Entre la fe y la tentación, en el silencio abrasador del desierto bíblico, un monje enfrenta el límite entre la obediencia divina y la compasión humana. Una estatua condenada por siglos despierta el deseo de redimir lo irredimible y abre una grieta en el misterio sagrado. Cuando la caridad desafía el castigo eterno, el conocimiento puede convertirse en condena. ¿Hasta dónde debe llegar la misericordia humana? ¿Qué precio tiene descubrir la verdad?


El CANDELABRO.ILUMINANDO MENTES
📷 Imagen generada por GPT-4o para El Candelabro. © DR

La estatua de sal


He aquí cómo refirió el peregrino la verdadera historia del monje Sosistrato:

—Quien no ha pasado alguna vez por el monasterio de San Sabas, diga que no conoce la desolación.

Imaginaos un antiquísimo edificio situado sobre el Jordán, cuyas aguas saturadas de arena amarillenta se deslizan casi agotadas hacia el Mar Muerto, entre bosquecillos de terebintos y manzanos de Sodoma. En toda aquella comarca no hay más que una palmera cuya copa sobrepasa los muros del monasterio.

Una soledad infinita, apenas turbada por el paso ocasional de nómades que trasladan sus rebaños. Un silencio colosal parece descender de las montañas que amurallan el horizonte.

Cuando sopla el viento del desierto, llueve arena impalpable. Cuando el viento viene del lago, todas las plantas quedan cubiertas de sal. El ocaso y la aurora se confunden en una misma tristeza.

Solo quienes deben expiar grandes crímenes arrostran semejantes soledades.

En el convento puede oírse misa y comulgar. Los monjes —que ya no son más que cinco y todos sexagenarios— ofrecen al peregrino una modesta colación de dátiles fritos, uvas, agua del río y, algunas veces, vino de palmera.

Jamás salen del monasterio, aunque las tribus vecinas los respetan porque son buenos médicos.

Cuando muere alguno, lo sepultan en las cuevas que hay bajo la orilla del río, entre las rocas. En esas cuevas anidan ahora parejas de palomas azules, amigas del convento. Antaño habitaron allí los primeros anacoretas, uno de los cuales fue el monje Sosistrato, cuya historia he prometido contaros.

Ayúdeme Nuestra Señora del Carmelo y escuchad con atención.

Lo que vais a oír me fue referido palabra por palabra por el hermano Porfirio, hoy sepultado en una de las cuevas de San Sabas, donde terminó su santa vida a los ochenta años, en virtud y penitencia. Dios lo haya acogido en su gracia. Amén.


Sosistrato era un monje armenio que había resuelto pasar su vida en soledad junto a varios jóvenes compañeros recién convertidos a la religión del Crucificado.

Tras largo vagar por el desierto, encontraron las cavernas mencionadas y se instalaron en ellas. El agua del Jordán y los frutos de una pequeña huerta bastaban para sus necesidades.

Pasaban los días orando y meditando. De aquellas grutas surgían columnas de plegarias que sostenían, con su esfuerzo, la vacilante bóveda del cielo amenazada por los pecados del mundo.

El sacrificio de aquellos desterrados —sus ayunos y penitencias— evitaba pestes, guerras y terremotos. Esto no lo saben los impíos que se burlan de los cenobitas.

Los sacrificios y las oraciones de los justos son los clavos del techo del universo.


Al cabo de treinta años de austeridad, Sosistrato y sus compañeros alcanzaron la santidad. El demonio, vencido, aullaba bajo el pie de los monjes.

Uno tras otro fueron muriendo, hasta que Sosistrato quedó solo.

Era muy viejo y pequeño. Casi transparente. Oraba quince horas diarias y tenía revelaciones. Dos palomas le llevaban cada tarde algunos granos para alimentarlo.

Nada más comía.

Cada año, el Viernes Doloroso, encontraba junto a su lecho una copa de oro llena de vino y un pan con los cuales comulgaba en éxtasis. Nunca se preguntó de dónde provenían: sabía que el Señor podía hacerlo.

Así aguardaba su ascensión a la bienaventuranza.

Durante más de cincuenta años, ningún caminante pasó por allí.


Pero una mañana apareció un peregrino.

Las palomas huyeron asustadas.

Sosistrato lo recibió con hospitalidad y le ofreció agua fresca. El desconocido bebió con ansia y permaneció siete días junto al monje.

Una noche relató algo inquietante:

Había visto los restos de las ciudades malditas y contemplado a la esposa de Lot convertida en estatua de sal… viva aún, sudando bajo el sol.

El peregrino afirmó que quizá sería obra de caridad liberarla mediante el bautismo.

Sosistrato dudó.

¿No era justicia divina aquel castigo?

Pero el viajero habló de redención, de Cristo y del perdón universal.

Aquella fue la última noche juntos.

El peregrino partió.

Y era Satanás.


Desde entonces, una idea obsesionó al santo:

bautizar la estatua y liberar su alma.

Meses de lucha espiritual pasaron hasta que, tras una visión angélica, Sosistrato emprendió camino hacia el Mar Muerto.

Viejo y agotado, caminó durante dos días apoyado en su bordón, mientras las palomas seguían alimentándolo.

Finalmente vio la estatua.

Alta, fina como un fantasma, bajo el sol inclemente.

Sudaba.

Estaba viva.


El monje dudó.

¿Era caridad… o tentación?

Sin embargo, realizó el acto.

El agua cayó sobre la estatua y la sal comenzó a disolverse lentamente.

Ante él apareció una mujer antiquísima, flaca, temblorosa, cubierta de siglos.

Había despertado del castigo eterno.

Ella sabía solo una cosa: aquel monje la había salvado.


Entonces Sosistrato, poseído por una angustia terrible, preguntó:

—Mujer… dime qué viste cuando miraste atrás.

Ella se negó.

Era el abismo.

Era la muerte.

Pero el monje insistió.

Finalmente, la mujer acercó sus labios a su oído… y pronunció una sola palabra.

Sosistrato cayó muerto, fulminado.

Roguemos a Dios por su alma.

FIN

Autor: Leopoldo Lugones


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