Entre el humo ardiente del cáñamo y el ardor del vino sin diluir, los escitas forjaron una reputación que inquietó a griegos y persas por igual. Lo que para unos era barbarie, para ellos era un puente hacia lo sagrado, una afirmación de poder y un modo de entender el mundo. ¿Cómo se construyó este choque de percepciones? ¿Y qué revelan estos rituales sobre la frontera entre civilización y otredad?


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📷 Imagen generada por CANVA Al para El Candelabro. © DR

Los vicios escitas: entre el humo del cáñamo y la embriaguez del vino puro


Los escitas constituyen uno de los pueblos más fascinantes de la Antigüedad, no solo por su destreza guerrera y su modo de vida nómada, sino también por sus prácticas culturales singulares, muchas de las cuales fueron percibidas como excesivas o transgresoras por las civilizaciones sedentarias con las que entraron en contacto. Si bien su dominio ecuestre y sus tácticas militares generaron admiración y temor en persas y griegos por igual, fueron sus hábitos relacionados con el consumo de sustancias psicoactivas y embriagantes los que más llamaron la atención de los cronistas clásicos. En particular, el uso ritual del cáñamo y la ingesta desinhibida de vino sin diluir marcaron una frontera simbólica entre lo civilizado y lo bárbaro, según la óptica griega. Estas prácticas, lejos de ser meras anécdotas exóticas, revelan aspectos profundos de la cosmovisión escita, su relación con lo sagrado y los límites culturales que separaban a los pueblos nómadas de las civilizaciones urbanas del Mediterráneo antiguo.

Heródoto de Halicarnaso, considerado el Padre de la Historia, dedicó atención detallada a los escitas en su libro IV de las Historias, describiendo sus costumbres con una mezcla de curiosidad etnográfica y prejuicio cultural. Entre sus relatos más citados figura la descripción del ritual del cáñamo: según narra, los escitas introducían semillas de cáñamo en una tienda de campaña improvisada, sobre piedras previamente calentadas al rojo vivo, provocando una densa nube de vapor que inhalaban intensamente. Heródoto señala que tras esta experiencia, «gritan de júbilo», lo que sugiere una reacción extática o incluso trance inducido. Durante siglos, muchos especialistas dudaron de la veracidad de este pasaje, atribuyéndolo a la imaginación del historiador. Sin embargo, hallazgos arqueológicos en la región del Altái —especialmente en tumbas del siglo V a. C.— han corroborado la existencia de estructuras portátiles, cuencos de bronce con residuos carbonizados de Cannabis sativa y piedras térmicamente alteradas, coincidentes con la descripción herodotea. Estos descubrimientos validan no solo la existencia del ritual, sino también su carácter probablemente ceremonial, vinculado a prácticas chamánicas o funerarias.

El consumo de cáñamo entre los escitas no era, por tanto, un simple vicio recreativo, sino una práctica inserta en un marco ritual complejo. En sociedades nómadas como la suya, donde el chamán desempeñaba un papel central como mediador entre los mundos visible e invisible, la inhalación del humo del cáñamo habría servido para inducir estados alterados de conciencia, facilitando visiones, diagnóstico espiritual o comunicación con los ancestros. Esta función terapéutico-religiosa contrasta fuertemente con la lectura griega del fenómeno, que tendía a interpretarlo como un acto de hedonismo descontrolado. No obstante, es crucial evitar proyecciones anacrónicas: lo que para los griegos representaba una aberración, para los escitas podía constituir un acto de devoción profundamente estructurado. El uso del cáñamo en contextos funerarios —como en los kurganes, túmulos funerarios escitas— refuerza esta hipótesis, sugiriendo que la sustancia formaba parte de rituales de purificación o de acompañamiento espiritual del difunto hacia la otra vida.

Paralelamente, el vino ocupó un lugar destacado en la cultura material y simbólica de los escitas, especialmente tras su contacto con las colonias griegas del Mar Negro. Las tumbas escitas han devuelto un número sorprendente de vasijas griegas —cráteras, ánforas y copas de fino barniz negro— que atestiguan una intensa relación comercial y cultural. No obstante, si bien adoptaron el vino como bien de prestigio, los escitas reinterpretaron su consumo de manera radicalmente opuesta a la norma helénica. En la Grecia clásica, beber vino sin diluir (akratos) era considerado un acto de barbarie, reservado para figuras marginales como los cínicos o los borrachos notorios; la mezcla con agua no solo moderaba sus efectos, sino que simbolizaba la sophrosyne, la mesura propia del ciudadano culto. Los escitas, en cambio, bebían el vino puro, sin mezcla alguna, lo que los griegos interpretaban como una señal inequívoca de falta de autodominio y de civilización.

Esta costumbre no era meramente anecdótica: fuentes antiguas como Ateneo de Naucratis, en su obra Deipnosofistas, afirman rotundamente que «los escitas suelen beber en exceso» y que «emborracharse es comportarse como un escita». Incluso aparece en la lengua griega la expresión «servir a lo escita» (Skythizein), utilizada coloquialmente cuando alguien deseaba beber vino sin diluir, como gesto deliberado de transgresión o exceso. La bebida, en este contexto, dejaba de ser un alimento social moderado y se convertía en un instrumento de ruptura con la norma, tanto para los escitas como para quienes, dentro del mundo griego, querían evocar su imagen salvaje. Este fenómeno revela cómo las prácticas escitas fueron instrumentalizadas discursivamente por los griegos para reforzar su propia identidad cultural: lo escita funcionaba como espejo invertido, el otro contra el cual definir lo propio.

El caso del rey espartano Cleómenes I ilustra con crudeza las implicaciones políticas y morales de esta asociación entre vino puro y barbarie. Según relata Heródoto, tras una estancia entre los escitas —posiblemente como embajador o aliado—, Cleómenes adoptó su costumbre de beber vino sin diluir. Poco después, comenzó a mostrar signos de locura: se dice que mutiló a su propio hermano y que finalmente se suicidó en un arrebato violento. Los espartanos atribuyeron directamente su desequilibrio mental al consumo desmedido de vino escita, interpretando la bebida no solo como un peligro físico, sino como un agente corruptor de la mente y del carácter ético. Este relato, sin duda cargado de intencionalidad moralizante, refleja el miedo griego a la contaminación cultural: el contacto con prácticas «bárbaras» amenazaba no solo con corromper el cuerpo, sino con disolver la estructura racional del alma. El vino escita, en este sentido, se convertía en metáfora del caos.

Más allá de las valoraciones éticas griegas, es posible interpretar el consumo de vino puro en clave sociopolítica. Entre los escitas, la ostentación de bienes importados —incluidas grandes cantidades de vino griego— servía como marcador de estatus dentro de una sociedad jerarquizada. Las tumbas reales, como la de Kul-Oba o la del valle de Pazyryk, contienen servicios completos de banquetes, con vasijas de lujo y restos orgánicos que confirman grandes libaciones. Estos banquetes no eran meras fiestas, sino actos de redistribución simbólica, donde el líder demostraba su generosidad y poder mediante el derroche ritualizado. Beber sin moderación podía ser, entonces, una forma de exhibir capacidad económica y autoridad carismática, en un contexto donde la riqueza no se acumulaba sino que se consumía públicamente. El exceso, lejos de ser signo de decadencia, era una estrategia de legitimación.

Es importante señalar que la dicotomía entre civilización y barbarie, tan arraigada en la mentalidad griega, no resiste un análisis contextualizado. Los escitas no carecían de normas culturales; simplemente poseían un sistema simbólico distinto, donde lo que los griegos llamaban «vicio» tenía funciones rituales, terapéuticas o políticas precisas. El humo del cáñamo no era escapismo, sino puerta a lo sagrado; la embriaguez no era descontrol, sino expresión de poder y comunión colectiva. Esta reinterpretación es crucial para superar visiones etnocéntricas que persisten incluso en la historiografía moderna. El estudio de los llamados «vicios escitas» invita, pues, a una reflexión más amplia sobre cómo las sociedades juzgan las prácticas ajenas y cómo el estigma se construye en torno a formas alternativas de relación con lo corporal, lo espiritual y lo comunitario.

Los hábitos escitas en torno al cáñamo y al vino no deben entenderse como meras curiosidades exóticas ni como evidencia de una supuesta inferioridad moral. Por el contrario, constituyen manifestaciones profundamente arraigadas en su cosmovisión, donde lo que los griegos etiquetaban como exceso tenía un sentido ritual, político y social coherente. La arqueología ha venido a confirmar que Heródoto, lejos de inventar historias fantásticas, documentó prácticas reales que desafiaban los cánones helénicos.

Hoy, en una era de reapertura al uso terapéutico del cáñamo y de revisión crítica de los estigmas sobre el consumo de sustancias, la historia de los escitas ofrece una lección valiosa: que lo considerado «vicio» en una cultura puede ser sacramento en otra, y que la verdadera barbarie no reside en las prácticas en sí, sino en la incapacidad de comprenderlas en su propio marco de significado.


Referencias

Hartog, F. (1988). The Mirror of Herodotus: The Representation of the Other in the Writing of History. University of California Press.

Herodotus. (1996). The Histories (A. de Sélincourt, Trans.; J. Marincola, Ed.). Penguin Classics.

Mayor, A. (2014). The Amazons: Lives and Legends of Warrior Women across the Ancient World. Princeton University Press.

Rolle, R. (1989). The World of the Scythians. University of California Press.

Tsetskhladze, G. R. (Ed.). (1998). The Greek Colonisation of the Black Sea Area: Historical Interpretation of Archaeology. Franz Steiner Verlag.


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