Entre la fe y la violencia, entre la obediencia y la conciencia, se extiende un territorio peligroso donde el mal no se percibe como tal, sino como deber moral. Cuando la certeza elimina la duda, la crueldad puede vestirse de virtud y la destrucción de justicia. ¿Qué ocurre cuando nadie se permite dudar de estar en lo correcto? ¿Puede la convicción absoluta convertirse en la forma más eficaz del mal?


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La certeza moral como génesis del mal: fanatismo, obediencia y violencia justificada


El mal no siempre emerge del odio visceral ni de la maldad innata; a menudo brota de la convicción inquebrantable de estar en lo correcto. Blaise Pascal advirtió con lucidez que cuando un individuo actúa bajo la creencia de obrar “por conciencia” o “por Dios”, cesa toda duda. Y es precisamente esa duda la que constituye el último freno ético ante el abuso. La certeza moral absoluta, al eliminar la posibilidad del error, transforma la violencia en deber sagrado y el daño en virtud necesaria. Este fenómeno no pertenece únicamente al ámbito teológico, sino que se extiende a cualquier ideología que se proclame incuestionable, ya sea religiosa, política o social.

La historia islámica temprana ofrece ejemplos reveladores de cómo la legitimación religiosa puede justificar campañas militares de gran envergadura. Durante las conquistas árabes de los siglos VII y VIII, ejércitos musulmanes avanzaron por regiones densamente cristianas como Siria, Egipto y el norte de África. Ciudades emblemáticas como Alejandría fueron incorporadas al califato tras conflictos que incluyeron muertes, desplazamientos forzados y la imposición del estatus de dhimmi, que otorgaba protección a cambio de sumisión y tributo. Aunque las fuentes históricas varían en sus cifras y enfoques, crónicas tanto islámicas como cristianas describen ejecuciones selectivas y conversiones coercitivas presentadas como cumplimiento del mandato divino y expansión de la umma, la comunidad de creyentes.

Este patrón de violencia santificada no es exclusivo del islam ni de la Edad Media. En contextos muy distintos, pero con una lógica similar, encontramos manifestaciones igualmente preocupantes. El genocidio armenio, perpetrado entre 1915 y 1917 por el Imperio Otomano, representa uno de los casos más extremos y documentados de exterminio sistemático motivado por una mezcla de nacionalismo étnico y retórica religiosa. Entre uno y un millón y medio de armenios cristianos fueron asesinados mediante marchas de la muerte, fusilamientos masivos y deportaciones planificadas. Líderes del Comité Unión y Progreso, así como milicias locales, presentaron esta campaña como una necesidad para “purificar” Anatolia y defender al imperio —y al islam— en tiempos de guerra. La convicción ideológica permitió cometer atrocidades sin remordimiento, al considerarlas actos de lealtad patriótica y religiosa.

La psicología moderna ha profundizado en los mecanismos cognitivos que facilitan este tipo de conductas. Los experimentos de Stanley Milgram sobre obediencia a la autoridad demostraron que aproximadamente el 65% de los participantes estaban dispuestos a administrar descargas eléctricas potencialmente letales a un desconocido, simplemente porque una figura de autoridad lo ordenaba. Estos hallazgos sugieren que la disposición humana a infligir sufrimiento no depende necesariamente de la crueldad personal, sino de la percepción de legitimidad en la orden recibida. Cuando una acción se enmarca como “correcta” o “necesaria”, el cerebro humano reduce la activación de las áreas asociadas con la empatía y aumenta la respuesta de obediencia. Así, el mal se vuelve eficiente, impersonal y, paradójicamente, tranquilo.

Pascal no rechazaba la fe en sí misma, sino el fanatismo que surge cuando la fe se convierte en certeza dogmática. Su crítica apuntaba a la peligrosa ilusión de infalibilidad moral, ya sea en nombre de Dios, la nación o la revolución. Esta advertencia trasciende las fronteras históricas y culturales: desde las cruzadas medievales hasta los regímenes totalitarios del siglo XX, pasando por los extremismos contemporáneos, la raíz común es la misma: la eliminación del espacio para la duda. Cuando una ideología se declara incuestionable, se cierra la puerta al diálogo, a la autocrítica y, en última instancia, a la humanidad. Las personas ordinarias, guiadas por líderes carismáticos o estructuras institucionales, pueden convertirse en ejecutores convencidos de políticas destructivas, seguros de que actúan en nombre de un bien superior.

El mal impulsivo, fruto de la ira o la codicia, suele ser caótico y limitado en su alcance. En cambio, el mal ideológico, respaldado por una narrativa coherente y una autoridad legítima, es sistemático, escalable y sostenible en el tiempo. Es el mal que se organiza en burocracias, que se enseña en escuelas, que se celebra en rituales colectivos. No necesita gritos ni gestos violentos; basta con firmar un decreto, emitir una orden o mantener el silencio cómplice. Su eficacia radica en su normalización: quienes lo perpetran no se ven a sí mismos como monstruos, sino como guardianes del orden, defensores de la verdad o soldados de una causa justa.

Esta dinámica se observa con claridad en múltiples contextos históricos y contemporáneos. Desde la Inquisición católica hasta los juicios revolucionarios en la Francia jacobina, desde los campos de concentración nazis hasta las purgas estalinistas, el denominador común es la convicción de que se está actuando en nombre de un ideal superior. La religión, la raza, la clase o la nación se convierten en ídolos morales que exigen sacrificios humanos. Y quienes los ofrecen lo hacen con la conciencia limpia, incluso con una sonrisa, porque han internalizado la idea de que su violencia es redentora.

Por ello, la defensa contra este tipo de mal no reside únicamente en leyes o instituciones, sino en la cultivación permanente de la duda ética. La humildad intelectual —la aceptación de que nuestras certezas pueden estar equivocadas— es el antídoto más eficaz contra el fanatismo. Las sociedades abiertas, pluralistas y críticas fomentan espacios donde las ideas pueden confrontarse sin recurrir a la aniquilación del otro. La educación en valores democráticos, el respeto por la diversidad y la promoción del pensamiento crítico son herramientas fundamentales para prevenir la repetición de tragedias pasadas.

El mal más peligroso no es el que se comete en la sombra, sino el que se lleva a cabo a plena luz del día, con propósito, convicción y autoridad moral. La certeza absoluta, al eliminar la duda, elimina también la compasión. Blaise Pascal, con su aguda percepción del alma humana, nos dejó una advertencia que sigue vigente: la verdadera virtud no reside en la firmeza inquebrantable de las creencias, sino en la capacidad de cuestionarlas.

En un mundo marcado por polarizaciones ideológicas y discursos de certeza absoluta, recuperar el valor de la duda no es un signo de debilidad, sino el fundamento mismo de una ética responsable y humana.


Referencias

Milgram, S. (1963). Behavioral study of obedience. Journal of Abnormal and Social Psychology, 67(4), 371–378.

Pascal, B. (1995). Pensées (A. J. Krailsheimer, Trad.). Penguin Classics. (Trabajo original publicado en 1670).

Kieser, H.-L. (2018). Talaat Pasha: Father of Modern Turkey, Architect of Genocide. Princeton University Press.

Donner, F. M. (1981). The Early Islamic Conquests. Princeton University Press.

Arendt, H. (1963). Eichmann in Jerusalem: A Report on the Banality of Evil. Viking Press.


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