En el vibrante escenario filosófico del siglo XIX, Georg Wilhelm Friedrich Hegel se erige como un titán del Idealismo Alemán, tejiendo una red de conceptos que redefinirían la comprensión de la razón y el espíritu. Su legado, una combinación magistral de dialéctica y sistematicidad, sigue influyendo en la filosofía contemporánea. Este artículo desentraña la genialidad de Hegel, explorando cómo sus ideas trascendieron su tiempo para dejar una huella imborrable en la historia del pensamiento.


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📷 Imagen generada por GPT-4o para El Candelabro. © DR

HEGEL


Por Miguel A. Romero


Es curioso lo que ocurre con Hegel. Tan odiado como amado. Tan laureado como incomprendido. Su estereotipo es el de lo obscuro. Lo complicado, lo turbio, lo inaccesible.

Todo eso no es más que un prejuicio. La verdad es que no se suele leer a Hegel más allá de la carrera de filosofía. Y quien lo lee y declama ese supuesto mal, no lo leyó en realidad.

En filosofía de las ciencias, un desastre total. Pésimas lecturas de excelentes filósofos que lamentablemente nunca lo leyeron bien, o quizá sí, pero que no les dió la gana de argumentar por qué era un supuesto charlatán. Entre ellos los estimados Karl Popper y Mario Bunge, lo que irremediablemente ha creado todo un proceso histamínico y una catarata de la alergología para introducirse en la obra de Hegel y superar ese intersticio, remover pleuras para llegar al tejido vivo. Y digo esto último porque hay que admitir que Hegel hace todo cuanto puede para oscurecer todo, y así se cabe y cabe sigue dejando muchas partes donde hace mala filosofía.

Lo que hace que Hegel sea Hegel es la novedad que trajo con su forma de plantear algunas ideas.

Hegel es original. Es brillante, también es total. Categórico como solo Platón, Aristóteles y Kant lo pueden ser.

No hay griego más griego que Hegel. Hegel es más griego que Perícles y Tucídides juntos. Está más enraizado en Antígona que el propio Sófocles y esto quien lo leyó lo entendió muy bien.

Leer a Hegel no es leer la Fenomenología del Espíritu y nada más. Eso no es así. Conocer a Hegel es estudiarlo una y otra vez, hacer anotaciones de Las lecciones sobre la estética, leer las notas al pie de página que Muñoz destina para Akal con su respectiva traducción de la Enciclopedia de las ciencias filosóficas, revisar la Ciencia de la lógica con estudios preliminares de Mondolfo de la edición Soler, una editorial argentina que destinó tiempo y editores en prologar, revisar y traducir a Hegel. Embuirse en Los Elementos sobre la filosofía del derecho, la edición pasta morada de Gredos con comentarios de Tabasco y César Molina del 77.

Uno puede pensar que Hegel en tales obras hablaría aferrado a sus títulos. Pero no, vas por un conejo y en el sombrero te aparece una tortuga. Pasa algo similar cuando lees a Descartes en el Discurso del método, o a Voltaire en el Diccionario filosófico, en el primero a ras del inicio te sientes cómodo, te sorprendes cómo este tipo te empieza a hablar que se encuentra en un viaje, la narración del paisaje, de lo que va viendo, de los abedules, o el trino de los pájaros, y el segundo, muy a pesar de estar compuesto en artículos dispuestos en orden alfabético, iniciando con la letra «A», no en amor, sino con «Antropófagos», y terminando con la sección de «Amor llamado socrático» no puedes creer que te hable sobre otras cosas. En todo esto no hallas ni el más mínimo atisbo de tecnicismos. Ellos te sacuden con su prosa pulcra, porque, aparte de escribir con una inteligencia superdotada, dominaron la cultura universal de su tiempo, ergo, adelantados a su época escribieron notables obras del saber y la curiosidad humana. Y esto lo que tiene de emocionante la filosofía.

Hegel no duda en afirmar a Aquiles como el fundador de la vida griega y a Alejandro como quien la ha llevado a la cumbre y al cierre final. Al respecto: en Aquiles ve el Kairós, por supuesto, él es el Geist primario y nos dice:

«Alejandro tuvo por maestro a Aristóteles, el pensador más profundo y enciclopédico de la antigüedad, el pensador más profundo de todos los pensadores, incluyendo acaso también a los de la edad moderna».

Para Hegel, Aristóteles es el superhombre, y si bien aunque se hizo muy famosa esa anotación de “henos aquí, ante el espíritu a caballo” en referencia a Napoleón, se debe entender esa apreciación como una lectura literal de su Dialéctica histórica; recuerdo para refrescar, para Hegel toda la historia del pensamiento humano (entiéndase “pensamiento” como la tradición que nació en Grecia) se resume en tres momentos o fases (esto lo pueden encontrar en el apartado principal de la Fenomenología cuyo nombre se titula: «Del espíritu» (Ser Geist), estas son:


  1. De la unidad originaria

Aquí habla de Grecia, de todo lo que representó, de cómo es que pudo ser posible que en ese suelo ciertamente limitado, se estuviera tan adelantado a muchas épocas, a veces pareciera que borracho de la admiración dijese que el tiempo se congeló en todo el mundo por muchos siglos, menos allí, y ahí habla del primer motor de la historia, o de la primera gran revolución que hizo posible la Dialéctica, y siguiéndolo tiene mucho sentido, o sea, uno revisa en cualquier aspecto esta cultura específica y se encuentra con que inventaron no solo los mejores artefactos de la historia (deportes, bellas artes, democracia, la tragedia, la comedia y la filosofía) sino que ya empleaban a cabalidad los pasos del método científico para fundar ciencias, instrumentos, teoremas y notaciones metodológicas para la geometría, matemáticas y astronomía. Por ejemplo, se suele pensar que Eratóstenes descubrió la esfericidad de la tierra, pero esto es algo que ya se enseñaba en la Academia fundada por Platón, claro que de ello se basó para hacer el cálculo que hizo con su experimento que también determinó el perímetro de la tierra 2πR (Siena-Alejandría / distancia angular y distancia lineal). Entonces uno se encuentra con cualquiera de estos sujetos griegos y es asombro tras asombro. Lo hábiles que eran, lo capaces, lo entrenados que estaban, lo creativos que eran, sobre todo. Hay poema del genial Hölderlin, ya no recuerdo cuál, que dice algo así como que el griego insignificante de los griegos nos amaestraría a nosotros. Preguntémonos entonces qué estaba pasando con las demás culturas en ese entonces. ¿Qué ocurría en China, por ejemplo, o en las Américas, en Papúa y Nueva Güinea, en Etiopía o en Europa del norte? Razón tiene Hegel, por consiguiente.


  1. De la división conflictiva desarrolladora

Esta fase para Hegel está constituida por Roma (que no ve necesariamente como continuación de lo griego, sino como consecuencia; nótese la distinción), el feudalismo (continuación natural de la división del poder) y la edad moderna hasta la Revolución Francesa (cosa que apoyó en sus inicios pero que aborreció por su desenlace en la época del terror de Robespierre). Aquí evidentemente nos vamos a encontrar con el Hegel más limitado y eurocéntrico.


  1. La vuelta a la unidad

Esta es la última fase de la síntesis histórica para Hegel, aquí habla que pudo presentarse en el Renacimiento, que consistió en un intento de vuelta a la unidad pero que no fue suficiente. Aquí genialmente predice el nacimiento o florecimiento de las democracias, aunque nunca las llamó tales, eran parte de la síntesis del estado. La vuelta a la unidad quiere decir, volver a lo griego. Al estado primario de bienestar. Esto lo desarrolla en tres momentos, el primero «Der wahre Geist» (El espíritu verdadero), allí habla de la virtud primera, de las leyes encontradas, de la volatilidad y hace analogías con la felicidad que suelen tener los niños en la infancia y una que otra más analogía algo espuria sobre el Edén, pero luego habla del conflicto y es allí donde pasa al segundo momento de esta fase: que es el Espíritu extrañado de sí mismo (Der sich entfremdete Geist), aquí habla del contrato social, de los enfrentamientos de los deseos deseantes que no es otra forma de anticipar a Foucault con la teoría del poder, en estas líneas él presenta brillantemente el pasaje de la Dialéctica del amo y el esclavo que ya sabemos bien qué detonó a fundar. Y por último cierra esta fase con el Espíritu cierto de sí mismo (Der seiner selbst gewisse Geist), que es ese reencuentro con los valores valores nobles de virtud que nos harán preservar lo bueno (es categórico aquí), para la convivencia en armonía de los miembros del estado. En ese pasaje de cierre repite que aunque perdamos el rumbo, estamos destinados a emularlo que los griegos hicieron. Eso sí que es bello.

Como notan, esto tiene Hegel. Este es el verdadero alcance de su novedad. No solo es ese enjaulamiento de conceptos varios: como el que introduce Fitche (tesis -antítesis – síntesis), o las de método-análisis y método sintético introducidas por estudiosos de él como Jean Hyppolite o Alexandre Kojève.

En lógica, aunque apartado de la rica tradición aporta con el principio del tercer excluido que funda la lógica dialéctica, y que introduce los conceptos de cantidad, calidad, transición, realidad y necesidad.

En estética introduce las nociones de arte servil y arte libre y también la relación de las formas en el arte entre lo clásico y romántico. Junto a Goethe, y Schelling creía firmemente que, el arte de la literatura y toda forma de arte, debería tener como elemento el mejorar a la sociedad.

Y la verdad es que este tipo siempre escribió con ese propósito. Yo la verdad sigo sin encontrar propósito mayor que ese.

En definitiva eso sería lo que yo rescataría de él. Sus demás nociones son descartables totalmente.



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