Entre leyenda y realidad se alza la figura de Luis II de Baviera, el enigmático Rey Cisne, cuyo reinado estuvo marcado por castillos de ensueño, la majestuosidad de la Casa de Wittelsbach y un aura de misterio que todavía fascina. Su vida, llena de pasión por el arte y la fantasía, desafía el tiempo y la historia. ¿Qué secretos guardan sus palacios y sus decisiones? ¿Qué lo convirtió en un monarca inolvidable y en un mito eterno?
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REY DE CUENTO DE HADAS
Luis II de Baviera, su nombre completo en alemán: Ludwig Otto Frederik Wilhelm de Wittelsbach, nace en 1845 en el Palacio de Nymphenburg, en Múnich, Baviera hijo del rey Maximiliano de Baviera y la princesa María de Prusia. Fallece en 1886 en el Lago de Starnberg.
En su niñez sufrió de fiebre tifoidea, estuvo grave y se temió por su vida, pero milagrosamente se repuso y creció hasta convertirse en un joven saludable y apuesto de 1,90 m de altura, muy llamativo para la época.
Fue criado por tutores extremadamente estrictos, con una rutina de estudios agotadores y ejercicios en todas las disciplinas militares. Esta opresión intelectual a la que fue sometido es, según muchos de sus biógrafos, la causa de su vida excéntrica y caprichosa, pero nunca dejó de ser un pacifista.
Luis no se sentía cómodo con las mujeres, prefería la compañía de varones. Esto fue una gran preocupación para la corte bávara y también para el propio Luis quien trató de superarla durante toda su vida, debido especialmente a su ferviente catolicismo.
Sobre su vida íntima se tejieron demasiadas historias y no vale la pena ahondar más en ello.
Él era políglota al igual que su prima Isabel (Sisí) y ambos amaban la música y la literatura, formaban una pareja perfecta ya que se igualaban en gustos y grado de sensibilidad. Solían cabalgar juntos y como código se llamaban “Águila” él y “Cisne” ella.
También desarrolló una gran amistad con su edecán el elegante aristócrata Paul Maximilian Lamoral, rico hacendado bávaro. Gustaban de cabalgar, recitar poesías y representar escenas de ópera wagneriana.
Estas dos amistades, mientras duraron, fueron los momentos más felices del príncipe.
En agosto de 1861, Luis asistió a la función de la ópera Lohengrin de Richard Wagner y a partir de ese momento sintió gran admiración por la poesía y música de este compositor. (Este autor profundamente germano escribía sus propios libretos y música).
El príncipe accede al trono de Baviera como Luis II, en 1864, con sólo 18 años, demasiado joven e inocente para tamaña responsabilidad.
Tuvo el capricho, tras tantas lecturas de grandes reyes, de gobernar de forma absolutista y su objetivo principal era el de unir a los estados alemanes, ello demuestra que su mundo tenía mucho de fantasía.
Había dos problemas que lo desestabilizaron desde sus comienzos como soberano, el engendrar un hijo y el no poder establecer relaciones cordiales con Prusia.
Para solucionar el primer inconveniente se lo comprometió con su prima Sofía, hermana menor de Sisí. Luis aceptó, la trató muy caballerescamente, pero fue postergando la fecha de la boda tantas veces hasta que se hizo insostenible y la misma se anuló.
Baviera se vio obligada a firmar un tratado de autodefensa con Prusia muy a su pesar y debió participar en la guerra franco-prusiana, él adoraba Francia y eso le produjo un trauma que lo llevó a ir alejándose del trono y dejar los asuntos de estado en manos de sus ministros.
Totalmente desilusionado se va retirando cada vez más al castillo de Linderhof, volviendo a Múnich sólo para actos protocolares.
Pronto se comenzó a temer por su estado mental, ya que solía estar encerrado en su cuarto semanas y hasta meses y alguna que otra vez, a salir a caminar por los bosques a hurtadillas de su guardia.
Uno de los argumentos era la obsesión que tenía por los cuentos de fantasía, especialmente de la mitología germana volcada en la obra de Wagner de quien se convirtió en mecenas, otra especulación era que su hermano menor Otón, su sucesor natural también daba muestras de enajenaciones mentales, era evidente que la endogamia real le estaba pasando factura a esta dinastía.
Wagner abusó de su generosidad y el gobierno bávaro tomó cartas en el asunto y lo expulsó de Múnich debido a las grandes deudas en que lo había hecho incursionar.
Otra de sus pasiones era la arquitectura que satisfizo haciendo construir tres hermosos lugares de ensueño: el castillo de Neuschwanstein (Castillo del Nuevo Cisne) y los palacios de Herrenchiemsee y Linderhof.
En esto gastó toda su fortuna personal.
Al tiempo se comenzó a especular en que posiblemente el rey estuviera con cierto desequilibrio mental que no le permitiera seguir en el trono, se le hicieron estudios médicos que acusaron esquizofrenia paranoide y finalmente una junta médica determinó que se encontraba incapacitado para gobernar. Se le asignó un psiquiatra para que lo acompañe durante tiempo completo, un tal Gudden.
Con este médico se encontraba el 13 de junio de 1886 al caer de la tarde, ocasión en que salían de paseo por los bosques. El psiquiatra solicita a la escolta que no los sigan ya que Luis había dado muestra de mejoría, además sólo iban a dar una vuelta por las orillas del lago Starnberg, para charlar un problema personal.
Nunca volvieron, se los buscó y se los encontró a la medianoche, ahogados, flotando en aguas poco profundas.
Nadie creyó en el accidente que trataron de fraguar las autoridades, Luis era un eximio nadador, imposible que se ahogara en aguas que le llegaban apenas a la cintura. Una cruz recuerda el lugar de la muerte de este rey. Su tumba se encuentra en la iglesia de San Miguel de Múnich.
Quienes lo compadecían le llamaron “El Rey de los Cuentos de Hadas”, quienes no lo querían, simplemente “El Rey Loco de Baviera”.





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