Entre la mesa de disección y la penumbra de las calles de Edimburgo, el cuerpo humano dejó de ser sagrado para convertirse en mercancía científica. En El usurpador de cadáveres, Robert Louis Stevenson desnuda la complicidad silenciosa entre progreso médico y degradación moral, revelando el costo humano del saber anatómico. ¿Cuánto vale un cuerpo cuando la ciencia lo reclama? ¿Qué ocurre con la conciencia cuando el horror se vuelve rutina?


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📷 Imagen generada por GPT-4o para El Candelabro. © DR

El usurpador de cadáveres: anatomía del horror gótico y la ética médica en la Edimburgo del siglo XIX


El cuerpo como objeto de disputa: una introducción al problema histórico

La narrativa breve de Robert Louis Stevenson constituye una de las exploraciones más penetrantes del horror gótico victoriano, trascendiendo la mera anécdota macabra para interrogarse sobre las condiciones materiales y morales que sustentaban la práctica anatomoclinica del siglo XIX. El relato, publicado originalmente en 1884, reconstruye desde la memoria fragmentaria de su protagonista Fettes la economía siniestra que regulaba el suministro de cadáveres para la enseñanza médica en la Escocia de la época. Esta problemática, lejos de constituir una excentricidad histórica, revela las tensiones estructurales entre el avance científico, la demanda social de progreso médico y los límites éticos de una modernidad que instrumentalizaba el cuerpo humano.

La tesis que orienta el presente análisis sostiene que Stevenson no simplemente documenta una práctica médica controvertida, sino que construye una alegoría sobre la alienación moderna, donde la medicalización del cuerpo y su conversión en mercancía operan como metáforas de una racionalidad instrumental que deshumaniza tanto al objeto de estudio como al sujeto que lo manipula. El ensayo examinará cómo el relato literario articula estas dimensiones mediante una prosa que oscila entre el realismo documental y la sugestión gótica, generando un espacio de reflexión donde la historia cultural, la sociología de la medicina y los estudios literarios convergen en un diálogo interdisciplinario fructífero.


Contextualización histórica: la anatomía y el mercado de cuerpos en la Gran Bretaña decimonónica


La legislación anatomica y sus consecuencias no intencionadas

El marco legal que regulaba la disección anatómica en el Reino Unido durante el siglo XIX emergió de la promulgación de la Anatomy Act de 1832, ley que modificó sustancialmente las prácticas preexistentes establecidas por el Murder Act de 1752. Esta normativa anterior, paradójicamente, vinculaba la pena capital con la donación obligatoria del cuerpo del ejecutado a fines de disección, configurando así una doble condena que extendía la humillación pública más allá de la muerte. La Anatomy Act de 1832, impulsada por el reformista whig Henry Warburton y apoyada científicamente por el anatomista Henry Warburton, buscaba precisamente desvincular la anatomía de la pena de muerte, permitiendo que los cuerpos no reclamados de pobres, indigentes y habitantes de workhouses fueran destinados a los departamentos de anatomía.

Esta transformación legal, aparentemente humanizadora, generó externalidades perversas que Stevenson captura magistralmente en su narrativa. La dependencia institucional de cuerpos no reclamados establecía una lógica de mercado donde la pauperización operaba como condición de posibilidad para el avance científico. Los departamentos de anatomía, particularmente en centros médicos de prestigio como la Universidad de Edimburgo, desarrollaron sofisticados sistemas de abastecimiento que incluían pagos a funcionarios de hospitales, administradores de workhouses y, en casos extremos, a individuos dispuestos a traficar con restos humanos. Esta economía de la muerte, oculta bajo retóricas de beneficencia pública y progreso científico, constituía el telón de fondo real sobre el cual Stevenson construyó su ficción.

Edimburgo como espacio de convergencia médica y literaria

La ciudad escocesa ocupaba en el panorama médico europeo una posición singular durante el período que el relato evoca. La Escuela Médica de Edimburgo, fundada en el siglo XVI, había alcanzado por el siglo XIX una reputación internacional que atraía estudiantes de todo el mundo británico y más allá. Esta concentración de aprendices de anatomía generaba una demanda masiva de material cadavérico que la oferta legal resultaba insuficiente para satisfacer. El escándalo de los Burke and Hare, perpetrado entre 1827 y 1828, había expuesto con crudeza las consecuencias de esta escasez estructural: William Burke y William Hare asesinaron sistemáticamente a dieciséis personas para vender sus cuerpos al anatomista Robert Knox, generando una crisis de legitimidad que precipitó, precisamente, la Anatomy Act de 1832.

Stevenson, nacido en 1850, creció en un ambiente donde estas memorias aún circulaban como relatos de advertencia y donde la práctica anatómica, aunque regulada, mantenía sus sombras. Su relato no reproduce directamente el caso Burke y Hare, pero establece un diálogo intertextual con esa tradición de crimen médico, explorando las dimensiones psicológicas y éticas de quienes participaban en la cadena de suministro cadavérico. La elección de Fettes como narrador-protagonista permite una exploración de la subjetividad del cómplice, del individuo que, sin cometer crímenes directamente, se ve implicado en una economía de la muerte que erosiona progresivamente sus capacidades morales.


Marco teórico: lecturas posibles del cuerpo en la modernidad temprana


La biopolítica foucaultiana y la anatomía como dispositivo de poder

El análisis de la práctica anatómica victoriana resulta particularmente fecundo cuando se aborda desde la perspectiva desarrollada por Michel Foucault en Nacimiento de la clínica y posteriormente en Historia de la sexualidad y sus cursos en el Collège de France sobre biopolítica. Foucault identificó en la anatomía del siglo XIX uno de los dispositivos fundamentales de lo que denominó “anatomopolítica”, es decir, el conjunto de prácticas, discursos e instituciones destinadas a administrar, regular y explotar el cuerpo humano como máquina biológica. La disección, en este marco, no constituye una mera práctica técnica sino un ritual de poder que establece la mirada médica como autoridad epistemológica suprema sobre la materialidad corporal.

La relevancia de esta aproximación teórica para la lectura de Stevenson radica en que permite desplazar la atención desde la anécdota histórica hacia las estructuras de poder que la hacían posible. El personaje de Fettes no es simplemente un individuo moralmente débil, sino un sujeto inserto en una red de relaciones que configuran su campo de acción y sus posibilidades de elección ética. La resignación con la que acepta su rol en el sistema de recepción de cadáveres, la progresiva desensibilización que experimenta ante la evidencia de prácticas delictivas en su proveedor Wolfe Macfarlane, y la culminación en el episodio final con el cuerpo de Jane Galbraith, pueden leerse como etapas en un proceso de subjetivación médica donde la ética queda subordinada a la eficiencia técnica.

El gótico victoriano como crítica cultural

La categorización del relato de Stevenson dentro del género gótico exige una problematización que evite reducciones esencialistas. El gótico victoriano, particularmente en su manifestación escocesa representada también por autores como James Hogg o Arthur Conan Doyle, operó como un modo de crítica social que utilizaba los aparatos formales del horror —la sugestión, lo macabro, la transgresión de límites— para interrogar las contradicciones de la modernización. En este sentido, el relato de Stevenson participa de lo que el crítico literary David Punter ha identificado como “gótico de la ciudad moderna”, donde el espacio urbano, aparentemente racionalizado y civilizado, oculta subsuelos de violencia y transgresión.

La particularidad del relato stevensoniano reside en su economía narrativa y su estructura de enmarcamiento. La historia se presenta como un relato oral transmitido por un narrador testigo que escucha la confesión de Fettes, generando una cadena de mediaciones que distancia al lector de los eventos mientras simultáneamente los autoriza como testimonio verosímil. Esta estructura de “cuento dentro del cuento”, heredera de la tradición romántica pero adaptada a las preocupaciones realistas del fin de siglo, permite a Stevenson explorar la relatividad de la perspectiva moral y la imposibilidad de un juicio definitivo sobre las acciones de Fettes.


Análisis textual: la economía moral del relato


La figura del doble y la complicidad estructural

El relato construye una relación de simetría inquietante entre Fettes y Macfarlane que trasciende la mera contraposición entre el aprendiz ingenuo y el médico corrupto. Ambos personajes comparten una formación común, una exposición idéntica a las presiones del sistema anatómico, y una trayectoria que los lleva desde la condición de estudiantes a la de profesionales médicos. Esta estructura de “doble” literario, analizada por críticos como Otto Rank y posteriormente por René Girard en sus estudios sobre el deseo mimético, sugiere que la diferencia ética entre ambos no es constitutiva sino gradual, producto de decisiones acumulativas más que de naturalezas opuestas.

La escena central del relato, donde Fettes reconoce en el cuerpo de Jane Galbraith —una mujer joven, de condición social visiblemente superior a los habituales suministros de indigentes— la evidencia de un crimen, constituye el momento de crisis moral que el protagonista enfrenta y elude. La descripción stevensoniana de su reacción, oscillante entre el horror y la resignación pragmática, revela la extenta a la cual la lógica instrumental ha colonizado su subjetividad. El cuerpo de Jane no es reconocido primariamente como víctima de un crimen, sino como obstáculo técnico para la continuidad de las operaciones anatómicas, como evidencia incómoda que debe ser gestionada para evitar complicaciones institucionales.

El horror de lo cotidiano: banalidad y transgresión

Uno de los logros más notables del relato reside en su capacidad para generar efectos de horror sin recurrir a lo sobrenatural o a lo excesivamente espectacular. El horror stevensoniano es un horror de lo cotidiano, de la rutina institucionalizada, de la repetición mecánica de prácticas que deshumanizan progresivamente a sus ejecutores. La descripción de los procedimientos de recepción de cadáveres, de los pagos efectuados, de los registros administrativos, genera una extrañeza que proviene precisamente de la normalización de lo inaceptable. Este procedimiento, cercano a lo que Bertolt Brecht posteriormente teorizaría como efecto de distanciamiento o Verfremdungseffekt, obliga al lector a reconocer en lo familiar las estructuras de violencia que lo sustentan.

La prosa de Stevenson en este relato es notablemente sobria, económica, alejada de los excesos retóricos que caracterizan a otros exponentes del gótico finisecular. Esta elección estilística no es casual: corresponde a la necesidad de establecer un pacto de verosimilitud con el lector, de presentar los eventos como documentables y verificables. El horror emerge así no de la invasión de lo monstruoso en lo real, sino de la revelación de que lo real ya contiene en sí mismo dimensiones monstruosas que la ideología del progreso científico oculta o legitima.


Debate historiográfico: la anatomía entre la ciencia y el crimen


La rehabilitación de la historia de la anatomía

La historiografía reciente sobre la práctica anatómica en el siglo XIX ha experimentado un giro significativo que trasciende las narrativas moralizantes tradicionales. Estudios como los de Ruth Richardson (Death, Dissection and the Destitute, 1987) o Helen MacDonald (Human Remains: Dissection and Its Histories, 2006) han propuesto una lectura contextualizada que evita la condena anacrónica o la apología incondicional. Richardson en particular ha documentado cómo la Anatomy Act de 1832, lejos de resolver los problemas éticos, generó nuevas formas de coerción sobre los cuerpos de los pobres, institucionalizando una desigualdad que distribuía diferencialmente la dignidad post mortem según la clase social.

Este debate historiográfico resulta relevante para la lectura literaria del relato de Stevenson porque permite situar la ficción en un campo de tensiones donde no existen posiciones moralmente puras. El relato no es simplemente una denuncia del tráfico de cadáveres, ni tampoco una apología de la necesidad científica, sino una exploración de la zona gris donde ambas dimensiones coexisten en conflicto permanente. La ambigüedad final del relato, donde Fettes sobrevive y prospera profesionalmente a pesar de su complicidad con prácticas delictivas, puede leerse como una crítica de la impunidad estructural más que como una justificación de la necesidad histórica.

La medical humanities y la recuperación de narrativas olvidadas

El campo emergente de las medical humanities ha recuperado textos como El usurpador de cadáveres como documentos culturalmente significativos para la comprensión de la formación médica y sus dimensiones éticas. Estudiosos como Anne Whitehead o Brian Hurwitz han explorado cómo la literatura del siglo XIX puede funcionar como material formativo para médicos contemporáneos, desarrollando sensibilidades éticas que la mera instrucción técnica no proporciona. En este sentido, el relato de Stevenson opera como un caso de estudio privilegiado para discutir temas como la objetivación del paciente, la complicidad institucional con prácticas cuestionables, y la responsabilidad individual frente a presiones sistémicas.

La vigencia de estas problemáticas en el contexto médico actual, donde debates sobre el comercio de órganos, la experimentación con poblaciones vulnerables o la instrumentalización del cuerpo en la industria biomédica permanecen actuales, confiere al texto stevensoniano una actualidad que trasciende su especificidad histórica. La lectura atenta de este relato no es, por tanto, un ejercicio de arqueología literaria sino una contribución a la formación de una conciencia ética médica fundamentada en la reflexión histórica y cultural.


Conclusión: la persistencia del cuerpo como problema


El análisis de El usurpador de cadáveres permite concluir que Stevenson construyó una obra que trasciende su aparente modestia formal para constituirse en una reflexión profunda sobre las condiciones de posibilidad de la ética médica moderna. El relato demuestra que la cuestión del cuerpo en la modernidad no es meramente técnica o científica, sino fundamentalmente política y cultural, implicando decisiones sobre la distribución de la dignidad, el reconocimiento de la humanidad y los límites de la instrumentalización racional.

La figura de Fettes, leída desde la distancia histórica, emerge no como un monstruo moral sino como un sujeto típico de su época: un individuo inserto en estructuras que determinan sus opciones y que gradualmente erosionan su capacidad de resistencia ética. Su supervivencia y prosperidad final, lejos de constituir una justificación de sus acciones, operan como una acusación contra un sistema que premia la eficiencia técnica por encima de la integridad moral. La ambigüedad que Stevenson mantiene respecto al juicio definitivo sobre su protagonista —ni condena explícita ni absolución implícita— refleja la complejidad de una modernidad donde el progreso científico y la violencia estructural resultan indisociables.

La contribución interpretativa que se propone desde este ensayo sostiene que el valor del relato reside precisamente en su negativa a ofrecer resoluciones moralistas o consuelos ideológicos. Stevenson no propone una alternativa ética al sistema anatómico que describe, ni tampoco se limita a documentarlo con la neutralidad del etnógrafo. Su prosa genera instead un espacio de inquietud donde el lector contemporáneo, médico o no, debe confrontar sus propias complicidades con sistemas que, bajo retóricas de necesidad o progreso, perpetúan formas de violencia estructural sobre cuerpos vulnerables. En este sentido, El usurpador de cadáveres mantiene su pertinencia como texto fundacional para una ética médica que reconozca la historicidad de sus prácticas y la contingencia de sus fundamentos, abriendo espacios de reflexión donde la eficiencia técnica no constituya el único criterio de legitimación.

La lectura cuidadosa de este relato en el contexto de las medical humanities contemporáneas permite finalmente proponer que la formación médica integral debe incluir la confrontación con textos literarios que exploren las dimensiones éticas, históricas y culturales de la práctica clínica. Solo mediante esta integración de lo científico y lo humanístico puede aspirarse a una medicina que, en su avance técnico, no reproduzca las formas de alienación y deshumanización que Stevenson documentó con lucidez premonitoria en el ocaso del siglo XIX. El cuerpo, como objeto de cuidado y como sujeto de derechos, permanece como el horizonte irrenunciable de toda reflexión ética médica, y la literatura gótica victoriana, lejos de ser un mero entretenimiento arcaico, constituye un archivo imprescindible para la comprensión de cómo ese horizonte ha sido históricamente construido, negociado y, en ocasiones, traicionado.


Referencias

Richardson, R. (1987). Death, Dissection and the Destitute (2nd ed.). University of Chicago Press.

Foucault, M. (1973). The Birth of the Clinic: An Archaeology of Medical Perception (A. M. Sheridan Smith, Trans.). Tavistock Publications.

Punter, D. (1996). The Literature of Terror: A History of Gothic Fictions from 1765 to the Present Day (Vol. 2). Longman.

MacDonald, H. (2006). Human Remains: Dissection and Its Histories. Yale University Press.

Whitehead, A., & Woods, A. (Eds.). (2016). The Edinburgh Companion to the Critical Medical Humanities. Edinburgh University Press.


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