Cuenta una leyenda oriental que las personas destinadas a conocerse están conectadas por un hilo rojo invisible. Este hilo nunca desaparece …



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El Hilo Rojo del Destino (unmei no akai ito)🎎

En Japón, existe la leyenda del Hilo Rojo del Destino, que cuenta que un hilo rojo invisible, atado a sus meñiques, une a las personas destinadas a conocerse.

El hilo rojo jamás puede romperse, si bien podrá en ocasiones tensarse, o enredarse. La hebra roja atada al meñique acompaña a aquéllos a los que une desde el nacimiento. No importan las circunstancias o el momento en el que estén destinadas a conocerse, y establecer un lazo afectivo, un vínculo.

“Dice la leyenda que un hilo rojo invisible conecta a aquellos destinados a encontrarse, sin importat el tiempo, lugar o circunstancias. El hilo rojo se puede estirar, contraer, enredar,
pero nunca romper.”


La leyenda del Hilo Rojo

Se cuenta que existió una vez en Japón, hace muchos años, una bruja capaz de ver los hilos invisibles que unían a las personas.

Tan pronto como el joven Emperador conoció la existencia de la hechicera, la mandó llamar. Quería conocer quién se encontraba al extremo del hilo atado a su imperial meñique. El emperador sentía gran curiosidad por saber quién sería un día su esposa.

La bruja comenzó entonces a seguir el hilo que partía del dedo meñique del Emperador. Andando, andando, abandonó el palacio, la ciudad, recorrió el camino hasta una pequeña aldea, y entró en ella. En la aldea se celebraba un mercado, con humildes puestos de campesinos que ofrecían lo poco que tenían a los viandantes.

En uno de esos puestos, se encontraba una mujer muy delgada, con su bebé en los brazos. La bruja se acercó a la mujer, y diciéndole que se levantara, se volvió hacia el Emperador y anunció: “Aquí termina tu hilo”.

El Emperador pensó que aquello no era sino una broma de la hechicera. Lleno de ira, empujó el puesto, y con él a la mujer, provocando la caída del bebé, que se hirió en la frente.

Al cabo de los años, cuando el Emperador hubo de tomar esposa, le confió su elección a la Corte. Se decidió entonces, que sería bueno para el Imperio que la elegida fuera la hija de un importante General.

El día de la boda, el Emperador estaba ansioso por conocer a la novia, quien apareció en la estancia cubierta por un velo.

Al levantarlo, el Emperador descubrió una singular cicatriz en la frente de la que sería su esposa: era la marca que él mismo le había provocado años atrás, al hacerla caer de brazos de su madre.



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