Entre el caos primordial y la formación del universo, surge Pangu, el primer ser consciente que dio origen al cielo, la tierra y la vida misma. Su cuerpo se convirtió en montañas, ríos y vegetación, simbolizando la interconexión de todo lo que existe. Este mito revela una visión del mundo donde creador y creación son uno, y la naturaleza es sagrada. ¿Qué lecciones sobre armonía y equilibrio podemos aprender de Pangu hoy? ¿Cómo influye su historia en nuestra relación con el entorno?


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📷 Imagen generada por GPT-4o para El Candelabro. © DR

Pangu y la cosmogonía en la mitología china


En la rica tradición mítica de China, pocas figuras encarnan con tanta fuerza el acto primordial de la creación como Pangu. Representado como el primer ser consciente del cosmos, su historia forma parte esencial del imaginario originario chino y ofrece una visión simbólica profunda sobre la génesis del mundo. Según la narrativa más difundida, antes de la existencia del cielo y la tierra, todo estaba contenido en un huevo cósmico, un estado indiferenciado donde lo Yin y lo Yang permanecían fusionados. Fue en este vacío primordial donde Pangu emergió, marcando el inicio de la separación entre los opuestos fundamentales que darían forma al universo tal como lo conocemos.

La ruptura del huevo cósmico por parte de Pangu no fue un acto meramente físico, sino una metáfora poderosa del orden naciendo del caos. Al despertar tras dieciocho mil años de gestación, utilizó un hacha o sus propias manos —según distintas versiones— para partir en dos la masa primigenia. La parte más ligera y pura ascendió para convertirse en el cielo (Tian), mientras que la más densa y turbia descendió formando la tierra (Di). Este dualismo estructural refleja principios fundamentales del pensamiento chino antiguo, especialmente en corrientes como el taoísmo y el confucianismo, donde el equilibrio entre fuerzas complementarias es esencial para la armonía universal.

Tras separar el cielo de la tierra, Pangu comprendió que ambos elementos tendían a volver a unirse. Para evitarlo, se colocó entre ellos y comenzó a crecer a razón de diez pies diarios durante otros dieciocho mil años. Su cuerpo gigantesco actuó como pilar cósmico, manteniendo la distancia necesaria entre el firmamento y el suelo. Esta etapa simboliza la labor constante del creador: no basta con generar el mundo; es necesario sostenerlo activamente. La figura de Pangu encarna así una ética del esfuerzo sostenido y del sacrificio personal en aras del equilibrio universal, valores profundamente arraigados en la cosmovisión china.

Al final de su larga vigilia, Pangu falleció, pero su muerte no representó un fin, sino una transformación definitiva. Cada parte de su cuerpo se metamorfoseó en un elemento natural: su aliento se volvió viento y nubes; su voz, truenos; sus ojos, el sol y la luna; su sangre, ríos y océanos; sus músculos, tierras fértiles; sus huesos, montañas; su pelo, vegetación; y hasta sus parásitos corporales se convirtieron en la humanidad. Esta cosmogonía orgánica subraya una concepción holística del mundo, en la que todo está interconectado y posee un origen común. El cuerpo de Pangu no desaparece; se disuelve en la naturaleza, otorgándole vida y significado.

Este relato mítico contrasta notablemente con otras cosmogonías de tradiciones occidentales, donde la creación suele atribuirse a un dios trascendente que moldea la materia desde fuera. En cambio, en la mitología china, la creación es inmanente: el mundo surge del propio cuerpo del primer ser, sin distinción radical entre creador y creación. Tal perspectiva resuena con conceptos filosóficos como el Qi (energía vital) y el Dao (camino o principio ordenador), que enfatizan la continuidad entre lo humano, lo natural y lo cósmico. Pangu no impone forma desde la distancia; él mismo se convierte en el mundo.

Aunque el mito de Pangu aparece registrado de forma sistemática solo a partir de la dinastía Han (206 a.C.–220 d.C.), muchos estudiosos consideran que sus raíces son mucho más antiguas, posiblemente derivadas de tradiciones orales prehistóricas del sur de China. Algunas teorías sugieren influencias de culturas no han, como los Miao o los Yao, cuyas cosmogonías también incluyen figuras gigantescas cuyos cuerpos dan origen al paisaje. La incorporación de Pangu al canon mitológico chino centralizado refleja un proceso de sincretismo cultural, donde elementos locales fueron integrados en una narrativa nacional unificadora.

El simbolismo del huevo cósmico, presente en múltiples mitologías mundiales —desde Egipto hasta la India—, adquiere en el contexto chino una particular resonancia con la idea del Taiji, o Gran Cúlmen, que representa la unidad original antes de la diferenciación. El acto de Pangu al romper el huevo puede interpretarse como la manifestación del Taiji en los Dos (Yin y Yang), y posteriormente en los Diez Mil Seres. Así, el mito no solo narra un evento primordial, sino que codifica una ontología: la realidad emerge de la polaridad dinámica, y la vida misma es expresión de esa tensión creativa.

Desde una perspectiva ecológica contemporánea, la cosmogonía de Pangu ofrece una visión profundamente reverente hacia la naturaleza. Si los ríos son su sangre y las montañas sus huesos, entonces dañar el entorno equivale a profanar el cuerpo sagrado del creador. Esta ética implícita ha sido recuperada en discursos modernos sobre sostenibilidad y ecología china, donde se busca reactivar valores tradicionales frente a los desafíos ambientales actuales. El mito, lejos de ser una simple fábula, se convierte en una fuente de sabiduría práctica.

Además, la figura de Pangu carece de intencionalidad moral en el sentido judeocristiano; no castiga ni recompensa, no dicta leyes ni exige culto. Su grandeza reside en su existencia y en su transformación. Esto refleja una visión no teísta del origen, más cercana a una poética metafísica que a una teología normativa. En este sentido, el mito de Pangu coexiste armónicamente con sistemas filosóficos como el confucianismo —centrado en la ética social— y el taoísmo —orientado a la armonía con el flujo natural—, sin entrar en conflicto con ellos.

La pervivencia del mito de Pangu en la cultura popular china —en literatura, cine, artes visuales y festividades— demuestra su capacidad de adaptación simbólica. Ha sido reinterpretado como héroe nacional, símbolo de resistencia, e incluso como metáfora del desarrollo tecnológico y espacial en la China moderna. Sin embargo, su núcleo permanece intacto: la idea de que el mundo es un organismo vivo, nacido del sacrificio de un ser primordial cuya esencia aún palpita en cada montaña, río y brisa. Esta visión animista, aunque no dominante en el discurso oficial actual, sigue alimentando la imaginación colectiva.

En comparación con otras cosmogonías asiáticas, como la japonesa de Izanagi e Izanami o la hindú del Purusha, el mito de Pangu destaca por su simplicidad estructural y su énfasis en la transformación física. No hay batallas divinas ni engaños cósmicos; solo el acto solitario, silencioso y heroico de un ser que da su cuerpo entero para que exista el mundo. Esta sobriedad narrativa refuerza su carácter meditativo y su función como fundamento simbólico más que como relato épico.

Finalmente, el mito de Pangu invita a una reflexión profunda sobre los orígenes, la identidad y la relación del ser humano con el cosmos. En un mundo cada vez más fragmentado y desacralizado, esta antigua narrativa recuerda que todos los elementos del entorno comparten una misma raíz. La tierra que pisamos, el aire que respiramos y la luz que nos guía no son recursos inertes, sino manifestaciones de una conciencia primordial que eligió disolverse para que pudiéramos existir. En ese sentido, honrar la naturaleza es honrar a Pangu, y vivir en armonía con el mundo es continuar su obra.


Conclusión


El mito de Pangu constituye una piedra angular de la cosmogonía china, ofreciendo una narrativa rica en simbolismo que trasciende lo meramente explicativo para adentrarse en lo ontológico y ético. A través de la imagen del huevo cósmico roto y del cuerpo transformado en paisaje, se articula una visión del universo como un todo orgánico, interconectado y sagrado. Esta cosmogonía no solo refleja los principios filosóficos fundamentales del pensamiento chino antiguo, sino que también proporciona una base simbólica para una ética ecológica contemporánea. Más allá de su valor histórico o literario, el relato de Pangu perdura como un recordatorio poético de que la humanidad no está separada de la naturaleza, sino que es parte integral de un cuerpo cósmico cuyo origen y destino compartimos.

En un momento de crisis ambiental global, esta antigua sabiduría mítica adquiere una relevancia renovada, invitando a repensar nuestra relación con el mundo no como dueños, sino como herederos de un legado vivo.


Referencias

Birrell, A. (1993). Chinese mythology: An introduction. Johns Hopkins University Press.

Eberhard, W. (1968). The local cultures of south and east China. Brill.

Graham, A. C. (1989). Disputers of the Tao: Philosophical argument in ancient China. Open Court.

Werner, E. T. C. (1922). Myths and legends of China. George G. Harrap & Co.

Yang, L., & An, D. (2005). Handbook of Chinese mythology. ABC-CLIO.


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