Entre lo que podemos observar y lo que solo podemos teorizar, la ciencia construye un puente hacia lo desconocido, desafiando nuestra comprensión del mundo. El debate entre realismo y antirrealismo cuestiona si las teorías científicas reflejan la realidad o son solo herramientas predictivas. ¿Podemos confiar en lo que la ciencia afirma sobre lo inobservable? ¿O nuestras teorías son meros instrumentos que funcionan sin revelar la verdad última?
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El Realismo Científico y el Antirrealismo: Una Controversia Ontológica y Epistemológica en la Filosofía de la Ciencia Contemporánea
La disputa entre el realismo científico y el antirrealismo constituye uno de los ejes fundamentales de la filosofía de la ciencia moderna, atravesando debates sobre la naturaleza del conocimiento científico, la existencia de entidades teóricas y la relación entre el éxito predictivo de las teorías y su veracidad ontológica. Esta controversia, lejos de ser un mero ejercicio especulativo, emerge de problemas históricos concretos y plantea interrogantes sobre qué podemos afirmar legítimamente acerca del mundo a partir de la práctica científica. El realismo sostiene que las teorías maduras y empíricamente confirmadas son aproximadamente verdaderas y que sus términos teóricos refieren entidades reales, mientras que el antirrealismo cuestiona esta inferencia, proponiendo que el éxito instrumental no garantiza la verdad literal sobre lo inobservable. Este ensayo examina la estructura argumentativa de ambas posiciones, su desarrollo histórico, las críticas mutuas y las síntesis contemporáneas, argumentando que el debate no admite resolución definitiva pero sí revela las tensiones constitutivas del conocimiento científico.
La formulación clásica del realismo científico encuentra su expresión más contundente en el denominado “argumento del no-milagro”, desarrollado sistemáticamente por Hilary Putnam en la década de 1970. Según esta línea argumentativa, sería prácticamente milagroso que las teorías científicas lograran predicciones extraordinariamente precisas y aplicaciones tecnológicas exitosas si no captaran, al menos aproximadamente, la estructura real del mundo. Putnam sostuvo que el realismo ofrece la única explicación no milagrosa del éxito de la ciencia: las teorías funcionan porque son verdaderas, o al menos cercanas a la verdad, respecto a entidades y procesos reales. Esta posición implica un compromiso ontológico fuerte: electrones, campos cuánticos, genes y agujeros negros no son meras construcciones teóricas útiles sino entidades que existen independientemente de nuestras capacidades perceptuales y teóricas. El realismo científico moderno, por tanto, articula una tesis epistemológica (las teorías bien confirmadas son conocimiento verdadero), una tesis ontológica (las entidades teóricas existen) y una tesis semántica (el lenguaje científico tiene valores de verdad objetivos).
Sin embargo, la historia de la ciencia ofrece un panorama más complejo que el que supone el realismo ingenuo. Larry Laudan, en su influyente artículo de 1981, formuló el “argumento de la metainducción pesimista” basado en el registro histórico de teorías científicas exitosas pero posteriormente refutadas. La teoría del flogisto, el éter luminífero, la teoría calórica y numerosas cosmologías pasadas fueron empíricamente exitosas durante períodos prolongados, generaron predicciones precisas y fundamentaron desarrollos tecnológicos significativos, pero resultaron ser ontológicamente falsas respecto a las entidades que postulaban. Si la historia de la ciencia muestra sistemáticamente que el éxito empírico no garantiza la verdad ontológica, ¿por qué habríamos de suponer que nuestras teorías actuales son diferentes? Este desafío histórico obliga al realista a desarrollar estrategias sofisticadas: algunos, como Putnam posteriormente, restringieron el realismo a la “estructura” de las teorías más que a sus “entidades” (realismo estructural), mientras otros argumentaron que las teorías actuales son epistémicamente superiores a las del pasado debido a su mayor sofisticación metodológica.
El antirrealismo científico encuentra su formulación más rigurosa en el empirismo constructivo de Bas van Fraassen, expuesto en su obra seminal “The Scientific Image” de 1980. Van Fraassen no niega el éxito extraordinario de la ciencia ni propone un escepticismo global, sino que cuestiona específicamente la inferencia del éxito empírico a la verdad ontológica sobre lo inobservable. Para el empirismo constructivo, el objetivo de la ciencia no es la verdad literal sobre el mundo, sino la “adecuación empírica”: una teoría es adecuada empíricamente cuando todos los fenómenos observables, actuales y posibles, pueden ser modelados mediante sus estructuras. Esta posición permite aceptar la ciencia como racional y progresiva sin comprometerse con la existencia de electrones, campos cuánticos o universos paralelos. Van Fraassen distingue cuidadosamente entre “aceptar” una teoría (como la mejor guía para la investigación empírica) y “creer” en ella (comprometerse con su descripción ontológica), reservando la creencia únicamente para los fenómenos observables. El antirrealismo, en esta versión, no es una negación de la ciencia sino una delimitación epistemológica de sus pretensiones legítimas.
El debate entre realistas y antirrealistas trasciende la mera disputa filosófica para interrogar las bases mismas de la práctica científica. Los realistas argumentan que el antirrealismo no puede explicar adecuadamente la continuidad referencial en la ciencia: los científicos actuales parecen referirse a los mismos electrones que sus predecesores, aunque sus teorías sean distintas, lo que sugiere que existe algo real bajo las descripciones teóricas cambiantes. Además, el realismo ofrece una justificación del método científico: investigamos lo inobservable porque creemos que existe y que podemos conocerlo. Los antirrealistas responden que esta “explicación” es innecesaria y que el método científico puede justificarse instrumentalmente sin compromisos ontológicos fuertes. La elección entre ambas posiciones, sostienen, es en última instancia pragmática: el realismo puede ser “psicológicamente útil” para los científicos, pero no está epistemológicamente obligado. Esta tensión entre la utilidad heurística del realismo y la rigurosidad epistemológica del antirrealismo permea toda la filosofía de la ciencia contemporánea.
Las posiciones intermedias han proliferado en las últimas décadas, reconociendo la insuficiencia de ambos extremos. El realismo estructural, desarrollado por John Worrall y otros, sostiene que lo que se preserva a través de los cambios teóricos es la estructura matemática, no el contenido ontológico específico. Las ecuaciones de Maxwell sobrevivieron a la refutación del éter, sugiriendo que capturan algo real sobre el mundo electromagnético, aunque nuestra ontología de campos haya cambiado. Esta posición intenta salvaguardar el argumento del no-milagro mientras responde a la metainducción pesimista. Por otro lado, el instrumentalismo contemporáneo, representado por autores como Nancy Cartwright, argumenta que las leyes científicas no son verdaderas descripciones universales sino herramientas modelísticas que funcionan en contextos específicos. La ciencia, en esta visión, no describe un mundo ordenado por leyes naturales universales sino que construye modelos locales que capturan aspectos parciales de fenómenos complejos. Estas síntesis revelan que el debate realismo-antirrealismo no es binario sino multidimensional, involucrando cuestiones semánticas, epistemológicas y metodológicas entrelazadas.
La dimensión histórica del debate es crucial para comprender su vigencia actual. El realismo científico clásico del siglo XIX, asociado a figuras como Pierre Duhem, enfrentó la crisis de la física clásica generada por la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica. La revolución einsteiniana mostró que conceptos fundamentales como espacio, tiempo y simultaneidad eran dependientes de la teoría, no dados empíricamente. Esto alimentó el convencionalismo de Henri Poincaré y el empirismo lógico del Círculo de Viena, que tendieron hacia posiciones antirrealistas o instrumentales. Sin embargo, la década de 1960 presenció un “giro realista” con Thomas Kuhn, paradójicamente, quien aunque enfatizó la inconmensurabilidad entre paradigmas, también mostró que la ciencia progresa hacia una mejor correspondencia con la realidad. La obra de Kuhn, “La estructura de las revoluciones científicas”, generó debates intensos sobre si el cambio paradigmático implica progreso real o mero cambio de vocabulario, debates que continúan vigentes en la filosofía de la ciencia actual.
El contexto sociológico de la ciencia ha añadido complejidad adicional al debate. Los estudios de laboratorio de Bruno Latour y Steve Woolgar, y la sociología de la ciencia de David Bloor, han mostrado que la práctica científica involucra negociaciones sociales, intereses institucionales y construcciones colectivas de hechos. Estos hallazgos han sido interpretados por algunos como apoyo al relativismo epistemológico y al constructivismo social, posiciones que niegan que exista una realidad independiente accesible a la ciencia. Sin embargo, esta interpretación es disputada: autores como Ian Hacking han defendido un “realismo experimental” que, basándose en la manipulación efectiva de entidades en el laboratorio, sostiene que al menos algunas entidades científicas son reales independientemente de nuestras teorías sobre ellas. La pregunta sobre si la sociología de la ciencia refuta o complementa al realismo científico permanece abierta, evidenciando que el debate trasciende la filosofía analítica tradicional para involucrar a la epistemología social y los estudios de ciencia y tecnología.
La relevancia contemporánea del debate se manifiesta en campos científicos de frontera. En física fundamental, la interpretación de la mecánica cuántica divide a los físicos entre realistas (que buscan una ontología de partículas, campos o muchos mundos) y antirrealistas o agnósticos (que se contentan con la predictividad formal). La cosmología moderna, con sus especulaciones sobre multiversos y dimensiones extras, plantea la cuestión de si una teoría empíricamente inverificable puede aspirar al estatus de conocimiento científico genuino. En biología, el debate sobre la realidad de los genes como entidades materiales versus construcciones teóricas tiene implicaciones para la comprensión de la herencia y la evolución. Estos ejemplos muestran que la disputa filosófica no es abstracta sino que permea las prácticas científicas concretas, influyendo en qué preguntas se consideran legítimas y qué métodos de investigación se consideran apropiados.
Desde una perspectiva crítica, tanto el realismo como el antirrealismo enfrentan dificultades insuperables cuando se plantean como doctrinas globales. El realismo tiene problemas para explicar el cambio teórico radical sin caer en el relativismo histórico o el dogmatismo presentista. Si todas nuestras teorías actuales son aproximadamente verdaderas, ¿cómo explicar que probablemente serán refutadas en el futuro? Si no lo son, ¿qué queda del argumento del no-milagro? El antirrealismo, por su parte, tiene dificultades para explicar la convergencia de teorías independientes hacia las mismas predicciones sin postular alguna forma de realidad subyacente. Además, la distinción entre observable e inobservable, crucial para el empirismo constructivo, parece arbitraria y dependiente de la tecnología disponible: lo que hoy es inobservable puede ser observable mañana. Estas dificultades sugieren que el debate requiere reformulación: quizás la cuestión no sea “¿es la ciencia verdadera?” sino “¿qué tipo de verdad y qué tipo de realidad involucra la ciencia en diferentes dominios y contextos?”
La conclusión que emerge de este análisis es que el debate entre realismo científico y antirrealismo no admite una resolución definitiva mediante argumentos puramente filosóficos o históricos, sino que constituye una tensión constitutiva del conocimiento científico mismo. Esta tensión es productiva: el realismo motiva la búsqueda de explicaciones profundas y la confianza en la capacidad cognitiva de la ciencia, mientras que el antirrealismo promueve la humildad epistemológica y el escrutinio crítico de las pretensiones ontológicas. La historia de la ciencia muestra que las grandes teorías son simultáneamente instrumentos predictivos exitosos y descripciones provisionales de una realidad más compleja. El realismo estructural y las posiciones pragmatistas contemporáneas intentan capturar esta dualidad, reconociendo que la ciencia progresa mediante la construcción de representaciones cada vez más adecuadas, sin pretender que estas representaciones sean definitivas o literalmente verdaderas en todos sus aspectos. El filósofo de la ciencia contemporáneo debe navegar entre el escepticismo radical que invalidaría la empresa científica y el dogmatismo realista que ignoraría su historicidad y contingencia.
En última instancia, el valor del debate no reside en la victoria de una de las partes, sino en la clarificación de los compromisos epistemológicos involucrados en la práctica científica y en la comprensión de que la ciencia, como forma de conocimiento humano, opera siempre en la tensión entre lo observable y lo inobservable, lo provisional y lo establecido, el instrumento y la verdad.
Referencias
Chakravartty, A. (2017). Scientific realism. Stanford Encyclopedia of Philosophy.
Laudan, L. (1981). A confutation of convergent realism. Philosophy of Science, 48(1), 19-49.
Psillos, S. (1999). Scientific realism: How science tracks truth. Routledge.
Van Fraassen, B. C. (1980). The scientific image. Oxford University Press.
Worrall, J. (1989). Structural realism: The best of both worlds? Dialectica, 43(1-2), 99-124.
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