Entre pólvora, botines y tormentas del Caribe del siglo XVII, los piratas forjaron vínculos que desafiaban las normas sociales de su tiempo. El matelotage unía a dos hombres en pactos de herencia, lealtad y vida compartida dentro de comunidades regidas por sus propias reglas. En un mundo sin leyes imperiales ni familia cercana, estas alianzas ofrecían protección y pertenencia. ¿Fueron simples acuerdos pragmáticos o también la expresión de intimidades prohibidas? ¿Qué revelan sobre otras formas históricas de convivencia?
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📷 Imagen generada por Deep AI para El Candelabro. © DR
El Matelotage: Una Revisión Histórica de las Uniones Homosociales entre Piratas del Caribe del Siglo XVII
El estudio de las prácticas sociales en el ámbito marítimo colonial revela fenómenos que desafían las narrativas convencionales sobre la historia de las instituciones familiares y afectivas. Entre estos, el matelotage pirata emerge como una de las configuraciones societarias más fascinantes y menos comprendidas de la era de los bucaneros. Este ensayo examina críticamente la naturaleza, funciones e implicaciones de estas uniones contractuales entre marineros, contextualizándolas dentro de los marcos jurídicos, económicos y culturales del Caribe del siglo XVII. La investigación busca esclarecer en qué medida estos acuerdos representaron formas proto-igualitarias de asociación, distinguiéndolas tanto de las estructuras matrimoniales europeas contemporáneas como de las interpretaciones anacrónicas que proyectan categorías modernas sobre prácticas históricas específicas.
El término matelotage deriva etimológicamente del vocablo francés “matelot”, que denota al marinero o tripulante de embarcaciones. Sin embargo, su significado histórico trasciende la mera condición profesional para adquirir connotaciones jurídicas y afectivas específicas. Los registros documentales indican que este pacto establecía una comunidad universal de bienes entre dos individuos, abarcando no solo los recursos materiales obtenidos mediante la presa marítima, sino también los efectos personales, la vivienda a bordo y, en numerosos casos, la cama compartida. La naturaleza contractual de estas uniones las distingue claramente de meras asociaciones de conveniencia, pues implicaban obligaciones recíprocas formalizadas ante la comunidad pirata y reconocidas por sus pares como vinculantes.
La dimensión económica del matelotage respondía a necesidades concretas derivadas de la condición de vida bucanera. La alta mortalidad propia de la guerra de corso y los enfrentamientos navales hacía imperativa la existencia de mecanismos de sucesión que evitaran la dispersión del botín acumulado. En ausencia de testamentos reconocidos por autoridades estatales —dado que los piratas operaban al margen de la legalidad imperial—, el matelot funcionaba como heredero universal, excluyendo a familiares lejanos o instituciones eclesiásticas de cualquier pretensión sobre los bienes del fallecido. Esta funcionalidad pragmática no anula, sin embargo, la posibilidad de que dichos arreglos albergaran componentes afectivos significativos, configurando lo que los historiadores denominan uniones homosociales complejas.
El contexto sociológico del Caribe bucanero resulta fundamental para comprender la proliferación de estas prácticas. La población pirata se componía predominantemente de individuos marginados por las estructuras sociales europeas: desertores del servicio naval, criados fugados, proscritos religiosos y aventureros sin patrimonio. En un entorno caracterizado por la ausencia casi total de mujeres europeas —algunos capitanes, como se documenta en los registros de Tortuga, prohibían expresamente su presencia a bordo para prevenir conflictos—, las dinámicas de intimidad y confianza se reconfiguraban necesariamente. El aislamiento prolongado, la exposición compartida al peligro y la necesidad de lealtades absolutas en situaciones de combate favorecían el desarrollo de vínculos que trascendían la mera camaradería profesional.
La historiografía reciente ha debatido intensamente sobre la naturaleza sexual de estas uniones, confrontando posiciones que oscilan entre la negación absoluta y la asunción irreflexiva de prácticas homosexuales explícitas. Una lectura rigurosa exige evitar tanto el heteronormativismo que invisibiliza las posibilidades eróticas entre hombres, como el anacronismo que proyecta categorías identitarias contemporáneas —como la homosexualidad como identidad social— sobre sujetos históricos que operaban con taxonomías radicalmente diferentes. Lo documentable es la existencia de vínculos de exclusividad afectiva, de cohabitación doméstica y de mutualidad económica que, en contextos europeos contemporáneos, habrían sido perseguidos como sodomía bajo códigos penales que castigaban el “pecado nefando” con penas que iban desde la mutilación hasta la ejecución capital.
La comparación con instituciones históricas análogas resulta iluminadora para situar el fenómeno en su justa dimensión. El matelotage presenta notables paralelismos con el sistema de paiderastia griego, particularmente con la estructura del Batallón Sagrado de Tebas, donde la relación entre erastés (amante mayor) y erómeno (amante menor) se articulaba como vínculo militar y afectivo simultáneamente. Asimismo, evoca las uniones informales entre marineros registradas en otras tradiciones navales, desde los sistemas de “camaradería” en la Royal Navy hasta las prácticas de “berdache” documentadas en comunidades indígenas americanas con las que los bucaneros mantuvieron contacto. Estas analogías no pretenden establecer continuidades históricas directas, sino señalar la recurrencia de formas de asociación masculina que combinan utilidad práctica con intimidad emocional en contextos de exclusión femenina.
La organización política de las comunidades piratas proporciona el marco institucional donde el matelotage adquiría plena validez. Contrariamente a las representaciones estereotipadas que las presentan como bandas caóticas regidas por la violencia arbitraria, las flotas bucaneras operaban mediante sofisticados sistemas de gobierno consensuado. Los artículos de abordaje, redactados democráticamente por la tripulación, regulaban no solo la distribución del botín y las compensaciones por lesiones, sino también las relaciones interpersonales a bordo. En este contexto, el reconocimiento del matelotage como institución legítima revela una flexibilidad normativa notable, capaz de legitimar prácticas que en tierra firme enfrentaban persecución sistemática por parte de autoridades eclesiásticas y seculares.
La respuesta colonial a estas prácticas resulta reveladora de las tensiones entre los discursos morales oficiales y las realidades de gobierno en los asentamientos ultramarinos. El gobernador de Tortuga, Bertrand d’Ogeron, célebre por haber solicitado a la Corona francesa el envío de doscientas prostitutas con el explícito propósito de “desenganchar” a los bucaneros de sus prácticas, ilustra la imposibilidad de imponer normativas europeas en contextos demográficos extremadamente sesgados. Esta iniciativa, registrada en la correspondencia oficial de la época, evidencia tanto la visibilidad del fenómeno como la impotencia de las autoridades para erradicarlo mediante medidas represivas convencionales, optando finalmente por estrategias de ingeniería social demográfica.
El legado histórico del matelotage trasciende su significación específica como práctica bucanera para interrogarnos sobre las genealogías de las uniones civiles contemporáneas. Si bien resulta históricamente inexacto establecer líneas de continuidad directa entre estos pactos piratas y los modernos reconocimientos jurídicos del matrimonio igualitario, su estudio contribuye a desnaturalizar la presunta inmutabilidad de las instituciones familiares. Los bucaneros del Caribe, operando en zonas de legalidad ambigua, inventaron mecanismos de protección mutua y reconocimiento afectivo que anticipaban funcionalmente soluciones que las sociedades occidentales no formalizarían sino siglos después. Esta capacidad de innovación institucional en contextos de marginalidad constituye quizás la lección más valiosa de estas prácticas olvidadas.
La historiografía queer ha recuperado el matelotage como caso paradigmático de lo que se denomina “estrategias de resistencia pre-modernas” ante los regimenes de sexualidad occidentales. Sin embargo, esta apropiación interpretativa debe manejarse con cautela hermenéutica para evitar proyecciones ideológicas que distorsionen la especificidad histórica del fenómeno. Los piratas no eran conscientes de participar en ningún movimiento emancipatorio ni concebían sus prácticas como desafíos al orden heterosexual imperante; simplemente respondían a las necesidades de subsistencia y afecto en un entorno particularmente hostil. Reconocer esta diferencia no implica menospreciar su significado histórico, sino comprenderlo en toda su complejidad material y cultural.
El estudio del matelotage pirata ilustra la fecundidad de abordar la historia de las instituciones desde perspectivas que integran el análisis económico, el estudio de las mentalidades y la atención a las prácticas corporales. Estas uniones entre bucaneros constituyeron respuestas adaptativas a condiciones extremas, combinando racionalidad económica con búsqueda de intimidad en contextos de exclusión social radical. Su existencia documentada desafía tanto las narrativas románticas que idealizan la piratería como laboratorio de libertad, como las lecturas moralizantes que la reducen a mera criminalidad.
Entre el pragmatismo de la supervivencia y la necesidad humana de conexión afectiva, los matelots del Caribe forjaron acuerdos que merecen ser recordados como parte integral de la historia de las formas de convivencia humana.
Nota:
La comparación con el Sacred Band of Thebes se propone únicamente en sentido tipológico y funcional, no como continuidad histórica. Ambos casos ilustran la institucionalización de vínculos afectivos masculinos en contextos militares caracterizados por segregación femenina y alta dependencia de la lealtad entre pares. Sin embargo, las diferencias culturales son sustantivas: mientras la paiderastia griega se inscribía en la ética de la kalokagathia, el matelotage bucanero respondía principalmente a lógicas pragmáticas de cooperación, herencia y supervivencia.
Referencias Bibliográficas
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Linebaugh, P., & Rediker, M. (2000). The Many-Headed Hydra: Sailors, Slaves, Commoners, and the Hidden History of the Revolutionary Atlantic. Beacon Press.
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Marley, D. F. (2010). Pirates of the Americas. ABC-CLIO.
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