Entre la bruma dorada de la nostalgia y la luz inextinguible de la esperanza, renace Platero, no como símbolo de pérdida, sino como emblema de eternidad. Esta versión alternativa de Platero y yo transforma el dolor en consuelo y la ausencia en compañía perpetua. La prosa poética se eleva para celebrar la vida sin ocaso, donde el alma del burro plateado jamás se apaga. ¿Y si la ternura venciera a la muerte? ¿Y si la literatura pudiera reescribir el destino?


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Platero y Yo: Un Camino Sin Ocaso


Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro. Lo dejo suelto, y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas… Lo llamo dulcemente: “¿Platero?”, y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal…

Come cuanto le doy. Le gustan las naranjas mandarinas, las uvas moscateles, todas de ámbar, los higos morados, con su cristalina gotita de miel… Es tierno y mimoso igual que un niño, que una niña…; pero fuerte y seco como de piedra. Cuando paseo sobre él, los domingos, por las últimas callejas del pueblo, los hombres del campo, vestidos de limpio y despaciosos, se quedan mirándolo: “Tiene acero”… Acero y plata de luna, al mismo tiempo.

En estos días luminosos de mayo, cuando el sol penetra como un regalo divino por cada rincón de Moguer, Platero y yo salimos a recorrer los caminos. Veo su alegría reflejada en el temblor de sus orejas, en el brillo especial de sus ojos que capturan la luz como pequeños universos contenidos. La primavera ha pintado todo de verde intenso y las amapolas salpican de rojo vivo los trigales.

“¿Sabes, Platero?”, le digo mientras avanzamos por el sendero bordeado de madreselvas, “muchos piensan que la vida es un camino que inevitablemente termina en sombras, pero yo descubro cada día, mirándote a ti, que hay senderos de luz perpetua”. Y Platero, como si entendiera mis palabras, sacude su cabeza plateada y relincha suavemente, creando un eco cristalino en la mañana azul.

Cuando llegamos a lo alto de la colina, la más empinada del pueblo, aquella desde donde se divisa el mar a lo lejos, dejo que Platero paste tranquilo entre margaritas silvestres. Yo me siento sobre una piedra dorada por líquenes y contemplo la eternidad extendida frente a nosotros. Aquí arriba, el tiempo parece detenerse, como si la vida fuera un instante perpetuo, un presente continuo que no conoce final. “¿No te parece, Platero, que tú y yo podríamos permanecer así para siempre?”.

Los días transcurren y cada uno trae consigo su propio milagro. El otoño tiñe de ocre y carmín los álamos y castaños. Las tardes se vuelven más breves, más íntimas. Platero y yo regresamos más temprano a casa, cuando el sol derrama sus últimos oros sobre los tejados de Moguer. A veces, sentados en el corral, bajo la higuera antigua, compartimos el silencio mientras las estrellas empiezan a encenderse una a una en el cielo purísimo.

Un día, después de una larga caminata por los viñedos, noto que Platero camina más despacio. Su respiración se ha vuelto pesada y sus ojos parecen velados por una tenue niebla. Lo llevo a descansar a su cuadra fresca, sobre la paja limpia que tanto le gusta. Le traigo agua clara y dulce, recién sacada del pozo. Con preocupación, observo cómo apenas la prueba.

“¿Qué te ocurre, Platero?”, le pregunto acariciando suavemente su cabeza. El médico del pueblo, don Luis, a quien mando llamar con urgencia, lo examina detenidamente. “Tiene fiebre”, me dice con semblante grave, “algo ha debido comer en el campo que le ha hecho daño. Los próximos días serán decisivos”.

Durante una semana que parece un siglo, apenas me separo de la cabecera de Platero. Le hablo constantemente, recordándole nuestros paseos, las flores que tanto le gustan, las naranjas mandarinas que compartimos bajo la parra. Por las noches, cuando la luna derrama su luz plateada por la ventana, le leo poemas en voz baja, como si fueran conjuros capaces de ahuyentar cualquier mal.

El séptimo día, cuando el alba empieza a clarear en el horizonte, Platero levanta su cabeza y me mira. Sus ojos han recuperado el brillo azabache, límpido y profundo. Con esfuerzo se incorpora sobre sus patas y relincha suavemente, como saludando al nuevo día. “¡Oh, Platero!”, exclamo abrazando su cuello suave, “has vuelto a mí”.

Don Luis, que viene a visitarlo esa mañana, no oculta su asombro. “Es extraordinario”, murmura mientras lo ausculta, “pocas veces he visto una recuperación así. Hay criaturas que poseen una fuerza vital tan poderosa que desafía toda expectativa. Tu Platero es una de ellas”.

Dejamos pasar unos días más para que Platero recupere completamente sus fuerzas. Le traigo las más dulces manzanas del huerto, los más tiernos tallos de alfalfa. Poco a poco, vuelve a ser el mismo de siempre: alegre, juguetón, con ese aire entre inocente y sabio que lo hace tan especial.

Una tarde de diciembre, cuando el invierno ya ha tendido su manto sobre Moguer, decido llevarlo hasta el cementerio del pueblo. Allí, entre cipreses oscuros y mármoles blancos, le muestro una pequeña lápida donde reposa un borriquillo que perteneció a la familia del panadero. “Mira, Platero”, le digo mientras él olfatea curioso las flores marchitas que alguien dejó hace tiempo, “muchos piensan que éste es el destino final de toda criatura. Un nombre grabado en piedra y el olvido paulatino”.

Platero me mira con sus enormes ojos negros, tan expresivos que parecen contener palabras. “Pero tú y yo sabemos algo distinto”, continúo mientras acaricio su lomo plateado. “Sabemos que hay vidas que se niegan a extinguirse, que permanecen en la memoria como luces eternas, que continúan su camino más allá de cualquier noche”.

Regresamos a casa cuando las primeras estrellas ya titilan en el cielo. En el horizonte, sobre el mar lejano, la luna comienza a elevarse, redonda y brillante. Su luz baña el sendero por donde caminamos, convirtiendo en plata líquida el polvo del camino. Platero avanza con paso alegre, como si cada instante fuera un regalo inesperado, una razón para celebrar.

La primavera regresa a Moguer, y con ella, nuevas aventuras para Platero y para mí. Los años pasan, pero hay cosas que permanecen inalterables: el color violeta del crepúsculo sobre los tejados, el aroma de los naranjos en flor, la risa de los niños persiguiendo mariposas, y la alegría silenciosa de Platero cuando salimos a recorrer los caminos conocidos.

Un día, mientras descansamos bajo un viejo olivo centenario, comprendo con absoluta claridad que Platero ha logrado lo que pocos consiguen: ha trascendido su propia naturaleza para convertirse en símbolo, en metáfora viviente de todo lo que vale la pena preservar en este mundo. Su ternura, su lealtad, su sencillez luminosa, son un recordatorio constante de que la belleza más auténtica se encuentra en las cosas más simples.

“¿Sabes una cosa, Platero?”, le digo mientras regresamos hacia el pueblo bajo un cielo teñido de naranja y púrpura. “Algún día, quizás, alguien escribirá sobre nosotros, sobre nuestros paseos por estos campos de Moguer, sobre nuestras conversaciones silenciosas. Y quizás se pregunten si eres real o simplemente un sueño nacido de la poesía“.

Platero sacude sus orejas, como si espantara un pensamiento innecesario, y sigue avanzando con su paso alegre y decidido. No le preocupa el futuro ni la posteridad. Vive plenamente en el presente, en la perfección de cada instante. Y yo, aprendiendo de él esta lección invaluable, decido hacer lo mismo.

Los años continúan su curso, y Platero y yo seguimos recorriendo los caminos de Moguer, testigos del paso de las estaciones, de la transformación paulatina del paisaje y de nosotros mismos. Su pelaje plateado ahora tiene algunas canas adicionales, y mis pasos son quizás un poco más lentos, pero nuestro entusiasmo por descubrir la maravilla cotidiana permanece intacto.

A veces, cuando la tarde cae suavemente sobre los campos y los últimos rayos del sol doran las copas de los pinos, nos detenemos en lo alto de la colina y contemplamos en silencio el espectáculo del mundo. En esos momentos, siento que Platero y yo somos parte de algo infinitamente más grande que nosotros mismos: un tapiz universal donde cada hilo, por pequeño que sea, tiene su lugar y su propósito.

Y así, con la serenidad de quien ha comprendido que el verdadero significado de la vida no está en su duración sino en su profundidad, Platero y yo continuamos nuestro camino bajo el cielo eterno de Andalucía, sabiendo que mientras exista la memoria, el amor y la poesía, nuestro sendero no tendrá ocaso.


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