorfosis de las plantas, el verdadero investigador debe “hacerse tan flexible como la naturaleza misma”, dejando que el objeto le forme, antes de intentar formarlo él. En esa flexibilidad —en esa humildad epistémica— reside la posibilidad de un conocimiento no alienante, sino liberador: una ciencia que no ciega, sino que ilumina; no desencanta, sino que revela el misterio en lo cotidiano.


Referencias

Bacon, F. (1620). Novum Organum. Londres: Billius.

Husserl, E. (1936). Die Krisis der europäischen Wissenschaften und die transzendentale Phänomenologie. Praga: Academia.

Schumacher, E. F. (1973). Small is beautiful: Economics as if people mattered. Londres: Blond & Briggs.

Weil, S. (1947). La pesanteur et la grâce. París: Plon.

Plotino. (ca. 270). Enéadas (Vol. I–VI). Edición crítica de P. Henry & H.-R. Schwyzer. París: Les Belles Lettres.


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