Entre la ciencia rigurosa y el humanismo comprometido se alza la figura de Gregorio Marañón, médico excepcional e intelectual decisivo de la España del siglo XX, capaz de unir clínica, historia, ética y política sin perder nunca la independencia de criterio ni la dignidad moral. ¿Cómo logró integrar saber científico y conciencia cívica en tiempos de fractura ideológica? ¿Por qué su pensamiento sigue siendo una referencia imprescindible hoy?
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Gregorio Marañón: Ciencia, Humanismo y Compromiso Cívico en la España del Siglo XX
Gregorio Marañón y Posadillo, nacido en Madrid el 3 de mayo de 1887, representa una de las figuras más completas y trascendentales del pensamiento español del siglo XX, cuya influencia trasciende los límites de la medicina para abarcar la historia, la literatura, la ética y la cultura política. Hijo del farmacéutico Gregorio Marañón y González del Campillo y de Matilde Posadillo y Solís, creció en un ambiente ilustrado donde primaban los valores del conocimiento, el rigor intelectual y el sentido cívico. Su formación inicial en el Instituto Cardenal Cisneros le permitió consolidar una sólida base humanística que más tarde complementaría con una intensa dedicación a las ciencias médicas, especialmente a la endocrinología, disciplina que ayudó a consolidar en España con carácter pionero y de reconocimiento internacional.
Ingresó en la Facultad de Medicina de la Universidad Central de Madrid en 1904, destacando desde sus primeros años por su capacidad analítica, su curiosidad insaciable y su compromiso con la excelencia clínica. Obtuvo el título de doctor en 1911 con una tesis sobre la fiebre recurrente, trabajo que ya evidenciaba su enfoque interdisciplinario, combinando observación clínica rigurosa con una reflexión histórica sobre las enfermedades y sus contextos sociales. Su precoz madurez intelectual le valió, en 1911, el nombramiento como profesor auxiliar de Medicina Legal, y poco después, en 1916, alcanzó la cátedra de Medicina Especial de Madrid, consolidando su posición como uno de los médicos más respetados del país. Fue en el Hospital General de Madrid —más tarde rebautizado como Hospital Gregorio Marañón en su honor— donde desarrolló la mayor parte de su labor asistencial, convirtiendo su consulta en un referente nacional e internacional.
Marañón es reconocido como uno de los fundadores de la endocrinología moderna en el ámbito hispanohablante, campo en el que introdujo conceptos innovadores sobre las glándulas de secreción interna y su influencia en el comportamiento humano. Sus estudios sobre el tiroides, las suprarrenales y la hipófisis no solo tuvieron impacto clínico directo, sino que le abrieron la puerta a una reflexión más amplia sobre la psicobiología, es decir, la interacción entre los procesos fisiológicos y la personalidad. Esta perspectiva lo llevó a desarrollar una metodología original: aplicar el conocimiento médico a la interpretación histórica y literaria, una aproximación que culminó en obras fundamentales como Amiel (1914), donde analiza la personalidad del escritor suizo desde una óptica psicosomática, o Tiberio: Historia de un resentimiento (1922), considerada una de sus contribuciones más logradas y ampliamente citadas.
En Tiberio, Marañón no solo ofrece un retrato médico-psicológico del emperador romano, sino que propone una reinterpretación histórica basada en la fisiopatología del resentimiento, entendido como una respuesta orgánica y emocional ante frustraciones reiteradas. Este enfoque fue novedoso en su tiempo y anticipó ciertos desarrollos posteriores de la psicosomática y la biografía patográfica. Su interés por la biografía crítica se extendería a figuras como Antonio Pérez, Felipe II, Juana la Loca o Bolívar, siempre con una mirada que entremezclaba la clínica, la historia y la moral. Este método, a veces llamado “psicobiografía histórica”, se convirtió en una de sus marcas intelectuales más distintivas y sigue siendo objeto de estudio en círculos académicos dedicados a la historia de la medicina y las humanidades médicas.
Más allá de su labor clínica y literaria, Marañón desempeñó un papel crucial en la renovación científica y cultural de España durante la primera mitad del siglo XX. Fue uno de los integrantes más destacados de la llamada Generación del 14, grupo de intelectuales que, en contraste con la actitud pesimista de la Generación del 98, abogaba por una regeneración ética y técnica del país mediante el conocimiento, la ciencia y la participación cívica. Junto con José Ortega y Gasset, Manuel Azaña y Ramón Pérez de Ayala, formó parte de la Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, institución clave en la modernización del sistema educativo y la promoción de becas para formación en el extranjero. Su compromiso con la educación médica fue constante y se manifestó en su defensa de la formación basada en la evidencia, la observación directa y la crítica racional.
Durante la Segunda República, Marañón participó activamente en la vida política como senador por la provincia de Guadalajara (1931–1933), adscrito al Partido Republicano Radical de Alejandro Lerroux, si bien su postura siempre fue la de un liberal moderado, profundamente escéptico ante los extremismos ideológicos. Su visión de la política estaba marcada por un humanismo laico, tolerante y defensor de la autonomía del individuo frente al dogmatismo colectivo. Esta postura le valió críticas tanto de sectores conservadores como de izquierda, pero también le granjeó un respeto transversal por su independencia de criterio. Tras el estallido de la Guerra Civil en 1936, se exilió en París y luego en México, manteniendo desde el extranjero una voz crítica frente a los excesos de ambos bandos, aunque sin renunciar a su fe en los valores republicanos y democráticos.
Regresó a España en 1942, en plena dictadura franquista, decisión que ha sido objeto de múltiples interpretaciones. Marañón defendió siempre que su retorno obedecía al deseo de seguir practicando la medicina y contribuir desde dentro, dentro de sus posibilidades, a preservar espacios de libertad intelectual. Aunque aceptó ciertos honores oficiales —como su ingreso en la Real Academia Española en 1934 y en la de la Historia en 1941—, jamás se adhirió al régimen ni participó en su retórica ideológica. Al contrario, utilizó su prestigio para proteger a colegas perseguidos, fomentar el diálogo intergeneracional y mantener vivo el espíritu crítico en ámbitos como la Sociedad Española de Historia de la Medicina, que él mismo impulsó. Su casa en la madrileña calle de Fortuny se convirtió en un refugio intelectual, un salon donde confluían médicos, historiadores, escritores y diplomáticos en torno al cultivo del pensamiento libre.
Su obra escrita, vasta y heterogénea, comprende más de trescientos títulos entre artículos, ensayos, biografías y discursos. Además de sus estudios psicobiográficos, destacan sus reflexiones sobre ética médica, como La medicina en el porvenir (1924) o Consideraciones sobre el aborto (1921), donde aborda temas como la responsabilidad profesional, la relación médico-paciente y los límites de la intervención tecnológica, con una lucidez sorprendentemente actual. También cultivó la divulgación científica, entendida no como simplificación, sino como elevación del debate público mediante el rigor y la elegancia estilística. Su prosa —clara, precisa, cargada de matices y a menudo irónica— ha sido comparada con la de los grandes ensayistas europeos, y su dominio del latín, el griego, el francés y el inglés le permitió dialogar con las corrientes intelectuales más relevantes de su tiempo sin perder su anclaje hispánico.
El legado de Marañón no se agota en su producción escrita ni en sus descubrimientos científicos. Reside también en su modelo de intelectual comprometido, capaz de articular ciencia y humanidades sin subordinar una a la otra, y de mantener, incluso en contextos de opresión, una fidelidad inquebrantable al espíritu crítico y a la dignidad humana. En una época marcada por la especialización extrema y la fragmentación del saber, su figura recupera vigencia por su defensa del pensamiento integral, donde la medicina no es solo técnica, sino también comprensión del sufrimiento, del contexto histórico y de las dimensiones morales de la existencia. Su influencia puede rastrearse en generaciones posteriores de médicos-humanistas, en el desarrollo de la bioética en lengua española y en la reivindicación de una medicina centrada en la persona.
Falleció en Madrid el 27 de marzo de 1960, tras una vida dedicada al estudio, la curación y la reflexión. Su entierro fue un acto de homenaje silencioso pero masivo, testimonio de la estima que le profesaban colegas, pacientes y conciudadanos. Hoy, su nombre adorna hospitales, institutos, calles y cátedras; su figura aparece en sellos postales y monedas conmemorativas; y su obra sigue siendo editada, traducida y analizada en universidades de todo el mundo hispánico. Pero más allá de los reconocimientos formales, su verdadero monumento es la cultura del diálogo entre ciencia y humanismo que supo encarnar con coherencia ejemplar.
En un momento en que la medicina enfrenta desafíos como la medicalización de la vida, la deshumanización tecnológica y la mercantilización de la salud, la voz de Marañón —serena, rigurosa y profundamente ética— sigue ofreciendo una brújula indispensable para navegar con lucidez y responsabilidad el complejo presente.
Referencias
Alvarez, J. (1992). Gregorio Marañón: Biografía intelectual. Madrid: Espasa Calpe.
López Piñero, J. M. (1986). La obra médica de Gregorio Marañón. Valencia: Instituto de Historia de la Medicina y de la Ciencia.
Ramos Gómez, L. (2001). Marañón: El humanismo crítico. Madrid: Biblioteca Nueva.
Sánchez Granjel, L. (1995). Marañón y la psicobiografía histórica. Salamanca: Ediciones Universidad de Salamanca.
Tuñón de Lara, M. (1981). Gregorio Marañón y su tiempo. Barcelona: Ariel.
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