Entre revoluciones que prometían emancipación y poderes que hablaban en nombre del pueblo, surgió una pregunta decisiva sobre el verdadero significado de ser libre. Benjamín Constant advirtió que confundir participación política con libertad podía destruir la autonomía individual y abrir la puerta a nuevas tiranías. ¿Puede una democracia oprimir en nombre de la mayoría? ¿Dónde termina la soberanía colectiva y comienza la libertad personal?
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La distinción entre las libertades antiguas y modernas en el pensamiento de Benjamín Constant
Benjamín Constant (1767–1830) ocupa un lugar central en la evolución del liberalismo clásico europeo, no solo por su activismo político durante los turbulentos años posteriores a la Revolución Francesa, sino también por sus reflexiones teóricas sobre la naturaleza de la libertad en sociedades complejas. Nacido en Lausana, de ascendencia francesa y suiza, Constant fue testigo directo de los excesos del jacobinismo y del autoritarismo napoleónico, experiencias que moldearon su defensa inquebrantable de los derechos individuales frente al poder estatal. Su obra más influyente, el discurso La libertad de los antiguos comparada con la de los modernos, pronunciado en 1819, constituye una piedra angular en la teoría política moderna y sigue siendo objeto de estudio en debates contemporáneos sobre democracia, derechos humanos y limitación del poder.
En dicho discurso, Constant establece una distinción fundamental entre dos concepciones históricas de la libertad: la de los antiguos y la de los modernos. Para los ciudadanos de las polis griegas, como Atenas o Esparta, la libertad consistía esencialmente en la participación activa en la vida pública y en la toma colectiva de decisiones políticas. Esta forma de libertad implicaba una subordinación casi total de la esfera privada al interés común, hasta el punto de que los individuos podían ser obligados a actuar contra su voluntad si así lo exigía la comunidad. En contraste, los modernos —los habitantes de las naciones europeas del siglo XIX— entienden la libertad como la garantía de una esfera privada inviolable, protegida por derechos civiles y políticos que limitan la intervención del Estado en la vida personal, económica y religiosa de los ciudadanos.
Esta distinción no era meramente académica; respondía a una urgente necesidad histórica. Tras la Revolución Francesa, muchos revolucionarios habían intentado imponer un modelo de libertad antigua en una sociedad moderna, lo que condujo, según Constant, a la tiranía del Comité de Salvación Pública y al terror jacobino. Al confundir la libertad con la participación directa y obligatoria en la política, se había sacrificado la autonomía individual en nombre de una supuesta soberanía popular. Constant argumentaba que en sociedades grandes, complejas y comercialmente desarrolladas, era imposible replicar el modelo ateniense sin caer en el despotismo o en la alienación del ciudadano. La verdadera libertad moderna, por tanto, debía basarse en instituciones representativas, separación de poderes y garantías legales contra la arbitrariedad gubernamental.
El pensamiento de Constant anticipa muchas de las preocupaciones centrales del constitucionalismo liberal contemporáneo. Su énfasis en los derechos individuales —como la libertad de expresión, de conciencia, de propiedad y de asociación— refleja una visión del ser humano como agente autónomo cuya dignidad reside en su capacidad para elegir su propio modo de vida. A diferencia de Rousseau, cuyo concepto de voluntad general podía justificar la coacción en nombre del bien común, Constant insistía en que ningún poder colectivo tenía derecho a imponer fines morales o existenciales a los individuos. Esta postura lo sitúa como un precursor del pluralismo liberal y de la defensa de la neutralidad estatal en asuntos éticos y religiosos, ideas que serían desarrolladas posteriormente por autores como John Stuart Mill y Isaiah Berlin.
Además de su contribución teórica, la obra de Constant tuvo una influencia práctica significativa en el diseño de regímenes constitucionales del siglo XIX. Fue uno de los principales redactores de la Carta Constitucional francesa de 1814 y promovió activamente la monarquía constitucional como forma de gobierno intermedia entre el absolutismo y la república jacobina. Aunque crítico del retorno de los Borbones, creía que una monarquía limitada por leyes y parlamento podía servir como baluarte contra los extremos revolucionarios y restauradores. Su compromiso con el equilibrio institucional y la moderación política lo convirtió en una figura emblemática del liberalismo doctrinario francés, corriente que buscaba reconciliar orden y libertad mediante mecanismos constitucionales sólidos.
La relevancia actual del pensamiento de Constant radica en su advertencia constante contra la instrumentalización de la democracia para fines autoritarios. En un momento en que muchos regímenes populistas apelan a la “voluntad del pueblo” para justificar la erosión de garantías individuales, la distinción entre libertad antigua y moderna adquiere una nueva urgencia. Constant nos recuerda que la democracia no se reduce a la simple mayoría numérica, sino que debe estar enmarcada en un sistema de derechos fundamentales que protejan a las minorías y a la esfera privada. Sin tales límites, la participación política puede convertirse en una fuente de opresión tan peligrosa como cualquier monarca absoluto.
Asimismo, su crítica a la nostalgia por formas políticas del pasado resuena profundamente en contextos contemporáneos donde se idealizan modelos comunitarios premodernos como antídoto contra la fragmentación social. Constant reconocía el valor de la participación ciudadana, pero insistía en que esta debía ser voluntaria y compatible con la diversidad de intereses y creencias propias de las sociedades modernas. La libertad moderna, en su visión, no excluye la vida pública, pero la subordina a la protección de la autonomía individual. Este equilibrio delicado —entre compromiso cívico y espacio privado— sigue siendo uno de los mayores desafíos de las democracias liberales actuales.
Otro aspecto crucial del legado de Constant es su defensa de la libertad religiosa como componente esencial de la libertad moderna. En una Europa aún marcada por los conflictos confessionales, Constant sostuvo que la fe debía ser una elección personal, libre de coerción estatal o social. Esta postura no solo anticipaba los principios del Estado laico, sino que también sentaba las bases para una sociedad pluralista donde la convivencia pacífica dependiera del respeto mutuo y no de la homogeneidad ideológica. En este sentido, su pensamiento dialoga con tradiciones ilustradas que ven en la tolerancia religiosa un pilar indispensable de la civilización moderna.
La obra de Benjamín Constant también ofrece herramientas conceptuales para analizar las tensiones entre globalización y soberanía nacional. Al señalar que las sociedades modernas están interconectadas por el comercio, la cultura y la comunicación, anticipó muchos de los dilemas actuales sobre la gobernanza transnacional y los límites del poder estatal. Si la libertad moderna depende de la protección de derechos universales, entonces las instituciones democráticas deben adaptarse a un mundo en el que los desafíos —como el cambio climático, las migraciones o las pandemias— trascienden las fronteras nacionales. Constant no ofrecía soluciones definitivas, pero sí un marco ético y político centrado en la dignidad humana y la limitación del poder.
Benjamín Constant no fue solo un crítico agudo de su tiempo, sino un visionario cuyas ideas continúan iluminando los fundamentos del liberalismo democrático contemporáneo. Su distinción entre las libertades antiguas y modernas sigue siendo una herramienta indispensable para comprender los riesgos de confundir la participación política con la libertad plena, y para defender un orden político en el que los derechos individuales sean el límite infranqueable del poder colectivo. En una era marcada por el resurgimiento de nacionalismos autoritarios y la crisis de las instituciones liberales, su llamado a la moderación, al pluralismo y a la protección de la esfera privada resulta más pertinente que nunca.
La libertad moderna, tal como la concibió Constant, no es un lujo histórico, sino una conquista frágil que requiere vigilancia constante, sabiduría institucional y un compromiso inquebrantable con la dignidad de cada persona.










Referencias
Berlin, I. (1969). Four Essays on Liberty. Oxford University Press.
Constant, B. (1819). De la liberté des Anciens comparée à celle des Modernes. Imprimerie de P. Danchet.
Hofmann, E. (2002). Benjamin Constant and the Post-Revolutionary Mind. Yale University Press.
Rosenblatt, H. (2008). Liberal Values: Benjamin Constant and the Politics of Religion. Cambridge University Press.
Vincent, A. (2010). The Nature of Political Theory. Oxford University Press.
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