Entre la oscuridad física y la claridad intelectual se abre el inquietante experimento narrativo de H. G. Wells, donde una sociedad sin visión desafía nuestras certezas sobre la verdad, la normalidad y el conocimiento mismo. Cuando la mayoría define la realidad, ¿quién está realmente equivocado? ¿Puede la percepción dominante ser también una forma de ceguera?
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La ceguera como metáfora del conocimiento: una lectura filosófica de «El país de los ciegos»
«El país de los ciegos», relato publicado por H. G. Wells en 1904, trasciende su apariente simplicidad narrativa para convertirse en una reflexión profunda sobre la naturaleza del conocimiento, la percepción y la adaptación cultural. La historia sigue a Nuñez, un guía de montaña que, tras un accidente en los Andes, descubre una comunidad aislada donde todos sus habitantes han nacido ciegos durante generaciones. En este valle cerrado, la ausencia de visión no constituye una discapacidad, sino el fundamento de un orden social plenamente funcional. La obra invita al lector a cuestionar la universalidad de sus propias certezas y a considerar cómo las limitaciones sensoriales moldean no solo la experiencia individual, sino también los sistemas colectivos de creencias y normas.
La paradoja central del cuento radica en que Nuñez, portador de un sentido que considera superior, se enfrenta a una sociedad que no solo no lo valora, sino que lo percibe como defectuoso. Su capacidad visual, lejos de otorgarle autoridad, lo convierte en un extraño inadaptado. Este giro subvierte la expectativa tradicional del héroe ilustrado que redime a los ignorantes, y plantea una crítica sutil al etnocentrismo epistemológico: la creencia de que una forma de conocimiento es intrínsecamente superior a otras. En el contexto del relato, la visión no es una ventaja absoluta, sino un rasgo biológico sin utilidad en un entorno donde no existe estímulo visual alguno. Así, Wells explora la relatividad del valor cognitivo según el contexto ecológico y cultural.
Más allá de la fábula, la narrativa de Wells dialoga con corrientes filosóficas que cuestionan la objetividad de la percepción humana. Desde Platón hasta Kant, la filosofía occidental ha debatido si el mundo que percibimos corresponde a una realidad externa o es una construcción mental mediada por nuestros sentidos. En «El país de los ciegos», esta tensión se materializa en un escenario extremo: los habitantes del valle no solo carecen de vista, sino que han desarrollado una ontología completa sin ella. Sus categorías de existencia —luz, color, rostro— son inexistentes o irrelevantes. Para ellos, el mundo se define por el tacto, el sonido y el olfato, y cualquier afirmación sobre lo visible resulta absurda o patológica. Esta representación anticipa debates contemporáneos sobre la diversidad cognitiva y la validez de formas no visuales de conocimiento.
El conflicto entre Nuñez y la comunidad también ilustra las dificultades inherentes a la comunicación intercultural y la imposibilidad de traducir experiencias sensoriales radicalmente distintas. Cuando Nuñez intenta describir el sol, el cielo o los colores, sus palabras carecen de referentes compartidos. Sus metáforas chocan contra un sistema conceptual cerrado, donde incluso el lenguaje ha evolucionado para excluir toda noción visual. Este fenómeno recuerda los límites del lenguaje en la transmisión de experiencias subjetivas, un tema abordado por filósofos como Ludwig Wittgenstein. La incomunicación no surge de mala fe, sino de la incompatibilidad estructural entre dos mundos sensoriales irreductibles entre sí.
Además, la obra de Wells puede interpretarse como una crítica velada al imperialismo intelectual del siglo XIX, época en la que Europa se arrogaba el derecho de civilizar a sociedades consideradas “primitivas”. Nuñez encarna al colonizador bienintencionado que cree poseer la verdad universal y aspira a imponerla por el bien de los demás. Sin embargo, su misión fracasa no por resistencia irracional, sino porque su “verdad” carece de pertinencia en ese contexto específico. El relato desmonta así la pretensión de una racionalidad única y universal, sugiriendo que la adaptación local puede generar formas de vida igualmente válidas, aunque incomprensibles desde fuera. Esta perspectiva anticipa posturas poscoloniales que defienden la pluralidad epistémica.
Otro aspecto relevante es la manera en que la comunidad ciega ha transformado su limitación en una fortaleza organizativa. Al carecer de visión, han perfeccionado otros sentidos y construido instituciones sociales basadas en la cooperación táctil y auditiva. Su sistema de gobierno, sus normas morales y su comprensión del cuerpo humano reflejan una coherencia interna admirable. Esto pone en evidencia que la discapacidad no reside únicamente en el individuo, sino en la relación entre este y su entorno. En un mundo diseñado para ciegos, la ceguera deja de ser una carencia. Esta idea anticipa enfoques contemporáneos en estudios de discapacidad que rechazan el modelo médico tradicional y proponen un modelo social más inclusivo.
La figura de Nuñez, por su parte, simboliza al individuo moderno atrapado entre dos mundos: el de su origen, del que ha sido separado físicamente, y el nuevo, al que no puede integrarse plenamente. Su tragedia no es tanto la imposibilidad de regresar, sino la incapacidad de renunciar a su identidad visual. Incluso cuando se enamora de una joven del valle y considera someterse a una operación para perder la vista, su decisión está motivada por el deseo de pertenencia, no por una conversión genuina a la cosmovisión local. Este dilema existencial —entre mantener la integridad de la propia percepción o adaptarse a una realidad ajena— resuena con fuerza en sociedades globalizadas donde las identidades culturales están en constante fricción.
Desde una perspectiva psicológica, el relato también aborda el fenómeno de la normalización social. Los habitantes del valle no solo aceptan su ceguera; la naturalizan hasta el punto de considerar cualquier desviación como enfermedad. Esta dinámica refleja cómo los grupos humanos tienden a establecer límites rígidos entre lo “normal” y lo “anormal”, marginando lo que no encaja en sus parámetros. Nuñez, al insistir en su capacidad visual, es diagnosticado como loco, no porque mienta, sino porque su testimonio amenaza la coherencia del sistema simbólico colectivo. Aquí, Wells anticipa conceptos posteriores de la sociología del conocimiento, como los de Berger y Luckmann, sobre la construcción social de la realidad.
En términos literarios, «El país de los ciegos» se inscribe en la tradición de la ficción especulativa que utiliza escenarios extremos para explorar dilemas humanos universales. A diferencia de otras obras de Wells centradas en la tecnología o la evolución biológica, este cuento se enfoca en la dimensión cultural y epistemológica del progreso. No hay máquinas ni mutaciones, sino un simple cambio en la configuración sensorial que basta para alterar radicalmente la organización social. Esta economía narrativa refuerza el impacto filosófico del relato, demostrando que las grandes preguntas sobre el conocimiento y la verdad pueden plantearse sin artificios espectaculares, mediante una premisa mínima pero profundamente perturbadora.
La conclusión del relato —en la que Nuñez huye del valle, renunciando tanto al amor como a la posibilidad de liderazgo— no ofrece una resolución triunfal, sino una ambigüedad deliberada. Su escape no es una victoria, sino un reconocimiento de la imposibilidad de reconciliar dos órdenes perceptivos incompatibles. Esta ambigüedad refuerza el mensaje central de la obra: que no existe una perspectiva privilegiada desde la cual juzgar todas las formas de vida. La visión, al igual que cualquier otro sentido o sistema de creencias, es útil solo en contextos específicos. Fuera de ellos, puede convertirse en una carga. Así, Wells no defiende ni la ceguera ni la visión, sino la humildad epistemológica: la conciencia de que nuestro modo de conocer el mundo es contingente, no absoluto.
En suma, «El país de los ciegos» permanece como una obra de notable vigencia porque interpela directamente al lector contemporáneo en una era marcada por la polarización ideológica y la crisis de consenso sobre la verdad. En un mundo donde proliferan “realidades alternativas” y comunidades epistémicas cerradas, el cuento de Wells sirve como advertencia contra la arrogancia cognitiva y como llamado a reconocer la parcialidad de toda perspectiva. La verdadera ceguera, sugiere la narrativa, no es la falta de un sentido, sino la incapacidad de imaginar que otros puedan experimentar el mundo de manera legítima y coherente, aunque radicalmente distinta.
En este sentido, el relato no solo es una fábula sobre la percepción sensorial, sino una meditación ética sobre la tolerancia, la empatía y los límites del entendimiento humano.
Referencias
Wells, H. G. (1904). The country of the blind. The Strand Magazine, 27(160), 435–448.
Berger, P. L., & Luckmann, T. (1966). The social construction of reality: A treatise in the sociology of knowledge. Anchor Books.
Kant, I. (1781). Critique of pure reason (P. Guyer & A. W. Wood, Eds.). Cambridge University Press.
Platón. (1999). La República. Traducción de C. Eggers Lan. Editorial Gredos.
Wittgenstein, L. (1953). Philosophical investigations. Blackwell Publishing.
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