Entre el miedo ancestral a la muerte y la necesidad humana de dar sentido a lo inexplicable surge la figura de Jure Grando Alilović, un campesino cuyo cadáver alteró el orden de una comunidad entera en el siglo XVII. Su historia, registrada por escrito, desdibuja la frontera entre hecho y creencia, entre trauma colectivo y mito fundacional. ¿Dónde termina la historia y comienza la superstición? ¿Y qué revela este vampiro primigenio sobre nuestros propios temores?


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📷 Imagen generada por GPT-4o para El Candelabro. © DR

Jure Grando Alilović: El Primer Vampiro Documentado de la Historia


En la historia del folclore europeo, pocas figuras encarnan con tanta crudeza el temor colectivo a la muerte como Jure Grando Alilović, un campesino istriano cuyo caso ha sido reconocido por historiadores y folkloristas como el primer ejemplo documentado de vampirismo en Occidente. A diferencia de los vampiros literarios posteriores, cuyas representaciones se visten de aristocracia, seducción o misticismo gótico, Grando representa una figura profundamente arraigada en el sufrimiento rural, la superstición comunitaria y el trauma ante la inexplicabilidad de la muerte súbita. Su historia no nace de la ficción, sino de testimonios reales recogidos en documentos oficiales del siglo XVII, lo que le otorga un estatus único dentro del imaginario sobrenatural europeo.

La región de Istria, hoy parte del territorio croata, era en el siglo XVII un enclave periférico del Imperio Habsbúrgico, marcado por la pobreza, el aislamiento geográfico y una fuerte tradición oral. En este contexto, la muerte de Jure Grando en 1656 no pasó desapercibida, pero tampoco generó alarma inmediata. Fue solo tras su entierro que comenzaron los relatos perturbadores: vecinos afirmaban verlo caminar de noche, golpear puertas y provocar la muerte de quienes habitaban las casas visitadas. Estos eventos, repetidos durante años, alimentaron un clima de terror que trascendió lo individual para convertirse en una crisis social. La comunidad, incapaz de explicar racionalmente los fallecimientos repentinos, recurrió a interpretaciones sobrenaturales profundamente arraigadas en su cosmovisión.

Uno de los elementos más reveladores del caso es el testimonio de su propia viuda, quien declaró haber sido visitada por el cadáver de su esposo en su lecho, en silencio y con una presencia opresiva que helaba la sangre. Este relato, cargado de simbolismo sexual y mortuorio, refleja cómo el miedo al retorno del muerto no solo implicaba peligro físico, sino también una violación íntima del orden natural. La figura del muerto que regresa no descansa en paz porque algo lo ata al mundo de los vivos—una injusticia, un pecado no expiado o una muerte prematura—y su aparición es tanto advertencia como castigo. En el caso de Grando, esa ambigüedad entre amenaza y lamento se vuelve central para entender su impacto psicológico en la comunidad.

Durante aproximadamente dieciséis años, el pánico se mantuvo latente hasta que las autoridades locales, encabezadas por el alcalde del pueblo, decidieron intervenir. Esta intervención no fue producto de una investigación científica, sino de una necesidad social imperiosa: restaurar el orden mediante la eliminación simbólica y física de la fuente del miedo. Así, se procedió a exhumar el cuerpo de Grando, encontrando un cadáver sorprendentemente incorrupto, con signos vitales aparentes y, según los registros, una sonrisa inquietante en el rostro. Tal descripción responde a patrones comunes en la creencia popular sobre los muertos que regresan: la ausencia de descomposición se interpretaba como señal de que el alma no había abandonado el cuerpo, o peor aún, que estaba poseído por una fuerza maligna.

El intento inicial de decapitar a Grando fracasó, según la crónica, porque el cuerpo “se resistía”, una narrativa que refuerza la idea de que los no-muertos poseen una voluntad sobrenatural que desafía las leyes naturales. Solo tras varios esfuerzos lograron separar la cabeza del tronco, acto ritual que simbolizaba la ruptura definitiva entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Inmediatamente después, cesaron las apariciones y los fallecimientos misteriosos. Este desenlace no solo cerró un capítulo local de terror, sino que estableció un protocolo simbólico que se repetiría en otros casos similares a lo largo de Europa oriental: la decapitación, la estaca en el corazón o la quema del cadáver se convirtieron en remedios populares contra el vampirismo.

La relevancia histórica de Jure Grando radica en que su caso fue registrado décadas después por Johann Weikhard von Valvasor, noble y erudito carniolano, en su monumental obra The Glory of the Duchy of Carniola (1689). Valvasor, aunque escéptico en muchos aspectos, recogió el testimonio como parte de una crónica etnográfica rigurosa, lo que le otorgó una legitimidad inusual para una historia de fantasmas. Su relato no solo conservó los detalles del suceso, sino que lo situó dentro de un marco histórico y geográfico preciso, alejándolo de la pura leyenda oral. Gracias a esta documentación, el caso de Grando se convirtió en una referencia clave para estudiosos del folclore y antropólogos interesados en los orígenes del mito del vampiro.

Es fundamental subrayar que Jure Grando no era un personaje literario ni una metáfora política; era un hombre real cuya memoria fue transformada por el miedo colectivo. A diferencia de Vlad Ţepeş—el modelo histórico de Drácula—Grando no poseía título nobiliario, riqueza ni poder político. Era un campesino anónimo, lo que hace su transformación en figura sobrenatural aún más reveladora: el vampiro original no surge de la élite, sino del pueblo, como proyección de sus angustias más profundas. Esta dimensión popular del vampirismo contrasta radicalmente con las versiones románticas y aristocráticas que dominarían la literatura del siglo XIX, desde Polidori hasta Stoker.

El simbolismo detrás de la figura de Grando está intrínsecamente ligado al duelo incompleto, al trauma comunitario y a la incapacidad de aceptar la muerte como fin absoluto. En sociedades premodernas, donde la medicina era rudimentaria y las epidemias frecuentes, la muerte repentina generaba ansiedad existencial que requería explicaciones. El vampiro funcionaba como un chivo expiatorio perfecto: un ser que, al negarse a morir del todo, justificaba la cadena de pérdidas y permitía a la comunidad actuar contra una causa tangible. En ese sentido, el ritual de exhumación y destrucción del cuerpo no era solo un acto supersticioso, sino una forma de terapia colectiva.

Desde una perspectiva antropológica, el caso de Jure Grando ilustra cómo las creencias sobrenaturales surgen como respuesta adaptativa ante la incertidumbre. La incorrupción del cadáver, por ejemplo, puede explicarse hoy mediante fenómenos como la saponificación o condiciones del suelo que retardan la descomposición, pero en el siglo XVII tales procesos eran desconocidos. Lo que hoy entendemos como ciencia forense era entonces magia oscura. Por ello, la figura del vampiro no debe verse únicamente como una invención fantástica, sino como un intento primitivo de comprensión del cuerpo, la muerte y la enfermedad.

Culturalmente, el legado de Jure Grando Alilović trasciende su contexto local. Su historia anticipa temas que se volverían centrales en la literatura gótica: la frontera borrosa entre vida y muerte, la culpa post mortem, la sexualidad reprimida y la autoridad del conocimiento frente a lo inexplicable. Aunque Bram Stoker nunca mencionó a Grando, el arquetipo que construyó bebe directamente de estas raíces folclóricas balcánicas. Hoy, Kringa conserva el supuesto lugar de entierro de Grando como atracción turística, evidenciando cómo el mito se ha reconvertido en patrimonio cultural, pero su esencia sigue siendo un espejo de los miedos humanos universales.

Así pues,  Jure Grando Alilović representa un hito en la historia del imaginario occidental no por su poder o su maldad, sino por su autenticidad histórica y su capacidad para encapsular el terror primordial ante lo desconocido. Su caso demuestra que los mitos no nacen en el vacío, sino en las grietas de la experiencia humana: en el dolor de la pérdida, en la fragilidad de la vida y en la necesidad de imponer narrativas al caos. Lejos de ser una curiosidad macabra, la historia de Grando es un documento invaluable sobre la psicología colectiva, la construcción del miedo y la persistencia de lo sobrenatural como lenguaje simbólico.

En un mundo que busca racionalizarlo todo, recordar a figuras como Grando nos recuerda que el terror precede a la ficción, y que los monstruos más reales son aquellos que nacen de nuestras propias sombras.


Referencias

Barber, P. (1988). Vampires, burial, and death: Folklore and reality. Yale University Press.

Florescu, R., & McNally, R. T. (1994). In search of Dracula: The history of Dracula and vampires. Houghton Mifflin.

Klaniczay, G. (1990). The uses of supernatural power: The transformation of popular religion in medieval and early-modern Europe. Princeton University Press.

Valvasor, J. W. (1689). Die Ehre dess Hertzogthums Crain (Vol. 3). Laybach: Johann Baptist Mayr.

Yuval-Davis, N., & Anthias, F. (Eds.). (1989). Woman-nation-state. Macmillan.


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