Entre los laberintos intelectuales del siglo XIII, San Alberto Magno se alza como el maestro que unió ciencia, filosofía y fe en una síntesis irrepetible. Observador incansable de la naturaleza y defensor audaz de la razón, transformó para siempre el modo en que Occidente comprendió el mundo. ¿Cómo logró armonizar lo visible y lo invisible? ¿Qué hace que su pensamiento siga desafiándonos hoy?
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📷 Imagen generada por GPT-4o para El Candelabro. © DR
San Alberto Magno: la síntesis medieval entre razón, naturaleza y revelación
San Alberto Magno (c. 1200–1280), también conocido como Alberto de Colonia o Alberto el Grande, representa una de las figuras más complejas y fecundas del pensamiento medieval europeo, cuya obra abarca desde la teología sistemática hasta la zoología comparada, pasando por la alquimia, la meteorología y la metafísica aristotélica. Nacido en la nobleza alemana, ingresó en la Orden Dominicana en torno a 1223, momento en que comenzó una trayectoria intelectual sin parangón en su época. Su formación en la Universidad de París, entonces epicentro del debate filosófico latino, le permitió acceder a los textos recién traducidos del griego y del árabe, lo que marcó el inicio de su ambicioso proyecto: integrar de modo coherente el saber antiguo y medieval dentro de un marco cristiano unificado, sin renunciar al rigor empírico ni a la profundidad especulativa.
Aunque frecuentemente eclipsado por la figura de su discípulo Tomás de Aquino, Alberto Magno fue mucho más que un mero precursor o introductor de Aristóteles en Occidente. Su labor consistió en una verdadera reinterpretación del corpus aristotélico, no como mero ejercicio exegético, sino como una operación de recontextualización ontológica. Frente a las sospechas que despertaba Aristóteles entre los teólogos más conservadores —temerosos de que su énfasis en la causalidad natural y la inmortalidad del intelecto amenazara la doctrina cristiana—, Alberto desplegó una estrategia hermenéutica sofisticada: distinguía entre los errores del filósofo pagano y las verdades que, aun sin revelación, había captado por la luz natural de la razón. Para él, toda verdad era compatible con la fe, pues ambas emanaban de la misma fuente divina.
Esta convicción lo impulsó a abordar campos que hoy denominaríamos científicos con una metodología sorprendentemente moderna. En sus tratados De vegetabilibus, De animalibus y De mineralibus, Alberto no se limita a citar a Plinio, Dioscórides o Avicena; antes bien, confronta sus descripciones con observaciones realizadas in situ, muchas veces en jardines, bosques o mercados. Describe con precisión la morfología de plantas centroeuropeas, distingue entre especies de aves según su hábitat y canto, e incluso analiza el comportamiento de los insectos con una atención al detalle que anticipa los estudios etológicos posteriores. No es exagerado afirmar que, en términos de rigor observacional, Alberto supera a muchos naturalistas del Renacimiento temprano.
Su enfoque empírico se extendía a la fisiología humana y a la medicina. En De natura et origine animae, por ejemplo, examina críticamente las teorías galénicas sobre los humores y el temperamento, pero las somete a verificación clínica: registra casos de pacientes, anota síntomas y evalúa la eficacia de remedios herbales. Aunque sus explicaciones aún recurren a categorías teleológicas —como el finis naturae—, su insistencia en la experiencia sensible como criterio de validación lo sitúa en la vanguardia del pensamiento proto-científico medieval. No en vano, la Iglesia lo ha reconocido explícitamente como el único Doctor de la Iglesia cuya autoridad se fundamenta igualmente en la teología y en las ciencias naturales.
Paralelamente, Alberto desempeñó un papel crucial en la recepción y legitimación de la filosofía aristotélica dentro de las universidades cristianas. Tras las prohibiciones de 1210 y 1215 contra ciertas tesis aristotélicas en París, el Estagirita había quedado marginado en los currículos eclesiásticos. Fue Alberto quien, mediante sus extensos Commentaria in libros Aristotelis, reinterpretó los textos de modo que revelaran una armonía subyacente entre la metafísica aristotélica y la doctrina de la creación ex nihilo. Su lectura de la Física y de De anima, en particular, abrió el camino para la posterior síntesis tomista, pero también para una concepción más dinámica de la naturaleza, entendida no como un mero mecanismo, sino como un ámbito dotado de finalidad intrínseca y accesible a la razón humana.
Menos conocido, pero igualmente significativo, es su interés por la alquimia y las llamadas artes ocultas. Contrariamente a lo que sugiere la leyenda negra de la Edad Media, Alberto no veía en la alquimia una práctica mágica o demoníaca, sino una rama legítima de la investigación natural. En obras atribuidas a él —como el Liber aggregationis o el Semita recta—, analiza con seriedad procesos químicos como la sublimación, la destilación y la calcinación, distinguiendo cuidadosamente entre los fenómenos explicables por causas naturales y aquellos que requieren intervención divina o que pertenecen al ámbito de la superstición. Su postura es claramente crítica: desconfía de los fraudes alquímicos y rechaza categóricamente la invocación de espíritus, pero defiende el estudio de las propiedades ocultas (virtutes occultae) de los cuerpos como parte de una física ampliada.
Esta actitud generó una paradoja biográfica: mientras la Iglesia lo veneraba como teólogo ortodoxo, el vulgo lo consideraba un mago. Abundan las leyendas según las cuales construyó un autómata parlante para guardar su casa, hizo hablar una estatua de bronce o domó serpientes mediante fórmulas místicas. Tales relatos, recogidos en crónicas tardomedievales como la Chronica XXIV generalium, no deben interpretarse como meras supersticiones, sino como síntomas de una profunda transformación cultural: en una sociedad donde el conocimiento técnico era limitado, quien dominaba las leyes de la naturaleza —o parecía hacerlo— era inevitablemente confundido con un nigromante. Alberto, en este sentido, encarna la tensión entre el sapere y el mirari, entre el saber sistemático y el asombro ante lo inexplicable.
Filosóficamente, su pensamiento se caracteriza por una dialéctica constante entre empirismo y misticismo. En el plano epistemológico, defiende que el conocimiento sensible es el punto de partida necesario para toda abstracción intelectual, siguiendo de cerca a Aristóteles. Pero, a diferencia de este, sostiene que la razón humana, por sí sola, no puede alcanzar la plenitud de la verdad: necesita la iluminación de la fe, y más aún, la gracia contemplativa. Su tratado De adhaerendo Deo —considerado por muchos su testamento espiritual— revela a un Alberto profundamente místico, para quien la unión con Dios no se logra solo mediante la especulación, sino por el amor y la humildad. Aquí se manifiesta su pertenencia a la corriente agustiniana del pensamiento medieval, aunque nunca renuncia a la estructura lógica de la escolástica.
Esta doble fidelidad —a la experiencia y a la revelación— lo convierte en un modelo temprano de integración entre ciencia y espiritualidad. Lejos de ver conflicto entre estudiar las leyes de la óptica o la composición de los minerales y meditar sobre los misterios trinitarios, Alberto concibe ambas actividades como modos complementarios de descifrar el liber naturae, cuyo autor es el mismo Dios que se revela en las Escrituras. Su famosa frase —“omnia in Deo et per Deum” (“todo en Dios y por Dios”)— no es una mera fórmula devocional, sino el principio unificador de su cosmología: la creación es transparente a la divinidad, y el intelecto humano, creado a imagen de Dios, está capacitado para leerla.
Su influencia, aunque a veces indirecta, fue inmensa. Más allá de formar a Tomás de Aquino, su obra fue estudiada por pensadores como Meister Eckhart, Nicolás de Cusa y, en el Renacimiento, por Paracelso y Giordano Bruno —este último citándolo expresamente en sus Expulsión de la bestia triunfante. En el ámbito institucional, su labor al frente del studium generale de Colonia sentó las bases para la expansión de la educación dominicana en Europa Central. Aunque sus escritos fueron parcialmente olvidados durante la Ilustración —cuando se privilegió una visión más crítica de la escolástica—, el siglo XX los recuperó como testimonio de una racionalidad no reduccionista, capaz de abrazar la complejidad del mundo sin sacrificar la trascendencia.
San Alberto Magno fue canonizado por el papa Pío XI en 1931, en un contexto marcado por las tensiones entre ciencia y religión, y declarado Doctor de la Iglesia al año siguiente. Su elección como patrono de los científicos, oficializada en 1941, no fue un gesto simbólico, sino un reconocimiento explícito de que la búsqueda de la verdad en la naturaleza es una vocación plenamente compatible con la fe cristiana. En una época en que se debate nuevamente sobre los límites entre conocimiento empírico y sentido último, la figura de Alberto ofrece un modelo de equilibrio: no el de quien diluye la fe en la ciencia o viceversa, sino quien sostiene que ambas son caminos convergentes hacia una única verdad, cuya fuente última trasciende toda formulación humana.
En síntesis, San Alberto Magno no fue simplemente un enciclopedista medieval ni un mero transmisor de Aristóteles. Fue un pensador original que supo articular una visión del mundo en la que la observación rigurosa, la lógica formal y la experiencia mística coexisten sin contradicción. Su legado perdura no solo en los textos que escribió —más de treinta volúmenes en la edición crítica moderna—, sino en la actitud intelectual que encarnó: una curiosidad insaciable por la creación, un respeto reverente por la tradición, y una confianza serena en que la razón, cuando se ejerce con humildad y rigor, nunca conduce lejos de Dios, sino hacia Él.
Referencias
Weisheipl, J. A. (1980). The development of physical theory in the Middle Ages. University of Michigan Press.
Resnick, I. M. (2017). Albert the Great: A selective annotated bibliography, 1900–2015. Brepols.
South, J. B. (2002). Imagination, phantasia, and the formation of the human mind in the thought of Albert the Great. In M. C. Pacheco & J. F. Meirinhos (Eds.), Intellect et imagination dans la philosophie médiévale (Vol. 1, pp. 211–225). Brepols.
Libera, A. de. (1990). Albert le Grand et la philosophie. Vrin.
Haskins, C. H. (1927). Studies in the history of medieval science. Harvard University Press.
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