Entre la devoción mariana, la tradición popular y la modernidad urbana, La Mercè de Barcelona se alza como una fiesta que trasciende el tiempo y la cultura. Castells que desafían la gravedad, correfocs que iluminan la noche y gegants que recorren las calles revelan una ciudad que celebra su historia y su identidad. ¿Qué secretos esconden estas manifestaciones culturales? ¿Cómo logra Barcelona unir lo sagrado y lo festivo en un mismo latido?


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📷 Imagen generada por GPT-4o para El Candelabro. © DR

La Mercè de Barcelona: Intersección entre devoción mariana, identidad catalana y expresión festiva popular


La festividad de la Mercè constituye uno de los acontecimientos culturales y religiosos más significativos del calendario anual barcelonés, ofreciendo un microcosmos donde convergen historia, fe, tradición popular y reivindicación identitaria. Celebrada cada año en torno al 24 de septiembre, esta fiesta rinde homenaje a la Virgen de la Mercè, patrona de Barcelona desde 1687, cuando el ayuntamiento la proclamó tal tras agradecer su intercesión frente a la epidemia de peste que asolaba la ciudad. La dimensión religiosa de la conmemoración no se limita, sin embargo, a actos litúrgicos; más bien, se expande en una compleja amalgama de rituales cívicos y celebraciones urbanas que han ido evolucionando desde el siglo XIX hasta consolidarse, en la segunda mitad del siglo XX, como una expresión emblemática de la cultura catalana contemporánea.

El origen histórico de la devoción a la Mare de Déu de la Mercè se remonta al año 1218, cuando, según la tradición, la Virgen se apareció simultáneamente al rey Jaime I de Aragón, al obispo Berenguer de Palou y al mercader Pere Nolasc, instándolos a fundar la Orden de la Merced para rescatar cristianos cautivos en tierras musulmanas. Esta narrativa fundacional —que combina elementos históricos con una fuerte carga simbólica— ha sido reinterpretada a lo largo de los siglos, integrando a la figura mariana no solo como protectora espiritual, sino también como símbolo de liberación y compasión activa. Tal carácter redentor se traslada metafóricamente al plano colectivo: en momentos críticos de la historia barcelonesa —desde las ocupaciones militares hasta las crisis sanitarias— la invocación a la Mercè ha funcionado como mecanismo de cohesión social y de resistencia cultural, especialmente en contextos de represión política.

Aunque la institucionalización oficial de la fiesta data de 1871, su consolidación como evento multitudinario y de proyección internacional se produjo tras la restauración democrática en España y especialmente durante el mandato municipal de Pasqual Maragall, quien la reformuló en 1982 como una celebración abierta, inclusiva y profundamente arraigada en las expresiones del folclore popular catalán. Esta transformación no implicó una secularización radical de la festividad, sino más bien una ampliación de su horizonte simbólico: la Mercè pasó a ser un espacio donde lo sacro y lo festivo dialogan sin contradicción aparente. Así, misas solemnes en la basílica de la Mercè conviven con desfiles callejeros de diablos y gigantes, y procesiones religiosas comparten itinerario con conciertos de música contemporánea y performances urbanas.

Entre las manifestaciones más reconocibles de la Mercè destacan los castells, construcciones humanas que trascienden lo lúdico para adquirir un sentido casi ritual. Estas torres de personas —algunas superando los diez niveles de altura— son ejecutadas por colles castelleres, asociaciones de arraigo comunitario que funcionan como microsociedades autoorganizadas, con estructuras jerárquicas, códigos éticos y una fuerte identidad colectiva. Su presencia en la Mercè no es anecdótica: los castells simbolizan la fuerza colectiva, la confianza mutua y la aspiración hacia lo elevado —tanto en sentido físico como espiritual—. En 2010, la UNESCO inscribió esta práctica en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, subrayando su valor como símbolo de cooperación social y transmisión intergeneracional. Durante la Mercè, los castells no solo se elevan en plazas emblemáticas como Sant Jaume o la Catedral, sino que actúan como hitos temporales que marcan el ritmo festivo, atrayendo a multitudes que observan en silencio la construcción y celebran con vítores su culminación.

Paralelamente, el correfoc —una de las prácticas más espectaculares y visceralmente participativas de la fiesta— representa una inversión simbólica del orden establecido. En este desfile infernal, los “diables” y sus instrumentos pirotécnicos —carretillas, tridents y coets— irrumpen en el espacio urbano con estruendo y chispas, invocando el caos primordial para luego ser neutralizado por el ritmo colectivo y la contención festiva. Lejos de ser una mera exhibición pirotécnica, el correfoc tiene raíces en antiguas representaciones teatrales medievales y procesiones de san Juan, y ha sido reinterpretado desde mediados del siglo XX como una metáfora de la lucha entre el bien y el mal, entre la opresión y la liberación. En la cultura popular catalana, el fuego no es destructivo en este contexto, sino purificador y regenerador —una idea que encuentra resonancias tanto en las tradiciones pre-cristianas como en la espiritualidad popular cristiana.

La presencia de gegants i capgrossos refuerza aún más el carácter antropológico de la celebración. Estas figuras articuladas, que representan a reyes, nobles, oficios tradicionales o personajes míticos, desfilan por las calles en un cortejo que evoca las antiguas procesiones gremiales y las entradas triunfales medievales. Los gegants —altos, majestuosos, con rostros serenos— contrastan con los capgrossos, cuyas cabezas desproporcionadas y gestos grotescos permiten una interacción lúdica y crítica con el público. Esta dualidad —lo solemne frente a lo carnavalesco— es esencial en la estética de la Mercè: no hay jerarquía entre lo sagrado y lo popular, sino una simultaneidad funcional donde ambos planos se sostienen mutuamente. La danza de los gigantes, acompañada por grallas y timbales, funciona como memoria corporal de una ciudad que celebra su pasado sin fossilizarlo.

Los despliegues audiovisuales han ganado protagonismo en las últimas décadas, particularmente los espectáculos de mapping lumínico sobre fachadas históricas como el Ayuntamiento o la catedral de Barcelona. Estos montajes integran proyecciones artísticas con música original, narrativas históricas y símbolos identitarios —la senyera, la creu de Sant Jordi, motivos góticos y modernistas—, transformando el espacio urbano en un lienzo dinámico. Estos espectáculos no son meros entretenimientos tecnológicos, sino estrategias de re-significación del patrimonio: mediante la luz, se actualizan memorias colectivas y se invita a la reflexión sobre la continuidad cultural en un presente globalizado. Los fuegos artificiales, por su parte, mantienen su función ancestral de cierre ritual, iluminando el cielo como ofrenda colectiva y punto de inflexión temporal entre lo festivo y lo cotidiano.

La programación cultural de la Mercè —que incluye conciertos, teatro callejero, danza contemporánea y actividades para la infancia— responde a una política deliberada de accesibilidad y diversidad. A diferencia de festivales elitistas o segmentados, la Mercè se concibe como un espacio de encuentro intergeneracional e intercultural. En los últimos años, se han incorporado propuestas que dialogan con las comunidades migrantes y con las nuevas identidades urbanas, sin que ello suponga una dilución de los elementos tradicionales, sino más bien una ampliación de su significado. Esta capacidad de adaptación ha permitido que la fiesta conserve su arraigo local mientras incrementa su atractivo turístico y su proyección internacional —una paradoja aparente que, en realidad, evidencia la vitalidad de su modelo.

Desde una perspectiva antropológica, la Mercè puede interpretarse como un ritual de inversión controlada, en el sentido definido por Victor Turner: un momento en el que las estructuras sociales habituales se suspenden provisionalmente para permitir la expresión de tensiones, deseos y utopías colectivas. El fuego, el cuerpo apilado, la máscara, la música y el desorden ritualizado operan como válvulas simbólicas que refuerzan, paradójicamente, la cohesión comunitaria. En este marco, la figura de la Virgen de la Mercè no se reduce a un objeto de veneración estática, sino que se convierte en un eje simbólico flexible —capaz de albergar tanto devoción católica como reivindicaciones laicas de autonomía, protección y justicia social.

La dimensión política de la fiesta no puede ignorarse, especialmente en el contexto de las tensiones entre Cataluña y el Estado español en las últimas décadas. Si bien la Mercè no es, por definición, un acto independentista, su despliegue de símbolos culturales —entre ellos la lengua catalana, usada de manera predominante en todos los actos oficiales— la convierte en un espacio de afirmación identitaria. En años recientes, durante los discursos institucionales o en los balcones de los edificios públicos, han aparecido mensajes relacionados con el derecho a decidir, la memoria histórica o la defensa de las instituciones autonómicas. Esta politización no es impuesta desde arriba, sino emergente desde la ciudadanía, lo que subraya el carácter profundamente democrático y participativo de la celebración.

Así pues, la Mercè de Barcelona representa una síntesis excepcional entre herencia religiosa, tradición popular y modernidad urbana. Su éxito radica precisamente en su capacidad para integrar lo heterogéneo sin anular las tensiones inherentes a dicha integración: lo sacro y lo profano, lo antiguo y lo innovador, lo local y lo global, lo institucional y lo espontáneo. Más que una simple fiesta patronal, constituye un acto de reproducción cultural activa, donde cada generación renueva el sentido de pertenencia mediante la práctica —no solo la contemplación— de rituales compartidos.

En un mundo donde muchas celebraciones tradicionales se han comercializado o vaciado de significado, la Mercè persiste como testimonio vivo de una cultura que se sostiene no por decretos, sino por la voluntad colectiva de seguir construyendo torres humanas, danzando con gigantes y corriendo entre las llamas del correfoc —siempre, bajo la mirada serena de la Mare de Déu de la Mercè.


Referencias

Balaguer, J. (2013). Festes i cultura popular a Catalunya: del ritual a l’espectacle. Publicacions de l’Abadia de Montserrat.

Corbella, J. (2005). La Mercè: història d’una festa. Ajuntament de Barcelona.

Hobsbawm, E., & Ranger, T. (Eds.). (1983). The Invention of Tradition. Cambridge University Press.

Riquer, B. de. (1991). La identitat de Catalunya. Passat i present. Edicions 62.

Turner, V. (1969). The Ritual Process: Structure and Anti-Structure. Aldine Publishing Company.


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