Una noche de julio de hace más de cien años, la dinastía Romanov llegó a su sangriento final. Nicolás II, su esposa Alejandra y sus cinco hijos fueron brutalmente asesinados, y su destino fue una incógnita durante casi un siglo.



EL FINAL DE LOS ROMANOV.



Asesinato de los últimos zares de Rusia Antes de la caída


Según todas las fuentes, los Romanov eran una familia unida, antes de que la guerra y la revolución los arrastrasen a todos a una muerte violenta.


Una capital insegura


En 1914, al comienzo de la Gran Guerra, San Petersburgo tomó el nombre de Petrogrado. Allí se concentraban decenas de miles de obreros y soldados, en los que hicieron mella tanto el caos económico y el desabastecimiento como las derrotas ante Alemania. Y allí, en febrero de 1917 (según el calendario juliano, entonces en vigor en Rusia; o en marzo, según el calendario gregoriano), estalló una revolución a la que se unieron las tropas. El zar, considerado el culpable de la crisis, tuvo que abdicar.


Palacio de Invierno, en San Petersburgo


Era la residencia oficial de los zares desde el siglo XVIII, pero Nicolás II, su esposa Alejandra y sus hijos no vivían aquí, sino en el palacio Alexander, en Tsárskoye Tsélo, a una treintena de kilómetros. En ese lugar, Alejandra, de origen alemán y que no hablaba ruso, no sentía el rechazo que la corte manifestó hacia ella desde el primer momento. Y allí pudo mantener en secreto la enfermedad del zarévich Alexei: la hemofilia, que podía incapacitarlo para heredar el trono.


La enfermedad del heredero


La zarina Alejandra heredó la hemofilia de su abuela, la reina Victoria del Reino Unido, y se la transmitió a su hijo Alexei. Esta enfermedad afecta a la coagulación de la sangre, de manera que cualquier lesión menor puede causar serios problemas. En el caso de Alexei, un pequeño golpe podía desencadenar una intensa hemorragia interna y hacer que sus venas corrieran el riesgo de romperse. Sus articulaciones eran muy vulnerables; si se le inflamaban, el tejido dañado le presionaba los nervios, causándole un intenso dolor. Entonces no había ningún remedio para esta enfermedad, y la esperanza de vida de un hemofílico era de unos 14 años. De ahí que Alejandra confiara fervientemente en los poderes sanadores místicos de Rasputín.


El asalto al palacio de Invierno


Las derrotas en el frente y la conducta de Rasputín hicieron que el pueblo ruso se volviese contra el zar y su familia. El momento de la revolución había llegado. Para los bolcheviques, que se hicieron con el poder en noviembre de 1917, los Romanov se convirtieron en un dolor de cabeza.


En busca de seguridad


En julio de 1917 tuvo lugar en Petrogrado una revuelta obrera que el jefe del gobierno, Alexander Kerensky, reprimió duramente. Kerensky estaba preocupado por la seguridad de la familia real, instalada en la cercana Tsárskoye Tseló: temía que el palacio, donde vivían los zares, fuera asaltado por una turba encolerizada que los atacase. Este peligro pareció incrementarse en aquel tenso mes de julio, y se decidió enviarlos a Tobolsk, un lejano paraje de Siberia apartado de la influencia de la revolución. También se ha sugerido que, en realidad, Tobolsk era sólo una parada: Kerensky tal vez quería enviar a los zares hasta Manchuria, desde donde podrían ponerse a salvo en Japón.


El lugar de la ejecución.


En Ekaterimburgo, la familia real se alojó en la casa Ipatiev. La rodeaba una empalizada de madera, tan alta que desde el interior no se podían ver las copas de los árboles que estaban fuera; unos días después de su llegada, sus carceleros pintaron de blanco los cristales de las habitaciones de la familia. Allí, en junio, cumplieron años sucesivamente la zarina Alejandra (46), Tatiana (21), Anastasia (17) y María (19). El 14 de julio, un sacerdote local, el padre Storozhev, fue requerido para oficiar una misa; fue una de las últimas personas del exterior que vio con vida a la familia imperial. Apenas tres días más tarde, en la madrugada del 17, los Romanov y sus cuatro sirvientes fueron asesinados en una habitación de 3 x 4 metros situada en el sótano de la “Casa del propósito especial”, como llamaban al edificio sus carceleros.



El Candelabro. Iluminando Mentes.


Descubre más desde REVISTA LITERARIA EL CANDELABRO

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.