El término filósofo se utiliza para nombrar a la persona que estudia la filosofía y se dedica a la investigación de la misma. Un filósofo es, generalmente, un profesional titulado en la materia. Una persona que se interesa en la filosofía, también puede llegar a ser llamada filósofo a pesar de no ser profesional.

Además de haber puesto su granito de arena para descubrirnos al resto de mortales los grandes secretos del mundo, los filósofos han aportado otras cosas: historias, diálogos y, en algunos casos, estupendas anécdotas. Unas anécdotas que, por lo general, llaman la atención por la peculiar personalidad de sus protagonistas. Los filósofos han sido tradicionalmente personajes extravagantes, que vivían de manera diferente al resto y también con un puntito de seriedad –tal vez excesiva– que convierte estos sucesos en experiencias muy llamativas. Hemos querido reunir en este texto algunas de las mejores (imposible contarlas todas en un único artículo; eso podría llenar un libro) anécdotas de los grandes filósofos de la historia. Pero sí hemos seleccionado nuestras favoritas. Algunas están claramente demostradas por los historiadores; otras nos han llegado como leyendas populares… Y estas hemos querido contarlas también porque, la verdad, son muy entretenidas.
Diógenes y Aristipo: tanto monta, monta tanto


Pero si hablamos de anécdotas, hay dos nombres imprescindibles en nuestra lista: Aristipo de Cirene y Diógenes de Sínope. Algunas de ellas, de hecho, los tuvieron a ambos como protagonistas, de ahí que nos encontremos la misma historia contada desde los dos puntos de vista.
Aristipo fue el fundador de la que se conoce como escuela Cirenaica, la más famosa defensora de lo que solemos llamar hedonismo. Defendía el placer físico como la base de la felicidad, siempre que uno fuera capaz de no dejarse dominar por él. Y lo cierto es que fue muy coherente con su forma de pensar. Era un asiduo visitante de las prostitutas (hetairas), en especial la cortesana Lais de, al parecer, gran belleza y éxito. En cierta ocasión, le preguntaron a Aristipo por qué pagaba a una mujer que no tenía problema en otorgar sus favores y su cuerpo a otros, a lo que Aristipo respondió: “Es que yo le pago para que duerma conmigo, no para que no duerma con otros”.
En otra ocasión acudió a casa de una de estas mujeres acompañado de un joven discípulo. El joven, azorado por la situación y la vergüenza, se resistió a entrar y su maestro le calmó con la siguiente frase: “Lo malo no es entrar, sino no poder salir”. Perfecto resumen de la filosofía cirenaica. Y contaremos otra muestra más de la fina ironía de Aristipo. Un día, mientras viaja en barco, se desató una peligrosa tormenta que hizo que el filósofo pasase verdadero terror. Esa actitud despertó las burlas de los marineros y el resto de los pasajeros, por lo que uno le preguntó: «¿Cómo es que tú, un hombre sabio, teme perder la vida, mientras que un ignorante como yo no tiene miedo?» Y Aristipo le respondió: “La explicación es, como tú mismo reconoces, que tenemos vidas muy distintas que salvar y a mí no me importaría perder la vida si fuera como la tuya”.
Ya hemos contado anécdotas de Diógenes en otros textos, por eso aquí hemos escogido una en la que coincidió con Aristipo, pero contándola desde la perspectiva del cirenaico.
Aristipo solía adular a los ricos para enriquecerse. Un día pasaba cerca de Diógenes, que estaba comiendo unas gachas. Diógenes le dijo: “¿Te das cuenta de que si comieras gachas no necesitarías adular a los tiranos?”. A lo que Aristipo contestó: “¿Te das cuenta de que si supieras tratar con la gente no tendrías que comer gachas?”.
Heráclito o la misantropía

Pero no solo estos dos filósofos tenían anécdotas destacables en la antigua Grecia. Otro que tenía un comportamiento peculiar era el gran Heráclito de Efeso.
Como gran misántropo que era, Heráclito decidió retirarse a vivir al monte, donde subsistía a base de comer hierbas y frutos. Esa alimentación no debía ser la mejor para su salud o, al menos, no ayudó a la hidropesía (acumulación de líquido en el organismo) que padecía. En lugar de buscar remedios o ayuda de médicos, empezó a pensar su propia manera de reducir su dolencia y decidió que lo mejor era enterrarse en estiércol, convencido de que el mismo absorbería el líquido de su cuerpo. Huelga decir que no funcionó en absoluto, empeorando tanto la enfermedad que murió de ella.
Crisipo, el colmo de un estoico

No es la única muerte curiosa de la historia de la filosofía.
De hecho, el título a la muerte más peculiar –por no decir estúpida– debería dársele a Crisipo de Solos, por lo rocambolesco de su historia, máxime siendo él una de las grandes figuras del estoicismo, filosofía que desconfiaba profundamente de las pasiones emocionales. Y no les faltaba razón, visto lo visto.
Cuenta la leyenda que Crisipo vio a un burro comiendo higos y, a falta de agua, alguien pensó que era razonable darle al animal un poco de vino para pasar los higos
(ya se sabe que eso de comer a palo seco…). Ver al burro bebiendo vino causó en el filósofo un ataque de risa tal que acabaría muriendo, lo cual no deja de tener guasa: un estoico muriendo por culpa de una emoción. Suspenso para Crisipo.
Voltaire y la religión

Voltaire fue uno de los más importantes filósofos y pensadores de la Francia ilustrada
No obstante, es muy conocida su animadversión hacia la religión y cierto desprecio ante todo tipo de manifestaciones relacionadas.
Un día paseaba Voltaire junto a un amigo y se cruzaron con una procesión presidida por un Cristo crucificado. El filósofo francés se quitó el sombrero ante el asombro de su acompañante. Este le preguntó con sorpresa: “os creía incrédulo en materia de religión”. El pensador ilustrado le contestó en tono jocoso: “Y lo soy, aunque Cristo y yo nos saludamos, pero no nos hablamos”.

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