El pueblo celta consideraba a la mujer como una igual, casi como una diosa, a la que se debía adorar por ser capaz de engendrar vida. No en vano, las mujeres celtas jugaban un papel destacado dentro de la sociedad, donde incluso llegaban a luchar junto a los hombres contra su enemigo común: el Imperio Romano.



Nadie mejor que los cronistas romanos para decirnos lo que provocaba en ellos la mujer celta:

Tácito en su relato de la toma de Mon las menciona como; «desgreñadas mujeres de negro ropaje, cual furias blandiendo antorchas»

Plutarco, en su tratado de virtudes femeninas, cuenta varias anécdotas sobre mujeres celtas. Una mujer celta de nombre Kinimara al informarle a su marido que había sido violada por un extraño, le presentó al mismo tiempo la cabeza del ofensor.

Plutarco cuenta la historia de que Polibio, historiador, conoció y habló con Chiomara, esposa de Ortagión, jefe de los Tolistobaios. Chiomara fue capturada por los romanos y un centurión la violó. Cuando el centurión se dio cuenta de que era una mujer de alto rango, pidió un rescate que Ortagión accedió a pagar. El intercambio iba a tener lugar junto a un río. Mientras el centurión estaba recogiendo su oro, Chiomara lo decapitó y llevo su cabeza para su marido.

Otra historia de Plutarco cuenta que en la batalla de Aquae Sextiae, en Provence (102 a.C.), que se entabló entre las tropas del cónsul Cayo Mario y las tribus germánicas de los teutones y sus aliados ambrones, las mujeres resultaron ser unas decididas guerreras. Armadas con espadas y hachas se arrojaban sobre el enemigo romano y sobre el que huía, para obligarle a combatir.

Cayo Julio César se refiere a ellas diciendo: «Una hembra celta iracunda es una fuerza peligrosa a la que hay que temer, ya que no es raro que luchen a la par de sus hombres, y a veces mejor que ellos» .
Se sabe que este no es un caso aislado debido a la cantidad de armas y armaduras encontrados en los enterramientos de mujeres.

Cita Estrabón: “Las madres mataban a los hijos en tiempo de la guerra cantábrica para que no cayesen en manos de sus enemigos”.

Y si era preciso, mostrando sus nalgas como ademán despectivo al enemigo, al puro estilo celta. Además si iniciada la lucha, el hombre que a su lado estaba caía herido o muerto por las armas enemigas, ella lo reemplazaba.

Así nos cuenta Amiano Marcelino, militar romano de origen griego, buen conocedor de la literatura clásica (330-395 d.C), sobre la mujer celta lo siguiente: «El cuello hinchado, los dientes rechinantes y blandiendo los enormes brazos cetrinos…, daba puñetazos a la par que patadas, como si fueran los proyectiles de una catapulta».

Otro caso a destacar lo narra Salustio sobre sus crónicas celtíberas. Este hecho prueba la importancia y el peso de las decisiones femeninas en la sociedad celtíbera de la época.

“En un momento en que los ancianos aconsejan la paz, las mujeres, separándose de los maridos, y como una forma de presión sobre ellos, tomaron las armas, diciendo a los hombres que pues quedaban privados de su patria, mujeres y libertad, que se encargasen de parir ellos. Amamantar y demás funciones mujeriles. Al parecer, ante tal actitud de las mujeres, los jóvenes despreciaron los acuerdos de los mayores”.



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