Bajo el cielo de Madrid, donde las calles retumban con ecos de pasión y poesía, dos almas entrelazadas por el arte se encontraron: Pablo Neruda y Miguel Hernández. Ambos, llevando en sus venas el ímpetu de la palabra y el amor por la tierra, tejieron una amistad que trascendió el lenguaje escrito. En un mundo donde los ruiseñores cantan y las cabras son musas, descubrimos la intensidad de una relación que, más allá de los versos, se cimentó en el respeto mutuo y la admiración por la autenticidad del otro.


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De las raíces del corazón: Pablo Neruda evoca a Miguel Hernández”


  • Al llegar a Madrid, convertido de la noche a la mañana y por arte de birlibirloque en cónsul chileno en la capital de España, conocí a todos los amigos de García Lorca y de Alberti. Eran muchos. A los pocos días yo era uno más entre los poetas españoles. Naturalmente que españoles y americanos somos diferentes. Diferencia que se lleva siempre con orgullo o con error por unos o por otros.

Los españoles de mi generación eran más fraternales, más solidarios y más alegres que mis compañeros de América Latina. Comprobé al mismo tiempo que nosotros éramos más universales, más metidos en otras culturas. Eran muy pocos entre ellos los que hablaban otro idioma fuera del castellano. Cuando vinieron Desnos y Crevel a Madrid, tuve yo que servirles de intérprete para que se entendieran con los escritores españoles.

Uno de los amigos de Federico y Rafael era el joven poeta Miguel Hernández. Yo lo conocí cuando llegaba de alpargatas y pantalón campesino de pana desde sus tierras de Orihuela, en donde había sido pastor de cabras. Yo publiqué sus versos en mi revista Caballo Verde y me entusiasmaba el destello y el brío de su abundante poesía.

Miguel era tan campesino que llevaba un aura de tierra en torno a él. Tenía una cara de terrón o de papa que se saca de entre las raíces y que conserva frescura subterránea. Vivía y escribía en mi casa. Mi poesía americana, con otros horizontes y llanuras, lo impresionó y lo fue cambiando.

Me contaba cuentos terrestres de animales y pájaros. Era ese escritor salido de la naturaleza como una piedra intacta, con virginidad selvática y arrolladora fuerza vital. Me narraba cuán impresionante era poner los oídos sobre el vientre de las cabras dormidas. Así se escuchaba el ruido de la leche que llegaba a las ubres, el rumor secreto que nadie ha podido escuchar sino aquel poeta de cabras.

Otras veces me hablaba del canto de los ruiseñores. El Levante español, de donde provenía, estaba cargado de naranjos en flor y de ruiseñores. Como en mi país no existe ese pájaro, ese sublime cantor, el loco de Miguel quería darme la más viva expresión plástica de su poderío. Se encaramaba a un árbol de la calle y, desde las más altas ramas, silbaba o trinaba como sus amados pájaros natales.

Como no tenía de qué vivir le busqué un trabajo. Era duro encontrar trabajo de poeta en España. Por fin un vizconde, alto funcionario del Ministerio de Relaciones, se interesó por el caso y me respondió que sí, que estaba de acuerdo, que había leído los versos de Miguel, que lo admiraba, y que éste indicara qué puesto deseaba para extenderle el nombramiento. Alborozado le dije al poeta:

  • Miguel Hernández, al fin tienes un destino. El vizconde te coloca. Serás un alto empleado. Dime qué trabajo deseas ejecutar para que decreten tu nombramiento. Miguel se quedó pensativo. Su cara de grandes arrugas prematuras se cubrió con un velo de cavilaciones. Pasaron las horas y sólo por la tarde me contestó. Con ojos brillantes del que ha encontrado la solución de su vida, me dijo:
  • ¿No podría el vizconde encomendarme un rebaño de cabras por aquí cerca de Madrid?

El recuerdo de Miguel Hernández no puede escapárseme de las raíces del corazón. El canto de los ruiseñores levantinos, sus torres de sonidos erigidas entre la oscuridad y los azahares, eran para él presencia obsesiva, y eran parte del material de su sangre, de su poesía terrenal y silvestre en la que se juntaban todos los excesos del color, del perfume y de la voz del Levante español, con la abundancia y la fragancia de una poderosa y masculina juventud.

Su rostro cortado por la luz, arrugado como una sementera, con algo rotundo de pan y de tierra. Sus ojos quemantes, ardiendo dentro de esa superficie quemada y endurecida al viento, eran dos rayos de fuerza y de ternura. Los elementos mismos de la poesía los vi salir de sus palabras, pero alterados ahora por una nueva magnitud, por un resplandor salvaje, por el milagro de la sangre vieja transformada en un hijo. En mis años de poeta, y de poeta errante, puedo afirmar que la vida no me ha dado contemplar un fenómeno igual de vocación y de eléctrica sabiduría verbal”.

Pablo Neruda
[De: España en el corazón]


Reflexión final


La evocación que hace de no es solo un testimonio de amistad, sino una afirmación profunda de la poesía como fuerza telúrica. Hernández aparece como un poeta no aprendido en academias, sino forjado en la experiencia directa con la tierra, los animales y el paisaje. Neruda reconoce en él una sabiduría primigenia, anterior a la técnica, donde la palabra brota como fruto natural de la vida, y donde la autenticidad supera cualquier artificio literario.

Esta relación revela también una concepción ética de la poesía: escribir no como ornamento, sino como destino. La negativa de Hernández a abandonar su condición de pastor simboliza una fidelidad radical a su origen y a su voz. Neruda comprende que esa raíz campesina no limita, sino que potencia la universalidad del poeta. Así, la amistad entre ambos se vuelve metáfora de una literatura que une continentes, lenguas y sensibilidades, recordándonos que la verdadera grandeza poética nace cuando la palabra permanece leal a la sangre, la memoria y la tierra.


Referencias (formato APA)

Neruda, P. (1937). España en el corazón. Santiago de Chile: Ercilla.

Hernández, M. (1936). El rayo que no cesa. Madrid: Ediciones Héroe.

Cano Ballesta, J. (1973). Miguel Hernández: vida y poesía. Madrid: Gredos.

Teitelboim, V. (1996). Neruda: una biografía. Barcelona: Planeta.

Sánchez Vidal, A. (2010). La amistad en la poesía española del siglo XX. Madrid: Cátedra.


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