Según dejaron constancia los escritos propios y ajenos, nuestro genial escritor del Siglo de Oro nos dejó una gran cantidad de divertidas historias que fueron prueba de su agudo ingenio y que hoy descubriremos juntos en este post sobre las anécdotas de Quevedo.

Quevedo (1580-1645), el maestro conceptista del Siglo de Oro, fue el escritor más polémico de sus tiempos. En plena lucha por pasar a ser el mejor escritor en lengua castellana de la historia, Quevedo encontró una importante fuente de inspiración en el enfrentamiento contra otros grandes escritores con los que se disputaba el trono.
También lo hizo a través de las divertidas vivencias en las que se vió obligado a hacer muestra de su agudo ingenio y que hoy conocemos como las anécdotas de Quevedo.
La anécdota de la calle del Codo
La calle del Codo, una estrecha vía de 75 metros, nos puede transporta a la época del Siglo de Oro. No un paso que resalte. No tiene comercios destacables ni fachadas impresionantes. Sin embargo, para quien quiera explorarla podrá descubrir historia de la capital. Una historia escondida entre el tiempo transcurrido en la estrechez de la calle.

Cuenta una de las anécdotas de Quevedo que en esta tranquila calle del Madrid de los Austrias que une la plaza del Conde de Miranda con la preciosa Plaza de la Villa, Quevedo estableció su cuartel general para orinar cada vez que salía de juerga por los cercanos bares de la zona. La tranquilidad y estrechez de la calle, o quizá simplemente las ganas de molestar, hizo que cada vez que salía de fiesta, que no era en pocas ocasiones, eligiese la puerta de un vecino de esta calle para tal menester.
Cansado de aquella situación que se repetía más mañanas de las que le gustaría, el vecino va a ingeniar un plan para ponerle fin. Y para ello, en el lugar en el que “aquel desgraciado” orinaba, dibujará una cruz. ¿Su idea? Que cuando fuese orinar en la puerta de su casa, al ver el símbolo de Dios, aquel incívico reprimiera sus escatológicas intenciones.
Al llegar la noche siguiente y con el fin de la fiesta, Quevedo se dirigió a su rincón favorito de la calle del Codo a practicar su ritual. Al llegar, observó sorprendido cómo alguien había tenido el detalle de ponerle una diana con la que practicar su puntería. Así que, agradecido, probará su habilidad y se irá a casa a descansar.

A la mañana siguiente, el vecino se despierta impaciente, deseoso de ver si su genial estrategia había tenido resultado. Así que a toda prisa sale de la cama, abre la puerta de la casa y…¡sorpresa! Allí estaban los buenos días de Quevedo esperándole.
Tras maldecir furioso su destino, se recompondrá, y reideará su estrategia: Ahora acompañará aquella cruz de un cartel en el que se podía leer:
“No se orina donde hay cruces”
Esta vez no dejaba dudas a la interpretación de aquel símbolo. Acabará el día, y el hombre se irá a dormir expectante por que llegara la mañana para comprobar el éxito de su refinada jugada.
Pero nada más concilie el sueño, Quevedo aparecerá ebrio por la calle del Codo en sus decididas intenciones de cada noche. Al llegar a la puerta del vecino se va a encontrar con la nota que le había dejado. Sorprendido, y haciendo un gran esfuerzo por enfocar, que en sus condiciones no era fácil, descifrará el contenido del mensaje. Tras un segundo de duda, decidirá mantenerse fiel a sus originales intenciones y orinar diana y cartel con una generosa micción.
Y una vez descargadas sus primitivas necesidades, decidirá dejarle a aquel desconsiderado vecino una nota de contestación:
“No se ponen cruces donde se orina”.
Jaque mate.

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