Entre la confianza cotidiana en lo que vemos y la sospecha filosófica de que todo podría engañarnos, la reflexión de René Descartes inaugura una revolución intelectual: someter cada creencia al tribunal de la duda. Si los sentidos pueden fallar incluso en lo evidente, ¿qué puede considerarse realmente seguro? ¿Dónde comienza la verdadera certeza del conocimiento?
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“He descubierto que los sentidos engañan a veces, y es prudente no confiar completamente en aquello que nos ha engañado una vez.”
René Descartes.
La duda como fundamento: la crítica cartesiana a la fiabilidad de los sentidos
La afirmación de René Descartes acerca del engaño sensorial constituye uno de los pilares del pensamiento moderno. Al señalar que “los sentidos engañan a veces”, el filósofo francés no se limita a una observación empírica, sino que introduce un principio metodológico revolucionario. Esta frase, aparentemente sencilla, encierra una crítica profunda a la confianza inmediata en la percepción sensible como fuente de conocimiento verdadero. En efecto, si alguna vez los sentidos han inducido al error, ¿cómo puede garantizarse su veracidad en cualquier otra ocasión? La prudencia racional exige, entonces, suspender toda creencia basada exclusivamente en la experiencia sensible.
Este escepticismo no surge del vacío; responde a una tradición filosófica que cuestiona la estabilidad del mundo percibido. Desde los antiguos griegos hasta los escolásticos medievales, diversos pensadores habían advertido sobre las ilusiones ópticas, los sueños vívidos o los delirios provocados por la fiebre. Sin embargo, Descartes radicaliza esta desconfianza al convertirla en un instrumento sistemático para alcanzar certezas indubitables. No se trata de negar la utilidad práctica de los sentidos en la vida cotidiana, sino de reconocer su insuficiencia como base epistemológica sólida. El objetivo no es caer en el escepticismo absoluto, sino usar la duda como herramienta depuradora del conocimiento.
La estrategia cartesiana implica una hiperbolización del error sensorial. Si bien es cierto que los sentidos suelen ser fiables en contextos ordinarios —por ejemplo, al distinguir el fuego del hielo—, Descartes imagina escenarios extremos donde incluso lo más evidente podría ser falso. El famoso argumento del genio maligno, que engaña constantemente al sujeto cognoscente, lleva al límite la posibilidad de error. Este artificio mental permite aislar aquello que resiste incluso las hipótesis más adversas. Así, la duda no es un fin en sí misma, sino un medio para descubrir una verdad inmutable: el cogito, la conciencia pensante que existe incluso cuando todo lo demás es puesto en entredicho.
Esta operación filosófica tiene profundas implicaciones para la teoría del conocimiento. Al privilegiar la razón sobre la percepción, Descartes inaugura una nueva era en la filosofía occidental, centrada en el sujeto como fuente de certeza. La fiabilidad de los sentidos queda subordinada a la claridad y distinción de las ideas intelectuales. Por ejemplo, aunque veamos un trozo de cera derretirse y cambiar de forma, color y textura, es la mente —no los ojos— la que reconoce su identidad substancial. Este giro hacia el intelecto marca el nacimiento del racionalismo moderno, que buscará fundamentar la ciencia en principios a priori, independientes de la experiencia contingente.
No obstante, sería erróneo interpretar a Descartes como un enemigo de la experiencia sensible. Su crítica apunta a la ingenuidad epistemológica, no a la utilidad pragmática de los sentidos. En la vida diaria, confiar en la vista, el oído o el tacto es no solo inevitable, sino razonable. El problema surge cuando se pretende construir un sistema de conocimiento universal y necesario sobre bases tan móviles. La prudencia cartesiana consiste, precisamente, en distinguir entre el uso práctico de los sentidos y su rol en la búsqueda de verdades metafísicas. Esta distinción permite reconciliar la ciencia con la vida ordinaria sin sacrificar el rigor lógico.
La influencia de esta postura se extiende más allá de la filosofía teórica. En la ciencia moderna, la desconfianza hacia la percepción directa ha llevado al desarrollo de instrumentos de medición objetivos y protocolos experimentales rigurosos. Galileo, contemporáneo de Descartes, ya insistía en que el libro de la naturaleza está escrito en lenguaje matemático, no en imágenes sensibles. Esta convergencia entre racionalismo y ciencia experimental subraya la relevancia duradera de la crítica cartesiana. Los sentidos pueden sugerir hipótesis, pero solo la razón, auxiliada por métodos sistemáticos, puede validarlas.
Desde una perspectiva contemporánea, los avances en neurociencia y psicología cognitiva refuerzan la advertencia de Descartes. Se ha demostrado que la percepción humana es altamente constructiva: el cerebro interpreta señales sensoriales según expectativas, memorias y contextos culturales. Ilusiones visuales, sesgos cognitivos y fenómenos como la ceguera por falta de atención revelan que “ver” no equivale a “conocer”. Estos hallazgos no invalidan la experiencia sensible, pero confirman que su fiabilidad es condicional y mediada. La prudencia cartesiana encuentra así una resonancia empírica inesperada en el siglo XXI.
Además, la crítica a la percepción inmediata tiene implicaciones éticas y sociales. En un mundo saturado de imágenes manipuladas, noticias falsas y realidades virtuales, la capacidad de discernir entre apariencia y verdad se vuelve crucial. La actitud cartesiana —dudar metódicamente, exigir evidencia clara, no aceptar pasivamente lo que se presenta como evidente— constituye una defensa intelectual contra la desinformación. La educación en pensamiento crítico, tan necesaria hoy, hereda en buena medida este legado de desconfianza prudente hacia lo aparente.
Sin embargo, algunos filósofos posteriores han cuestionado la radicalidad del giro cartesiano. El empirismo británico, representado por Locke y Hume, sostiene que toda idea proviene de la experiencia sensible, aun cuando ésta sea imperfecta. Para ellos, renunciar a los sentidos equivale a renunciar a la única fuente posible de conocimiento sobre el mundo exterior. Aunque Descartes responde que Dios garantiza la veracidad de las ideas claras y distintas —incluyendo la existencia de un mundo externo—, esta solución metafísica ha sido considerada problemática por muchos. La tensión entre racionalismo y empirismo sigue vigente en debates actuales sobre la naturaleza del conocimiento.
En última instancia, la máxima de Descartes no invita al cinismo ni al rechazo de la realidad sensible, sino a una actitud reflexiva y crítica. Reconocer que los sentidos pueden engañar no es negar el mundo, sino asumir la responsabilidad intelectual de verificar lo que se cree conocer. Esta postura fomenta la humildad epistemológica: sabemos menos de lo que creemos, y debemos estar dispuestos a revisar nuestras convicciones ante nuevas evidencias. En un contexto de polarización ideológica y proliferación de bulos, tal actitud es más necesaria que nunca.
La conclusión del ensayo radica en comprender que la duda cartesiana no es un obstáculo al conocimiento, sino su condición de posibilidad. Al exigir que toda creencia supere la prueba de la duda metódica, Descartes establece un estándar de rigor que ha moldeado la ciencia y la filosofía modernas. La prudencia frente al engaño sensorial no implica parálisis cognitiva, sino un compromiso con la claridad, la coherencia y la evidencia racional. En ese sentido, la frase inicial no es un lamento escéptico, sino una invitación a construir un saber más sólido, fundado no en la pasividad perceptiva, sino en la actividad crítica de la razón.
Así, la desconfianza momentánea en los sentidos se convierte en el primer paso hacia una certeza más profunda y duradera.
Referencias
Descartes, R. (1641). Meditaciones metafísicas. Traducción de Vidal Peña. Madrid: Alfaguara.
Hatfield, G. (2003). Routledge Philosophy Guidebook to Descartes and the Meditations. Londres: Routledge.
Cottingham, J. (1986). Descartes. Oxford: Blackwell.
Wilson, M. D. (1978). Descartes. Londres: Routledge & Kegan Paul.
Ariew, R., & Grene, M. (Eds.). (1995). Descartes and His Contemporaries: Meditations, Objections, and Replies. Chicago: University of Chicago Press.
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