Entre templos olvidados y evangelios polémicos, Beelzebú encarna una de las metamorfosis más radicales de la historia religiosa: de dios invocado por sanación a emblema del mal absoluto. Su nombre revela cómo el poder redefine lo sagrado mediante el lenguaje y la memoria, convirtiendo rivalidad teológica en condena eterna. ¿Quién decide qué dioses sobreviven? ¿Cuándo una creencia se convierte en demonio?
El CANDELABRO.ILUMINANDO MENTES

📷 Imagen generada por GPT-4o para El Candelabro. © DR
Beelzebú: de dios local a demonio universal
Beelzebú, hoy evocado como uno de los nombres más temibles del panteón demoníaco occidental, no surgió en las sombras del infierno, sino en los altares de una ciudad filistea del antiguo Levante. Su origen se remonta a Ecrón, mencionada en la Biblia hebrea, donde era venerado bajo el nombre de Ba‘al Zebub, cuya etimología probablemente significaba “Señor Príncipe” o “Señor de la Altura”. Lejos de representar el mal, esta deidad ejercía funciones oraculares y sanadoras, integrándose en el tejido religioso de una comunidad que buscaba protección divina frente a la incertidumbre humana. La transformación de su figura revela no solo un cambio teológico, sino un proceso deliberado de reescritura ideológica.
La primera distorsión sistemática de Ba‘al Zebub proviene de los textos hebreos, particularmente en el contexto de la consolidación del monoteísmo israelita. En un esfuerzo por deslegitimar las religiones vecinas, los redactores bíblicos reinterpretaron su nombre como “Señor de las Moscas”, una parodia cargada de simbolismo negativo. Las moscas, asociadas en la antigüedad con la putrefacción, la enfermedad y la muerte, servían para ridiculizar la autoridad divina de esta figura. Este acto no fue meramente lingüístico, sino profundamente político: se trataba de despojar a un dios rival de su sacralidad mediante la burla semántica, convirtiendo lo sagrado en objeto de repulsión.
Esta estrategia de desacreditación religiosa no era inusual en el mundo antiguo. Los pueblos frecuentemente demonizaban las deidades de sus enemigos como forma de afirmar la superioridad de sus propios dioses. En el caso de Israel, cuya identidad religiosa se forjaba en contraste con los pueblos circundantes, la caricaturización de Ba‘al Zebub cumplía una función teológica y nacionalista. Al presentarlo como un falso dios ligado a lo impuro, se reforzaba la exclusividad del culto a Yahvé y se legitimaba la separación étnica y ritual del pueblo elegido. Así, la figura de Beelzebú comenzó su descenso desde la divinidad hacia la marginalidad simbólica.
Con la emergencia del cristianismo, la transformación de Beelzebú adquirió nuevas dimensiones teológicas y cosmopolitas. Ya no se trataba simplemente de un ídolo extranjero, sino de un agente activo del mal en el drama escatológico del Nuevo Testamento. En los evangelios sinópticos, especialmente en Mateo 12:24 y Marcos 3:22, los fariseos acusan a Jesús de expulsar demonios “por Beelzebú, príncipe de los demonios”. Esta designación no solo lo sitúa en el centro del conflicto entre el bien y el mal, sino que lo eleva a una jerarquía infernal equivalente a la de Satanás. El dios local de Ecrón se ha convertido en arquetipo del adversario cósmico.
El paso de “Señor de la Altura” a “príncipe de los demonios” refleja una reconfiguración total del imaginario religioso. Mientras que en su contexto original Ba‘al Zebub poseía atributos benéficos, en el cristianismo temprano su figura se fusiona con la de otros adversarios espirituales, absorbiendo rasgos de entidades como Belial o Lucifer. Esta amalgama demonológica responde a la necesidad de construir un antagonista claro y poderoso frente al cual definir la misión redentora de Cristo. Beelzebú, por tanto, no es solo un nombre, sino un símbolo del mal organizado, inteligente y seductor.
La demonización de Beelzebú también ilustra cómo las tradiciones religiosas absorben y transforman elementos ajenos para reforzar sus propias narrativas. Al incorporar figuras previas en su cosmogonía del mal, el cristianismo no solo heredaba una geografía espiritual, sino que reafirmaba su ruptura con el politeísmo antiguo. Cada dios pagano derrotado se convertía en un trofeo teológico, una prueba de la verdad única del Evangelio. En este marco, Beelzebú dejó de ser un dios olvidado para convertirse en un recordatorio permanente de la falsedad de las religiones rivales.
Durante la Edad Media, la figura de Beelzebú se consolidó en la demonología cristiana como uno de los siete príncipes del infierno, asociado específicamente con el pecado de la gula o la envidia, según las fuentes. Autores como Juan de Salisbury y más tarde autores renacentistas como Johann Weyer o Collin de Plancy le otorgaron biografías infernales elaboradas, dotándolo de cortes, legiones y estrategias de corrupción humana. Estas descripciones, aunque ficticias, respondían a una lógica teológica coherente: si Dios tenía ángeles, el diablo debía tener demonios; si existía una jerarquía celestial, debía existir una contraparte infernal.
La persistencia de Beelzebú en la cultura occidental no se limita al ámbito teológico. Ha aparecido en literatura, arte y cine como símbolo de la tentación, la herejía o la rebelión contra el orden divino. Desde El paraíso perdido de John Milton hasta las representaciones modernas en novelas de terror, su nombre evoca una oscuridad intelectual y moral. Sin embargo, detrás de estas representaciones late una historia mucho más compleja: la de una deidad local borrada no por la espada, sino por la escritura, no por la guerra, sino por la interpretación.
Este proceso de reescritura religiosa plantea preguntas fundamentales sobre el poder del lenguaje en la construcción de la realidad espiritual. ¿Qué significa que una cultura pueda convertir el dios de otra en un demonio? La respuesta radica en la capacidad de imponer una narrativa dominante que redefine no solo lo verdadero, sino también lo posible. Beelzebú no fue destruido físicamente; su templo en Ecrón pudo haber caído en ruinas, pero su verdadera derrota ocurrió en los textos que lo nombraron con desprecio. La pluma, en este caso, fue más letal que cualquier arma.
La historia de Beelzebú también invita a reflexionar sobre la memoria religiosa y la amnesia cultural. Hoy, pocos recuerdan que antes de ser un demonio, fue un dios invocado en momentos de angustia, consultado en busca de orientación, honrado con ofrendas. Su dimensión humana —la de una comunidad que buscaba sentido en lo divino— ha sido eclipsada por siglos de teología triunfalista. Recuperar ese origen no implica rehabilitarlo como objeto de culto, sino reconocer la complejidad histórica que subyace a las categorías morales absolutas.
En última instancia, la trayectoria de Beelzebú es un testimonio de cómo las religiones compiten no solo por fieles, sino por el control del significado. La batalla no siempre se libra en campos de batalla, sino en manuscritos, sermones y traducciones. Al cambiar el nombre de un dios, se cambia su destino; al alterar su función, se altera su esencia. Lo que comenzó como un título honorífico en una pequeña ciudad del Levante se convirtió, tras siglos de reinterpretación hostil, en un sinónimo de maldad sobrenatural. Esta metamorfosis no es casual, sino intencionada, y revela la violencia simbólica inherente a ciertos procesos de formación religiosa.
La lección contemporánea de esta historia es clara: toda demonización encierra una operación de poder. Cuando una tradición declara a otra como fuente de error o maldad, no solo la critica, sino que la excluye del espacio de lo legítimo. Beelzebú, como tantas otras figuras marginadas por la historia oficial, representa la voz silenciada de quienes adoraban de manera distinta. Reconocer esto no es relativismo, sino honestidad histórica. La comprensión del pasado religioso exige mirar más allá de las categorías impuestas por los vencedores.
Beelzebú no cayó del cielo ni emergió del abismo. Fue creado dos veces: primero como dios por sus devotos en Ecrón, y luego como demonio por sus detractores en Jerusalén y Roma. Su historia es un recordatorio de que los mitos no son estáticos, sino productos de tensiones culturales, políticas y teológicas. La transformación de una deidad sanadora en un príncipe del infierno no refleja una verdad metafísica, sino la capacidad humana de reescribir el mundo a través del lenguaje.
En ese sentido, Beelzebú sigue siendo un espejo: no de la maldad, sino del poder que ejercemos al nombrar lo sagrado y lo profano.
Referencias
Day, J. (2000). Yahweh and the gods and goddesses of Canaan. Sheffield Academic Press.
Smith, M. S. (2002). The early history of God: Yahweh and the other deities in ancient Israel. William B. Eerdmans Publishing Company.
Russell, J. B. (1977). The devil: Perceptions of evil from antiquity to primitive Christianity. Cornell University Press.
Pagels, E. (1995). The origin of Satan: How Christians demonized Jews, pagans, and heretics. Random House.
van der Toorn, K., Becking, B., & van der Horst, P. W. (Eds.). (1999). Dictionary of deities and demons in the Bible (2nd ed.). Brill.
El CANDELABRO.ILUMINANDO MENTES
#Beelzebú
#HistoriaDeLasReligiones
#Demonización
#MitologíaComparada
#ReligiónYpoder
#AntiguoLevante
#BaálZebub
#Demonología
#Monoteísmo
#ViolenciaSimbólica
#HistoriaCultural
#LenguajeYSagrado
Descubre más desde REVISTA LITERARIA EL CANDELABRO
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
