Entre los vapores peligrosos de las primeras refinerías y el rugido de los motores que redefinieron el siglo XX, la gasolina protagonizó una de las transformaciones más inesperadas de la historia industrial. Nacida como residuo inútil y temido, terminó convirtiéndose en el combustible que impulsó la movilidad, la economía global y nuevas formas de vida. ¿Cómo un desecho técnico se transformó en eje de la modernidad? ¿Qué revela su historia sobre la relación entre energía, tecnología y sociedad?
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La gasolina: del residuo industrial al motor de la modernidad
A mediados del siglo XIX, en plena efervescencia de la Revolución Industrial, las sociedades occidentales enfrentaban una crisis energética de iluminación. El aceite de ballena, combustible predominante para lámparas domésticas y públicas, se había vuelto prohibitivamente costoso debido a la sobreexplotación de cetáceos y al crecimiento demográfico de las urbes. En este contexto, científicos e industriales se volcaron con renovado interés hacia el petróleo crudo, una sustancia conocida desde la Antigüedad pero cuyo potencial permanecía subutilizado. El objetivo inmediato era obtener un sustituto eficaz y económico del aceite de ballena: el queroseno, cuya destilación fraccionada del petróleo se convirtió en prioridad tecnológica en países como Estados Unidos y el Reino Unido.
Los primeros procesos de refinación, aún rudimentarios, se centraban en la separación de fracciones mediante destilación simple en alambiques de hierro o cobre. Al calentar el crudo —generalmente extraído de manantiales naturales o pequeños pozos—, los operarios recolectaban los vapores condensados según su punto de ebullición. La fracción intermedia, con un rango de ebullición entre aproximadamente 150 °C y 300 °C, se identificó como queroseno y pronto dominó el mercado de la iluminación. Sin embargo, una porción más ligera, que se evaporaba a temperaturas inferiores a 150 °C, emergía como subproducto inevitable. Este líquido transparente, altamente volátil y con olor penetrante, carecía de aplicación práctica en el momento y representaba un problema más que una oportunidad.
Este subproducto, posteriormente conocido como gasolina o nafta ligera, no solo carecía de demanda, sino que constituía un riesgo operativo significativo. Sus vapores se acumulaban en los tanques de almacenamiento y tuberías, creando condiciones propicias para explosiones accidentales. Numerosos registros históricos de la época documentan incendios en refinerías atribuidos precisamente a la acumulación inadvertida de esta fracción ligera. Algunas plantas llegaron incluso a quemarla intencionalmente en antorchas para mitigar el peligro, una práctica que hoy resulta irónica pero que refleja claramente la percepción negativa que rodeaba su existencia. En términos económicos, su eliminación era más rentable que su conservación.
La persistencia de este residuo incómodo comenzó a cambiar con los avances en termodinámica y mecánica aplicada. A partir de la década de 1860, figuras como Étienne Lenoir y, más decisivamente, Nikolaus Otto, desarrollaron prototipos de motores de combustión interna capaces de transformar energía química en trabajo mecánico. El motor de cuatro tiempos de Otto, patentado en 1876, sentó las bases técnicas para una nueva era de movilidad. Estos dispositivos requerían un combustible que se evaporara con facilidad, se mezclara eficientemente con aire y detonara de forma controlada mediante chispa —cualidades precisamente inherentes a la fracción ligera del petróleo que hasta entonces se desechaba.
El giro definitivo llegó con la síntesis entre ingeniería automotriz y disponibilidad de combustible. En 1885, Karl Benz patentó su Motorwagen, considerado el primer automóvil funcional propulsado por un motor de gasolina. El éxito técnico del vehículo no habría sido posible sin un combustible lo suficientemente volátil y energético; el queroseno, más denso y menos reactivo, no cumplía con los exigentes requerimientos de los carburadores tempranos ni de los sistemas de encendido por chispa. Así, la fracción ligera, antes marginada, se redefinió como un recurso valioso. En apenas dos décadas, su estatus pasó de desecho peligroso a bien estratégico, impulsando una reconfiguración completa de la industria petrolera.
La creciente demanda de gasolina tras la popularización del automóvil exigió innovaciones en los procesos de refinación. Las destilerías, diseñadas originalmente para maximizar la producción de queroseno, tuvieron que adaptarse. Surgió así el cracking térmico, desarrollado por William Burton en 1913, un método que descomponía moléculas más pesadas —como las del queroseno o el gasóleo— en fracciones más ligeras mediante calor y presión. Este avance no solo incrementó drásticamente el rendimiento de gasolina por barril de crudo, sino que mejoró su calidad mediante el aumento del índice de octano, esencial para prevenir la detonación anormal en motores de alta compresión.
La relevancia geopolítica del petróleo y, en particular, de la gasolina, se consolidó durante las dos guerras mundiales. Los vehículos militares, aviones y tanques dependían casi exclusivamente de este combustible, convirtiéndolo en un factor determinante de la capacidad logística y operativa de las potencias beligerantes. El control de yacimientos y rutas de suministro se volvió tan crucial como el dominio territorial. Tras 1945, la expansión de la clase media en Occidente y la cultura del automóvil privado —fomentada por políticas públicas, infraestructura vial (como las autopistas estadounidenses) y campañas publicitarias— consolidó a la gasolina como eje central de los sistemas energéticos nacionales.
Sin embargo, esta centralidad no ha estado exenta de tensiones. Desde la crisis del petróleo de 1973, generada por el embargo de la OPEP, hasta los acuerdos climáticos contemporáneos, la dependencia global de la gasolina ha suscitado profundos debates sobre seguridad energética, soberanía tecnológica y sostenibilidad ambiental. El dióxido de carbono emitido por su combustión completa constituye una de las principales fuentes antropogénicas de gases de efecto invernadero, vinculándose directamente al calentamiento global. A su vez, aditivos históricos como el tetraetilo de plomo —introducido para mejorar el rendimiento pero posteriormente prohibido por su toxicidad— evidencian los dilemas éticos y sanitarios inherentes a su uso masivo.
Hoy, en un contexto de transición energética, la gasolina enfrenta su mayor desafío desde la era del queroseno. Los vehículos eléctricos, los biocombustibles avanzados y los sistemas de hidrógeno emergen como alternativas viables, impulsadas tanto por regulaciones gubernamentales como por la innovación privada. No obstante, su infraestructura global —refinerías, estaciones de servicio, flotas de transporte— sigue siendo inmensa, y su energía específica (energía por unidad de masa) supera con creces a la de las baterías actuales. Por ello, su desplazamiento total requerirá décadas y una transformación sistémica sin precedentes en la historia industrial.
En retrospectiva, la trayectoria de la gasolina ilustra con elocuencia cómo el progreso tecnológico no siempre sigue una línea premeditada, sino que emerge de la interacción entre necesidades sociales, descubrimientos fortuitos y reinterpretaciones funcionales de lo previamente desechado. Lo que nació como problema técnico —una fracción volátil e inmanejable— se convirtió, gracias a una revolución paralela en la ingeniería mecánica, en el fluido vital de la movilidad moderna. Su historia no es solo la de un combustible, sino la de una transformación cultural, económica y espacial: ciudades diseñadas en torno al automóvil, suburbios expansivos, cadenas de suministro globales y una aceleración sin paralelo del ritmo de vida humano.
Si bien su futuro parece destinado a la gradual sustitución, su legado permanecerá inscrito en la geografía, la política y la conciencia colectiva de la era industrial. La gasolina, nacida del azar y moldeada por la necesidad, sigue siendo uno de los símbolos más potentes —y problemáticos— del siglo XX: un residuo convertido en revolución.
Referencias
Yergin, D. (1991). The Prize: The Epic Quest for Oil, Money, and Power. Simon & Schuster.
Debe, A. (2014). Oil: A Concise History. Penn State University Press.
Nelson, W. L. (1958). Petroleum Refinery Engineering (4th ed.). McGraw-Hill.
Smil, V. (2017). Energy and Civilization: A History. The MIT Press.
Fisher, D. R. (2020). The History of the Gasoline Engine. SAE International.
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